1 · El pesar del cuervo

Estaba enferma. De hecho, no, estaba muriendo. Aun así levantó sus alas y al ritmo de su respiración las agitó. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Aún tenía algo de poder para levantar el vuelo. La batalla había terminado, lo que fuera que eso significara.  

“Los cuervos no tienen nada que perder” le habían dicho la primera vez que tomó el manto como el cuervo guardián. No sabía cómo explicar lo que equivocados que estaban.

Paloma se decía ser una chica aburrida por decisión propia, lo hacía para no atraer la atención de la gente que quería mejorar su vida solo por ser un héroe de cinco minutos. Si pudiera perderse en algún lado y ser invisible en lo que lograba estabilizar el orden en su vida eso la haría muy feliz. Pero incluso todos sus recursos en los que intentaba refugiarse para distraerse la querían empujar afuera a arreglarlo todo y crear una revolución en el mundo. Dejó el libro que estaba leyendo a un lado para ir a atender las necesidades de la enfermedad de su padre, después tendría que trabajar, la medicina no iba a pagarse sola y la casa necesitaba mantenerse en pie. Apenas eran las nueve de la mañana y ya estaba cansada, estaba cansada del transporte público, de la gente en las calles, de los jugos en envases de plástico, de los platos sucios, las cuentas por pagar, la comida que tardaba más de cinco minutos en estar hecha, de no poder sentarse a ver caricaturas en vez de jugar al estereotipo de mujer fuerte e independiente que toma al mundo por los cuernos para poder ser escuchada. Si lo iba a ser sería para sobrevivir, no para otra cosa. Su antipatía hacia la vida llegaba al grado de que lo único que realmente quería era un día sin que alguien le quisiera vender un personaje en quién reflejarse. Y un helado, tal vez. Le gustaban las historias, mucho. Le gustaba simpatizar con los personajes de las historias, mucho. Sin embargo odiaba que sus héroes también tuvieran los mismos problemas que ella y todo mundo. ¡Son super héroes con magia y poderes! ¿Qué problema pueden tener aparte del fin del mundo? Sentía que sus problemas ya eran lo suficientemente inquietantes como para que sus medios de entretenimiento también se lo estuvieran recordando a todas horas. “Es para que te sientas representada y sepas que no estás sola” le habían dicho alguna vez en una discusión. A lo que ella contestó que no quería que alguien tuviera sus problemas y les encontrara una ficticia solución que al personaje le funcionara. Eso la iba a hacer sentirse peor al hacerle notar que, aparte de invisible era una inútil por tener su vida hecha un desmadre el cual por más que intentaba no le encontraba solución. Por eso le gustaban las historias de otros mundos, de otras realidades que no tuvieran la necesidad de parecerse a esta. Ahí es donde encontraba un hogar. Pero la vida se encargó de hacerse notar cuando primero perdió a su madre, el resto de su familia les dio su espalda y luego en su vida apareció una enfermedad que estaba haciendo que su padre perdiera la movilidad a una velocidad alarmante. Era como si su mundo se estuviera consumiendo en un incendio que no podía controlar.

En uno de esos días fue que todo empezó.

Despertó en su cama con un cuervo sentado en su pecho. El ave la miraba a los ojos en silencio. Quiso moverse pero el cuerpo no le respondió. Apenas y podía respirar. Por un momento el miedo de haberse contagiado de lo que fuera que tenía su padre la hizo no tomar en cuenta al animal.  

–Voy a estar contigo hasta que la pena se termine –le dijo el cuervo.

–A como van las cosas, será una visita rápida –le contestó ella con cierto cinismo.  

–Lamento informarte que eso depende completamente de ti –dijo el cuervo con un par de graznidos que parecían una carcajada.

–Yo lamento informarte que no hay mucho que yo pueda hacer –le contestó ella al volver a cerrar los ojos para tratar de ignorar su presencia. Con un poco de suerte, sólo estaba alucinando. Eso tenía que ser porque, para empezar, los cuervos no hablan.

–¿Quieres salvar a tu padre y tu vida? –escuchó a la voz del cuervo adentrarse a la oscuridad detrás de sus parpados–. Puedo ayudarte si tú nos ayudas.

–Ya lo he intentado todo –dijo ella aún con los ojos cerrados–. La única forma de ayudarme es dejarme morir. Un fénix me ayudaría más que un cuervo a estas alturas de mi vida.

–Vamos, los cuervos no tienen nada que perder –dijo el cuervo picando la nariz de la chica con su pico.

–Pero yo no soy un cuervo –contestó ella abriendo los ojos para responderle la mirada. En ese momento estaba haciendo un esfuerzo muy grande para levantar los brazos y tomar al cuervo.

