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Sombras de la noche

I

 

            -Apuesto a que esperan cualquier cosa, ¿verdad? -Dijo María, un poco desesperada de que nadie hiciera nada, sólo estabamos sentados, como cadáveres en putrefacción esperando a que los cuervos vinieran a comernos.

            Dirigió su típica cara de ya-no-sé-que-hacer-pero-muero-de-aburrimiento hacia mí tratando de exigir ayuda por la misma mirada. Yo, en respuesta agarré mis cosas sin voltearla a ver, las metí a la mochila, me puse de pie y dije: 

            – Pues no sé qué es lo que esperen, lo que sea, yo ya me voy. Se me hace tarde y no quiero regresarme en uber. Sale muy caro cruzar la ciudad.

            Salí de aquel lugar, caminé hacia la estación del transporte que a estas horas ya es dudoso que transite por las calles. María me alcanzó en la esquina. Los demás… supongo que pasaron a la inconsciencia o algo por el estilo, porque regularmente no la dejan irse sola. Me di cuenta porque sólo la sentí a ella y sólo oí su voz.

            – Se les subió a la cabeza lo de la magia y la energía, ¿verdad? ¿Crees que regresen a este plano?

            -Supongo que sí, pero si lo hacen, no querrán saber nada más acerca del tema. Se asustaran y correrán a esconderse bajo los brazos de mama pseudo-realidad. -Dije, evidentemente fastidiado-. ¿Qué ruta esperas?

            -Ninguno, me iré caminando, más bien espero a que llegue el tuyo. -Señaló con su mano hacia el horizonte indivisible de la noche. Una luz-. ¡Mira, ahí viene!                                         

            Me quedé pensando la mitad del camino a casa en aquella noche, ellos se habían perdido. Hubo un momento en que su energía se desvaneció. Su vida ahí estaba, eran como marionetas que respondían coherentemente si les preguntabas algo pero no se movían, ni siquiera parpadeaban. Hasta la fecha no he vuelto a saber de ellos, facebook a veces me informa que siguen con vida en sus escuelas. Pensaba en el momento en que a mí me empezó a interesar todo ese mundo esotérico, pero una tormenta exigió la atención de mi mente. Mis pensamientos se regresaron al presente por su culpa, de hecho, se adelantaron minutos en el futuro: Maldición, ¿cómo llegaré a mi casa? El camión me deja en la entrada del fraccionamiento y nadie querrá darle aventón a alguien mojado a media noche. Maldición, maldición, maldición… tendré que caminar todo el cerro.

Y así fue, caminé… bajo las calles de un fraccionamiento oscuro, dado que al dueño de esas calles tenía miedo de deshacerse de su dinero para pagar las cuotas del alumbrado público.

Se sentía sólo el lugar, una soledad extraña, falsa y mentirosa. Algo me acechaba desde la otra acera, por el momento no me importó. Caminé un poco más de prisa y unas cuantas cuadras después sentí a mi acosador más cerca. La soledad había mutado a intranquilidad. El tipo de impaciencia que sientes cuando alguien te está apuñalando con la mirada. Esa misma que te obliga a voltear aunque no quieras. Sin poder evitarlo, gire mi vista y ahí la vi pasar. Una sombra, oscura y translucida, podía sentir su mirada, aunque no tuviera ojos aparentes. Se movió desde una columna por el patio de una casa que estaba abierto a la luz de la luna, caminó hasta atravesar un gran roble y desaparecer.

            Continué avanzando, preocupado. Tracé un círculo con mis brazos y pedí protección. Aún bajo el frío de la lluvia, sentía el calor de un abrazo maternal y la seguridad para continuar el trecho que me faltaba. Unos cuantos metros más allá, andando con la mirada baja, me sorprendí al ver que cuando caminaba, parecía que rompía la oscuridad. Con cada paso que daba una estela de luz rodeaba mi cuerpo. Me dio gusto saber que mi petición fue aceptada y me olvidé de todo. Más adelante volví a ver a la sombra, viéndome dentro de una casa estilo barroco a medio construir. No me importó de nuevo. Llegué a casa, pasó el tiempo y la olvidé, hasta otra noche, en la que visitó mi cuarto.

