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Pasado entretejido

–Creo que la pregunta más importante en éste momento es, ¿quién es éste anfitrión que quiere destruirnos? –dijo Tristán analizando las ramas del árbol genealógico de tejedores.

–O, ¿por qué nos juntó en un mismo lugar para hacerlo? –continuó Isaac al tratar de encontrar todos los cabos sueltos

–O, si se supone que somos los últimos en la línea de nuestra energía, ¿qué importancia tienen mis supuestos hermanos en éste árbol? –remató Juliana.

–Yo puedo ir contestando todo eso mientras ustedes se aseguran de continuar con vida –les contestó la voz misteriosa que parecía venir de todos lados.

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La amiga, la escoba y el silencio

Zarzamora despertó de golpe, como en caída libre. Estaba molesta, confundida, cansada y sin saber qué pensar. Se preparó un café y se sentó en la mesa a ver cómo crecía su preocupación. Cuando su mente se llenó y las piedras rechinaban más que sus propios pensamientos, decidió que poner un poco de orden viene siempre bien.

Inmediatamente corrió con Sabina y le pidió que la ayudara, rincón por rincón, a encontrar su escoba. A Sabina no le gustó la idea porque sabía en qué iba a terminar todo aquello, sin embargo no le gustaba ver a su amiga tan molesta. Al ponerse a buscar, Zarzamora solita se puso a vomitar palabras de nuevo, contándole todo el sueño que había tenido la noche anterior. Sabina no dijo nada, claro está, pero torció la boca en desaprobación. A lo que Zarzamora, insistió con que si encontraba la escoba, podrían volar por la noche y buscar a Orfeo. Entonces Sabina cedió persuadida con la prometida recompensa. Trabajaron todo el día, pero pudieron haber hecho mucho más si Zarzamora se hubiera concentrado en la tarea, en lugar de entretenerse en la carta que le había escrito a su tío cuando tenía siete años. O en recordar por qué había guardado aquel paquete de galletas vacío. O admirar la mancha en la pared detrás de buró  y bueno… hablar y hablar y hablar.

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El café sólo abre los jueves

Sobre los nombres se ha dicho todo. Y casi todo ha sido es cierto.

Es algo que aprendí, como en casi toda historia interesante por contar, de no muy buena manera.

Solía dar mi nombre con facilidad a quien me ofreciera una mano o una sonrisa sin importarme el poder que le estaba otorgando a esa persona, a esa situación. No siempre daba el mismo pero era mi nombre porque todas mis ramas somos el mismo árbol.

Era una especie de juego, también. Alguien entraba por la puerta del café, tomaba mesa y yo imaginaba quién era y qué había sucedido en su vida aquél día para haber llegado hasta esa mesa. Así, yo me creaba un personaje que perteneciera a esa historia. Sí, ya sé, no soy el primer barista que ha hecho esto (y estoy seguro que tampoco seré el último) no es nada original, pero en algo tenemos que entretenernos, ¿no?

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El mapa de unas alas rotas

Estaba casi segura de haber visto a Orfeo dar la vuelta en esa esquina. Vagaba con su nuevo atuendo por la ciudad de los sueños, en un jardín de enredaderas con flores moradas. Llevaba perdida desde que llegó, perdida en el sentido de que ya no encontraba a Orfeo por ningún lado y tampoco podía encontrar la calle del puente que llevaba al refugio del ángel. Caminó en distintas direcciones hasta que se dio por vencida. En otra esquina creía ver a su amado y se emocionaba y emprendía su búsqueda hacia él. A la otra esquina, recordaba el puente y se hacía ideas y cosas que quería preguntarle al ángel.

Y por un segundo se le podía olvidar Orfeo.

Esta falta de atención la tuvo, sin que ella se diera cuenta, caminando sin rumbo cerca de una hora. Había llegado a una explanada donde la gente caminaba de aquí allá, otros volaban por encima de ella y seres de todo tipo usaban el lugar como punto de reunión. Se saludaban, se abrazaban, se sonreían y partían a otro lado. Tenían hasta ritmo. Pero ella no, ella estaba parada en el centro, sólo observando. Estaba tan maravillada de aquél escenario que había olvidado sus dos anteriores búsquedas hasta que el viento empezó a silbar una melodía que atrapó su atención por completo, Orfeo estaba cerca.

Era su canción. Su voz.

Siguió la dirección del viento del oeste mientras le añadía letra a la melodía que escuchaba.

Se me olvida recordar

no me gusta planear

No sé determinar

No entiendo tu verdad

No seré yo quien lleve el timón

No sé de dónde vengo, ni a donde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

Tengo una suave inclinación

Una ligera tendencia

Una sutil vocación

Para perder la cabeza….

