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Esta es la historia de una pequeña bruja tan perdida en sus ensoñaciones como uno de sus corazones y la escoba que usa para volar.
Y la música que busca ayudarle a encontrar el camino, también.

No seré yo

Se despertó ansiosa, hambrienta y adolorida. Tenía tantas cosas en la cabeza que no sabía por dónde empezar a acomodarlas. El zorro la había engañado con todo su cuento de quién era quién. Y, después de ser rescatada por Ike, se enteró que también lo había engañado a él. El día que se habían conocido también había sido planeado por el mismo zorro. Le dolía la cabeza de sólo pensar los límites de la red de engaños.

Incluso estaba segura de que Orfeo también estaba enredado en todo aquello y por un segundo le dolió pensar que escucharlo quizá también fuera un engaño. ¿Hasta dónde iba a dejar que todo aquello la perturbara? en su cabeza estaba segura de algo, que no era una buen día para ser ella.

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Sobre las tierras en blanco

En la radio del café en el que Sylvanna desayunaba sonaba una canción que, dada su situación, quiso llamarla “su canción” en ese momento.

 

Me gustar equivocarme, saber que erré

Contar mi historia a los espejos

e  imaginar que voy muy lejos a pie.

 

Maldijo su suerte por un segundo, también a su gusto por meterse en los problemas más complicadosque la vida se encontraba. De cualquier manera, su mal humor cambió al dejar el periódico en la mesa y observar a la clientela del lugar. Habían pasado un par de semanas desde que el zorro le dijo que salvara a la sobreviviente de su más grande error.

Sonrió de oreja a oreja al encontrarse en el momento perfecto, en el lugar idóneo.

Sin pensarlo ni un segundo, se puso de pie y se dirigió a la primera mesa de la terraza, donde dos chicas desayunaban en silencio.

-¿Zarzamora? -le preguntó a la de pelo chino y tan negro como el carbón.

-¿Sí? Que pa… -se interrumpió para analizar si sus ojos en realidad estaban viendo lo que creía que estaban viendo , completamente boquiabierta.

-Eeeeeh… digamos que… tengo algo muy importante que contarte -dijo al sonrojarse-. No te va a dar tanto gusto verme después de escucharme. Perdoname. De verdad.

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Sentencia

“Cerca de una centena han dejado de respirar” decía el periódico que leía mientras se terminaba su desayuno. Una de las ventajas que tenía, al haber aceptado el trato con el zorro de la corbata es que se había hecho invisible. Pasó de ser Silvanna, la sensación mundial, a la chica de pelo castaño que a nadie le importa en aquella esquina del café. Todos estaban demasiado ocupados en encontrar a la culpable de aquél desastre para darse cuenta de que la tenían enfrente, pidiendo un café, caminando en el parque, cargando la culpa de algo que no sabía que así iba a suceder, oculta detrás de un hechizo que a la estaba escondiendo de otro más grande.

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Entre el pecho y la espalda

Se encontró a sí misma enredada o, para hacerle honor a su nombre, enzarzada.

–Volviste –dijo el ángel sorprendido.

–Realmente no quería, pero ya sabes, los sueños tienen vida propia –dijo la chica, resignada a estar donde se encontraba.

–Perdona por hacerte enojar –dijo él, escondiendo la mirada en el suelo–, no era mi intención. Pero en verdad hay que tener cuidado en los siguientes días, en cuanto logremos salir de aquí.

Aunque había avanzado en su tarea la noche anterior, no lo había hecho lo suficientemente rápido, estaba muy cansada de buscar la escoba todo el día y el progreso casi no se notaba. Tener que hacer esfuerzo físico también en sus sueños, la iba a terminar desgastando algún día.

–Perdona por darte esa cachetada… –contestó ella, minutos después del silencio en el que se habían metido– y por dejarte aquí solo.

–No te preocupes, aquí no paso nada, más que matarme de hambre. Un poco. –dijo él, casi en un susurro, casi no queriendo– ¿Aún no encuentras tu escoba, verdad?

–¿Por qué te preocupa tanto? –preguntó intrigada, pero con verdadero interés.

–Tengo mis creencias –dijo él, levantando la cabeza al hueco por donde entraba la poca luz que les llegaba–. La gente que fue a ese concierto está a pocos días de morir. La bruja que los hechizó es de este mundo, quiere irse para allá, donde el tiempo es estable. Pero para lograrlo, necesita de la esencia vital de muchas personas. Necesita de sus sueños. La verdad es que, yo creo, que sólo tiene miedo de ser el sueño de alguien más. De desaparecer cuando ese alguien despierte.

–¿Y yo qué tengo que ver? –Interrumpió Zarzamora, sin poder atar cabos por ella misma.