–Pero podrías serlo si quisieras –dijo el cuervo al aletear un par de veces para levantarse de su pecho–. No tienes nada que  perder.

–¿En qué clase de trampa me estás queriendo enredar? –contestó ella soportando el dolor de mantener los brazos en el aire–. Se cómo funcionan esos tratos, los he leído todos, ¿qué hay detrás de tus promesas?

–No soy Fausto, el zorro –dijo él sobrevolando sobre su pecho–. De hecho, él es parte de nuestro problema.

–No me estás contestando mi pregunta.

–Déjame abrazarte y lo entenderás.

–No tengo nada que perder, ¿cierto?

 

El cuervo, en un par de aleteos, se transformó en una burbuja de tinta que cayó sobre Paloma haciendo negro todo lo que era blanco. De la mancha surgió la mujer como si se despertara de una pesadilla, se sentó poniendo sus manos sobre su pecho como si quisiera detener a su corazón de salir corriendo. Estaba cubierta por un manto negro que parecía estar hecho de plumas, unos guantes largos le cubrían sus brazos transformándolos en alas y unos ropajes del mismo color habían aparecido de la tinta.  

En su mente tenía una imagen, una escena que empezaba a moverse como si fuera un recuerdo. Pero sabía que no lo era porque estaba segura de no haber vivido algo como eso: en un bosque, un zorro embaucó a una pareja para que les entregara su corazón. En el mismo bosque, el mismo zorro convenció a una joven a morir. Una multitud de animales que cayeron en los engaños de él estaban ahí y el tormento de los habitantes cada vez era más palpable.

El bosque estuvo muerto por mucho tiempo después de eso y el zorro también.

El problema revivió cuando el bosque también lo hizo, los nuevos guardianes del bosque lo expulsaron, creyendo que lejos de su hogar y de su cuerpo no tendría poder alguno. Atrapado como un fantasma en una ciudad desconocida llena de vida, encontró refugio en el espíritu de un vagabundo que siempre soñó con conquistar el mundo con sus ideas. La ventaja de eso es que eran sueños que realmente nunca iba a cumplir por sí solo, así que era un hombre vacío sin nada por qué vivir, lo cual le daba mucho espacio al fantasma del zorro para habitar ese cuerpo. Poco después una mujer de nombre Emily La’vie le enseñó que podría llegar a conquistarlo todo a través del arte. A él le gustaba que sus palabras tenían un sabor de venganza muy parecido a lo que sabían sus propias palabras. En ese encuentro nació una mancuerna que pronto toda la vida llegaría a temer.

Eso lo llevó a muchos rincones escondidos de los ojos humanos: toda una red de ciudades arcanas esparcidas por el mundo en las que se hizo de aliados y de muchos enemigos; con sus engaños ha convencido a todos los demonios de que es hora de volverse a levantar en contra de quienes mantienen el orden entre los humanos y todos los tipos de magia que habitan en el mundo.   

De ahí que el consejo del Distrito Arcano maldijo la ausencia de los cuervos, el grupo de seres que ayudaron a fundar la ciudad con todo su poder, los necesitaban ahí para solucionar el problema que ellos mismo habían causado al expulsarlo.

 

–¿O sea que básicamente quieres que arregle su problema? Deben de estar realmente muy jodidos para que alguien como yo sea su mejor opción –dijo en voz alta sin saber si el cuervo lo escucharía. De su traje se desprendieron un par de plumas que le dieron forma a un muñeco que se parecía al cuervo que la había visitado.

–Queremos que nos ayudes a hacerlo, sí –dijo la marioneta del cuervo–. Te lo pedimos porque eras la persona con más desesperanza en toda la ciudad y a los cuervos nos gusta encontrar la esperanza en ese tipo de personas.

– No se si me gusta que proyecten su necesidad de salir del hoy en mi, no quiero esa responsabilidad en mis hombros, ya tengo demasiadas preocupaciones en qué ocuparme. Y… bueno, ¿por qué no pelean ustedes mismos? Digo, si es que son taaaan poderosos como quieren hacerme creer.

–Ven a la Casa del Tiempo, quizá ahí podamos explicártelo mejor –dijo la marioneta antes de perder su magia, dejando caer al suelo todas las plumas que formaban el atuendo de cuervo que la vestía junto con una llave. Cuando recogió la llave, las plumas desaparecieron.

–Carajo –se dijo a si misma al reconocer en qué tipo de historia se estaba viendo involucrada (sobra decir que no era de sus géneros favoritos)–, ¿de verdad tengo que ser una chica mágica y salvar al mundo?

Era eso o dejar que toda su tragedia y la amenaza inminente terminaran de ahogarla hasta matarla.

Y no estaba muy segura de si prefería la segunda opción.

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