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Historias cortas y autocontenidas, aquí hay de todo para todos.

Sombras de la noche

I

 

            -Apuesto a que esperan cualquier cosa, ¿verdad? -Dijo María, un poco desesperada de que nadie hiciera nada, sólo estabamos sentados, como cadáveres en putrefacción esperando a que los cuervos vinieran a comernos.

            Dirigió su típica cara de ya-no-sé-que-hacer-pero-muero-de-aburrimiento hacia mí tratando de exigir ayuda por la misma mirada. Yo, en respuesta agarré mis cosas sin voltearla a ver, las metí a la mochila, me puse de pie y dije: 

            – Pues no sé qué es lo que esperen, lo que sea, yo ya me voy. Se me hace tarde y no quiero regresarme en uber. Sale muy caro cruzar la ciudad.

            Salí de aquel lugar, caminé hacia la estación del transporte que a estas horas ya es dudoso que transite por las calles. María me alcanzó en la esquina. Los demás… supongo que pasaron a la inconsciencia o algo por el estilo, porque regularmente no la dejan irse sola. Me di cuenta porque sólo la sentí a ella y sólo oí su voz.

            – Se les subió a la cabeza lo de la magia y la energía, ¿verdad? ¿Crees que regresen a este plano?

            -Supongo que sí, pero si lo hacen, no querrán saber nada más acerca del tema. Se asustaran y correrán a esconderse bajo los brazos de mama pseudo-realidad. -Dije, evidentemente fastidiado-. ¿Qué ruta esperas?

            -Ninguno, me iré caminando, más bien espero a que llegue el tuyo. -Señaló con su mano hacia el horizonte indivisible de la noche. Una luz-. ¡Mira, ahí viene!                                         

            Me quedé pensando la mitad del camino a casa en aquella noche, ellos se habían perdido. Hubo un momento en que su energía se desvaneció. Su vida ahí estaba, eran como marionetas que respondían coherentemente si les preguntabas algo pero no se movían, ni siquiera parpadeaban. Hasta la fecha no he vuelto a saber de ellos, facebook a veces me informa que siguen con vida en sus escuelas. Pensaba en el momento en que a mí me empezó a interesar todo ese mundo esotérico, pero una tormenta exigió la atención de mi mente. Mis pensamientos se regresaron al presente por su culpa, de hecho, se adelantaron minutos en el futuro: Maldición, ¿cómo llegaré a mi casa? El camión me deja en la entrada del fraccionamiento y nadie querrá darle aventón a alguien mojado a media noche. Maldición, maldición, maldición… tendré que caminar todo el cerro.

Y así fue, caminé… bajo las calles de un fraccionamiento oscuro, dado que al dueño de esas calles tenía miedo de deshacerse de su dinero para pagar las cuotas del alumbrado público.

Se sentía sólo el lugar, una soledad extraña, falsa y mentirosa. Algo me acechaba desde la otra acera, por el momento no me importó. Caminé un poco más de prisa y unas cuantas cuadras después sentí a mi acosador más cerca. La soledad había mutado a intranquilidad. El tipo de impaciencia que sientes cuando alguien te está apuñalando con la mirada. Esa misma que te obliga a voltear aunque no quieras. Sin poder evitarlo, gire mi vista y ahí la vi pasar. Una sombra, oscura y translucida, podía sentir su mirada, aunque no tuviera ojos aparentes. Se movió desde una columna por el patio de una casa que estaba abierto a la luz de la luna, caminó hasta atravesar un gran roble y desaparecer.

            Continué avanzando, preocupado. Tracé un círculo con mis brazos y pedí protección. Aún bajo el frío de la lluvia, sentía el calor de un abrazo maternal y la seguridad para continuar el trecho que me faltaba. Unos cuantos metros más allá, andando con la mirada baja, me sorprendí al ver que cuando caminaba, parecía que rompía la oscuridad. Con cada paso que daba una estela de luz rodeaba mi cuerpo. Me dio gusto saber que mi petición fue aceptada y me olvidé de todo. Más adelante volví a ver a la sombra, viéndome dentro de una casa estilo barroco a medio construir. No me importó de nuevo. Llegué a casa, pasó el tiempo y la olvidé, hasta otra noche, en la que visitó mi cuarto.