 

II

 

Estaba a punto de dormir, con la luz apagada, mirando hacia la nada que se expandía en el techo. Pensando en todas aquellas cosas que no hice y que tendría que hacer el día de mañana, la niebla mental empezaba a arrastrarme al reino de Morfeo cuando una sensación me jaló de regreso. La misma de aquella vez. La sensación de querer gritar y no poder, de querer correr y no tener a donde, de querer moverte y sentirte inútil de no saber cómo. Traté de tranquilizarme, di media vuelta en la cama y cerré los ojos tratando de ignorar lo que había sentido. Pero la energía no es cosa fácil de ignorar.

            Necio, traté de continuar el fingir que estaba ignorando lo que estaba pasando. La sensación creció y sentí como un peso enorme caía encima de mí. Abrí los ojos y el cuarto estaba oscuro y pacífico, pero yo seguía sintiéndome igual. Volteé al techo y ahí estaba, dejándose caer hasta aplastarme. Con ella la desesperación creció y tuve que luchar con su peso y mi cordura para poder moverme, hacer algo al respecto. Cuando lo logré, prendí la tele instintivamente. Regresé mi mirada a donde me encontraba y la intrusa no estaba más ahí. Sólo los residuos de su evidencia, se podía ver que ahí había estado, pero ya no.

Me acosté, veía como la gente caminaba de un lado a otro de la pantalla, se peleaba, discutía, reía, se iban a comerciales, volvían y soñé… hasta una tercera vez.

 

III

 

            – La tercera es la vencida… -dijo María dándome una bolsa de plástico, sellada y con granos blancuzcos dentro. Sal-. Pon un poquito de esto en cada esquina de tu cuarto. La sal purifica espacios y lugares, ayuda a las energías atrapadas entre este y el otro plano a liberarse. Te  servirá.

            Obediente ahí voy yo a poner la sal, trabajé ese día y todo se sentía tranquilo. Neutral. Ni mala, ni buena vibra. Todo estaba bien. A la hora de acostarme, apagué todo, traté de sacar al gato de mi cuarto, pero no pude, es adicto a estar dentro de mi cuarto. Todo en paz. Dormí.

            Lo que no esperaba, pasó a la noche siguiente, terminando unas tareas para la próxima clase a la primera hora. Ya estaba acostado, tapado y con sólo la luz de noche prendida, trabajaba en mi cuaderno. De repente, una triste nostalgia me entró, un sentimiento parecido al de los otros 2 casos. Pero más triste y nada desesperante. Miré de reojo a la puerta del cuarto y la encontré de nuevo. Parada detrás de la silla que uso para la computadora, viéndome, triste. Tenía esta vez una forma humanoide femenina, pero no se movía. Sólo me veía, afligida.

            Le sostuve la mirada unos segundos y se sentó en la silla. Me siguió mirando unos segundos y bajo la mirada. Ahí se quedó, derrotada y abatida, daba lástima. Con ganas de pararme y abrazarla pero no lo hice. Seguí mirándola, hasta que con un gesto, levantó la cabeza, le sonreí y desapareció.

            María vino a visitarme hoy y me dijo algo interesante que llenó mi atención: las sombras se encariñan muy fácilmente, pero saben que en algún momento tienen que irse.

No seré yo

Se despertó ansiosa, hambrienta y adolorida. Tenía tantas cosas en la cabeza que no sabía por dónde empezar a acomodarlas. El zorro la había engañado con todo su cuento de quién era quién. Y, después de ser rescatada por Ike, se enteró que también lo había engañado a él. El día que se habían conocido también había sido planeado por el mismo zorro. Le dolía la cabeza de sólo pensar los límites de la red de engaños.

Incluso estaba segura de que Orfeo también estaba enredado en todo aquello y por un segundo le dolió pensar que escucharlo quizá también fuera un engaño. ¿Hasta dónde iba a dejar que todo aquello la perturbara? en su cabeza estaba segura de algo, que no era una buen día para ser ella.

