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Hay una torre en el centro del bosque que puede cumplirte tu más grande deseo si se lo pides a la hora adecuada.

Lo que llegó después

La gente llegó a cumplir su más grande deseo cuando todo esto no era más que un poco de pasto y mucho sol.

                Después llegó la idea de la torre. O la torre tuvo la idea de existir ahí y convenció a todos los que se acercaran de que creyeran en ella. Es algo que nunca sabremos en realidad.

                Después llegó quien tenía el deseo de alimentar a los que dejaban una pequeña parte de sí porque la torre quería regresarles un poco a todos los que la hacían crecer.  Y el café abrió sólo los jueves.

                A mí llegaron las noticias de aquél lugar cuando ya habían unas cuantas casas junto a la torre.  Hay quien llegó y nunca se fue porque querían cuidar a los que visitaban, porque les gustaba observar lo que ahí sucedía, porque los fantasmas no pueden irse hasta que entiendan que ya no están, porque el tiempo les quitó todo y no hay forma de regresar al futuro, porque hay mucha oscuridad de dónde comer a pesar de los buenos deseos.

                Yo llegué tratando de escapar de mi propia oscuridad. O, bueno, tratando de encontrar que la vida se trataba de salir de ella. De la oscuridad. O la vida. De algo se tiene que salir, pues.

                Más de un par de veces me he encontrado pensando que es mi culpa que el lugar se haya plagado de demonios. Bien dice que no puedes escapar de lo que traes contigo. Y así los días en el círculo de la torre se hicieron más cortos, las tormentas más largas y la música dejó de despertar la mejor de las intenciones. Todo fue culpa del primer deseo que tuve cuando llegué uno de esos jueves en que el café estaba abierto y la gente bailaba entre la torre y la estatua en el centro.  Mi deseo fue simple: quería poder ver la oscuridad detrás de todas esas sonrisas que bailaban al ritmo del carnaval que ese día se festejaba. Quería saber si alguien más se sentía como. Si la oscuridad era de todos o sólo yo la entendía de esa manera.

                Y lo arruiné todo.

                La torre crujió cuando los deseos oscuros empezaron a habitarla. La gente corrió a esconderse temiendo el colapso de aquél coloso. Nadie sabe que es mi culpa. Me aterra pensar ne qué sucedería si se enteran, de que sucedería si la torre se cae y de que el lugar que ha hecho feliz a tanta gente desaparezca. Y que sea mi culpa.

         Yo soy de los que me quedé. Lo hice para no levantar sospecha, para intentar encontrar la manera de hacer las cosas bien t para escribirlo todo. Para que no se pierdan el montón de sueños que han estado aquí. Si ni un santo puede ayudarte a depurar la oscuridad que vive contigo, lee. Las letras ante tus ojos ya están manchadas de lo más negro que hay. Deja que lo absorban todo desde tus ojos. Tienen ese poder. Si eso no ayuda, escribe tratando de aliviar la oscuridad llenándola de voluntad por crear, de historias, de vidas y de esa torra que todos creemos merece estar en pie. Incluso cuando entre nosotros están quienes ya la han visto caer en otros tiempos por venir. Hazlo para saber cómo.

                -¿Te digo cómo? – me dijo el hombre de los mil nombres que atiende el café. Quien sabe cuánto tiempo llevaba detrás de mí leyendo todo esto.  El pánico me dejó más pálido que el papel bajo mis manos.

                -¿Cómo qué? –le pregunté tratando de disimular mi nerviosismo.

                -Diluir nuestro problema para que no moleste tanto, para que la culpa no sea tan amarga –dijo él sentándose del otro lado de mi mesa. Hizo a un lado el montón de hojas que tenía en frente y dejó en su lugar una taza de café y una galleta aun lado- No pidas ocultar tu error. Mejor busca las sonrisas de los demás, busca la tuya también, entre toda la tormenta. La torre se tambalea porque la duda y la desesperanza se contagian. Pero las sonrisas y lo que viene con ellas también. No importa lo roto que estés. No importa quién seas. Si logras hacerlo, tu alrededor se contagiará de lo que hagas. Por eso la torre nos ha llamado. Por eso les concedo lo que desean.

