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(sustantivo) La soledad del bosque; el sentimiento de estar solo en el bosque.

Lo que hay después del bosque.

Éste mes que acaba de terminar no hubo treinta y el bosque también terminó hace un mes peeeeero aquí vengo a traerles en un bonito pdf bien acomodadito para que se vea genial en la pantalla de cualquier dispositivo todo el bosque para que lo puedan leer completito.

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Y para llenar el huequito que el bosque va a dejar llegará “Todo lo que no ves”: una historia sobre una niña, un chico demonio, un perro gárgola y el sentimiento de ser invisible en una ciudad -que algunos de ustedes ya conocen bajo el nombre de Allá Lejos- donde todos le tienen miedo a todo y hay que sobrevivir de alguna manera. 

Espero se queden aquí, a la luz del quinqué para disfrutar de lo que éste trío tenga que contar.

 

Una última oportunidad

El silencio los tenía a todos agarrados de la mano, con la mirada fija en las ramas del nuevo árbol que se abrazaban entre sí. Era su manera de mostrarle respeto a quien, por segunda vez había entregado su vida para salvarlos a todos.

-Necesitamos estar seguros -dijeron los tres cuervos al unísono.

-Si no, el sacrificio no servirá de nada -dijo Tobías quien en sus entrañas sabía a qué se referían los tres.

Con un nudo en la garganta, Iscariote murmuró un encanto que llenó de luz al árbol de las brujas. Se podía respirar la tristeza en aquel círculo a la orilla del lago. Todas las razas de seres que acababan de despertar de su eterno letargo se acercaron a admirar el altar que conmemoraba su victoria, ahí estaban los gigantes, los gnomos, los unicornios, las hadas, los duendes de tierra, los lobos y toda clase de bestias mágicas hincándose ante el árbol que emanaba su propia luz.

El problema era la oscuridad que nacía en la mirada de las bestias. Oscuridad que se derramaba a la tierra y contagió a los árboles. Misma oscuridad que a pesar de haber sido adoptada por el bosque estaba dando su último esfuerzo para ganar.

Del lago emanó una esfera de luz que en cuestión de segundos se reconstruyó en páginas, formando al libro que contenía todas sus intenciones escritas. El libro voló a toda velocidad a través del lago hasta llegar a Tobías y al chocar con su pecho desapareció, la luz de la esfera que lo rodeaba ahora hacía brillar a Tobías desde adentro.

-¡Huyan de aquí! -gritó un ejército de voces que salieron todas de la voz de Tobías. Una puerta de luz se abrió ante el árbol de las brujas y todos los que tenían dentro un cachito del bosque se miraron a sí mismos esperando la aprobación de que irse era lo mejor.

No había mucho tiempo para dudar. La oscuridad estaba transformando a las bestias en demonios hambrientos que en cualquier momento saltarían al ataque.

Tobías poseído por todas las intenciones que vivían dentro del libro le gritó a sus amigos que no había tiempo y se apresuró a dirigirse hacia la puerta. Antes de llegar tropezó ya que una bestia lo jaló del pie. Antes de voltear para poder ver a quién estaba por dirigirle una patada vio como Augusto desgarraba a la bestia que lo detenía.

-¡No se queden ahí! -gritó Augusto transformándose en lobo- ¡váyanse antes de que sea demasiado tarde!

Sin pensarlo todos corrieron a la puerta y antes de desaparecer a través de ella, Tobías dejó caer una página en la que, con tinta roja, decía: “Por favor, vive. Volveremos porque el bosque es nuestro.”

La puerta se cerró al sonido de un aullido de dolor y de guerra.

 

-Ya basta de perder gente- reclamó Tobías al borde del llanto al encontrarse que la puerta los había llevado a la casa más vieja en Allá Lejos.

-No los hemos perdido, yo aún puedo sentirlos -dijo Luna concentrándose con las manos en el pecho.

-Y también puedo sentir la oscuridad de Hilda llenándome de odio- añadió Iscariote.

-Vamos a tener que pelear desde aquí para poder volver -dijeron los tres cuervos.

-Yo también los siento a todos -dijo Tobías buscando en su interior-. Al entrar en mi el libro me hizo pasar por todas las pérdidas de quienes le han puesto mano encima desde que existe y de todos los años que ha acumulado el poder de todas las intenciones que le han escrito. Y… bueno… creo que tengo una idea para recuperar lo que es nuestro pero no va a ser fácil.

-No tenemos nada que perder -dijeron los cuervos.

-La vida -respondió Tobías con voz muy seria- y al bosque.

Un crujido como si se tratara de un cristal cuarteandose interrumpió su discusión. Del otro lado del salón podían ver cómo la burbuja rota del bosque estaba intentando entrar en la ciudad.

-Lo que sea que vayamos a hacer tenemos que hacerlo rápido -dijo Orfeo ansioso-.

