Desde afuera

No pertenezco a ésta historia, de eso estoy seguro.

Siempre soy el que se queda atrás, el que nunca se entera de lo que sucede hasta que ya pasó, el pudo haber ayudado si le hubieran tenido confianza desde antes.

Conozco a Tobías desde que éramos niños y siempre ha sido así.  Con los años entendí que en cuanto a él sólo sería un mero espectador y que siempre sería sólo Oliver. Por eso cuando entré al bosque me sorprendí de estar ahí, de ver con mis propios ojos todo lo que Tobías decía que había existido.

Aunque todo estuviera muerto.

Cada día que pasábamos en el bosque buscando una solución a su misterio a otra pregunta le crecían las raíces en mí ser: ¿cuánta soledad le cabe a un bosque como éste?

Ya tenía a la estatua de Siobhan, a Augusto y ahora a Iscariote y a Tobías. A pesar de ser huérfano, yo nunca me he sentido sólo. Tobías y su soledad siempre han estado conmigo. También tuve muchos hermanos en el orfanato donde las monjas me cuidaron hasta que tuve edad para valerme por mi mismo.

Si aquí, en el bosque, no estamos solos. Allá en la ciudad tampoco nunca lo estuve.

Supongo que por eso el pueblo me dejó entrar; aunque Hilda haya dejado en claro que fue porque ella lo quiso, porque necesita encontrar la poca vida que le queda al bosque para poder destruirla. Algo tiene en su voz que es imposible negarte a lo que te pide cuando te susurra algo al oído. Tal vez sólo es que me da lástima que haya estado encerrada por tanto tiempo.

Lo primero que me pidió fue encontrar la vida.

Y así, dejé que mis pies me guiaran en el sin rumbo para encontrar el refugio del consejo del bosque. Detrás de un árbol al que llaman El Sargento. Podía observar cómo todos dudaban de mí al verme aparecer ante ellos. Todos menos Tobías que dormía en un rincón manchado de ceniza. Cuando despertó sonrió al verme y luego gritó de dolor, segundos después en su lugar había un lobo de fuego que podía observar en su mirada que tenía toda la intención de arrancarme la cabeza con una mordida.

-¿Quién eres? –dijo una mujer que parecía una réplica más joven de la estatua de Siobhan, dio un par de pasos y acarició la lobo Tobías en la cabeza. Como acto de magia el odio en su mirada despareció.

-Oliver, el mejor amigo de Tobías –le contesté tratando de que el susto no me dejara sin habla.

-El bosque dice que apestas a Hilda, ¿qué tienes para decir a tu defensa? –me contestó con ese tono en el que uno hace las preguntas sabiendo que la pregunta no te va a convencer.

-Entré al pueblo pero escapé, ella quería que me quedara a encontrar la vida –les dije, básicamente era la verdad.

-Después de tanto tiempo, mi madre no cambia –dijo Augusto con una carcajada nerviosa.

-Escúchame bien –dijo la mujer al acercarse para verme a los ojos a muy poca distancia-, hagas lo que hagas no la vayas a dejar salir. Podría matarnos a todos, ¿viste todas las estatuas a la salida del pueblo? Son su culpa. De cierta manera, que tu mejor amigo esté así también es su culpa. Y todo lo que le ha sucedido al bosque.

-¿Qué le pasa a Tobías? –fue la primera pregunta que logró salir de mi cabeza de las muchas otras que lo intentaron.

-La vida en el bosque pende de un hilo, mucha de ella se esconde en una caja que llamamos “La caja de los vientos”. Cuando tu amigo se fue, el día en el que el tiempo muriera, se llevó parte de esa vida en escondida en una herida que Augusto le causó. También, parte de su propia vida se quedó en éstas tierras cuando sangró a causa de la misma herida. Lo que ves es sólo ambas partes peleando por la existencia de tu amigo.

-¿Y hay forma de ayudarlo? –le pregunté cuándo lo que en verdad quise decir es que no había entendido ni un carajo más allá de que estaba mal y que la vida del bosque.

-Sólo necesita un poco de tiempo y de vida –dijo ella un poco triste-, aunque aquí es lo que menos tenemos. Afuera del bosque, se recuperaría enseguida.

-Creo que tengo una idea, si me permiten iré a ver si resulta –les dije con la única intención de salir y de intentar digerir todo lo que me habían dicho.

-¿Necesitas ayuda? –dijo Iscariote con lo que yo sentí como las ganas de no quitarme la vista de encima para ver qué era lo que iba a hacer.

-No, gracias –le contesté con una sonrisa un tanto falsa-. Cuiden de Tobías, ya volveré.

A la mitad del silencio, me di media vuelta para salir. –Justo antes de cruzar la puerta escuché la voz de Augusto.

-Dile a mi madre que no se va a salir con la suya, lo que sea que esté planeando –dijo su cínica voz-. Y que le mando un beso.