 

II

 

Estaba a punto de dormir, con la luz apagada, mirando hacia la nada que se expandía en el techo. Pensando en todas aquellas cosas que no hice y que tendría que hacer el día de mañana, la niebla mental empezaba a arrastrarme al reino de Morfeo cuando una sensación me jaló de regreso. La misma de aquella vez. La sensación de querer gritar y no poder, de querer correr y no tener a donde, de querer moverte y sentirte inútil de no saber cómo. Traté de tranquilizarme, di media vuelta en la cama y cerré los ojos tratando de ignorar lo que había sentido. Pero la energía no es cosa fácil de ignorar.

            Necio, traté de continuar el fingir que estaba ignorando lo que estaba pasando. La sensación creció y sentí como un peso enorme caía encima de mí. Abrí los ojos y el cuarto estaba oscuro y pacífico, pero yo seguía sintiéndome igual. Volteé al techo y ahí estaba, dejándose caer hasta aplastarme. Con ella la desesperación creció y tuve que luchar con su peso y mi cordura para poder moverme, hacer algo al respecto. Cuando lo logré, prendí la tele instintivamente. Regresé mi mirada a donde me encontraba y la intrusa no estaba más ahí. Sólo los residuos de su evidencia, se podía ver que ahí había estado, pero ya no.

Me acosté, veía como la gente caminaba de un lado a otro de la pantalla, se peleaba, discutía, reía, se iban a comerciales, volvían y soñé… hasta una tercera vez.

 

III

 

            – La tercera es la vencida… -dijo María dándome una bolsa de plástico, sellada y con granos blancuzcos dentro. Sal-. Pon un poquito de esto en cada esquina de tu cuarto. La sal purifica espacios y lugares, ayuda a las energías atrapadas entre este y el otro plano a liberarse. Te  servirá.

            Obediente ahí voy yo a poner la sal, trabajé ese día y todo se sentía tranquilo. Neutral. Ni mala, ni buena vibra. Todo estaba bien. A la hora de acostarme, apagué todo, traté de sacar al gato de mi cuarto, pero no pude, es adicto a estar dentro de mi cuarto. Todo en paz. Dormí.

            Lo que no esperaba, pasó a la noche siguiente, terminando unas tareas para la próxima clase a la primera hora. Ya estaba acostado, tapado y con sólo la luz de noche prendida, trabajaba en mi cuaderno. De repente, una triste nostalgia me entró, un sentimiento parecido al de los otros 2 casos. Pero más triste y nada desesperante. Miré de reojo a la puerta del cuarto y la encontré de nuevo. Parada detrás de la silla que uso para la computadora, viéndome, triste. Tenía esta vez una forma humanoide femenina, pero no se movía. Sólo me veía, afligida.

            Le sostuve la mirada unos segundos y se sentó en la silla. Me siguió mirando unos segundos y bajo la mirada. Ahí se quedó, derrotada y abatida, daba lástima. Con ganas de pararme y abrazarla pero no lo hice. Seguí mirándola, hasta que con un gesto, levantó la cabeza, le sonreí y desapareció.

            María vino a visitarme hoy y me dijo algo interesante que llenó mi atención: las sombras se encariñan muy fácilmente, pero saben que en algún momento tienen que irse.

Pasado entretejido

–Creo que la pregunta más importante en éste momento es, ¿quién es éste anfitrión que quiere destruirnos? –dijo Tristán analizando las ramas del árbol genealógico de tejedores.

–O, ¿por qué nos juntó en un mismo lugar para hacerlo? –continuó Isaac al tratar de encontrar todos los cabos sueltos

–O, si se supone que somos los últimos en la línea de nuestra energía, ¿qué importancia tienen mis supuestos hermanos en éste árbol? –remató Juliana.

–Yo puedo ir contestando todo eso mientras ustedes se aseguran de continuar con vida –les contestó la voz misteriosa que parecía venir de todos lados.

