Cazador de Herrores

El teléfono estuvo molestándome toda la tarde. La mitad de la molestia la ignoré callándole la bocina, dejándolo mudo. Se agitaba, me empujaba y se movía en mi bolsillo suplicándome silenciosamente, cada cinco minutos, que lo atendiera.

Regularmente contesto cualquier llamado que provenga de mi aparatejo sin la menor duda. La comunicación es importante en mi trabajo. Necesito enterarme de los errores que se cometen en esta ciudad, de las vibraciones negativas y positivas, de lo que la gente decreta al hablar tontamente, sin saber todo lo que puede causar con sus ignorantes palabras, de los que no saben que la palabra en sí, puede hacerlo todo.

La gente se niega a creerlo, piensan que son historias de magos, de energía, mera fantasía, que al hablar no sucede nada, sólo sonidos que salen de la garganta y les ayudan a desahogarse.

Algún día entenderán que en esta ciudad, como en todas partes, la vida se mueve conforme a la vibración de las intenciones de las personas y las cosas, que decir es hacer, que la palabra convoca hacia ti los deseos nombrados, que hay que tener cuidado con lo que uno pide, porque puedes cometer errores de los que te puedes arrepentir después. El efecto de las palabras, es algo que al principio no notas, pero a la larga te maldice, te marca. Si no tienes cuidado, puede hasta matarte.

Ese ha sido mi trabajo desde hace quince años. Cazar esas maldiciones, injurias, errores que la gente comete sin saber. Como mago consciente, tengo la capacidad de utilizar la palabra a mi gusto, como todos la tienen, sólo hay que cobrar conciencia de eso. Por eso nos llamamos magos conscientes.

En realidad, todos somos magos, pero no todos son conscientes de ello.

Mi diálogo personal se vio interrumpido por otro intento suplicante de mi celular. Esta vez lo saqué. Reconocerme como mago conciente me obligó a ver de quién provenía la llamada. Pero acto seguido, lo dejé en el pasto a que se retorciera todo lo que quisiera. No lo iba a contestar. Carmina cel anunciaba la pantalla. De esa llamada estaba huyendo, de la continuación de la última llamada que contesté, de un nuevo trabajo asignado, de un viejo error al que ya le había llegado su hora.

¿Por qué yo? pensé. ¿Qué clase de poder tengo yo para creerme cazador de los errores del mundo? ¿Por qué a mí? En realidad huía de mis sospechas, del temor a encontrarme con un error que no sabía si podría manejar.

El celular dejó de insistir, pero mi mente tomó su lugar. Inicié un duelo a muerte con el aparatejo que tenía enfrente. La pantalla volvió a brillar con el mismo nombre: Carmina cel. Estaba a punto de pulsar el botón de encendido y atestar con esto un golpe mortal a mi conciencia, cuando recordé de golpe las palabras de Claudia, vieja compañera en este trabajo: “No existen las coincidencias, sólo los hechos inevitables”. Tomé valor, dejé de ignorar el aparatejo enmudecido y presté oído a sus palabras:

– ¿Rafael? ¿Dónde carajos estás? ¡Me vuelves a colgar y te mato!

***********************

Al entrar al departamento, el silencio era más profundo de lo normal. Nuestro caso trataba esta vez de una mujer que estaba al borde de la locura. En un ataque de furia una semana antes, le había gritado a su marido que ojalá se muriera junto con toda la gente que lo rodea. Conforme fueron pasando los días, cayeron uno a uno. Ella, satisfecha de que alguien la hubiera escuchado y desapareciera a toda esa gente indeseable, siguió viviendo. Sólo quedaban ella y su hermana. Por un momento ella fue feliz… hasta esa mañana. Una llamada le había informado que su hermana había muerto de un accidente vial. Arrepentida, se maldijo tantas veces a sí misma, que no era necesario esperar a que algún receptor nos hablara, se sentía claramente. En ese momento, Claudia y yo salimos a toda velocidad, esperando poder arreglar lo que se pudiera en un ser tan podrido como ese.

El cuerpo de ella estaba en la bañera, inmóvil, sin ningún indicio de vida. Claudia se veía preocupada por el asunto. A mí… pues no me quedaba más que resignarme pensando que no pudimos llegar a tiempo.

– ¡Maldición! Llegamos demasiado tarde… -dijo mi compañera mientras examinaba su cuerpo minuciosamente tratando de encontrar la razón de su muerte.