                -No deberías, algunos hemos hecho cosas terribles con ello –le dije apenado.

                -La torre está tratando de construirse al tratar de entender la consciencia de nosotros los vivos, con la ayuda de uno que otro no tan vivo –me contestó, empujando la taza hacia mí, como si al tenerla cerca me fuera a tentar a consumir lo que me ofrecía- Si no pudiera conocer todo lo que también es el lado oscuro de la consciencia estaría incompleta. No tienes de qué preocuparte, va a salir de esto.

                Tomé la galleta que estaba escoltando a la taza, la mordí con algo de desconfianza y dejé que su sabor inundara mi paladar. Estoy seguro de que mi reacción al sabor fue algo particular porque el barista sonrió como si la cara se le fuera a partir en dos. Por un momento fue aterrador.

                -¿Y si se cae? – le pregunté sin separar la mirada de su sonrisa que me inspiró a admitir mi temor.  Ahora que lo pienso mi pregunta bien pudo ser para la torre o para su sonrisa.

                -Eventualmente todos lo hacemos –dijo sin dejar de sonreír. Estiró uno de sus brazos, me miró a los ojos y me despeinó con una mano como a un niño pequeño o un cachorro-. Pero dejar de estar de pie y destruirlo todo por el miedo a caerte me parece un desperdicio.

 

Esa tarde, después de aquella plática, me senté a observar la torre junto a la estatua en el centro del círculo. Era como hacerle compañía y tratar de entender lo que ella observaba todos los días. Lo que inamoviblemente la mantenía cautivada.  Nunca me había detenido a observar lo hermoso de todos sus detalles.

Un demonio de los que se comen los abandonos pasó frente a mí con una pequeña nube oscura entre sus manos, me recordó a niño contento de haber conseguido que le compraran un algodón de dulce. Aquella imagen me hizo sonreírle al demonio.

                -Buenas tardes –dijo el demonio al sonreírme de vuelta.

                -Buenas tardes –le contesté con una calidez en el pecho que tenía mucho sin sentir.

                Era una buena tarde, ciertamente.

Los ingredientes de un deseo

El crujido de la puerta al abrirse anunció su llegada al café.

-Buenos días, Andrés –dijo el hombre detrás de la barra que siempre sonreía con la llegada de historias para su día. Como cada jueves, el pintor había llegado con la ropa manchada, ojeras y el estómago vacío. Era una historia que ya se sabía muy bien pero también era una historia que le agradaba repetir. Hasta podía decir que su día no comenzaba hasta que él aparecía para desayunar.

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1111 años después

El mundo murió una tarde en la que a nadie le importó. Eso cuentan las leyendas, al menos.

Según los historiadores, la cuenta de los años cambió ese día y 1111 años después yo me encuentro aquí preguntándome cómo fue que llegamos a esto y, si de pura casualidad, hay más que esto.

Digo… debe de… ¿no?

Las ruinas del mundo antiguo y sus historias cuentan que éste funcionaba de manera completamente distinta. O quizá no lo hacía tan bien y por eso se murió. Hasta podría decir que era otro. Para empezar estaba sobrepoblado, la ciencia y la tecnología no estaban tan desarrolladas pero eran mucho más complicadas que las nuestras. Día a día se descubría algo nuevo, como si tuvieran prisa de llegar a algún lado. O de no estar donde se encontraban. Dos terceras partes del mundo moría de hambre y la parte restante moría de excesos. En eso no hemos cambiado mucho.

Según los contéos, la humanidad en este mundo está por pasar el millón. Quizá para cuando lean esto ya seamos menos. 

Después de la Gran Guerra entre nosotros mismos que se lucho por la individualidad y la grandiosa causa de “yo soy más importante” vinieron los desastres naturales como consecuencia. Y en algún punto de todo eso la gente perdió el espíritu de conservación de la especie, nadie tenía hijos ya que todos odiaban a todo lo que fuera humano y nos convertimos en nuestro peor enemigo. Como si la vida se tratara de eso.