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Bajo el hechizo

-¿Cómo es que llegué a mi casa? -preguntó Zarzamora, -¿Por qué dormí en la sala?

Sabina puso cara de preocupación y sin decir una sola palabra, puso un dedo entre sus labios, agarró el control de la televisión y la prendió. Estuvo negando con la cabeza un par de canales, mientras con la mano le picaba al botón que haría que el siguiente apareciera en la pantalla. Dejó de presionarlo cuando “La masacre musical” se anunciaba con la voz del locutor y Sabina le señaló el televisor a su amiga, mirándola a los ojos. Acción que en esta ocasión significaba “ahí está tu respuesta”.

El reportero explicaba, en pocas palabras, que la gente que había asistido al concierto de Silvanna la noche anterior había caído en una especie de coma sin explicación alguna. Un coma muy profundo que, de no ser porque la gente respira, se les podría considerar muertos. No laten, están fríos, pero respiran. No hubo sobrevivientes, decía el reportero. Justo en ese momento, Sabina volteo a verla para guiñarle un ojo. La chica se puso de pie e hizo la mímica de ir cargando algo en su espalda.

-Ya veo -dijo Zarzamora, con la mirada en el suelo, a todas las palabras regadas que había dejado ahí la noche anterior- ¿Y qué pasó con…

-La artista, principal sospechosa de estar detrás de todo esto, desapareció pocos minutos después del accidente. La policía aún no da con su paradero y sus agentes afirman que se encuentra perdida. Si usted la llegase a ver, aléjese y reporte el caso a las autoridades. Es una mujer peligrosa y debe ser tratada con cuidado -el locutor del noticiero interrumpió la pregunta que la chamanita apenas formulaba, se le cayó la boca al suelo al escuchar que la consideraban una amenaza. “No puede ser”, se decía a sí misma.

-Ya escuché suficiente, Sabina. Ayúdame a limpiar y hay que salir a buscar algo de comer después -Dijo a su amiga con una sonrisa al cambiarle a otro canal.

 

Remendó un par de trapos para arreglar el campo de guerra en el que estaba convertida su casa y mientras pensaba que las palabras no sólo servían para meterse en problemas, también eran necesarias para sellar pactos y hacer canciones. Tal vez las palabras inútiles son sólo aquellas pronunciadas por quienes no las hacen realidad, los que no saben lo que dicen o a los que les gusta andar engatusando a los demás o tal vez los que desconsiderados que no tienen palabra o a quienes les sobran.

Poco antes de que terminara de arreglarse ella misma para salir, en la tele empezó una canción que la hizo quedarse helada por unos segundos.

 

Night was darkness itself,

Something pulled me in

Doors were closing behind me

When I saw the red moon

Saying goodbye

Gray light wings opened to let me in

Inside there was a witness,

but neither of us care

I fall over your chest

And let out all I had …

Revelation  show up  in your eyes

You could not foresee that rush

and released a promise

 

En cuanto el verso terminó y la música continuaba sin decir palabra alguna, la estatua en la que Zarzamora se había convertido por un momento logró apagar la televisión. Tenía prisa de hacerlo, mucha, como si esta le hubiera estado comunicando las peores noticias que había escuchado. Como si se le fuera la vida en ello.

Su corazón latía para un lado con toda fuerza y el corazón de las elecciones la empujaba a salir de la casa lo más rápido que pudiera. Por un lado esa canción la había hecho sentir muy bien, la hizo recordar aquellas alas de ensueño en las que se había recostado la noche anterior. Pero eso era un sueño. Eso era lo que la perturbaba. Nunca, en todos sus años de vida, sus días habían querido insinuar algo sobre sus noches. Y lo que acababa de escuchar fue un grito. Algo que no estaba bien.

