¿Cuándo te bajaste del metro?

Nadaba en un mar de gente que esperaba lo mismo que yo, que algo llegara y nos llevara de pronto. Que se parara ante nosotros, abriera sus puertas y poco después nos dejara en otro mundo, en otra vida o al menos, en esta ocasión, en otra estación dentro de la misma ciudad. El tren llegó y el oleaje nos empujó adentro. Ahí un alma en pena empezó a gritar “Si mire… señor, señorita, en esta ocasión le vengo ofreciendo” y sacó los chocolates que nadie compró.

“La gente invisible que fuera de este vagón no existe” pensé al notar como la dejaban pasar como si no estuviera ahí. Cuando esa frase llegó a mi cabeza el tren se detuvo a la mitad de la nada y apagó las luces.

El tiempo en la oscuridad empezó a crear susurros entre quienes no podíamos vernos. A todos nos invadió la necesidad de distraer la idea de que estábamos atrapados, sin oportunidad de salir, muchos metros bajo tierra. Intenté ver hacia afuera como si no hubiera una pared frente a nosotros a menos de medio metro. Bendita sea la vista que se acostumbra a ver aún en las peores circunstancias. Busque entre la gente del vagón a alguien o algo en qué entretenerme y lo que encontré era la falta de alguien en especial.

–Oye –le dije a la desconocida que tenía a un lado–, hace unos minutos un niño estaba vendiendo chocolates, ¿cierto?

–Sí lo escuché pero no llegó hasta acá antes de que el tren se detuviera, por ahí debe estar –me contestó buscando curiosa entre la gente.

–Ya no lo veo –le afirmé–. ¿Cómo pudo desaparecer?

–¿Usted cree en los fantasmas? –me preguntó al mirarme a los ojos.

–Creo más en los vivos –le contesté con algo de sarcasmo.

–No esperaba menos de un fantasma –dijo ella cruzando los brazos en señal de molestia–. Andan por ahí creyendo que todos vemos al tiempo de la misma manera y por ende que la vida funciona igual para todos. Una vez conocí a una chica que se la vivía vestida de novia frente a un aparador. Sólo en las noches se movía a estirarse un poco y cuando regresaba siempre olvidaba algún detalle en su postura. Con el tiempo, los clientes de dicha tienda decían que la chica había muerto años atrás. Nunca nadie se lo dijo a ella, por eso sigue ahí, modelando. Así les pasa a los vendedores del centro que venden de moda y de novedad cosas que murieron hace más de una década. Nadie les dice nada porque todos los escuchan y por ende, ahí debe estar, vivos. Sin embargo aquí estás, haciéndome la misma pregunta con la misma cara todos los días, a la misma hora, desde que tengo uso de razón. Y nunca he visto que el tiempo pase por tu rostro como lo ha hecho conmigo.

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