Como un lienzo

Ante de empezar tengo que contarles que este cuento se desarrolla mucho antes de todo lo que sucede en La mujer detrás de la niebla.

Es un cuento que nació mucho antes de que escribiera todo lo que es aquella historia, antes de que fuera una novela llena de capítulos (y por esa razón lo pongo aparte), básicamente es la noche en que Elliot conoció a su mujer.

Sí, esa mujer.

Bueno, aquí va:

Como un lienzo

Provengo de Soleth, una ciudad sepultada mágicamente debajo de un lago, lugar natal que a mis ojos resulta más que nefasto. Esto es porque la gente allá es blanca, pero no de piel, sino de espíritu, son ­aburridos, vacíos, sin color. Fuera de que mantienen diferentes oficios que los caracterizan, todos son iguales, son como un lienzo antes de ser pintado. El problema es que todos esos lienzos jamás serán usados. Los habitantes de Soleth vivirán vacíos toda su existencia, abandonados en el desván, guardando polvo por la eternidad. El futuro de mi ciudad se mira igualmente desteñido, su gente nunca conocerá la amistad, la hermandad, el amor, ni todas esas cosas que he conocido aquí afuera, los colores que iluminan mi pintura, los que me han hecho lo que soy.

Es nuestra culpa que las cosas sean así en Soleth, o por lo menos eso dicen los sabios, quienes aseguran que por nuestra sangre corre la deuda de aquella traición al mundo y a nosotros mismos. Por si todavía se lo están preguntando, sí, así es, pertenezco a una raza maldita… ¿Cuál es la maldición? Que hemos borrado nuestro pasado, desapareció junto con nuestra memoria.

Cuando viví ahí dentro, hubo un tiempo en el que me interesó un detalle significativo: la gente en ese lugar siempre tiene el mismo semblante, el de “aquí no pasa nada”, o mejor dicho: estoy aburrido. Sin embargo, había ciertos momentos ocasionales en los que parecía que sí vivían. Observar lo que sucedía en esos instantes capturó por completo mi interés y de alguna manera afectaron mi memoria también, ya que nunca los olvidé. Puedo recordar todas y cada una de las veces que lo vi, era como si un brillo emergiera de su interior reviviendo a la persona en cuestión y segundos después una pequeña ala grisácea, aparecía en su espalda.

La pequeña ala se desplegaba y, al llegar a su punto máximo, se desmoronaba. Cual ceniza siendo arrastrada por el viento, al tratar de aferrarse se llevaba esa poca vida que el portador había recuperado. Esa ala gris es el sello de nuestra maldición. ¿Qué sucedió? No lo sé, nadie lo sabe ya… si nos enteramos de cualquier cosa relacionada a nuestro pasado, las cenizas vienen a llevarse el recuerdo. Pero mi interés y mi memoria crecieron junto conmigo, misteriosamente pude guardar celosamente las imágenes de esas alas haciendo lo suyo.  Pero averiguar el porqué de este olvido maldito fue una labor difícil, ya que, como les dije anteriormente, nadie sabe absolutamente nada más que lo necesario para poder sobrellevar su cotidianidad: su trabajo, hacer de comer, cuidar de su salud, relacionarse con personas afines -yo no podría llamarlas amistades-. Todo lo demás, es decir aquello que tiene que ver con trascender, es material para el olvido.

¿Acaso se necesitaba algo diferente para arquear naturalmente la boca hacia arriba? Algo que me motivara a hacerlo. A hacer eso que aquí afuera le llaman sonreír…  o por lo menos en las proyecciones de los tecno-magos así le llaman. Pero todos sabemos que todo lo que salga en ellas, es ficticio. Ahí todo es gris, la realidad tiene color. Aunque  si a esta ciudad le falta algo es precisamente eso. Tal vez nadie sepa en realidad  lo que  es el color, lo que ansío saber, quizá sólo sea un invento de alguien que pensaba como yo y encontró que lo podía plasmar en sus películas.

Conforme pasaba el tiempo, mi investigación tomó un curso curioso. Era una lucha entre el pedazo de condena que a mí me tocaba por ser un habitante de Soleth y mi terquedad que intentaba rebelarse. Debido a que provengo de una familia de médicos, solía tener acceso a muchas fuentes de información que sabían o podían saber muchas cosas. Varias veces me encontré leyendo algo o platicando con alguien y de repente las conversaciones cambiaban de rumbo sin sentido o explicación alguna. Al intentar recordar qué había hecho que cambiáramos de tema no encontraba nada, ni siquiera el por qué estaba hablando con esa persona. Pero todo lo que había logrado recordar antes de eso, seguía en mi mente. Así que podía regresar a lo que sí recordaba y retomar el camino recorrido sin volver a caer al olvido.