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Sobre las tierras en blanco

En la radio del café en el que Sylvanna desayunaba sonaba una canción que, dada su situación, quiso llamarla “su canción” en ese momento.

 

Me gustar equivocarme, saber que erré

Contar mi historia a los espejos

e  imaginar que voy muy lejos a pie.

 

Maldijo su suerte por un segundo, también a su gusto por meterse en los problemas más complicadosque la vida se encontraba. De cualquier manera, su mal humor cambió al dejar el periódico en la mesa y observar a la clientela del lugar. Habían pasado un par de semanas desde que el zorro le dijo que salvara a la sobreviviente de su más grande error.

Sonrió de oreja a oreja al encontrarse en el momento perfecto, en el lugar idóneo.

Sin pensarlo ni un segundo, se puso de pie y se dirigió a la primera mesa de la terraza, donde dos chicas desayunaban en silencio.

-¿Zarzamora? -le preguntó a la de pelo chino y tan negro como el carbón.

-¿Sí? Que pa… -se interrumpió para analizar si sus ojos en realidad estaban viendo lo que creía que estaban viendo , completamente boquiabierta.

-Eeeeeh… digamos que… tengo algo muy importante que contarte -dijo al sonrojarse-. No te va a dar tanto gusto verme después de escucharme. Perdoname. De verdad.

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Esto que tú eres

Al abrir los ojos sintió que no podía enfocar bien, la luz era como la de de esa hora del día en que por más que enciendes las luces no alumbran mas y por más luz que haya está oscuro. Se incorporó y trató de observar a su alrededor, no había más que neblina y el suelo era como de ladrillos pintados que se extendían donde el horizonte alcanzaba a ver. Al examinar mejor el suelo descubrió, para su sorpresa, que ahí se dibujaba una rosa de los vientos con… algo… diferente. Los puntos cardinales eran los símbolos de las puertas de la casa donde los había convocado su extraño anfitrión.  

Pum, pum, pum, le hacía la cabeza cada vez que la movía con brusquedad.

En una de la puntas de esa rosa estaba el símbolo de la puerta que le correspondía, el cual empezó a crepitar en cuanto se acercó a él.

-Ixchel, no temas –escuchó que le decía una voz que provenía de todos lados.

-¿Quien esta ahí? –preguntó asustada– ¿Qué quieres de mí?

-Escucha Ixchel, hay poco tiempo, estas en el punto de comunión de las 4 fuerzas. El anfitrión es un ser muy poderoso y peligroso que debemos detener, yo soy la guardiana de la casa de Anansi donde todos ustedes fueron convocados, desde hace tiempo he tratado de contactarlos a ustedes, los últimos tejedores, para advertirles sobre el peligro que se avecina pero fue demasiado tarde, gracias  al destino he encontrado una segunda oportunidad al traerte aquí.

-Pero yo que puedo hacer –le respondió asustada – Estoy perdida no puedo encontrar a los demás y apenas si puedo entender lo que me dices.

-Escucha muy bien lo que te voy a decir –Dijo con más severidad la voz –para poder detener a este rufián primero debes de tomar posesión de la casa del espacio, la casa que te pertenece y asi podrás abrir el portal para que todos converjan aquí en la plaza de la realidad. Para lograr eso debes de acercarte a  ella y probar que eres digna de tomar control de la casa.  Esto a través de un gran sacrificio que te permitirá abrir las puertas de la casa.

Eso suena muy complicado –pensó Ixchel –¿Qué puede sacrificar alguien que prácticamente no tiene nada? –se preguntó a sí misma.

