1 · Magia mundana

El día a día tiene su encanto. No, no, no me malentiendas. No estoy queriendo tapar algún pesimismo ni ser estúpidamente optimista para negar que mucho del mundo está del carajo. A lo que voy es que, el hecho de que el mundo se mantenga como está y no se caiga es casi obra de magia. O bueno, no casi. La magia vive mantenida sobre una telaraña cuyos hilos son historias que nos contamos a nosotros mismos para tratar de que los personajes en ella se vean un poco más interesantes, para que la vida nos ponga atención y nos pregunte “¿qué sigue?”, para saber que existimos.

        Entre los hilos de mi telaraña está el hecho de que, como en muchas otras historias, soy el último de mi tipo. Sí, sí, ya sé. Pobre de mí, uno más de ese montón de tragedias. Soy humano como muchos aquí, como todos si es que no crees en todo lo demás que vive en el planeta.

        Ya estoy divagando mucho, creo.

        Déjame ver, ¿por dónde empiezo?

        Mi nombre es Isaac Vallenegro, solía ser un adolescente aburrido que estaba emocionado por saber de qué trataba la vida y entender cómo funcionaba. Sí, otro más de ese montón. También fui aprendiz de Mahara Rodán hasta el día en que se le acabó la tinta para seguir escribiendo sus días. ¿Aprendiz de qué? Ay, no te quieras adelantar a la historia, te contare lo que pueda mientras me toca contar, no te me impacientes.

        Ella me enseñó a leer las telarañas del tiempo, a empujar y tejer algunos de sus hilos para empujar al mundo a que avance, también me enseñó uno que otro hechizo que, como seguramente habrás leído ya más de un par de veces, la magia tiene un precio a pagar a cambio. En nuestro caso, tenemos que escoger con mucho cuidado los hechizos que se harán muy nuestros ya que al hacerlos quedarán tatuados en nuestra piel de por vida. Un tatuaje por cada hilo que tejas que no estaba destinado a estar dentro de la telaraña del tiempo . Entre más impacto tenga en tu vida y los que te rodean, más grande será el tatuaje.

        El chiste es encontrar la magia en lo mundano y empujarla a seguir su curso, ser un guía, un amigo, un abrazo. Aprender a tejer caminos con lo que hay, para que haya más donde antes no había.

Lo que extinguió a los míos fue la inmediatez.

A la gente le dejó de importar el trayecto. Viven bajo la excusa de que la vida es demasiado corta para perder el tiempo en disfrutar del tiempo, en andar y construir, lo quieren todo ya. Sin el tiempo que cuesta tejer y hacer fuerte la historia.

Y pues la telaraña se rompe.

Y nos mata.

Por treinta años he visto el deterioro y el fortalecimiento de los hilos, tengo mis brazos llenos de tinta de todas las veces que he intentado salvar al mundo. Un ouroboros está mordiendo su propia cola en una de mis piernas de cuando tuve que morir un poco para engañar a la muerte y vivir un poco más.

Hoy tengo miedo.

Tengo en mis manos un sobre que tiene mi nombre y que, por más que busco entre la telaraña, no puedo encontrar quién la escribió, quién la envió y cómo llegó a mi casa.

Lo abro con la cautela de quien abre la jaula de un león hambriento.

Dentro hay una sola hoja manchada de palabras con tinta verde.

Isaac, Tejedor del tiempo.

Está cordialmente invitado a cenar esta noche en la Mansión Anansi, su presencia es indispensable para discutir entre los demás asistentes la importancia del tiempo.

Será una noche única, como usted.

Atentamente,

El anfitrión

Guardo la carta en su sobre y el atardecer que se cuela por la ventana me alarma que, si le hago caso a la invitación, ya es casi hora de salir.

Hay algo mal en todo ese evento.

No puede ser una coincidencia que me inviten a mí, un tejedor de la telaraña del tiempo a una mansión que lleva el nombre del Dios araña. Mucho menos que entre los hilos no haya uno solo que me cuente sobre aquél evento. Mi instinto me dice que es una trampa y eso, de cierta manera, me llena de curiosidad. De miedo, también. Pero miedo del bueno, del que te empuja a querer saber por qué.

Tomo una chamarra y salgo.

Dejo que los hilos me transporten hasta la mansión, la noche ya cayó y la puerta principal de la gran casona está abierta. No hay luz adentro. Se oye el eco de voces rebotar desde lo profundo de aquella oscuridad. El recibidor es inmenso, ¿qué tan grande puede ser aquella casa? Las voces vienen de una puerta entreabierta, la empujo y anuncia mi llegada al salón crujiendo, imitando a una montaña cayéndose.

Tres personas voltean a verme inmediatamente, se reúnen alrededor de un candelabro de mano y se acercan a mí.

–¿Quién eres? –dice una mujer ya entrada en años

–¿Un invitado más? –dice un hombre de antojos y barba bien cortada

–¿También tienes la carta? –dice una niña que estoy seguro no es humana.

–Soy… –les quiero contestar pero nos interrumpe la estruendosa caída de algo sobre la mesa que está en el centro del salón. Nadie grita, nadie corre, todos volteamos, nos acercamos a echarle luz a lo que calló.

El grito está ahogado.

El cadáver está en la mesa.

Y está lleno de tatuajes.

Tatuajes como los míos.

Puedo sentir su magia, puedo escuchar los hilos de su historia romperse y puedo los de nosotros cuatro mancharse de rojo y anudarse.

¿Por qué estoy aquí?

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