Así, llegué a la conclusión de que algo debe de existir más allá de la ciudad. Algo o alguien que me pueda enseñar lo que quiero y  no olvide lo que está diciendo a mitad de la conversación.  Con esa convicción en mente, me dispuse a buscar una salida de aquella ciudad que creía sellada. Tenía que existir en algún lado. Era lógico pensar que si llegaban cosas de fuera, por algún lugar tenían que entrar. Obviamente no era algo que algún vecino me pudiera decir y créanme que indagué hasta donde pude, mi decepción no pudo ser más grande cuando al hablar con varios de ellos ni siquiera sabían el significado de la palabra “Salida”.

Pero con todo y contratiempos, no tardé mucho en encontrarla… sólo era cuestión de caminar hasta que se acabara la ciudad y rodear todo el borde interior hasta encontrar un pasaje o algo por donde pudiera atravesar al otro lado. Al otro mundo. No tenía nada que perder, y sin saber si era un lugar completamente diferente a lo que hasta entonces conocía me embarqué en esta aventura, para descubrir un poco más tarde que mi ciudad natal me era casi tan desconocida como el mundo exterior.

Un día, mientras los pálidos habitantes de Soleth se sumían en sus labores cotidianas con el mismo aburrimiento, me fui con la esperanza de encontrar esa otra ciudad, ese lugar donde encontraría las respuestas a mis preguntas, a la intuición de que había algo más antes de esta maldición que nos habría sumido en el olvido. .

Atravesé las puertas de la ciudad y salí al aire libre. Afuera vislumbraba un cielo tan azul y tan grande como nunca lo había visto. Era casi aterrador. Toda mi vida había visto un gran lago arriba de nosotros, mi cielo estaba en constante movimiento todo el tiempo. Pero este era una gran plasta azul, sin una mancha, inmóvil, sereno. Tanta quietud estaba a punto de matarme. Aunque por un momento me absorbió la quietud del cielo y casi podía perderme en ella, lo que había frente a mí me sacó de mi abstracción. Había un cúmulo de árboles espesos que no me dejaban ver qué había más allá, así que avancé a través de ellos por mucho tiempo. Deambulé por ahí admirando el gran tamaño de la flora, buscando con qué alimentarme, durmiendo al lado de las cómodas raíces de los árboles que encontraba por ahí. A cada paso andado, el miedo al cielo se iba disipando, e incluso me parecían hermosas las manchas blancas que avanzaban sobre él como si trataran de cubrirlo. A veces me sentía perdida entre tantos árboles y plantas. Pero un par de días después encontré lo que me dio ánimos a seguir. Era un pequeño poblado, ¡por fin! Eran unas diez o doce casas tratando de mantenerse en pie como un niño que apenas está aprendiendo a caminar.

Al acercarme a los pocos pobladores que ahí habitaban noté un par de diferencias con la gente de mi raza, diferencias que en su inicio eran sólo físicas y que luego también eran psicológicas o de carácter. Sus cuerpos eran más grandes y llenitos, con orejas redondas. Los de mi raza somos de complexión pequeña y tenemos las orejas ligeramente picudas, del mismo tamaño que las de estos seres, pero picudas.

En Soleth somos más distantes, nunca nadie pone atención a los de su alrededor a menos que tenga algo que hacer o sacar provecho. No es como si por puro impulso le hablaran a una cara desconocida que poco habría de importarles, aunque fuera la persona perfecta para solucionar sus problemas. Esa persona a la que sólo necesitas decirle “hola” para que cambie tu vida. A veces me pregunto cómo es posible que nos reproduzcamos. Pero llegué a la conclusión que todo tiene el puro fin de continuar nuestra especie. De dejar alguien para que continué aquello  que dejamos pendiente o por el simple hecho de tener una razón de existir. Así es como ahora lo veo, me guío por pura intuición, la realidad es algo que todavía no se me presenta clara.  Traté de dejar de compararlos, de ver en qué más podrían ser diferentes. Si había logrado salir era para olvidarme de Soleth. Así que me dispuse a vagar por las pequeñas calles del pueblo y estudiar las motivaciones que la gente tiene ahí, que, al parecer son muchas más que las de mí aburrida ciudad donde nunca pasa nada. Hasta en ese pueblito que no corresponde en tamaño ni con una colonia de mi ciudad, solían pasar muchas más cosas de las que pasaban en todo Soleth.