– Ni modo, no nos tocaba salvarla, se abandonó a su mala suerte. -Le dije recargado en la puerta del baño, observando todo el escenario, analizando lo que se sentía dentro de ese cuarto, que era casi palpable. Al parecer, durante un baño, se había deseado tanto mal a sí misma que un golpe en la cabeza la destanteó, llevándola a golpearse otra vez con una de las perillas del agua que la dejó inconsciente en la tina, para terminar muriendo ahogada.

– ¡No te quedes ahí parado! ¡Ayúdame en algo! Ya no por ella, por mí. Un mes de embarazo y yo aquí haciendo todo el trabajo. No tienes vergüenza, Rafael. -Dijo Claudia, dirigiéndose hacia a mí. Una vez que llegó hasta donde estaba yo, me quitó del marco de la puerta y me empujó hacia fuera.

– Bah… está bien, yo haré el reporte, amor. ¡Qué genio! -Esa fue mi respuesta a su empujón. Realmente ya no había nada que hacer en ese cuarto. La muerta ya no era de nuestra incumbencia, que lo arreglen la policía y el forense.

– En casi tres años de hacer esto, nunca había tenido un caso así. Siempre habían sido cosas más simples-.  Dijo Claudia un poco decepcionada a la hora de salir del departamento. “Era inevitable, ¿verdad?” nos preguntamos al unísono.

Ambos nos abstuvimos de responder. Subimos al coche para regresar a casa y subir el reporte a la red. Aunque en verdad, las palabras de Claudia quedaron rondando en mi cabeza: “cosas más simples”. Ciertamente, eran pocos los casos de urgencia, y menor aún el número de los que se podrían considerar de  extrema urgencia, como aquellos en los que un mago consciente hace algo indebido. Generalmente, en la mayoría de los casos podemos cazar el error antes de que cobre sus víctimas. Los verdaderamente urgentes son cuando el error ya pasó a ser algo que se vuelve realidad, causando gravísimas consecuencias.

Al llegar a casa, descubrimos que Israel nos esperaba fuera junto con Carmina. Israel es un viejo amigo de Claudia que venía de visita a pasar la noche con nosotros. Carmina había venido por otra razón, necesitaba ayuda con un caso que teníamos a medias desde hace un par de semanas atrás. No encontrábamos la solución, ni el origen del error. Al parecer, esa tarde había encontrado cómo resolverlo, pero necesitaba ayuda para arreglarlo ya, antes de que empezara a causar problemas. Así que esa noche dejé a Claudia en manos de Israel, en casa, mientras me fui a terminar lo que teníamos pendiente.

Aquél había sido un caso extraño. Objetos desaparecían de la nada. Días después, a veces, aparecían de nuevo. Otras veces no o aparecían en lugares distintos. Estuve dos días fuera de casa, lejos de Claudia. No quise que me acompañara en ese caso, para que no se quejara del bebé y de su embarazo, como suele hacerlo. Si quería ser tratada como cualquier señora embarazada, así sería.

Pero mi sorpresa fue otra al regresar. No había nadie en casa. Nadie y nada que le perteneciera a ella. Se había ido y me había dejado. Lo único que dejó fue su cámara de video y un post it pidiéndome que oprimiera el “play”.

Dentro estaba su anuncio grabado. Su graciosa huida. En la mini pantalla, ella decía que estaba harta de mí, que nuestro hijo era un error, que nuestra vida juntos había sido un error, que era sorprendente que un “cazador de errores” no se pudiera dar cuenta de sus propios errores, que se iba lejos a corregir la falta que habíamos cometido. El video me comenzaba a molestar. Seguro es una broma titubeé.

– ¿Cómo es posible que arregles errores sin antes arreglar los tuyos propios?- preguntaba la mujer del video que cada segundo que pasaba, desconocía más y más. Tiene que ser una broma pensé más seriamente. El video transcurría y a esa mujer desconocida y extraña parecía divertirle cínicamente lo que estaba diciendo. ¿Cómo era posible que mi Claudia fuera una persona de ese tipo? Una muy mala broma pensé esperanzado. Ahí, en ese momento, fue como si el video me leyera la mente, porque en ese instante la mujer dijo:

– No, Rafael, no es una broma… es tan real como todas las cosas que ignoraste y no te importaron. Espero te vaya bien en tu nueva vida y no caigas en el mismo error.

Estaba histérico, furibundo, colérico, rabioso, iracundo. No estaba dispuesto a aceptarlo. No podía ser verdad. El coraje me había cegado, me estaba asfixiando y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para desahogarme.