–A eso voy, escucha –dijo el ángel en un tono paternal que la hizo sentirse avergonzada. No estaba acostumbrada a escuchar, ella habla y Sabina escucha. Así había sido siempre. Tenía más amigos, pero Sabina era la que la acompañaba a todos lados.

–Eres la única que sobrevivió porque olvidaste tus elecciones en casa, en tu otro corazón. Porque eres la única con dos corazones que asistió. Porque tienes algo que también es de este mundo, tu escoba. Y creo, sólo creo, que la bruja todo lo que pudo robarte de tus sueños, de tu energía, fue tu escoba. Cuando se entere de que existen personas como tú, que pueden vivir en ambos mundos, vendrá por ti. Y nada podrá detenerla. Por eso es que quiero protegerte.

Cuando a Zarzamora la enseñaron a volar, le habían dicho que era más fácil hacerlo en la ciudad de los sueños porque las escobas de las chamanitas no sólo eran de ese mundo. Eran parte de sus mismos sueños. Parte de ella. Si lo que el ángel estaba diciendo era cierto, una parte de ella había muerto ya. Eso la llenó de tristeza, pues volar es algo que la hacía muy feliz. Sin embargo, había otra duda que la llenaba de curiosidad

–¿Y por qué es que dices que perseguir a Orfeo va a matarme? –preguntó Zarzamora, mirando todo el trabajo que le quedaba limpiando esas alas.

–Porque él también quiere protegerte –dijo Ike sin pensarlo– pero él cree que la mejor manera de hacerlo, es sacarte de este mundo. Ir más allá de los sueños. Más allá de los límites. A los terrenos en blanco. Por donde nadie ha cruzado jamás. Pero yo no ceo que cruzar sea la mejor opción, cruzar es ir al otro lado. A la muerte.

–¿Quiere protegerme? –dijo ella emocionada, ignorando todo aquello sobre la muerte y demás. Todo lo importante, pues. Y es que en verdad sus dos corazones corrían a toda velocidad al escuchar que Orfeo quería protegerla y no la dejaron escuchar todo lo demás– ¿Por qué?

–Porque eres su más devota escucha, porque le pones letra a su música –dijo Ike con cierto desprecio. Recelo, quizá.

–¿Y por qué nunca voltea? –dijo más confundida que sus dos corazones– ¡Que se detenga y me diga algo!

–¡Yo que sé! –Gritó Ike algo desesperado– Si arreglas mis alas primero, podemos hacer lo que sea después, pero por amor de Dios, ¡salgamos de aquí ya!

De hecho, ella también comenzaba a desesperarse.

–No puedo, no lo lograré, menudo lío en el que estoy metida –Le contestó– Esta maraña es irreparable. No puedo, simplemente no puedo.

Por un momento pensó en romper la promesa, romper su palabra y mandarlo al diablo, dejarlo ahí y buscar una salida ella sola como pudiera. Pero inmediatamente los tumores en su cabeza dieron señales de alerta, “ni lo pienses, de verdad se preocupa por ti” parecían decir haciéndose sentir como alfileres.

–Podrás si de verdad lo quieres –dijo Ike, quien quería ayudar pero no podía desenredarse por sí mismo, cosa que a ella la hizo sentirse presa de la situación e incluso estaba perdiendo esas ganas de mecerse en esas sucias alas grisaceas de nuevo. Notando la desmotivación que los estaba inundando a los dos, lo mejor que Ike pudo hacer es cantar mientras ella trabajaba, con la esperanza de conciliar sus corazones y hacerlos latir juntos.  Como dos corrientes en un río con la misma dirección.

No puedo dormir

No puedo pensar

No puedo correr

No quiero entender

No puedo escribir

No puedo llorar

No puedo salir

no quiero saber

No puedo soñar

No puedo escapar

No puedo cantar

No quiero creer

Este corazón es uno sólo

Aunque tenga frente y revés

Tu y yo somos lo mismo

Aunque no puedas creer

Sé que tu sabes que yo sé,

Que no hay nada más que entender

Entre el pecho y la espalda

Tenemos todo el poder

Al derecho o al revés ,

aquí vamos otra vez

No quiero dormir

No quiero pensar

No quiero correr

no puedo entender

No quiero escribir

No quiero llorar

No quiero salir

no puedo saber

No quiero soñar

No quiero escapar

No quiero cantar

no puedo creer

Este corazón es uno solo

Aunque tenga frente y envés

Tu y yo somos lo mismo

Aunque no puedas creer

Sé  que tu sabes que yo sé,

Que no hay nada más que entender

Entre el pecho y la espalda

Tenemos todo el querer

Aunque la cancioncilla surtió su efecto y Zarzamora trabajo sin parar, la pesadilla parecía no tener fin: pluma por pluma, pieza por pieza, palabra por palabra.  