Al entender eso se acercó a la casa del espacio, que se hacia mas nitida a cada paso que daba: era una casa alta con tres torres, techos de dos aguas con tejas verdes y amarillas que formaban un entramado de una belleza peculiar. Todas las ventanas estaban cerradas y tapiadas como si la casa se protegiera de un huracán, en el porche había varios objetos tirados, parecía que un cartógrafo había huido de ahí dejando todos sus instrumentos de medición en el piso. Había brújulas, compases, un astrolabio partido a la mitad, varias cuerdas de medición y otros objetos que no reconocía pero que podía intuir servían para medir cosas. Ixchel no tenía idea de que era lo que tenía que sacrificar para tomar posesión de esa casa, de hecho no tenía idea de querer tener una casa extraña y de qué tenía que hacer para poder mantenerla. Le sorprendía mucho lo rápido que habían cambiado sus prioridades en cuestión de horas y ahora tenía que decidir qué sacrificar para poder tomar posesión de algo que hasta hace unos segundos no sabía que quería. Los nervios no dejaban de hacer estragos en su cabeza mientras seguía viendo los objetos del porche de los cuales le llamó la atención un taumatropo de una jaula y una ave, lo tomó entre sus manos y empezó a jugar con él.

Pum, pum, pum, le volvió a hacer la cabeza cuando se dío cuenta de que era lo que podía sacrificar.

En eso la puerta de la casa se abrió.

Los ingredientes de un deseo

El crujido de la puerta al abrirse anunció su llegada al café.

-Buenos días, Andrés –dijo el hombre detrás de la barra que siempre sonreía con la llegada de historias para su día. Como cada jueves, el pintor había llegado con la ropa manchada, ojeras y el estómago vacío. Era una historia que ya se sabía muy bien pero también era una historia que le agradaba repetir. Hasta podía decir que su día no comenzaba hasta que él aparecía para desayunar.

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Sentencia

“Cerca de una centena han dejado de respirar” decía el periódico que leía mientras se terminaba su desayuno. Una de las ventajas que tenía, al haber aceptado el trato con el zorro de la corbata es que se había hecho invisible. Pasó de ser Silvanna, la sensación mundial, a la chica de pelo castaño que a nadie le importa en aquella esquina del café. Todos estaban demasiado ocupados en encontrar a la culpable de aquél desastre para darse cuenta de que la tenían enfrente, pidiendo un café, caminando en el parque, cargando la culpa de algo que no sabía que así iba a suceder, oculta detrás de un hechizo que a la estaba escondiendo de otro más grande.

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1111 años después

El mundo murió una tarde en la que a nadie le importó. Eso cuentan las leyendas, al menos.

Según los historiadores, la cuenta de los años cambió ese día y 1111 años después yo me encuentro aquí preguntándome cómo fue que llegamos a esto y, si de pura casualidad, hay más que esto.

Digo… debe de… ¿no?

Las ruinas del mundo antiguo y sus historias cuentan que éste funcionaba de manera completamente distinta. O quizá no lo hacía tan bien y por eso se murió. Hasta podría decir que era otro. Para empezar estaba sobrepoblado, la ciencia y la tecnología no estaban tan desarrolladas pero eran mucho más complicadas que las nuestras. Día a día se descubría algo nuevo, como si tuvieran prisa de llegar a algún lado. O de no estar donde se encontraban. Dos terceras partes del mundo moría de hambre y la parte restante moría de excesos. En eso no hemos cambiado mucho.

Según los contéos, la humanidad en este mundo está por pasar el millón. Quizá para cuando lean esto ya seamos menos. 

Después de la Gran Guerra entre nosotros mismos que se lucho por la individualidad y la grandiosa causa de “yo soy más importante” vinieron los desastres naturales como consecuencia. Y en algún punto de todo eso la gente perdió el espíritu de conservación de la especie, nadie tenía hijos ya que todos odiaban a todo lo que fuera humano y nos convertimos en nuestro peor enemigo. Como si la vida se tratara de eso.

Desde entonces los que hemos resistido a eso hemos encontrado otras cosas en qué distraer nuestros días. Otras historias, otras ciencias, otras esperanzas. Hemos logrado que la música funcione de muchas maneras más allá del entretenimiento. Hemos tratado las cicatrices de una herida que nunca va a sanar. Todo para esconder la tristeza que se resguarda en nuestro ser al reconocer la agonía que hemos estirado más de la cuenta.

Los pocos que se arriesgan a traer una nueva vida a éste mundo al que la decadencia ya le pasó factura son los optimistas que creen que, más allá de no empeorar, la cosa puede mejorar.