Sonó el teléfono.

– ¡Rafael! ¡Quédate donde estás y no hagas nada! ¡No se te ocurra hacer una estupidez! -Carmina colgó antes de que pudiera decir algo. Que coincidencia que me hablara en este momento.

Sin embargo, mi furia creció después de esa advertencia: no estaba dispuesta a ser limitada por nada. Quería venganza y la obtendría con un poco de mi ayuda. Empecé a desear que el niño que Claudia cargaba en su vientre nunca naciera, que muriera justo en ese momento. Que ella se retorciera de dolor como nunca antes lo había hecho, como nunca antes un ser humano lo había hecho. Una parte de ella estaba muriendo en su interior, pero primero debía podrirse y carcomerla. Le mandaba todo el odio que puede caber dentro de un ser humano. Podía sentir como cada decreto salía de mí boca y se alejaba, dejándome atrás a una velocidad impresionante. Había perdido el sentido del tiempo y del espacio. No me importaba dónde estaba ni qué estaba pasando. Sólo quería que aquel error muriera y que la causante sufriera como nunca. En un segundo, un peso inmenso cayó sobre mí, me aplastaba y no pude continuar. Me llevó de regresó a la realidad, a mi departamento, a la alfombra de mi sala donde alguien me sujetaba fuertemente, a una voz de mujer que estaba concentrada en detener mis palabras, mis decretos, el curso de mis pensamientos.

– ¡Suéltame ya! -Grité al desconocido que me detenía, mientras Carmina seguía murmurando lo que sea que haya estado diciendo, mientras la energía de sus manos presionaba mi pecho.

– Suficiente daño logré hacer, llegaste tarde mujer. -Le dije sonriendo cínicamente-. No todo el que quise, pero algo logré, estoy seguro.

– Hasta crees, pequeño imbécil. No lograste nada. Tus decretos no llegarán a ninguna parte. -Dijo ella presionándome con más fuerza. Sonó su celular y quitó la presión de una de sus manos para contestarlo.

– ¿Bueno? Infórmame de todo. -Me volteó a ver.

– ¿Está bien? -Añadió. Hubo unos segundos de silencio mientras ella escuchaba lo que su informante decía y yo esperaba oír algo que me dijera que Claudia  no estaba bien, en caso de que mis suposiciones fueran correctas y su informante estuviera con la perra que me abandonó.

– Aaaah… ¿Pero ella está bien? – Preguntó preocupada mientras miraba a quien me aprisionaba-. Ok, mira… lo que haremos es esto: llévala a un hospital a que la revisen y hagan lo que puedan por ella, ahí sabrán que hacer. Si piden explicaciones, di lo que diría una persona que no sabe lo que pasó: que empezó a gritar y a retorcerse,  y que luego se desmayó o algo por el estilo.

En ese momento mi cuerpo se llenó de satisfacción, al parecer, mi venganza sí se había llevado al cabo.

Carmina colgó el celular. Segundos después, la presión de sus manos volvió a mi pecho, junto con todo el poder de su mirada.

– Claudia está bien, está sana, no la lastimaste, aunque el niño sí murió. Dicen que a ella no le hiciste gran daño,  ya la analizaron y está bien dentro de lo que cabe. -Dijo regresándome la sonrisa cínica-. Ahora habrá que hacer algo contigo.

Con un movimiento de manos rápido y rítmico pude sentir como una energía  cálida invadía mi cuerpo y empezaba a perder el conocimiento. Lo último que alcancé a oír antes de perderme en el inconsciente fue:

– No tienes idea del problema en el que estuviste a punto de meternos. Gracias a Dios logramos evitarlo.

Sonó el celular de nuevo, Carmina otra vez. En ese momento me preguntaba qué clase de trabajo me dejaría esta ocasión.

– Rafael, necesitamos que vengas… hay un nuevo caso que investigar. -Dijo a través del auricular. ¿Un nuevo caso? A veces me gustaría que me hablara para preguntar si estoy bien o algo por el estilo. Pero bueno, supongo tengo que ir, quedé en deuda desde que me perdonaron la vida hace un par de años en el “Incidente C”, como ellos le llaman.

– ¿Ahora de qué se trata? -Pregunté algo desganado.

– Una mujer que odia su vida… que asume tener muy mala suerte y las desgracias la acosan. En seis meses ha tenido dos accidentes viales, se fracturó un brazo en el trabajo, se le han muerto tres personas cercanas y… su gato. -Respondió como si estuviera leyendo.