Mientras me adentraba al pueblo, algunos se me quedaban viendo dejando de hacer lo que estuvieran haciendo. Otros sólo me hojeaban, me saludaban o mandaban una mueca y se protegían ellos mismos. Otros como si no quisieran verme, se daban cuenta de mi andar por sus calles y se metían en alguna casa, se ponían detrás de alguna vitrina y fingían no verme. Algunas veces me acercaba a los comercios para preguntar alguna indicación, pero nunca me respondían. Al principio creí que tal vez no hablábamos la misma lengua, pero si así fuera, ¿cómo era que yo sí entendía lo que decían? Fui ignorada más de un par de veces. Cómo si fuera un bicho raro al que temían. No era ningún dragón o demonio intentando comerme sus vidas. Sólo quería saber a qué se dedicaba ese pueblo. Sin entender qué pasaba, continué mi travesía y mi atención se fijó en un hombre de una de las últimas casas del pueblo.

Con un trazo de barba cerrada que delineaba su cara se encontraba detrás de un caballete con todo y bastidor. El bastidor estaba asentado frente a las escaleras de una pequeña casa y el hombre usaba de silla aquellas escaleras donde a su lado tenía una docena de tubitos de diferentes colores, usaba uno a la vez. Dejaba el que traía en la mano junto con los demás y agarraba otro para continuar lo que hacía en el lienzo que tenía enfrente.

Así estuve observándolo unos momentos como si fuera invisible. Ni siquiera una ligera mirada de él salió de la obra que estaba creando en esos momentos. Pero de todos aquellos habitantes tan distintos a mí, él era el único que tenía ese brillo en los ojos que buscaba. Quería ver qué estaba haciendo, qué lo mantenía tan ensimismado. Pero no podía esperar hasta que volteara, hasta que se diera cuenta que era observado y me invitara a acercarme. Así que me armé de valor y dejé que la curiosidad me diera un empujón.

A un par de pasos de distancia, el hombre volteó como si no tuviera nada mejor que hacer, cosa que a decir verdad me sorprendió ya que parecía totalmente sumergido en su trabajo.

– Ho… hola – dije por puro instinto sin saber qué más hacer.

– ¿Qué tal? – Me respondió indiferente – ¿Puedo ayudarte en algo?

– Perdón por interrumpir… Sólo quería… ¿puedo ver lo que está haciendo? Lo vi desde lejos y no pude evitar acercarme.

El pintor dejó el tubito que tenía en la mano junto con los demás y le dio media vuelta al caballete, dejando frente a mí su propia obra. Sólo había un par de trazos de diferentes colores sin forma y sin intención de tenerla. No era nada, estaba casi en blanco.

– Como veras aún no tengo nada.  – Dijo en voz baja, suspirando decepcionado-.No he hecho nada bueno en días. Esperaba que salir a pintar al aire libre me sirviera de inspiración, pero parece que el viento no me traerá nada el día de hoy. Lástima.

– Pues… me trajo a mí, pero yo no sé gran cosa y no tengo a donde ir. – le dije mirando hacia abajo, intentado esconder la mirada.

El hombre me miró y de sus labios brotó una pequeña sonrisa de esperanza. Se puso de pie, se acercó más animado y volvió a sonreír tomándome una mano. Debo confesar que me sorprendí de su cambio tan súbito ¿Fue mi culpa que se pusiera así? Esperando que no o mejor dicho, que no fuera nada malo, intenté sonreír de vuelta.

– ¡Mira!, después de todo parece que sí trajo algo interesante. ¿Te gustaría quedarte un rato a tomar algo? Podría traer dos tazas de café y sentarnos a platicar aquí en las escaleras si no  quieres entrar.

En ese momento, algo empezó a dar muchas vueltas dentro de mí, como un niño emocionado con un regalo sin abrir, no me dejaba pensar con claridad. Fue como si el deseo por aprender se transformara en un impulso que cobró vida propia y contestó en su nombre sin mi consentimiento-. Sí, sí quiero, ¡me encantaría!

De dónde diablos salió esa respuesta, no sé, pero la curiosidad de platicar con alguien con verdadera memoria era avasalladora y la gente de aquél pueblo no había sido precisamente amigable.

El hombre había entrado para salir de su casa con dos tazas. Era de mi estatura, lo cual lo hace bastante promedio, aunque tal vez un poco chaparro para los pocos que había visto de su raza. Pero era corpulento y tal vez un poco relleno. Pelo castaño, corto y lacio. Vestido con unos pantalones de color tierra y una camisa verde que contrastaban con el mandil negro con el que había estado pintando antes de que llegara a interrumpir.

Antes de sentarse me ofreció una de las tazas y volvió a sonreír.  Me senté a su lado y le di unos sorbos a la oscura bebida amarga que me ofreció. Al sentir su sabor en mi boca, recordé que en casa solían beberla con frecuencia sin saber qué era, ahora lo sé, le llaman simplemente;  café.

– Así que… cuéntame, ¿qué haces aquí? ¿No estás buscando problemas verdad? -Dijo él sacándome de mis recuerdos, – ¡No! O bueno… eso creo… -dije dudando de si hablar me traería problemas.

– ¿Eso crees? -Dijo él curioso- ¿Cómo puedes no saber?

