1111 años después

El mundo murió una tarde en la que a nadie le importó. Eso cuentan las leyendas, al menos.

Según los historiadores, la cuenta de los años cambió ese día y 1111 años después yo me encuentro aquí preguntándome cómo fue que llegamos a esto y, si de pura casualidad, hay más que esto.

Digo… debe de… ¿no?

Las ruinas del mundo antiguo y sus historias cuentan que éste funcionaba de manera completamente distinta. O quizá no lo hacía tan bien y por eso se murió. Hasta podría decir que era otro. Para empezar estaba sobrepoblado, la ciencia y la tecnología no estaban tan desarrolladas pero eran mucho más complicadas que las nuestras. Día a día se descubría algo nuevo, como si tuvieran prisa de llegar a algún lado. O de no estar donde se encontraban. Dos terceras partes del mundo moría de hambre y la parte restante moría de excesos. En eso no hemos cambiado mucho.

Según los contéos, la humanidad en este mundo está por pasar el millón. Quizá para cuando lean esto ya seamos menos. 

Después de la Gran Guerra entre nosotros mismos que se lucho por la individualidad y la grandiosa causa de “yo soy más importante” vinieron los desastres naturales como consecuencia. Y en algún punto de todo eso la gente perdió el espíritu de conservación de la especie, nadie tenía hijos ya que todos odiaban a todo lo que fuera humano y nos convertimos en nuestro peor enemigo. Como si la vida se tratara de eso.

Desde entonces los que hemos resistido a eso hemos encontrado otras cosas en qué distraer nuestros días. Otras historias, otras ciencias, otras esperanzas. Hemos logrado que la música funcione de muchas maneras más allá del entretenimiento. Hemos tratado las cicatrices de una herida que nunca va a sanar. Todo para esconder la tristeza que se resguarda en nuestro ser al reconocer la agonía que hemos estirado más de la cuenta.

Los pocos que se arriesgan a traer una nueva vida a éste mundo al que la decadencia ya le pasó factura son los optimistas que creen que, más allá de no empeorar, la cosa puede mejorar.

Por eso seguimos existiendo como raza.

Sólo por eso.

Yo, por la misma razón, viajo y me pierdo entre las ciudades secretas que la naturaleza se apropió y los caminos que parecen llevar a ninguna parte. Estoy segura que, en alguna parte,  debe haber algo que no sea como todo esto. Algo que le de vuelta al destino que nos escribimos por cuenta propia.

-No estoy muy convencido de que entrar a ese bosque sea buena idea -dijo una voz a través del comunicador en mi oreja derecha.

-¿Tienes una mejor sugerencia que no sea quedarse sentado? -le conteste sin detener mi andar.

-Pues… volver a casa estaría bien. Te extraño, Sofía -dijo él, con la seguridad de que lo que me dijera no me iba a detener.

-No puedo -le contesté después de un suspiro-. Si lo que las leyendas cuentan es verdad, éste lugar guarda un poder increíble y no hay mejor día para venir.

-Eso haz dicho de los últimos quince.

-Aunque sea mera superstición, es el día 11 del mes 11 en el año 1111. Aquí voy a encontrar algo, estoy segura.

Dejó de hablar en señal de derrota.  Yo me quedé absorta de cómo la luz buscaba camino entre los árboles y me dejé guiar por eso. A veces creo que inventamos tanta cosa alrededor de la música para vencer el tedio que el silencio del mundo causaba.  Este bosque, sin embargo, tenía algo. Su silencio te contaba tanto y era tan seductor que no podía evitar escucharlo y seguirlo.

Llegué a un grupo de casitas destruidas que estaban reunidas a la orilla de una plazoleta.

En el centro una estatua me daba la espalda. Por un segundo creí verla moverse, perdí varios segundos en convencerme de que ha tenido el brazo levantando, señalando una de las casas, desde que la vi.

Aunque nunca había estado ahí algo me pareció extraño, casi fuera de lugar. En todas las historias y leyendas de antes de la Gran Guerra lo importante de éste lugar era una enorme torre que se decía fue construida gracias a todos los deseos que se cumplieron aquí mismo.

De dicha torre sólo quedan escombros. Aya a nadie le interesa desear. ¿Por qué habría de señalar a otro punto si no es la torre ausente?

Olvidándome de que yo había ido a ese lugar precisamente para que la torre me cumpliera mi más grande deseo, me dejé llevar por la curiosidad y me acerqué a las ruinas de la casa señalada.

-Entra, ya casi es hora -escuché decir a una voz en mi comunicador.

-¿Hora de qué? -le dije a quien me esperaba en casa.

-¿De qué hablas? -Contestó.

-Dijiste algo, ¿no? -añadí confundida- No me juegues este tipo de bromas.

-Yo no dije nada.

-No es gracioso… -le insistí.

Lo que quedaba de la puerta del lugar se cayó a mis pies , dejándome ver lo que quedaba del interior. El polvo lo transitaba como si fuera su hogar y es bosque estaba de visita, entrando por la ventana. Había un par de mesas vacías y una pequeña barra al fondo. Desde la puerta es todo lo que podía ver. Sobre la barra estaban los restos de una maquina que me llamó la atención. Me metí al lugar sólo para poder verla más de cerca. Era una rsdio de aquellos tiempos. La emoción me inundó y busqué la manera de hacerla funcionar. Utilicé mi comunicador para ver si podía transmitirle un poco de energía. Cuando la magia de nuestra música hizo lo suyo una pequeña pantallita se iluminó en el aparato.

“111.1” decía.

-Hazlo -dijo la misma voz que me invitó a entrar-. Es tu más grande deseo. Es hora.

¿Hacer qué? Pensé confundida y algo asustada. Inconscientemente alcancé el sintonizador de mi comunicador y lo moví hasta el 111.1. La música que salió de él sonó como si algo la quisiera romper, arañar, torcer.

Suspiré y con el aire que dejé salir, la vasa se recomstruyó. Estaba segura que aquello era una ilusión o que el techo me había caído encima y estaba inconsciente si no es que muerta. Mi magia musical nunca había hecho algo como eso antes. La casa entera estaba ante mi viva, había gente en las mesas y cosas en los estantes de la pared. Era un día soleado y podía escuchar a la gente acimar afuea.

La radio sonaba por si sola.

Detrás  de la barra un hombre con la barba descuidada de algunos días y con tatuajes en el brazo me veía a los ojos. Sonrió.

-Un suspiro es el aire que te sobra para todo eso que te falta -me dijo ofreciendome una taza con lo que parecía ser café. Café de verdad, no lo que se produce en nuestras reservas. Jamás había olido algo como eso. Tomé la taza y sorbí un poco. Era verdad.

-¿Qué está sucediendo? -le pregunté con la poca confianza que había ganado- Hasta hace unos segundos todo estaba en ruinas. ¿En qué momento se llenó todo de vida?

-No lo se, dime tú -dijo él sin dejar de mirarme a los ojos- ¿Qué deseaste?

Entre los estantes, detrás de él, alcancé a ver lo que parecía ser un calendario. Según mi contéo la Gran Guerra no ha sucedido.

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