Trató de olvidarlo en el camino, de disfrutar la tarde ordinaria, de ir por un café, pasear, husmear entre las vitrinas, ver la cartelera del cine, eso que uno hace un día de cualquier fin de semana en un centro comercial. De verdad que lo intento, pero su mente terminaba regresando a esas alas grises. A la promesa que había hecho. De repente, la canción volvió a sonar en todo el centro comercial. La había arrinconado, ahí no había forma de apagarla y no se iba a salir, no iba de cambiar su tarde porque una canción quería taladrarle sus pensamientos. Por un momento deseó con todas sus fuerzas que Sabina hablara, para tener con quién ignorar lo que estaba escuchando. Pero como cosa hecha adrede, hasta su helado se acabó justo en el momento de la canción en el cual había apagado la televisión más temprano. Resignada, esperando que eso apaciguara a los dos corazones que estaban por partirla en dos, se dispuso a escuchar.

 

Woman we got a pact,

You can rest your soul in my arms

or fly on my wings to neverland  

But you’ll have to pay me back

If you see me dawn in the scum,

You’ll pull me out of that pack.

Revelation lighted my eyes

I didn’t expect that hush

I couldn’t lie

couldn’t fight the spell

 

Zarzamora sucumbió al deseo de no poder esperar a volver a dormir. Estaba contenta con sus decisiones del día pero necesitaba enredarse de nuevo en esas suaves alas grises que la habían hecho sentir paz. Al llegar a casa intentó cantar,  “Sueño con soñar contigo, con ser libre entre tus alas…” pero la letra de la canción tomó otro rumbo, algo como  “soñar es el refugio de los cobardes, es el mal de los rehenes” y por tercera vez en el día sintió a sus corazones perder el ritmo. Entonces guardó de nuevo su corazón en el cajón y pensó, “La verdad es que soy esclava de mis miedos. Sueño y sueño porque tengo pavor a volar despierta. Y hablando de volar, ¿dónde estará mi escoba?”

Una absurda muestra mostrada en el demostrador

 Se supone que el me demostraría la muestra del muestrario mostrado después de haber prendido la luz. Pero no… se negó a desprender aquella etiqueta que el muestrario mostrado del mostrador contenía para mantenerlo cerrado.

            -No… No puedo hacerlo. Sí la demostradora se da cuenta que abrimos el muestrario mostrado del mostrador demostrado nos va a aprehender. El jefe no será muy comprensivo si yo me encuentro aprehendido.

            -Ay, ay, ya… hazlo, ya nos metiste en este problema como para cambiar de opinión a estas alturas –le dije en respuesta con una mirada que demostraba no estar cediendo a su negación.

            Tanto estuvo insistiendo en qué tenía que ver lo que había adentro de la muestra mostrada en el demostrador que hasta había logrado que me interesara en meternos a la tienda sin permiso y hurtar aquél tesoro. Cuando me decidí a emprender aquella hazaña  la luz comenzó a prenderse. La demostradora se encontraba justo detrás de la puerta, al otro lado del cuarto, portando orgullosamente el uniforme de la empresa. La pura silueta de la mostradora mostraba que no lograba comprender lo que sucedía.

            -¡Ay, Dios! Pero ¿qué hacen aquí? ¡Quítale las manos al muestrario mostrado del mostrador demostrado justo en este mismo momento! ¡Hazlo a menos de que quieras una emostración de lo que les hacemos a los que nos intentan robar!

             Acto seguido, lo solté. Fue una reacción inmediata a aquel muestreo aprensivo de hostilidad. Cayó al piso y se rompió el sello. Con ello comenzaba a mostrarse lo que había dentro. Una luz emanaba desde dentro.

            En un acto demostrativo de cómo llamar la atención mi histérico amigo empezó a gritar:

-¡Ay Güey! ¡Ya lo rompiste! Haz algo, ¡rápido!

-¿Podrías callarte imbécil? Todo esto es tu culpa

Claro que mi comentario fue demasiado tarde. Una horda de militares verdes  empezaban a mostrar su cabeza en el lugar. Uno de ellos se abrió paso picándolos en la espalda con un prendedor. Cuando llegó al frente dijo en voz muy clara:

            -¡Salgan! ¡Están rodeados! ¡No pueden hacer nada el respecto! ¡Que salgan carajo! ¡Salgan o les demostraremos cómo hacerlo por las malas!

            -¡Está bien! ¡Está bien! Yo sólo quería mostrarle la muestra del muestrario mostrado del mostrador demostrado que ya se mostró con la luz mostrada que salió mostrándose del mostrador que atiende la demostradora en un muestreo de buena demostración. 