No he de ser yo quien tenga razón  

No sé de dónde vengo, ni a dónde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

Es un problema menor

Una franca adicción

Una dulce disposición

A perder el control

No he de ser yo quien de dirección

No sé de dónde vengo, ni a dónde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

 

Cuando llegó a donde se escuchaba más fuerte aquella canción, se encontraba de frente a un callejón que no alcanzaba a enseñarle qué había del otro lado, así que se metió entre aquellas dos paredes y cuando menos se dio cuenta, el piso se le acabó. Cayó rodando y rodando, llevándose consigo ramas, piedritas y cuanto estuviera en su camino. Iba tapándose la cara con los brazos, tratando de no lastimarse y sin ver a dónde se dirigía, cual bola de nieve humana. “Si tan sólo hubiera encontrado mi escoba, esto no estaría sucediendo” pensó cuando por fin sintió que se había detenido, sintiendo el dolor en todo su cuerpo. Al inspeccionar el lugar, todo estaba oscuro, una pequeña luz llegaba de arriba. Pero la voz de Orfeo retumbaba en toda la caverna. O pozo. O lo que fuera en donde había terminado.

Se dejó guiar por la voz, una vez más, hasta que sus ojos se acostumbraron a la poca iluminación que había.

–¡Pero mira nada más cómo estás! –exclamó cuando vio unas alas grises descompuestas, completamente liadas en las enredaderas y todas embarradas de mugre y lodo.

–Lo mismo diría yo, querida –dijo el ángel, rascándose la cabeza. Inconscientemente Zarzamora se sacudió un poco y evito verlo a los ojos. No sabía si sentirse defraudada por no encontrar a Orfeo o contenta por encontrar al ángel, aunque fuera en aquél estado.

–¿Cómo  llegaste hasta aquí? ¿Como te enredaste de esa manera?

–Eso es muy largo y difícil de explicar dijo Ike, sólo puedo decirte que tengo una debilidad: a diferencia de mi padre que gustaba de volar alto, a mí me gusta volar bajo, arrastrar mis alas, rozar la tierra. Con frecuencia me meto en verdaderos problemas, pues mis alas sucias y dañadas no pueden volar –dijo él, buscándole la mirada a la chica– la pregunta es, ¿cómo llegaste tú? ¿Qué te pasó? ¿Otra vez sin escoba?

Tantas preguntas estaban haciendo que las piedras en su cabeza hicieran lo suyo.

–Me caí creyendo que tu cantar era el de alguien más –dijo notablemente indignada.

–¿Así nada más? –dijo él riéndose cínicamente, al grado que el pozo hacía eco. Como si a él también le causara gracia– ibas caminando y dijiste: “Oh eso parece una canción, ¡me tiraré por un barranco a un pozo sin salida!”

–¿Tienes algún problema con eso? –contestó aún más molesta de que se riera de ella. Cosa que a él no le importó en lo más mínimo.

–Pues, si quieres que salgamos de aquí, tendrás que cumplir tu palabra y limpiar y acomodar mis alas, pluma por pluma.

–Pero eso parece una tarea interminable –protestó.  

–No lo es –dijo Ike dándole la espalda–, es como hacer un rompecabezas. Sólo se requiere paciencia para unir pieza con pieza. Y continuidad en el amor a lo que se hace, pero bueno, tu tienes suficiente en la cabeza como para arreglar mis alas y sacarnos de este lío.       

Se sentó ante esas alas a las que les había prometido cuidado a cambio de volar y se puso a recorrerlas con las manos, aprenderse el orden de ellas, los dobleces naturales y enderezando los accidentes. Quitando las ramas, el polvo, todo lo que no fuera material de vuelo.

–Y… –dijo antes de jalar una de las plumas enterradas– eso que cantabas, ¿cómo te la sabes? ¿Por qué la cantabas?

–Un amigo me dijo que si la cantaba, llegarías –dijo rechinando los dientes de dolor, esperando que la chica no lo notara.

–¿Un amigo? ¿Cómo sabe? ¿Me estás persiguiendo? ¿Quién te crees que eres? –bombardeó Zarzamora, al quitar una enredadera lo más rápido que pudo, sabiendo que le iba a doler.

–¡AUCH! ¡Con cuidado mujer! –Se sacudió el ángel la espalda y las palabras– Digamos que no es que me crea, es que soy algo así como tu ángel guardián. Estoy encargado de que no mueras, de que el hechizo que durmió a todos en el mundo de tus días no te mate. Y no, no te estoy persiguiendo, tengo que evitar que alcances a Orfeo antes de que llegue a las tierras blancas. Perseguirlo te va a llevar a la muerte y nunca lograrás verle la cara. Es por tu bien.