– Pues… es una historia larga, no sé por dónde comenzar.

Hilando toda la historia que estaba a punto de contarle, descubrí que no había olvidado nada desde que salí. Los recuerdos estaban intactos. La tarde se nos fue como agua entre las manos. El tiempo transcurrió entre mis palabras, la suyas, carcajadas porque la gente no supiera qué era una salida y varias preguntas que no supe contestar. Así la noche llegó. Con ella interrumpimos nuestra conversación para ayudarle a meter todo su material dentro de la casa y continuar la conversación dentro debido al frio.  Descubrí que el cielo inmóvil, con manchas blancas que ahora sé que son nubes, de noche se torna casi negro y miles de puntitos brillantes lo adornan. Esto me gusta mucho más que cuando el cielo se pone azul, no siento que se vaya a caer en cualquier momento sobre nosotros.

– Por cierto, si no vas a regresar, ¿Dónde pasaras la noche? ¿Quieres quedarte aquí? Puedo prepararte un lugar donde dormir en la sala. El sillón es bastante cómodo. O podrías dormir en cama si quieres y yo duermo en el sillón, cómo tú quieras. No sería recomendable que te quedaras fuera. Hace frio y la gente de este lugar no confía mucho en los de tu raza como ya te habrás dado cuenta. -Dijo el pintor.

– No quiero molestar, pero tal vez te tome la palabra. Como dices, eres la única persona amigable con la que me he podido acercar desde que salí. ¿Por qué son así? Yo pensaba que sólo en mi ciudad temíamos a los extraños. -Le contesté un poco intrigada a  su amable invitación.

– Porque tú no eres la primera en salir de ahí. Han salido muchísimos y más de la mitad, no han traído más que problemas a este pueblo. Ha habido contadas excepciones que se van a negociar a las ciudades grandes o a viajar como un par de ermitaños que me tocó conocer hace tiempo y ahora viven cerca de Zhür. Son gente buena y honrada, que como tú, quieren conocer el mundo y no quieren más problemas. Pero con los antecedentes de tu raza, en algunos lugares como este, te será un poco difícil hacer que te escuchen. -Dijo el pintor mientras dejaba las tazas en la cocina para ser lavadas-. ¿Podrías traerme el par de platos que están en la mesa?

Le llevé los platos caminando hacía su cocina con cuidado de no tirarlos o estropear algo. En el camino mi vista se topó un poco de comida en la alacena que se encuentra frente al lavadero donde estaba limpiando las tazas y mi estómago puso más atención en ella que mi mente en digerir lo que me acababan de contar.

– Oye, me… ¿me invitas a tener la comida de noche? – le dije al entregarle las tazas, todavía con un poco de timidez.

– ¿Comida de noche? -Dijo carcajeándose-. Aquí se llama cena. Sólo termino de lavar esto y te doy algo de cenar con mucho gusto.

– Gracias. -Dije sintiendo cómo mis mejillas se ponían cada vez más calientes y rojas- Y… este… perdón por todo lo que mi gente haya causado. Son unos idiotas que no saben nada, más que yo.

El hombre dejó la taza y me volteó a ver con una cara que fácilmente podría decir que estaba a punto de llorar, pero su mirada me mostraba que no estaba triste.  Me dio un fuerte abrazo y me dijo mirándome a los ojos:

– No eres idiota… ¡Eres tan pura e inocente como un lienzo en blanco! No eres para nada como los demás de los tuyos que he conocido. Por favor no dejes que malas manos te pinten.  -dijo suspirando con ansiedad-. Por cierto, me llamo Ellioth, ¿y tú?

Esa era otra pregunta que me iba a costar mucho trabajo contestar.

– ¡Qué nombre tan corto! En Soleth nos nombran según el lugar donde vivimos, de esta forma siempre recordamos el camino a casa. Yo por ejemplo soy hija ala blanca debajo del puente del rio medio. Pero ya estoy fuera de ahí… no quiero que me llames así. Así que… no tengo nombre.

– ¿Y cómo te gustaría llamarte? -dijo él bastante interesado.

– ¿Puedo escogerlo?

– Sí, escoge uno o invéntalo, como tú quieras.

– Uuumm… –  Pensé por unos momentos. Tenía que ser un nombre que pudiera recordar fácil. Que significara algo. Dejé que el impulso que me llevó a aceptar su taza de café me indicara el nombre correcto. No tardó nada en encontrarlo, casi podría decir que ya lo tenía listo para cuando preguntara por él.

– Alieth. -Le dije bastante decidida.

– ¿Alieth? -Me miró con mucha expectación a la respuesta.

– Sí, es un nombre que me recuerda a ti y que se parece al primer nombre que conocí estando fuera. Será un bonito nombre.

– Ya lo es, sin duda lo es.

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