-Nosotros nos encargamos del tiempo -dijeron los cuervos.

-Tienen que asegurarse de que el tiempo no reclame toda la ciudad en la que el bosque se convirtió -dijo Tobías llamando al libro desde su pecho para arrancarle algunas páginas en blanco y entregarle una a cada uno-. Una página de estas es magia más que suficiente para lograr lo que necesiten, el tiempo es lo suyo, estoy seguro que lo sabrán hacer bien. Mientras, Iscariote y yo llevaremos a Luna y a Orfeo al Calinalco.

-¿Pretendes que volvamos al inframundo después de todo el trabajo que nos costó salir de ahí? -reclamó Orfeo claramente molesto.

-Lo siento, de verdad -dijo Tobías en un suspiro-. Es algo que sólo ustedes dos pueden hacer. De los que estamos aquí, solo ustedes conocen el camino del laberinto del anochecer para llegar hasta el alma del bosque. Ahí van a poder encontrar las almas de Siobhan e Hilda y con la página en blanco que les acabo de entregar, escribir la paz que Hilda necesita. Cuando eso suceda, lo sabré porque todo lo que suceda en las páginas se escribe en mi memoria. Ya que todo esté en paz sólo tienen que seguir mi voz para regresar.

-¿Y si nos perdemos? ¿Si el bosque y la oscuridad logran salir? ¿Si el inframundo nos reclama? -preguntó la ansiedad de Orfeo

-Espero que morir no sea muy doloroso y que la ciudad nos perdone por lo que suceda por haber fallado -contestó Tobías.

-¿Y nosotros qué haremos? -Preguntó Iscariote con la sensación de que se estaba quedando fuera de toda la diversión.

-Proteger a la casa, a los cuervos, al bosque y nuestros dos amigos con toda nuestra vida y nuestra magia -le contestó con una sonrisa nerviosa.

 

El camino al Sargento se sintió mucho más corto de lo que la preocupación los estaba presionando a sentir. No hubo mucha plática en el camino y al llegar a la cueva que lleva al inframundo los cuatro se abrazaron, se desearon suerte y rogaron porque la suerte estuviera de su lado.

-No van a volver, ¿verdad? -le preguntó a Iscariote al que una lágrima se hacía camino por sus mejillas.

-Quiero creer que sí -respondió Tobías conteniendo la tristeza de la posibilidad de perder a otros dos-, ellos llegaron al bosque la primera vez atravesando la muerte.

 

En la casa más vieja, los tres cuervos se abrazaron y le entregaron su corazón a la página en blanco para que les permitiera separar al bosque de la ciudad en la que habían envejecido. En la página en blanco le dejaron su herencia y las instrucciones a Tobías para que la entrada al bosque no se perdiera para siempre.

 

-¿Por qué lloras? -le preguntó Iscariote de nuevo, recordando cuando se llamaba Oliver y siempre iba a él cuando se sentía mal.

-Ya no hay cuervos… -dijo Tobías mirando la puerta de la casa- pero hay bosque si aceptamos la condición de serlo.

-¿De qué hablas? Ya hablas igual de críptico que ellos -dijo Iscariote empujando la puerta para entrar.

Tobías no le contestó en ese momento.

Entró a la casa, caminó lento y le ofreció la mano a Iscariote. Por un segundo Iscariote creyó ver a Siobhan, luego a Hilda, a Augusto, a Orfeo y a Luna.

Admiraron juntos cada pasillo y dejaron que el sonido de cada paso los inundara.

Al llegar al salón donde se perdió por primera vez, Tobías tomó su página en blanco, se pinchó un dedo y con la tinta roja que era su propia vida escribió: “Aquí no estamos solos”.

Desde entonces, la puerta está abierta siempre que necesites un refugio.

 

Cuenta la leyenda que cuando te sientas perdido y sólo te vas a encontrar con la puerta a una casa vieja.

Ahí dentro existe un bosque mágico lleno de seres increíbles; todo cuidado por dos hombres con sombras de lobo que cuidan las tierras, uno con sombra de cuervo que cuida los cielos y dos mujeres hermanas que cuidan el equilibrio de los días y las noches.

Se dice que en la Casa del Tiempo siempre hay lugar para quien necesite encontrarse.

Sobre monstruos y otros héroes

–¿Por qué la gente sale de su confort para encontrarse con un monstruo? –preguntó Hilda ante quienes la consideramos el peor de todos los monstruos. Escucharla decir tales palabras me hizo recordar todo lo que sucedió después de que la escuché decirlas por primera vez. La memoria es algo engañoso, con el paso del tiempo se va deslavando hasta que, de repente, unas cuantas palabras bastan para recordarlo todo como si estuviera sucediendo en ese momento. Aunque hayan pasado más de mil años desde entonces.

Y entonces, entiendes.

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Lo que se quiso crear

No había un plan a seguir.