Esas últimas palabras fueron el alfiler que tronó el globo.

El sonido de una cachetada fue lo último que escuchó antes de despertar.

VII · Laberinto vivo

La ilusión se rompió y la oscuridad los había envuelto a todos una vez más cuando escucharon el grito. Isaac trató de levantarse y encontrar una manera de salir de aquello, la telaraña del tiempo le decía que sí había una salida pero estaba tan oscuro que no encontraba dónde. Golpeó todo lo que pudo hasta que se cansó y se dejó caer por el cansancio. De repente escuchó como si un espejo se cuarteara, era fácil encontrar de dónde provenía eso ya que un rayo de luz entraba de la rajada cada vez más grande. Cuando la oscuridad se rompió pudo ver que algo se acercaba a él, no podía distinguirlo porque su vista todavía no se acostumbraba a la luz, porque la oscuridad estaba quitándole toda la energía que la permitía estar en pie.

-Vamos, es hora de encontrar qué sucede –dijo una voz que le sonó familiar-. Salgamos de aquí.

Sintió que un par de brazos lo ayudaron a ponerse en pie y aquello lo llenó de energía. Incluso su vista se recuperó en un instante.

-¿Tristán? –dijo lleno de felicidad.

-Así es… -dijo el hombre de anteojos- y Juliana también. Vamos a buscar a Ixchel y salir de aquí. No puedo sentir su energía, pero estoy seguro que está escondida en alguna parte de ésta mansión.

-¿Qué fue lo que pasó? –Le pregunté cuando la oscuridad se terminó de romper y los tres nos encontrábamos en el recibidor de la casa una vez más.

-Al parecer hay alguien más dentro de la casa. Alguien que puede controlar la forma de sus pasillos y cuartos a su gusto. Alguien que quiere lo que es nuestro y está dispuesto a matarnos para conseguirlo –dijo Tristán al acomodarse los anteojos sobre su nariz-. Lo que no sabe es que se topó con la gente equivocada, tú sabes lo que dicen “metete con el toro y tendrás los cuernos”.

-¿Y qué vamos a hacer al respecto? –dijo Isaac al mirar la incomodidad con que Juliana los observaba a ambos.

-Juliana tiene una idea –dijo Tristán.

-¿Yo? –dijo ella aún más incómoda- No es gran cosa, tenemos la teoría de que la casa no es más que un gran laberinto esperando a ser resuelto. Y al poder manipular algunas de sus características tenemos una gran ventaja. Sólo tenemos que encontrar a Ixchel y hacerlo sin que quien está detrás de todo este se dé cuenta.

-Suena más fácil de lo que seguro es –admitió Isaac con pesadumbre.

-Y yo pienso hacerlo aún más difícil –dijo una cuarta voz que al parecer no provenía de ningún lugar y de todos al mismo tiempo- no van a ir a ninguna parte.

El salón comenzó a temblar inmediatamente, las puertas y ventanas estaban siendo borradas una a una pero había algo raro en todo aquello. Algo que los tres que buscaban refugio de aquél desastre podían notar gracias a la materia, la energía y los hilos del tiempo; parecía que la casa estaba resistiéndose a aquél cambio.

Su presentimiento se confirmó cuando en una de las paredes vacías se escribió una nota por si sola.

 

“Necesito que confíen en mí un poco”

 

Debajo de dicho letrero había una pequeña puerta abierta.

¿Deberíamos? –preguntó Juliana en voz alta sin ver a sus compañeros.

El letrero cambió a una sola palabra.

 

“Rápido”

 

-Sólo hay una manera de saberlo –dijo Tristán al jalar a sus compañeros de la mano- pero creo que la casa misma nos está intentando ayudar. Sólo creo.

La puerta desapareció a sus espaldas y alguien, en algún lado, no estaba muy contento al respecto.

Bajo el hechizo

-¿Cómo es que llegué a mi casa? -preguntó Zarzamora, -¿Por qué dormí en la sala?

Sabina puso cara de preocupación y sin decir una sola palabra, puso un dedo entre sus labios, agarró el control de la televisión y la prendió. Estuvo negando con la cabeza un par de canales, mientras con la mano le picaba al botón que haría que el siguiente apareciera en la pantalla. Dejó de presionarlo cuando “La masacre musical” se anunciaba con la voz del locutor y Sabina le señaló el televisor a su amiga, mirándola a los ojos. Acción que en esta ocasión significaba “ahí está tu respuesta”.