– ¿Otra alma en pena, eh? ¿Y cómo se llama esta mujer? o ¿cómo un ser tan desdichado y maltratado por la vida llegó a nuestro territorio? Sí, sí estoy siendo cínico, y ¿qué? -Le respondí de mala gana. Estaba harto de seres que terminan echando a  perder su vida asumiendo que apesta porque no les gusta su trabajo o mujeres cuyos novios no les crearon el ambiente romántico que deseaban. Hombres y mujeres por igual, pierden el deseo de vivir, son igual de patéticos que quienes sólo viven por vivir.

– Pues… -contuvo sus palabras para averiguar, supongo, pues se oía el ruido del teclado por el teléfono-. Aída Renuen, 32 años. Llegó a esta ciudad hace siete meses para el entierro de su tío, su primera víctima, que extrañamente una semana antes estaba fuera de la ciudad visitándola en el pueblo donde ella vivía, lugar al que nunca regresó. Posteriormente,  entabló una fuerte amistad con su prima, quién le consiguió trabajo en la imprenta donde aún trabaja. Vive sola. Estaba saliendo con un compañero de trabajo, quien le regaló el gato hace un mes, después de la muerte de su prima. El gato murió hace dos días atropellado y el novio, hoy en la mañana, simplemente amaneció muerto. Uuuum… espera.

Carmina volvió a interrumpirse. Al parecer alguien había llegado, se oía otra voz aparte,  pero no alcanzaba a distinguir qué decían. Supuse que le llegaba más información o tal vez otro nuevo caso más interesante. Ojalá, iba a necesitar más datos si quería que yo ayudara esta vez. Uno o dos minutos después regresó al teléfono.

– Perdón, era Raúl, información… de la útil, tú sabes… -dijo, un poco apurada.

– Bien, no importa, tú llamaste… el que llama paga. ¿Qué te dijo Raúl? -Le contesté, más impaciente que su prisa.

– Escucha esto: los receptores la apodaron Sans’Sara en honor a la diosa maldita. Parece ser que un mago consciente la maldijo en el pasado y por esa razón la desgracia vive con ella. No saben bajo qué situación, parece que eso está bloqueado en su mente. No hemos podido tener contacto físico con ella. -Mientras Carmina hablaba, a mí me venían malos recuerdos. ¿Quería un caso interesante, no? Pero no sabía sí uno de ese tipo de interesante… un mal presentimiento empezaba a vagar por mi cabeza.

– Es una mujer sonriente que intenta ser alegre, pero cuando da muestras de felicidad, de amor o cariño por algo, ese algo desaparece, muere o algo malo sucede… por eso odia su vida. Es probable que la mujer se haya cambiado de nombre, porque no existen registros de antes de esos siete meses que tiene viviendo aquí, prácticamente, ella no existe antes de eso. Ahora que veo su foto… se parece un poco a…

– ¡Cállate! ¡No quiero saber más! -La interrumpí y le colgué en menos de un segundo. Me estaba desesperando demasiado. No quería saber más… ya era bastante obvio, por lo menos para mí. Sabía quién era ella antes de ser Aída y no es algo que merezca ser corregido. Ella merece sufrir.

El celular volvió a sonar, pero ignoré la escandalosa petición de ser contestado. No le haría caso esta vez. Callé al celular, lo dejé mudo con sólo apretar un botón. Es más fácil ignorarlo cuando sólo vibra y no puede gritar su musiquita infernal. Entonces empezó a parpadear, una vez más anunciaba la llamada entrante de Carmina. Mi mirada se encontró con la pantalla unos segundos y mi mente empezó a titubear.

Podrían ser paranoias y que yo estuviera imaginando todo. Que no se trate realmente de ella y todo sea una gran coincidencia. Coincidencia… je… hace mucho que dejé de creer en ellas. ¿Por qué habría de ser una de ellas ahora? Tal vez es algo que debe pasar, un hecho inevitable, como ella diría.  Pero no,  yo quería que sufriera y así pasó, no fue un error, pero entonces ¿por qué me siento tan mal?