Aunque eran un gran ejército, les había hecho tanta falta el tiempo que ahora que lo tenían no sabían qué hacer a continuación.

Todos miraban a los cuervos esperando que ellos tuvieran la respuesta. Irónicamente, ahora que habían vuelto, ellos estaban más ocupados en preocuparse sobre lo que iba a suceder allá en el bosque de concreto donde vivieron por tantos años. Tantos años habían deseado volver que ahora que estaban ahí sentían que así no deberían ser las cosas. Que no era donde deberían de estar.

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La soledad de ser uno mismo

Era de noche en la calle de Havre, en uno de los salones de la casa donde el tiempo vivía los tres cuervos se miraban a sí mismos esperando que alguno rompiera el silencio. Ninguno parpadeaba. Al ser el tiempo mismo, estaban acostumbrados a saber cómo entretejer los acontecimientos para que la historia sucediera como creían que estaba dictado. Lo que el cuervo pequeño apenas estaba empezando a tramar para el mayor ya era sólo un recuerdo que había sucedido cuando el cuervo de en medio estaba ocupado tomando decisiones que lo hacían existir. No había misterio al que el pequeño no viera con entusiasmo, que el cuervo de en medio no estuviera tratando de resolver y que el mayor no supiera la respuesta. Era la ventaja de que los tres fueran uno mismo. Gracias a eso podían haber logrado la fundación del Distrito Arcano muchos años atrás, salvaron al mundo incontables veces de infinitas amenazas sobrenaturales y siempre encontraban la manera de arreglarle la vida a quien acudiera a ellos. Eran los mejores consejeros de toda la congregación de paranormales y habitantes de las ciudades escondidas del ojo mundano.

Sin embargo, vivían con la ansiedad del único problema que no podían resolver: sentir como el bosque atrapado en la casa más vieja se marchita y no poder encontrar camino por donde tejer ya que ver la vida de uno mismo no es tan fácil como verse al espejo en una mañana cualquiera. Para los tres ese era el presente y sólo podían esperar a que la gente del otro lado encontrara la manera de salvarlos a ellos.

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La necesidad de volver

–Es que no entiendo Tobías, ¿por qué volviste? –dijo una voz que él sabía muy bien a quién le pertenecía.

–Ay no… ya me morí, ¿verdad? –dijo al comprobar quién era quien hablaba– sabía que la bestia tarde o temprano me iba a matar.

–Tobías… no estás muerto. Aún. –le contestó la voz impacientemente– hablamos de la bestia después, primero contéstame.

–Pero Siobhan, tú estás muerta. Vi la estatua en la que te convertiste.

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Tempus Ex Machina

Con la caja en mano estuve frente al árbol muerto escuchando voces que no sabía de dónde provenían aunque sí a quién pertenecían. Cada que Tobías decía algo parecido le dije que estaba loco, si tuviera un peso por cada vez que lo he dicho a lo largo de nuestra vida… no, no sería millonario pero igual y podría mantener a un pequeño pueblo por varios años. Sin embargo, ahora empiezo a entender su obsesión por los lugares abandonados y la historia que vive detrás de ellos. ¿Cuántos amigos estarán pedidos detrás de algún pasado? ¿Cuántos presentes estarán buscando la manera de volver aquello que se quedó atrás? Nunca pensé que diría esto pero ésta es mi historia y no sé qué tengo que hacer al respecto. Digo… ¿tengo que hacer algo, no? La puerta al bosque no se va abrir mágicamente sólo por pararme aquí. O bueno… sí se abrirá mágicamente porque, pues, no hay una puerta y el bosque está atrapado en una burbuja y se supone que el árbol y la caja me van a ayudar a llegar pero… ay… ¿qué hago? En las historias el héroe siempre sabe qué hacer en estos momentos. Pero yo no soy ningún héroe. El héroe está del otro lado, sin poderse poner de pie porque el bosque quiere que sea un lobo de fuego y, por alguna razón, yo tengo que detenerlo. Soy… ¿el asistente? Espero que no porque ellos siempre terminan sacrificados, muertos o sufriendo por montones para que el protagonista logre que debe hacer. Maravilloso asistente seré aquí filosofando sobre la cualidad narrativa de los personajes mientras mi mejor amigo agoniza.

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La novena vuelta en la que todo cambió

Desde donde estaba acostada podía ver al sol colarse entre las hojas, había estado en el bosque más de medio día tratando de evitar cualquier cosa que le recordara que ese día cumplía nueve años. Le gustaba ir a acostarse debajo de aquel árbol porque ahí nadie del pueblo la molestaba, los únicos que sabían encontrarla eran quienes vivían en el bosque, especialmente un zorro al que le gustaba usar corbata por alguna extraña razón.

–No deberías estar aquí en días cómo hoy –le dijo el consternado animal–, hoy es día de llenar tus más grandes deseos.

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