El reportero explicaba, en pocas palabras, que la gente que había asistido al concierto de Silvanna la noche anterior había caído en una especie de coma sin explicación alguna. Un coma muy profundo que, de no ser porque la gente respira, se les podría considerar muertos. No laten, están fríos, pero respiran. No hubo sobrevivientes, decía el reportero. Justo en ese momento, Sabina volteo a verla para guiñarle un ojo. La chica se puso de pie e hizo la mímica de ir cargando algo en su espalda.

-Ya veo -dijo Zarzamora, con la mirada en el suelo, a todas las palabras regadas que había dejado ahí la noche anterior- ¿Y qué pasó con…

-La artista, principal sospechosa de estar detrás de todo esto, desapareció pocos minutos después del accidente. La policía aún no da con su paradero y sus agentes afirman que se encuentra perdida. Si usted la llegase a ver, aléjese y reporte el caso a las autoridades. Es una mujer peligrosa y debe ser tratada con cuidado -el locutor del noticiero interrumpió la pregunta que la chamanita apenas formulaba, se le cayó la boca al suelo al escuchar que la consideraban una amenaza. “No puede ser”, se decía a sí misma.

-Ya escuché suficiente, Sabina. Ayúdame a limpiar y hay que salir a buscar algo de comer después -Dijo a su amiga con una sonrisa al cambiarle a otro canal.

 

Remendó un par de trapos para arreglar el campo de guerra en el que estaba convertida su casa y mientras pensaba que las palabras no sólo servían para meterse en problemas, también eran necesarias para sellar pactos y hacer canciones. Tal vez las palabras inútiles son sólo aquellas pronunciadas por quienes no las hacen realidad, los que no saben lo que dicen o a los que les gusta andar engatusando a los demás o tal vez los que desconsiderados que no tienen palabra o a quienes les sobran.

Poco antes de que terminara de arreglarse ella misma para salir, en la tele empezó una canción que la hizo quedarse helada por unos segundos.

 

Night was darkness itself,

Something pulled me in

Doors were closing behind me

When I saw the red moon

Saying goodbye

Gray light wings opened to let me in

Inside there was a witness,

but neither of us care

I fall over your chest

And let out all I had …

Revelation  show up  in your eyes

You could not foresee that rush

and released a promise

 

En cuanto el verso terminó y la música continuaba sin decir palabra alguna, la estatua en la que Zarzamora se había convertido por un momento logró apagar la televisión. Tenía prisa de hacerlo, mucha, como si esta le hubiera estado comunicando las peores noticias que había escuchado. Como si se le fuera la vida en ello.

Su corazón latía para un lado con toda fuerza y el corazón de las elecciones la empujaba a salir de la casa lo más rápido que pudiera. Por un lado esa canción la había hecho sentir muy bien, la hizo recordar aquellas alas de ensueño en las que se había recostado la noche anterior. Pero eso era un sueño. Eso era lo que la perturbaba. Nunca, en todos sus años de vida, sus días habían querido insinuar algo sobre sus noches. Y lo que acababa de escuchar fue un grito. Algo que no estaba bien.

Trató de olvidarlo en el camino, de disfrutar la tarde ordinaria, de ir por un café, pasear, husmear entre las vitrinas, ver la cartelera del cine, eso que uno hace un día de cualquier fin de semana en un centro comercial. De verdad que lo intento, pero su mente terminaba regresando a esas alas grises. A la promesa que había hecho. De repente, la canción volvió a sonar en todo el centro comercial. La había arrinconado, ahí no había forma de apagarla y no se iba a salir, no iba de cambiar su tarde porque una canción quería taladrarle sus pensamientos. Por un momento deseó con todas sus fuerzas que Sabina hablara, para tener con quién ignorar lo que estaba escuchando. Pero como cosa hecha adrede, hasta su helado se acabó justo en el momento de la canción en el cual había apagado la televisión más temprano. Resignada, esperando que eso apaciguara a los dos corazones que estaban por partirla en dos, se dispuso a escuchar.

 

Woman we got a pact,

You can rest your soul in my arms

or fly on my wings to neverland  

But you’ll have to pay me back

If you see me dawn in the scum,

You’ll pull me out of that pack.