Por eso seguimos existiendo como raza.

Sólo por eso.

Yo, por la misma razón, viajo y me pierdo entre las ciudades secretas que la naturaleza se apropió y los caminos que parecen llevar a ninguna parte. Estoy segura que, en alguna parte,  debe haber algo que no sea como todo esto. Algo que le de vuelta al destino que nos escribimos por cuenta propia.

-No estoy muy convencido de que entrar a ese bosque sea buena idea -dijo una voz a través del comunicador en mi oreja derecha.

-¿Tienes una mejor sugerencia que no sea quedarse sentado? -le conteste sin detener mi andar.

-Pues… volver a casa estaría bien. Te extraño, Sofía -dijo él, con la seguridad de que lo que me dijera no me iba a detener.

-No puedo -le contesté después de un suspiro-. Si lo que las leyendas cuentan es verdad, éste lugar guarda un poder increíble y no hay mejor día para venir.

-Eso haz dicho de los últimos quince.

-Aunque sea mera superstición, es el día 11 del mes 11 en el año 1111. Aquí voy a encontrar algo, estoy segura.

Dejó de hablar en señal de derrota.  Yo me quedé absorta de cómo la luz buscaba camino entre los árboles y me dejé guiar por eso. A veces creo que inventamos tanta cosa alrededor de la música para vencer el tedio que el silencio del mundo causaba.  Este bosque, sin embargo, tenía algo. Su silencio te contaba tanto y era tan seductor que no podía evitar escucharlo y seguirlo.

Llegué a un grupo de casitas destruidas que estaban reunidas a la orilla de una plazoleta.

En el centro una estatua me daba la espalda. Por un segundo creí verla moverse, perdí varios segundos en convencerme de que ha tenido el brazo levantando, señalando una de las casas, desde que la vi.

Aunque nunca había estado ahí algo me pareció extraño, casi fuera de lugar. En todas las historias y leyendas de antes de la Gran Guerra lo importante de éste lugar era una enorme torre que se decía fue construida gracias a todos los deseos que se cumplieron aquí mismo.

De dicha torre sólo quedan escombros. Aya a nadie le interesa desear. ¿Por qué habría de señalar a otro punto si no es la torre ausente?

Olvidándome de que yo había ido a ese lugar precisamente para que la torre me cumpliera mi más grande deseo, me dejé llevar por la curiosidad y me acerqué a las ruinas de la casa señalada.

-Entra, ya casi es hora -escuché decir a una voz en mi comunicador.

-¿Hora de qué? -le dije a quien me esperaba en casa.

-¿De qué hablas? -Contestó.

-Dijiste algo, ¿no? -añadí confundida- No me juegues este tipo de bromas.

-Yo no dije nada.

-No es gracioso… -le insistí.

Lo que quedaba de la puerta del lugar se cayó a mis pies , dejándome ver lo que quedaba del interior. El polvo lo transitaba como si fuera su hogar y es bosque estaba de visita, entrando por la ventana. Había un par de mesas vacías y una pequeña barra al fondo. Desde la puerta es todo lo que podía ver. Sobre la barra estaban los restos de una maquina que me llamó la atención. Me metí al lugar sólo para poder verla más de cerca. Era una rsdio de aquellos tiempos. La emoción me inundó y busqué la manera de hacerla funcionar. Utilicé mi comunicador para ver si podía transmitirle un poco de energía. Cuando la magia de nuestra música hizo lo suyo una pequeña pantallita se iluminó en el aparato.

“111.1” decía.

-Hazlo -dijo la misma voz que me invitó a entrar-. Es tu más grande deseo. Es hora.

¿Hacer qué? Pensé confundida y algo asustada. Inconscientemente alcancé el sintonizador de mi comunicador y lo moví hasta el 111.1. La música que salió de él sonó como si algo la quisiera romper, arañar, torcer.