            Una melodía dentro de mi pantalón, como de cajita musical, nos interrumpió a todos. Cosa que muestra confusión en la cara de todos. Un celular…

            -Sí, ¿bueno? ¿Mamá? No puedo hablar ahorita… sí, sí, ya sé que es tu día… estoy ocupado…

           

-¡Corte! ¡Corte! ¡Se repite todo! ¿¡Porque no lo apagaste carajo!?

El librito de los muertos

Por algunas semanas he estado trabajando con Ignacio en una cosa que llamamos “El librito de los muertos”.

Dicha cosa es una especie de fanzine chiquitito ilustrado a base de sellos hechos por Ignacio con la idea de que, aunque el texto (sobra decir que está escrito por mí, creo) siempre sea el mismo, las ilustraciones de cada ejemplar sean distintas. Así la experiencia de cada lector será distinta  dependiendo de la copia que haya decidido adquirir (o haya caído en sus manos por azar).

La historia del librito dice más o menos así:

 

El cadáver estaba en sus raíces,

había llegado ahí con vida

y luego cayó como sus hojas.

 

No somos tan distintos, pensó.

Hay cadáveres de bosque en todo el suelo.

Algunos crujen al pisarlos.

 

También hay muertos en tus manos

contándote vidas de otros mundos,

así como yo te observé caer.

 

Habemos más muertos que vivos.

Y algunos están leyendo.

 

Espero traerles noticias pronto sobre cómo conseguir un cachito de esta muerte para que sea suya. 

Déjame te escribo un cuento

Hace dos años empecé a escribir aquí. En aquél entonces no había soledad en el bosque, no había Voz de Papel, ni tampoco esa Mujer detrás de la niebla entre muchas otras historias.

He estado tecleando una historia que pronto verá el papel y eso ha tenido ocupado mis dedos y mis ideas así que el fósforo de éste mes es más una invitación a que me ayudes a mantener el quinqué prendido para seguir contando historias bajo su luz.  

Ya que estamos aquí, dos años después, sé que tienes un cuento que te gustaría que yo te contara.

A partir de hoy abro 11 espacios para 11 cuentos de 3 cuartilla por una módica cooperación tuya: escríbeme por correo, por FB o por DM y lleguemos a un trato 🙂 

En otros temas que también tratan de historias, todavía tengo algunas copias de “Café de Nadie” para quien le interese perderse un rato en esos renglones. Igual, escríbeme y vemos cómo te lo hago llegar. 

Todos somos cazadores

La alarma del celular me despertó a la hora exacta. Lo apagué aún adormilado con la esperanza de que el tiempo no se haya dado cuenta que esta estaba agarrándole ventaja y empezara a acecharme como todos los días. Regularmente siempre me gana, me hace llegar tarde a donde quiera que vaya, pero ésta vez busqué bañarme y comer un par de víctimas que encontré distraídas en la alacena. Supongo que los minutos se quedaron dormidos o quizá la hora decidió darme una oportunidad para cambiar las cosas de vez en cuando.

Como si alguien jalara el gatillo, en cuanto cerré la puerta de mi casa, el celular empezó a vibrar en mi bolsillo, rogando por ser contestado.

–Ya vienes en camino, ¿verdad? –dijo la voz de mi jefa, con un tono de voz de burla inocente que indicaba que traía alguna travesura entre manos.

–Voy saliendo, aún es temprano, ¿no? –contesté a la defensiva, esperando no haber olvidado ningún pendiente importante– ¿Qué pasó?

–Que cargues tu cámara, no olvides que hoy tendrás un compañero –dijo su voz mientras caminaba a la estación del metro que estaba a un par de cuadras.

–¿Eso es todo? –dije un poco impaciente, ya se habían tardado en empezar a acecharme.

–No, pero ya que llegues aquí te cuento –dijo ella riéndose.

–Sabes que odio que hagas eso, ¿verdad? –dije tratando de imitar su tono de voz en la última palabra, para enfatizar mi sarcasmo.

