Con cierto desconcierto

A petición de algunos de ustedes, esta es otra historia sobre Zarzamora y sus dos corazones; muchísimas gracias por sus comentarios, su apoyo en Patreon y por correr la voz cuando alguna de mis historias les gusta.

Cuénteme qué les gusta, que no y qué les gustaría leer aquí a la luz Quinqué, me gusta escucharlos.

Aquí vamos con la historia de hoy, pues:

Con cierto desconcierto 

Era un tarde de otoño cualquiera… para cualquiera. Más precisamente la tarde previa al solsticio de invierno, pero la razón importante de porqué la cuenta de los días empieza aquí es el eclipse que sucedería esa noche junto al concierto que Zarzamora y Sabina tenían planeado asistir desde meses atrás cuando Silvanna, la artista, anunció que estaba preparando una sorpresa para sus fans el día del eclipse de luna.

Ese concierto que empezaba a las ocho de la noche.

Y que siendo las siete, Sabina no aparecía por ningún lado.

Zarzamora, en su desesperación (y con un poco de resignación a ir sola), empezó a escupir palabras como dardos en todas direcciones. El cuerpo se le llenó de aire y un dolor intenso en las entrañas la obligó a callar. También es que veía como las palabras iban quedando regadas en toda la sala donde caminaba de un lado a otro como péndulo de reloj.

Recordó que había que tener cuidado, que las palabras son poderosas, muy poderosas. Tomó su boleto de la mesa y lo sustituyó con una nota que anunciaba que ya se había ido, que si no se encontraban allá, se veían más noche. Las notas siempre eran su mejor método de comunicación, por no decir el único que tenían. Así como Zarzamora tenía un don para hablar por hablar, sin a veces llegar a decir algo, Sabina era todo lo contrario. Ella sólo escuchaba. Zarzamora creía que su amiga le tenía tanto respeto al poder de las palabras que por eso jamás la había escuchado pronunciar alguna. Que lo haría cuando fuera importante. O quizá no. Con todo esto en su cabeza, así como ella recorría las calles le hicieron creer que entendía que las palabras eran totalmente inútiles, todavía le dolían las que había escupido y las seguía repitiendo.

“Peor que inútiles, sólo sirven para meterse en líos”, afirmó su razonamiento al corroborar que Sabina, calladita como era, nunca se metía en problemas. “La televisión es el mejor ejemplo. Esa caja tonta, o más bien tabla, porque esa nueva que compramos ya es demasiado plana para ser caja. Esa escupe más palabras que yo y mira que eso es mucho decir y no es difícil notar todos los problemas que causa en el mundo por no tener cuidado”.

Poco antes de llegar al auditorio, de tanto hacer coraje las piedras en su cabeza le empezaron a doler. Inconscientemente, movió la mano como si quisiera buscar en su bolsa algún caramelo o algo que entretuviera a las piedras. Pero así fue como se dio cuenta que había salido sin nada de la casa. Sólo cargaba el boleto y las llaves en un bolsillo del pantalón. “No es como que necesite nada” se dijo “ni a nadie, puedo hacer lo que quiera yo sola”.

Había un mar de gente esperando a que Silvanna saliera a hacer su magia con su voz, el arpa y los tambores que la caracterizaban. Hubo un punto de la espera en que la gente apretaba tanto, por los que querían avanzar tratando de alcanzar un mejor lugar, que agradeció haber dejado en casa su escoba y su bolsa con su otro corazón.

Cuando las luces se apagaron, lo único que importaba era la pequeña figura que entraba al escenario como si fuera diosa pagana. El mar de gente se transformó en uno de bestias devotas, en ese momento olvidó que había salido sin su mejor amiga con la que compartía hasta su casa. Y el coraje. Y las piedras.

Todo era paz por dentro y adrenalina y canto y brincos y gritos por fuera.

Eran música.

Una misma canción.

Todos.

Hasta que pidió que se voltearan a ver entre sí, que se abrazaran, que se sonrieran, que para su siguiente canción necesitaba que lo entregaran todo.

Y así, a media canción, a medio hechizo, con el eclipse de testigo, fueron cayendo uno a uno. Como títeres a los que les iban cortando los hilos.

“Palabras peligrosas” pensó Zarzamora en un intento de mantenerse despierta, antes de caer inconsciente.

 

***

En los sueños todo estaba oscuro frente a ella. Se puso de pie y se sacudió un poco la ropa, tratando de encontrar dónde estaba. ¿Y la música? ¿Y el concierto? ¿A qué horas se quedó dormida?

Una luz roja que la hizo voltear a sus espalda interrumpió el tren de preguntas y la pusieron a andar. Después de cruzar un puente encontró unas enormes puertas iluminadas que se iban cerrando despacio. No podía ver lo que había dentro, pero parecía un recinto abandonado. A su izquierda y a lo lejos, estaba la luna, rojísima, escondiéndose en el horizonte. Se acercó a las puertas que ya podía ver con claridad. Algo la jaló desde su interior, no supo qué. En el último paso, antes de entrar, alcanzó a ver de nuevo a la enorme luna roja que se despedía latiendo. Lo hacía tan fuerte que retumbaba en todo el vacío del recinto al que estaba a punto de entregarse.  Sin saber por qué, sus ojos se llenaron de lágrimas y cantó.

 

Adiós, luna roja,  adios

Te vas, esta vez no sé si volverás

Adiós luna roja, adios

Me voy

Pero yo sé que volveré

No llores luna roja

No llores más

Nos volveremos a encontrar

 

Las puertas se cerraron por completo. Dentro, un hombre joven con hermosísimas alas grises las extendió para recibirla. Había alguien más, un testigo, pero a nadie le importó. Zarzamora no pudo resistir la luminosa belleza de las alas de su anfitrión y dejó caer toda su tristeza desnuda entre ellas, por unos instantes fue completamente feliz.

-Soy Ike, hijo de Ícaro  -dijo, antes abrazarla y cantarle al oído.

 

Soy el hechicero

en la ciudad de los sueños

ahí donde caminas desnuda,

por la calle del puente

Señor de tus ensueños,

Vecino de los duendes

Cuando te miras en la fuente

Y bebes de mi suerte

Dueño de tu mente

en las noches transparentes

Cuando los sueños que sueñas

Te miran de frente

Me buscarás dormida,

Me encontrarás perdida

Seré tu guía

Serás mi vida

 

-¿Dónde está tu escoba?  -preguntó el ángel al terminar de cantar. Durante toda su canción tuvo tiempo de reconocer que no era algún cualquiera, era una chamanita. Y a al parecer, perdida. Las de su tipo jamás se separaban de su escoba.  

Zarzamora no le respondió, sólo levantó los hombros en señal de “no tengo idea”, un poco por no querer explicar el regadero de palabras que había dejado en su casa y su coraje y el concierto.

-Podrás mecerte en mis alas cuando quieras. Descansar tu alma en ellas, incluso te llevaré a donde tú lo quieras. Pero a cambio, cuando esté hundido en lo gris, cuando las cenizas se quieran apoderar de mis vuelos, tendrás que sacarme de ahí y limpiar mis alas de toda suciedad.  

Zarzamora se sentía tan bien que asintió encantada.  Será un placer, pensó.

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  • Carlos Lopez

    Que bueno que estás recuperando estos escritos!