Suspiré y con el aire que dejé salir, la vasa se recomstruyó. Estaba segura que aquello era una ilusión o que el techo me había caído encima y estaba inconsciente si no es que muerta. Mi magia musical nunca había hecho algo como eso antes. La casa entera estaba ante mi viva, había gente en las mesas y cosas en los estantes de la pared. Era un día soleado y podía escuchar a la gente acimar afuea.

La radio sonaba por si sola.

Detrás  de la barra un hombre con la barba descuidada de algunos días y con tatuajes en el brazo me veía a los ojos. Sonrió.

-Un suspiro es el aire que te sobra para todo eso que te falta -me dijo ofreciendome una taza con lo que parecía ser café. Café de verdad, no lo que se produce en nuestras reservas. Jamás había olido algo como eso. Tomé la taza y sorbí un poco. Era verdad.

-¿Qué está sucediendo? -le pregunté con la poca confianza que había ganado- Hasta hace unos segundos todo estaba en ruinas. ¿En qué momento se llenó todo de vida?

-No lo se, dime tú -dijo él sin dejar de mirarme a los ojos- ¿Qué deseaste?

Entre los estantes, detrás de él, alcancé a ver lo que parecía ser un calendario. Según mi contéo la Gran Guerra no ha sucedido.

Entre el pecho y la espalda

Se encontró a sí misma enredada o, para hacerle honor a su nombre, enzarzada.

–Volviste –dijo el ángel sorprendido.

–Realmente no quería, pero ya sabes, los sueños tienen vida propia –dijo la chica, resignada a estar donde se encontraba.

–Perdona por hacerte enojar –dijo él, escondiendo la mirada en el suelo–, no era mi intención. Pero en verdad hay que tener cuidado en los siguientes días, en cuanto logremos salir de aquí.

Aunque había avanzado en su tarea la noche anterior, no lo había hecho lo suficientemente rápido, estaba muy cansada de buscar la escoba todo el día y el progreso casi no se notaba. Tener que hacer esfuerzo físico también en sus sueños, la iba a terminar desgastando algún día.

–Perdona por darte esa cachetada… –contestó ella, minutos después del silencio en el que se habían metido– y por dejarte aquí solo.

–No te preocupes, aquí no paso nada, más que matarme de hambre. Un poco. –dijo él, casi en un susurro, casi no queriendo– ¿Aún no encuentras tu escoba, verdad?

–¿Por qué te preocupa tanto? –preguntó intrigada, pero con verdadero interés.

–Tengo mis creencias –dijo él, levantando la cabeza al hueco por donde entraba la poca luz que les llegaba–. La gente que fue a ese concierto está a pocos días de morir. La bruja que los hechizó es de este mundo, quiere irse para allá, donde el tiempo es estable. Pero para lograrlo, necesita de la esencia vital de muchas personas. Necesita de sus sueños. La verdad es que, yo creo, que sólo tiene miedo de ser el sueño de alguien más. De desaparecer cuando ese alguien despierte.

–¿Y yo qué tengo que ver? –Interrumpió Zarzamora, sin poder atar cabos por ella misma.

–A eso voy, escucha –dijo el ángel en un tono paternal que la hizo sentirse avergonzada. No estaba acostumbrada a escuchar, ella habla y Sabina escucha. Así había sido siempre. Tenía más amigos, pero Sabina era la que la acompañaba a todos lados.

–Eres la única que sobrevivió porque olvidaste tus elecciones en casa, en tu otro corazón. Porque eres la única con dos corazones que asistió. Porque tienes algo que también es de este mundo, tu escoba. Y creo, sólo creo, que la bruja todo lo que pudo robarte de tus sueños, de tu energía, fue tu escoba. Cuando se entere de que existen personas como tú, que pueden vivir en ambos mundos, vendrá por ti. Y nada podrá detenerla. Por eso es que quiero protegerte.

Cuando a Zarzamora la enseñaron a volar, le habían dicho que era más fácil hacerlo en la ciudad de los sueños porque las escobas de las chamanitas no sólo eran de ese mundo. Eran parte de sus mismos sueños. Parte de ella. Si lo que el ángel estaba diciendo era cierto, una parte de ella había muerto ya. Eso la llenó de tristeza, pues volar es algo que la hacía muy feliz. Sin embargo, había otra duda que la llenaba de curiosidad

–¿Y por qué es que dices que perseguir a Orfeo va a matarme? –preguntó Zarzamora, mirando todo el trabajo que le quedaba limpiando esas alas.