Revelation lighted my eyes

I didn’t expect that hush

I couldn’t lie

couldn’t fight the spell

 

Zarzamora sucumbió al deseo de no poder esperar a volver a dormir. Estaba contenta con sus decisiones del día pero necesitaba enredarse de nuevo en esas suaves alas grises que la habían hecho sentir paz. Al llegar a casa intentó cantar,  “Sueño con soñar contigo, con ser libre entre tus alas…” pero la letra de la canción tomó otro rumbo, algo como  “soñar es el refugio de los cobardes, es el mal de los rehenes” y por tercera vez en el día sintió a sus corazones perder el ritmo. Entonces guardó de nuevo su corazón en el cajón y pensó, “La verdad es que soy esclava de mis miedos. Sueño y sueño porque tengo pavor a volar despierta. Y hablando de volar, ¿dónde estará mi escoba?”

VI · La Realidad Absoluta

Desde hace mucho tiempo lo he deseado… o bueno, siempre he querido tener esa capacidad absoluta de poder modelar mi futuro a mi antojo. Yo nací con la habilidad de ver cómo las cosas se relacionan entre sí, supongamos que las consecuencias del efecto mariposa no solo tienen que suceder al otro lado del mundo, también suceden a unos metros. Entonces cada acción, cada decisión afecta el entorno de una manera importante. Si en la mañana hubieras dado vuelta en esquina a la derecha la persona de a tu lado se movería un poco para abrirte paso, esa acción a su vez la distraerá de voltear a la derecha donde al otro lado de la acera hubiera visto como un perro callejero trata de robar las sobras de hotdogs de un carrito. Si todo esto no hubiera pasado esa persona habría notado al perro y lo hubiera adoptado, quien en un futuro lo salvaría de una fuga de gas.

Lastima que no lo hizo.

Y…

Bueno, mi don es ese. El de poder ver todos esos camino aleatorios que se trazan a través de las decisiones, al principio era abrumador pero de alguna manera aprendí a filtrarlos y solo poder notar los caminos que me interesaban. Día a día me preguntaba si esos caminos eran definitivos, si esas relaciones podrían ser cambiadas al antojo como un gran algoritmo que diera el resultado que quiero y así poder moldear el destino.

Con el tiempo noté que esos caminos están compuestos de cuatro factores: tiempo, espacio, materia y energía.

Y esto es lo que me trae al día de hoy a esta mansión. He descubierto que existen personas que pueden tejer estos factores a su antojo, aunque no tienen el control sobre el destino en sí, influyen en cómo se teje.

De alguna manera debía de obtener ese poder.

En la década de los cincuentas conocí a un físico alemán (tejedor de energía no muy brillante en su juventud) que se hizo famoso por descubrir la relación entre materia y energía, me demostró que gracias a mi don podía obtener control sobre estos factores siempre y cuando pudiese obtener lo elemental de estos individuos. Según él, sólo debía de trazar los caminos en reversa para convertirme en el anti-elemento de cada uno de ellos y así absorberlos, es una lástima que Albert no sobrevivió para poder explicarme la integración de estos cuatro elementos fundamentales, si lo hubiera hecho tal vez todos cambiaríamos esos caminos a nuestro antojo.

Lo cual no me convenía porque yo quiero ser el único capaz de hacer eso.

Es por eso que he convocado a los tejedores a esta casa, para arrebatarles sus poderes y alimentar los míos como el tejedor absoluto del destino. Mi pan es muy simple, solo tengo que lograr que ellos se destruyan entre sí y que el contenedor que les arrojé pueda absorber todo para canalizarlo hacia mí.

Aunque este grupo es muy similar a los anteriores, me preocupa demasiado, hay dos tejedores muy poderosos y con mucha experiencia que contrastan con la de las tejedoras. Será mejor que me apresure a deshacerme de ellos.

 

****

 

– ¿Lo es? –Lancé la pregunta que resonó en cada uno de los cuartos buscando responderle a quien aseguraba que era una mentira.

Tristán que sostenía en los brazos a una Juliana enloquecida, notó que ese cuerpo no emanaba energía, que al contrario se la estaba absorbiendo como un hoyo negro. Sintió como perdía sus fuerzas, sus recuerdos, su sabiduría, trato de soltar a la falsa Juliana pero en un abrir y cerrar de ojos se dio cuenta que era él quien estaba siendo abrazado por un anti-Tristán, su copia al carbón, lo único que se le ocurrió hacer fue sobrecargar el flujo de energía hacia el impostor.

–¿Quieres tener todo esto? Pues abre bien la boca –gritó Tristán mientras aumentaba el flujo de energía hacia el impostor quien no pudo contener tanto poder y terminó explotando, llenando la habitación de luz por un instante y arrojando a Tristán al vestíbulo de la mansión.

– ¡No, no lo puedo resistir más! –Escuchó Tristán justo en el momento en el que dejó de percibir la energía de uno de los tejedores.