Desde entonces los que hemos resistido a eso hemos encontrado otras cosas en qué distraer nuestros días. Otras historias, otras ciencias, otras esperanzas. Hemos logrado que la música funcione de muchas maneras más allá del entretenimiento. Hemos tratado las cicatrices de una herida que nunca va a sanar. Todo para esconder la tristeza que se resguarda en nuestro ser al reconocer la agonía que hemos estirado más de la cuenta.

Los pocos que se arriesgan a traer una nueva vida a éste mundo al que la decadencia ya le pasó factura son los optimistas que creen que, más allá de no empeorar, la cosa puede mejorar.

Por eso seguimos existiendo como raza.

Sólo por eso.

Yo, por la misma razón, viajo y me pierdo entre las ciudades secretas que la naturaleza se apropió y los caminos que parecen llevar a ninguna parte. Estoy segura que, en alguna parte,  debe haber algo que no sea como todo esto. Algo que le de vuelta al destino que nos escribimos por cuenta propia.

-No estoy muy convencido de que entrar a ese bosque sea buena idea -dijo una voz a través del comunicador en mi oreja derecha.

-¿Tienes una mejor sugerencia que no sea quedarse sentado? -le conteste sin detener mi andar.

-Pues… volver a casa estaría bien. Te extraño, Sofía -dijo él, con la seguridad de que lo que me dijera no me iba a detener.

-No puedo -le contesté después de un suspiro-. Si lo que las leyendas cuentan es verdad, éste lugar guarda un poder increíble y no hay mejor día para venir.

-Eso haz dicho de los últimos quince.

-Aunque sea mera superstición, es el día 11 del mes 11 en el año 1111. Aquí voy a encontrar algo, estoy segura.

Dejó de hablar en señal de derrota.  Yo me quedé absorta de cómo la luz buscaba camino entre los árboles y me dejé guiar por eso. A veces creo que inventamos tanta cosa alrededor de la música para vencer el tedio que el silencio del mundo causaba.  Este bosque, sin embargo, tenía algo. Su silencio te contaba tanto y era tan seductor que no podía evitar escucharlo y seguirlo.

Llegué a un grupo de casitas destruidas que estaban reunidas a la orilla de una plazoleta.

En el centro una estatua me daba la espalda. Por un segundo creí verla moverse, perdí varios segundos en convencerme de que ha tenido el brazo levantando, señalando una de las casas, desde que la vi.

Aunque nunca había estado ahí algo me pareció extraño, casi fuera de lugar. En todas las historias y leyendas de antes de la Gran Guerra lo importante de éste lugar era una enorme torre que se decía fue construida gracias a todos los deseos que se cumplieron aquí mismo.

De dicha torre sólo quedan escombros. Aya a nadie le interesa desear. ¿Por qué habría de señalar a otro punto si no es la torre ausente?

Olvidándome de que yo había ido a ese lugar precisamente para que la torre me cumpliera mi más grande deseo, me dejé llevar por la curiosidad y me acerqué a las ruinas de la casa señalada.

-Entra, ya casi es hora -escuché decir a una voz en mi comunicador.

-¿Hora de qué? -le dije a quien me esperaba en casa.

-¿De qué hablas? -Contestó.

-Dijiste algo, ¿no? -añadí confundida- No me juegues este tipo de bromas.

-Yo no dije nada.

-No es gracioso… -le insistí.

Lo que quedaba de la puerta del lugar se cayó a mis pies , dejándome ver lo que quedaba del interior. El polvo lo transitaba como si fuera su hogar y es bosque estaba de visita, entrando por la ventana. Había un par de mesas vacías y una pequeña barra al fondo. Desde la puerta es todo lo que podía ver. Sobre la barra estaban los restos de una maquina que me llamó la atención. Me metí al lugar sólo para poder verla más de cerca. Era una rsdio de aquellos tiempos. La emoción me inundó y busqué la manera de hacerla funcionar. Utilicé mi comunicador para ver si podía transmitirle un poco de energía. Cuando la magia de nuestra música hizo lo suyo una pequeña pantallita se iluminó en el aparato.

“111.1” decía.

-Hazlo -dijo la misma voz que me invitó a entrar-. Es tu más grande deseo. Es hora.

¿Hacer qué? Pensé confundida y algo asustada. Inconscientemente alcancé el sintonizador de mi comunicador y lo moví hasta el 111.1. La música que salió de él sonó como si algo la quisiera romper, arañar, torcer.