–Porque él también quiere protegerte –dijo Ike sin pensarlo– pero él cree que la mejor manera de hacerlo, es sacarte de este mundo. Ir más allá de los sueños. Más allá de los límites. A los terrenos en blanco. Por donde nadie ha cruzado jamás. Pero yo no ceo que cruzar sea la mejor opción, cruzar es ir al otro lado. A la muerte.

–¿Quiere protegerme? –dijo ella emocionada, ignorando todo aquello sobre la muerte y demás. Todo lo importante, pues. Y es que en verdad sus dos corazones corrían a toda velocidad al escuchar que Orfeo quería protegerla y no la dejaron escuchar todo lo demás– ¿Por qué?

–Porque eres su más devota escucha, porque le pones letra a su música –dijo Ike con cierto desprecio. Recelo, quizá.

–¿Y por qué nunca voltea? –dijo más confundida que sus dos corazones– ¡Que se detenga y me diga algo!

–¡Yo que sé! –Gritó Ike algo desesperado– Si arreglas mis alas primero, podemos hacer lo que sea después, pero por amor de Dios, ¡salgamos de aquí ya!

De hecho, ella también comenzaba a desesperarse.

–No puedo, no lo lograré, menudo lío en el que estoy metida –Le contestó– Esta maraña es irreparable. No puedo, simplemente no puedo.

Por un momento pensó en romper la promesa, romper su palabra y mandarlo al diablo, dejarlo ahí y buscar una salida ella sola como pudiera. Pero inmediatamente los tumores en su cabeza dieron señales de alerta, “ni lo pienses, de verdad se preocupa por ti” parecían decir haciéndose sentir como alfileres.

–Podrás si de verdad lo quieres –dijo Ike, quien quería ayudar pero no podía desenredarse por sí mismo, cosa que a ella la hizo sentirse presa de la situación e incluso estaba perdiendo esas ganas de mecerse en esas sucias alas grisaceas de nuevo. Notando la desmotivación que los estaba inundando a los dos, lo mejor que Ike pudo hacer es cantar mientras ella trabajaba, con la esperanza de conciliar sus corazones y hacerlos latir juntos.  Como dos corrientes en un río con la misma dirección.

No puedo dormir

No puedo pensar

No puedo correr

No quiero entender

No puedo escribir

No puedo llorar

No puedo salir

no quiero saber

No puedo soñar

No puedo escapar

No puedo cantar

No quiero creer

Este corazón es uno sólo

Aunque tenga frente y revés

Tu y yo somos lo mismo

Aunque no puedas creer

Sé que tu sabes que yo sé,

Que no hay nada más que entender

Entre el pecho y la espalda

Tenemos todo el poder

Al derecho o al revés ,

aquí vamos otra vez

No quiero dormir

No quiero pensar

No quiero correr

no puedo entender

No quiero escribir

No quiero llorar

No quiero salir

no puedo saber

No quiero soñar

No quiero escapar

No quiero cantar

no puedo creer

Este corazón es uno solo

Aunque tenga frente y envés

Tu y yo somos lo mismo

Aunque no puedas creer

Sé  que tu sabes que yo sé,

Que no hay nada más que entender

Entre el pecho y la espalda

Tenemos todo el querer

Aunque la cancioncilla surtió su efecto y Zarzamora trabajo sin parar, la pesadilla parecía no tener fin: pluma por pluma, pieza por pieza, palabra por palabra.  

“Si no fuera porque soy adicta a encontrar, a buscar lo que falta, lo que sobra, lo que se necesita, lo que andaba buscando, lo que había perdido, lo inesperado, ya me hubiera despertado.” pensó al observar que todavía le faltaba mucho y, a pesar de todo, le estaba tomando cariño a esas alas. Las estaba haciendo suyas.