–¿Qué? –dijo ella con la risa atorada entre las palabras.

–El suspenso y esas cosas –dije en reproche mientras pasaba mi tarjeta para entrar a los andenes– ¿por qué no me dices ahora?

–Porque en lo que te cuento, ya llegaste –dijo ella más seria– y, ¿para qué tanta violencia telefónica? Mejor apúrate.

–¿¡Entonces para qué me hablas!? –le dije a un volumen considerablemente alto, más molesto con el tiempo que no importa que tan temprano salga me manda esbirros para echarme en cara su prisa porque todo suceda más rápido.

–Para asegurarme que no te habías quedado dormido, ¡chau! –dijo ella, terminando la llamada antes de que yo pudiera contraatacar su comentario. Cosa que al parecer se confabuló con el metro porque llegó al mismo tiempo y no me dio oportunidad de decir nada ni para mí mismo. Lo bueno de salir temprano es que el vagón viene relativamente vacío y uno puede  tener esa cosa que llaman “espacio personal para existir”.  

Una foto aquí.

Así empezó mi día con mi arma favorita, mi fiel cámara, juntos nos aliamos para cazar las imágenes que después me darían de comer para poder seguir jugando la cosa ésta a la que llaman vida. Es un hecho, todos en éste lugar somos cazadores, es inevitable. Algunos cazamos imágenes, otros cazan dinero, otros cazan ideas y los más incomprendidos cazan un ideal que quizá ni exista. Observé a los tripulantes, como si mis ojos fueran lentes fotográficos, buscando una imagen digna de ser guardada. Todo normal, gente trajeada, uniformada y estudiantes. Todos con una cara larga y aburrida de continuar su rutina. Uno que otro traía los ojos pegados a un libro o a su teléfono y unos cuantos más las orejas tapadas por música. Lo que más me llamó la atención fue una libreta negra que traía grabado “hunter” en la portada, ésta descansaba en las piernas de un fulano que tenía la vista perdida en la ventana del metro, como si la pared del túnel estuviera a metros de distancia y la vista fuera de lo más espectacular.

Tiene toda la facha para ser un muy buen personaje, fue lo que pensé del chico que estaba frente a mí mientras lo miraba de reojo. Curiosamente se bajó en la misma estación que yo, pero al salir del vagón él empezó a caminar hacia la derecha y yo para la izquierda. Dejé que se perdiera entre la masa de gente que sube y baja la estación como oleadas en el mar. Continué observando mi camino hacia la agencia donde tendría que cubrir un par de eventos como reportero, esperando encontrar a algún personaje más interesante entre mis pasos. Coleccionar personajes en mi cabeza es algo de lo que he sido fan desde que tengo recuerdos, quizá por eso me guste fotografiarlos, para poder sacarlos de mi cabeza a la imagen y tener espacio para meter más.

 

Me encontré con un taquero manco, con una gitana  y sus tres hijos, con una chavita que con su falda de mezclilla a las rodillas, botas altas, camisa de botones holgada y el pelo agarrado en una coleta también podría ser un personaje con una historia interesante que contar. Pero ninguno le ganaba al cazador con el que venía en el metro. Resignado, toqué el timbre de la agencia y la recepcionista me recibió como si una amiga me estuviera abriendo la puerta de su casa. Segundos después, me indicó en la sala a la que tenía que entrar, donde las instrucciones para mi trabajo del día me estaban esperando.

–¡Ah! ¡Qué bueno que llegas! –dijo una mujer que rápidamente catalogué como la jefa, se acercó a mí y me dio la mano, invitándome a pasar.

–Buenos días –dije nervioso de ver que estaba con alguien más–, espero no interrumpir. Soy el fotógrafo que ayudará a cubrir el evento de hoy.

–No, para nada… él es el reportero que será tu compañero –dijo ella al mirar, como yo, cómo él se sonrojaba al verme. Cuando lo reconocí, no pude evitar sentir el mismo efecto en mi cara. ¿Cuáles son las probabilidades de encontrarte dos veces en el mismo día a la misma persona? 

Una y mil fotos aquí, pensé teniendo enfrente a mi nuevo personaje favorito.