Suspiré y con el aire que dejé salir, la vasa se recomstruyó. Estaba segura que aquello era una ilusión o que el techo me había caído encima y estaba inconsciente si no es que muerta. Mi magia musical nunca había hecho algo como eso antes. La casa entera estaba ante mi viva, había gente en las mesas y cosas en los estantes de la pared. Era un día soleado y podía escuchar a la gente acimar afuea.

La radio sonaba por si sola.

Detrás  de la barra un hombre con la barba descuidada de algunos días y con tatuajes en el brazo me veía a los ojos. Sonrió.

-Un suspiro es el aire que te sobra para todo eso que te falta -me dijo ofreciendome una taza con lo que parecía ser café. Café de verdad, no lo que se produce en nuestras reservas. Jamás había olido algo como eso. Tomé la taza y sorbí un poco. Era verdad.

-¿Qué está sucediendo? -le pregunté con la poca confianza que había ganado- Hasta hace unos segundos todo estaba en ruinas. ¿En qué momento se llenó todo de vida?

-No lo se, dime tú -dijo él sin dejar de mirarme a los ojos- ¿Qué deseaste?

Entre los estantes, detrás de él, alcancé a ver lo que parecía ser un calendario. Según mi contéo la Gran Guerra no ha sucedido.

El café sólo abre los jueves

Sobre los nombres se ha dicho todo. Y casi todo ha sido es cierto.

Es algo que aprendí, como en casi toda historia interesante por contar, de no muy buena manera.

Solía dar mi nombre con facilidad a quien me ofreciera una mano o una sonrisa sin importarme el poder que le estaba otorgando a esa persona, a esa situación. No siempre daba el mismo pero era mi nombre porque todas mis ramas somos el mismo árbol.

Era una especie de juego, también. Alguien entraba por la puerta del café, tomaba mesa y yo imaginaba quién era y qué había sucedido en su vida aquél día para haber llegado hasta esa mesa. Así, yo me creaba un personaje que perteneciera a esa historia. Sí, ya sé, no soy el primer barista que ha hecho esto (y estoy seguro que tampoco seré el último) no es nada original, pero en algo tenemos que entretenernos, ¿no?

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Tu más grande deseo

Lo encontré cuando todo era bosque y un montón de caminos que sabían llegar a donde yo no. No era lo que buscaba pero estaba seguro que se convertiría en ello.

Este mundo se cruza con el nuestro en puntos a veces aleatorios y otras hasta parece que muy pensados para que algo acontezca, he llegado a creer que todos los mundos son uno solo. Todo depende de los ojos con que se mire. Y de la hora a la que llegues, sobretodo de la hora.

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El color de nuestro nombre

Alguna vez fuimos uno. O al menos teníamos el mismo nombre.

A ti te gustaba creer que eso había creado entre nosotros un vínculo irrompible que siempre nos mantendría juntos, que siempre encontraría la manera de juntarnos cuando estuviéramos lejos. Incluso la leyenda de un listón del color de la sangre que en teoría une a las personas del meñique te hizo creer que tus ideas tenían más fuerza. Decías que nuestro listón era especial porque nos unía del pecho, del corazón.

Éramos unos niños con apenas un dígito en nuestra edad.

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Con el tiempo despegado

 

Esperé ahí de pie por mucho tiempo.

Lo vi ponerse en pie y lo vi caer en ruinas, lo veo todos los días. Ahí, desde el mismo lugar. Verás, mi vida transcurre de una manera extraña, puedo verlo todo al mismo tiempo. Cómo empieza y cómo acaba. En vez de ser una línea, es una especie de ocho que cuando se cansa se hace infinito. No siempre fue así, antes iba de un lado a otro con un grupo de intérpretes, hacía teatro, hacía que la gente me viera, que entendiera la vida en otro punto de vista que no era el suyo. Lo que más me gustaba era hacer que quisieran, que se inspiraran, que desearan con más fuerza lo que querían lograr. Por lo mismo nunca me preocupé por mí o mis propios deseos hasta que llegue ahí donde esperé, donde fui yo la que observaba.

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