El anuncio de Carmina volvió a brillar en el teléfono. ¿Por qué insiste tanto? ¿Qué no entiende que no voy a contestar? Que mande a alguien más… yo no pienso detener algo que no creo que haya sido un error. Metí el celular a mi bolsillo y me dispuse a caminar sin rumbo. Me encontraba en un lugar grande, bien cuidado, lleno de árboles y mucho espacio donde tirarse a pasar el rato y relajarse. Le llaman la plaza menor, porque a dos cuadras de aquí está situada la plaza mayor, otro parque que más bien parece el atrio de la catedral. Es igual a este, pero más grande y más expuesto a la vista de la gente. Aquí hay muchos árboles, mucho pasto. Un buen lugar para distraerme y perderme del mundo.

Me recosté bajo un árbol y me puse a ver las nubes, tratando de olvidar lo que llevaba acosándome desde aquella llamada. Ya lo había logrado pensando en la tranquilidad del lugar. La plaza menor es mucho más cómoda y tranquila que la mayor; está más escondida, lejos de la gente y sus palabras. Así, empecé a divagar sobre la vida que se mueve conforme a la vibración de las intenciones de las personas y las cosas, que decir es hacer, que la palabra convoca hacia ti los deseos nombrados, que hay que tener cuidado con lo que uno pide, porque pue…  El teléfono volvió a vibrar. Esta vez lo saqué de mi bolsillo y al verificar que otra vez era Carmina, lo dejé en el pasto a que se retorciera todo lo que quisiera. No lo iba a contestar.

¿Por qué yo? Pensé. ¿Qué clase de poder tengo yo para creerme cazador del mundo? ¿Por qué a mí? Estaba huyendo de sospechas, del temor a encontrarme con un error que no sabía si podría manejar. Éste era uno diferente a todos los demás con los que había trabajado. Éste, era mi error.

El celular dejó de insistir, pero mi mente tomó su lugar. Inicié un duelo a muerte con el aparatejo que tenía enfrente: la pantalla volvió a brillar con el mismo nombre, Carmina cel. Estaba a punto de pulsar el botón de encendido y atestar con esto un golpe mortal a mi conciencia, cuando recordé de golpe las palabras de Claudia, una vieja compañera en este trabajo: “No existen las coincidencias, sólo los hechos inevitables”. Tomé valor y dejé de ignorar el aparatejo enmudecido y presté oídos a sus palabras:

– ¿Rafael? ¿Dónde carajos estás? ¡Me vuelves a colgar y te mato!

– Emmmm… debajo un árbol en la plaza menor. Resignándome a las coincidencias inevitables ¡ja, ja! -Le contesté, tratando de fingir algo que ni yo mismo creí: paz interior.

– Mira nomás qué casualidad… -dijo Carmina por el celular, rompiendo mi pseudo paz-. Nuestra diosa maldita está en la plaza mayor… Ve y haz lo que tienes que hacer.

-Ok. -Le dije secamente.

– ¿Sólo OK? ¿No te vas a quejar? Eres raro, Rafael… -bromeó ella en un tono más familiar y amigable.

– Calla y cuelga, antes de que me arrepienta. Adiós.

Emprendí mi camino hacia la plaza mayor. Sólo fueron dos cuadras, pero fueron los instantes más largos de mi vida. ¿Qué haría cuando estuviera frente a ella? ¿Cómo enfrentaría mi más grande error y mi peor solución? Que fácil es cazar los errores ajenos… pero quién diría que los propios serían tan difíciles. Supongo que para eso existimos, para corregir lo que los demás no pueden. Pero entonces, alguien más debería corregir los míos. Sí, debería dejarme ver como cualquier tipejo de los que me he quejado la mitad de mi vida… sí, claro. Esto era algo que tenía que hacer yo y sólo yo. Caminé decidido a encarar a aquella creación mía, aquella maldición ambulante que, sin saberlo, me esperaba en la plaza mayor.

Desde la esquina la vi, estaba sentada al borde de una fuente. No sé qué estaba viendo, pero segundos después mi mirada desvió su atención hacia mí.  Fue cómo si el peor de los demonios se le hubiera puesto enfrente. Estaba tiesa, no se movía, sólo me observaba acercarme. Conforme avanzaba ella fue recuperando el color de su piel.

Sólo unos pasos más y estaría frente a ella, a punto de empezar algo que no sabía cómo terminaría. Ella, por su lado, me seguía viendo, pero ya no con miedo. Ahora que estaba de pie, observaba cada paso que daba con detenimiento… fue como si en un segundo entendiera por qué estaba yo frente a ella.

– Hola Claudia. -Fue lo único que pude decir

– Hola Rafael. -Fue todo lo que ella respondió…

Después de todo es cierto. No existen las coincidencias, sólo los hechos inevitables.

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