“Si no fuera porque soy adicta a encontrar, a buscar lo que falta, lo que sobra, lo que se necesita, lo que andaba buscando, lo que había perdido, lo inesperado, ya me hubiera despertado.” pensó al observar que todavía le faltaba mucho y, a pesar de todo, le estaba tomando cariño a esas alas. Las estaba haciendo suyas.

 

La amiga, la escoba y el silencio

Zarzamora despertó de golpe, como en caída libre. Estaba molesta, confundida, cansada y sin saber qué pensar. Se preparó un café y se sentó en la mesa a ver cómo crecía su preocupación. Cuando su mente se llenó y las piedras rechinaban más que sus propios pensamientos, decidió que poner un poco de orden viene siempre bien.

Inmediatamente corrió con Sabina y le pidió que la ayudara, rincón por rincón, a encontrar su escoba. A Sabina no le gustó la idea porque sabía en qué iba a terminar todo aquello, sin embargo no le gustaba ver a su amiga tan molesta. Al ponerse a buscar, Zarzamora solita se puso a vomitar palabras de nuevo, contándole todo el sueño que había tenido la noche anterior. Sabina no dijo nada, claro está, pero torció la boca en desaprobación. A lo que Zarzamora, insistió con que si encontraba la escoba, podrían volar por la noche y buscar a Orfeo. Entonces Sabina cedió persuadida con la prometida recompensa. Trabajaron todo el día, pero pudieron haber hecho mucho más si Zarzamora se hubiera concentrado en la tarea, en lugar de entretenerse en la carta que le había escrito a su tío cuando tenía siete años. O en recordar por qué había guardado aquel paquete de galletas vacío. O admirar la mancha en la pared detrás de buró  y bueno… hablar y hablar y hablar.

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El mapa de unas alas rotas

Estaba casi segura de haber visto a Orfeo dar la vuelta en esa esquina. Vagaba con su nuevo atuendo por la ciudad de los sueños, en un jardín de enredaderas con flores moradas. Llevaba perdida desde que llegó, perdida en el sentido de que ya no encontraba a Orfeo por ningún lado y tampoco podía encontrar la calle del puente que llevaba al refugio del ángel. Caminó en distintas direcciones hasta que se dio por vencida. En otra esquina creía ver a su amado y se emocionaba y emprendía su búsqueda hacia él. A la otra esquina, recordaba el puente y se hacía ideas y cosas que quería preguntarle al ángel.

Y por un segundo se le podía olvidar Orfeo.

Esta falta de atención la tuvo, sin que ella se diera cuenta, caminando sin rumbo cerca de una hora. Había llegado a una explanada donde la gente caminaba de aquí allá, otros volaban por encima de ella y seres de todo tipo usaban el lugar como punto de reunión. Se saludaban, se abrazaban, se sonreían y partían a otro lado. Tenían hasta ritmo. Pero ella no, ella estaba parada en el centro, sólo observando. Estaba tan maravillada de aquél escenario que había olvidado sus dos anteriores búsquedas hasta que el viento empezó a silbar una melodía que atrapó su atención por completo, Orfeo estaba cerca.

Era su canción. Su voz.

Siguió la dirección del viento del oeste mientras le añadía letra a la melodía que escuchaba.

Se me olvida recordar

no me gusta planear

No sé determinar

No entiendo tu verdad

No seré yo quien lleve el timón

No sé de dónde vengo, ni a donde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

Tengo una suave inclinación

Una ligera tendencia

Una sutil vocación

Para perder la cabeza….

No he de ser yo quien tenga razón  

No sé de dónde vengo, ni a dónde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

Es un problema menor

Una franca adicción

Una dulce disposición

A perder el control

No he de ser yo quien de dirección

No sé de dónde vengo, ni a dónde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

 

Cuando llegó a donde se escuchaba más fuerte aquella canción, se encontraba de frente a un callejón que no alcanzaba a enseñarle qué había del otro lado, así que se metió entre aquellas dos paredes y cuando menos se dio cuenta, el piso se le acabó. Cayó rodando y rodando, llevándose consigo ramas, piedritas y cuanto estuviera en su camino. Iba tapándose la cara con los brazos, tratando de no lastimarse y sin ver a dónde se dirigía, cual bola de nieve humana. “Si tan sólo hubiera encontrado mi escoba, esto no estaría sucediendo” pensó cuando por fin sintió que se había detenido, sintiendo el dolor en todo su cuerpo. Al inspeccionar el lugar, todo estaba oscuro, una pequeña luz llegaba de arriba. Pero la voz de Orfeo retumbaba en toda la caverna. O pozo. O lo que fuera en donde había terminado.