No le contesté nada, ni siquiera voltee a verlo. Esa tampoco era mi historia.

Lo que si hice después de mucho vagar por el bosque sin saber a dónde me dirigía fue terminar en el pueblo otra vez. Una vez que llegué al límite, mis pies me arrastraron hasta Hilda sin que yo quisiera. Le conté lo que había entendido y el beso de su hijo la puso de muy mal humor.

Lo siguiente que me pidió fue encontrar una salida.

No entiendo por qué, si lo que quiere es que nadie salga.

Al salir de la casa, noté una mancha en el brazo.

Era tinta y estaba creciendo.

Cuando me cubrió por completo escuché que una voz infantil me susurró al odio: “lo siento, no podemos dejarte con ella. El tiempo tiene que correr de otra manera”.

Cuando pude ver de nuevo, ya no estaba en el pueblo.

Estaba justo afuera de la casa más vieja, sí, pero en la ciudad de Allá Lejos. Me molestó mucho que me echaran de aquel lugar. Pero entonces, al ver mí alrededor entendí algo, de éste lado el tiempo no estaba muerto. Caminé sin rumbo o más bien, me dejé llevar por la memoria de los pasos que había recorrido de la casa de Hilda hasta el corazón del bosque. Así llegué hasta los cuatro pilares en la entrada de los jardines del castillo que guardaba incontables historias de la ciudad, ese lugar era mejor conocido como bosque.

La curiosidad y la emoción me estaban carcomiendo.

Conocía ese lugar muy bien.

De los pilares caminé a la izquierda por el camino hasta la fuente de la templanza. Me detuve a examinar la estatua de la fuente con cuidado. O sabía si mi imaginación ya estaba empezando a volar o el hombre esculpido tenía un gran parecido al hombre que acompañaba a la mujer que cuidaba de Tobías.

Detrás de la estatua, estaba el cadáver del enorme árbol que marcaba la entrada a la aldea del consejo en la burbuja del tiempo. El árbol donde allá en el otro lado se dice que está el corazón del bosque. El Sargento. Subí las escaleras que rodeaban a la fuente para acercarme al árbol y sentado a la orilla de la jardinera estaba uno de los cuervos que le entregaron la llave de la casa a Tobías. Me observaba acechante. Cuando me detuve, él se puso de pie e hizo un ademán para que me acercara.

-Hueles al bosque –me dijo en una ronca voz.

-Allá me dijeron que olía a Hilda –le contesté confundido-, de hecho casi me arrancan la cabeza por eso.

-Hilda… -susurró exasperado- La llave, ¿la tienes?

-No, Tobías es al que se la entregaron. Está… pues… supongo que enfermo.

-¿Enfermo?

–El bosque lo transformó en un lobo de fuego, que necesita tiempo y vida para sobrevivir.

-Le dijimos que tuviera cuidado cuando le entregamos la llave, necesitábamos que alguien impidiera que nos transformáramos en cuervos. Alguien que nos ayudara a volver al bosque.

-Pues… buen trabajo, el bosque está casi muerto, mi amigo es una bestia de fuego que apenas se puede poner en pie, Siobhan es una estatua con su alma atrapada dentro del bosque e Hilda quiere salir. Creo que las cosas están peor que antes.

-Eso parece –dijo el cuervo mirando a sus espaldas-, pero puedo ayudar. Creo.

-¿Cómo?

-¿Ves a lo alto del Sargento?

-¿Eso qué tiene que ver?

-Tiene retoños, hay esperanza, ven.

El cuervo me guio a espaldas del árbol, a entrar a un pequeño recinto escondido detrás del monumento que vigilaba al sargento. Al fondo de aquel recinto había una pequeña cueva.

-Espera aquí –dijo el cuervo antes de adentrarse a la cueva. Minutos después regresó con una caja de madera entre las manos, tenía ramas talladas y una rosa de los vientos pintada en la tapa superior- Aquí adentro hay vida y tiempo. Esto debe ayudar. Con Siobhan también.

-Esta caja…

-Sí y no.

-Ni siquiera me dejaste terminar.

-Aunque no estemos allá, lo sabemos todo. Esa cueva, es la entrada al inframundo. Ahí se resguarda mucho de lo que pasó. Cuando la burbuja del tiempo se creó y nos expulsó junto con tu amigo e Iscariote, Luna y Orfeo se vieron perdidos de aquél lado. En ésta caja está toda la vida que le entregaron al bosque y todo el tiempo que le han dedicado. Es la misma caja del bosque y a la vez no, así como nosotros la misma tinta que está con ellos de aquél lado y a la vez no. Toma la caja y arregla todo lo que puedas. Es una buena salida.

Esas últimas palabras retumbaron en mi memoria, “una salida” dijo. Para no ser mi historia, ya me terminé embarrando demasiado.

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