Se dejó guiar por la voz, una vez más, hasta que sus ojos se acostumbraron a la poca iluminación que había.

–¡Pero mira nada más cómo estás! –exclamó cuando vio unas alas grises descompuestas, completamente liadas en las enredaderas y todas embarradas de mugre y lodo.

–Lo mismo diría yo, querida –dijo el ángel, rascándose la cabeza. Inconscientemente Zarzamora se sacudió un poco y evito verlo a los ojos. No sabía si sentirse defraudada por no encontrar a Orfeo o contenta por encontrar al ángel, aunque fuera en aquél estado.

–¿Cómo  llegaste hasta aquí? ¿Como te enredaste de esa manera?

–Eso es muy largo y difícil de explicar dijo Ike, sólo puedo decirte que tengo una debilidad: a diferencia de mi padre que gustaba de volar alto, a mí me gusta volar bajo, arrastrar mis alas, rozar la tierra. Con frecuencia me meto en verdaderos problemas, pues mis alas sucias y dañadas no pueden volar –dijo él, buscándole la mirada a la chica– la pregunta es, ¿cómo llegaste tú? ¿Qué te pasó? ¿Otra vez sin escoba?

Tantas preguntas estaban haciendo que las piedras en su cabeza hicieran lo suyo.

–Me caí creyendo que tu cantar era el de alguien más –dijo notablemente indignada.

–¿Así nada más? –dijo él riéndose cínicamente, al grado que el pozo hacía eco. Como si a él también le causara gracia– ibas caminando y dijiste: “Oh eso parece una canción, ¡me tiraré por un barranco a un pozo sin salida!”

–¿Tienes algún problema con eso? –contestó aún más molesta de que se riera de ella. Cosa que a él no le importó en lo más mínimo.

–Pues, si quieres que salgamos de aquí, tendrás que cumplir tu palabra y limpiar y acomodar mis alas, pluma por pluma.

–Pero eso parece una tarea interminable –protestó.  

–No lo es –dijo Ike dándole la espalda–, es como hacer un rompecabezas. Sólo se requiere paciencia para unir pieza con pieza. Y continuidad en el amor a lo que se hace, pero bueno, tu tienes suficiente en la cabeza como para arreglar mis alas y sacarnos de este lío.       

Se sentó ante esas alas a las que les había prometido cuidado a cambio de volar y se puso a recorrerlas con las manos, aprenderse el orden de ellas, los dobleces naturales y enderezando los accidentes. Quitando las ramas, el polvo, todo lo que no fuera material de vuelo.

–Y… –dijo antes de jalar una de las plumas enterradas– eso que cantabas, ¿cómo te la sabes? ¿Por qué la cantabas?

–Un amigo me dijo que si la cantaba, llegarías –dijo rechinando los dientes de dolor, esperando que la chica no lo notara.

–¿Un amigo? ¿Cómo sabe? ¿Me estás persiguiendo? ¿Quién te crees que eres? –bombardeó Zarzamora, al quitar una enredadera lo más rápido que pudo, sabiendo que le iba a doler.

–¡AUCH! ¡Con cuidado mujer! –Se sacudió el ángel la espalda y las palabras– Digamos que no es que me crea, es que soy algo así como tu ángel guardián. Estoy encargado de que no mueras, de que el hechizo que durmió a todos en el mundo de tus días no te mate. Y no, no te estoy persiguiendo, tengo que evitar que alcances a Orfeo antes de que llegue a las tierras blancas. Perseguirlo te va a llevar a la muerte y nunca lograrás verle la cara. Es por tu bien.

Esas últimas palabras fueron el alfiler que tronó el globo.

El sonido de una cachetada fue lo último que escuchó antes de despertar.

Zarzamora y lo que no se terminó de contar.

Hace cuatro años y un par de meses -pinche tiempo que prisa tienes- estaba yo ayudando a mi madre a entretejer una historia sobre una brujita que no encontraba su escoba, que tenía dos corazones, que le gustaba cantar, que perseguía ciegamente la espalda Orfeo -aunque el mito le advirtiera que eso no iba a acabar bien- y que una enfermedad que amenazaba con matarla.

Pocos meses después lo mismo le sucedió a mi madre y la amenaza se cumplió,  así que la palabras dejaron de caer de su cabeza  a la pantalla y la historia se quedó a medio hilar.

Éste es el inicio de ese algo que quizá algún día acabe. O quizá no porque sólo ella sabía lo que quería contar pero me encontré los apuntes entre mis textos, al hacerlo casi pude escucharlos rogarme porque los compartiera y no encontré una buena razón para decirles que no, así que de eso se trata el fósforo de este mes, espero lo disfruten. 

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