XIII · Donde a uno no lo quieren

La caravana del circo avanzó a toda velocidad por el camino a Briah. De no ser por la invisibilidad que Voriana había decretado a todo el tren, el viaje hubiera sido mucho más largo ya que hubieran tenido que transitar por terrenos circundantes a los caminos, los cuales, dicho sea de paso, tal cual la adivina había previsto, estaban plagados de  personas con el mismo uniforme blanco que portaba la bestia de hielo que los había atacado, mismos que para el circo servían como señal de que debían desviarse. Era muy probable que no pudieran ser vistos, pero no querían dejar entrar la posibilidad hasta tener una estrategia a seguir. Conforme avanzaban entre bosques y llanuras veían que el número de gente de blanco iba disminuyendo considerablemente, se concentraban en los poblados como si fueran una infección que apenas empezara a contaminar la gran isla de Angharad.

Cuando pudieron observar la ciudad de Briah a lo lejos, el sol resplandecía en sus espaldas indicando que el atardecer estaba cerca. Extrañamente, no había ni uno solo de los uniformados, lo cual hizo sentir tranquila a Voriana por unos momentos, al parecer su entrada a la ciudad sería mucho más tranquila de lo que esperaba. Quizá la razón era que le temían a la ciudad o a sus gobernantes.

La ciudad de Briah era bien conocida por ser el centro arcano ofensivo mejor armado de todo Angharad. Así como en la capital, Kynthelig, la gente se instruía en las artes arcanas, en Briah enseñaban a pelear con esas mismas artes. Todo aquel cuya meta fuera ser un guerrero, en algún momento terminaba parado en Briah aunque sea por un par de meses. Por esa misma razón, era el lugar más concurrido y con mayor vida nocturna de todo Angharad. Era difícil saber a qué horas descansaba la ciudad, a cualquier hora se podía encontrar gente en sus andares cotidianos sin importar que fuera de noche o de día. Por desgracia, era una ciudad bastante agresiva en la que si uno no se mantenía alerta, fácilmente podría salir herido en una pelea sin deberla ni temerla.

Todas las construcciones de la ciudad estaban hechas con una piedra negra que sacaban de una excavación cercana. La opacidad característica del mineral hacía lucir muy elegante a la ciudad durante el día, pero de noche los edificios se desdibujaban en la obscuridad, y la vista se puebla de anuncios luminosos de lugares que invitan a ser visitados.

El plan era entrar a la ciudad con el decreto de invisibilidad aún sobre el tren que los llevaba, que un pequeño grupo fuera a hablar con la reina y después de escuchar su consejo, instalarse en la ciudad y seguir sus indicaciones. Sin embargo, cuando llegaron a las puertas notaron que había guardias por todos lados vigilando la entrada. Voriana le dijo a Karad que los ignorara y siguiera conduciendo, pero conforme se adentraban la caravana de vagones iba perdiendo velocidad, como si estuviera siendo jalada hacia fuera de la ciudad por alguna fuerza más grande. No fue difícil saber porqué sucedía esto, desde el carro terraza se podían observar hilos de luz que detenían el carro, impidiéndole llegar a su meta. De alguna manera, los guardias los habían detectado. Al detenerse por completo, un grupo de guardias armados se acercó a la defensiva, hasta donde las luces les permitían intuir que estaba el frente del vehículo. Del grupo salió un señor alto de barba larga y negra.

−¡Muéstrense quienes quiera que sean! −gritó levantando el brazo derecho con la mano extendida. El grupo que estaba detrás de él apuntaba hacia frente con una ráfaga de de luz brillando en todo el largo de sus brazos, listos para disparar flechas etéricas a la más mínima provocación.

Karad estaba tan temeroso de aquellas flechas que aún no podía ver que Voriana le pidió que se quedara dentro del tren y se dispuso a bajar tranquilamente, como si la estuvieran recibiendo familiares después de un largo viaje.

−Soy vieja amiga de Kali, vengo a buscar su ayuda. −dijo al aparecer ante los ojos de los guardias, había hablado tan natural que era casi imposible no creerle.

−¿En qué viajas? −preguntó el guardia sin mostrar interés por lo que acaba de escuchar, su  brazo seguía arriba, acechando sus movimientos.

−Vengo con el Circo del Alma. −dijo sin intención de decir más.

−¿En qué viajas? −preguntó de nuevo inamovible- ¿Por qué no lo podemos ver?

−Porque necesitamos la ayuda de Kali para ahuyentar a los enemigos que nos persiguen. −Contestó ella sin responder a la primera cuestión.

−No me has respondido… ¿en qué viajas? ¡Descúbrelo!

−¡En la caravana del circo! Quisiera hablar con la reina primero. −dijo la adivina empezando a perder la paciencia. El guardia hizo una seña con la mano y al instante tres flechas de luz salieron disparadas detrás de él pasando a sólo unos centímetros de Voriana chocando contra el coche terraza.

−¡Descúbrelo he dicho! –gritó él guardia barbudo mostrando que también estaba perdiendo la paciencia.

−¿Hay necesidad de tanta violencia? Es precisamente de lo que estamos huyendo. −dijo la adivina sintiéndose insultada.

−Mujer, descúbrelo ya o las flechas no fallarán esta vez.

Sin discutir, Voriana silbó un par de veces dejando a la vista el tren del circo. Había decidido que tenía que dejar el orgullo de lado y cooperar con el simio que los amenazaba, de otra manera entorpecería aún más las cosas y tiempo era con lo que menos contaban. En el carro-terraza estaban todos los integrantes del circo que habían salido a averiguar lo qué sucedía.

−¡Nadie se mueva! −dijo el guardia bajando el brazo.

−¿Puedo ir con la reina ahora? −dijo la adivina cruzándose de brazos.

−Ero, Anne… llévenla con la reina. Va en calidad de presa hasta que la reina diga lo contrario, ¿de acuerdo? Piérdanla de vista y díganle adiós a Briah. Cuando la reina haya tomado una decisión, envíen un mensajero. −dijo el general. Sin esperar más órdenes los dos chicos nombrados asintieron, se acercaron a la adivina y la tomaron del brazo para guiarla por las calles de la ciudad.

−¡Voriana! −gritaron varios desde la caravana.

−No se preocupen, no tardo. −la adivina volteó para despedirse con una sonrisa serena.

Nadie se movió de su lugar. Ambos bandos vieron como sus compañeros desaparecían en la lejanía, perdiéndose entre las calles de la negra ciudad. Asemejaban un tablero de ajedrez: las fichas blancas en el carro terraza, sin poder moverse buscando el modo de burlar a las negras que los acechaban; y las fichas negras observando atentamente a sus contrincantes con las flechas listas para cualquier acción. Los blancos no tenían mucha opción, les habían arrebatado a su reina, aunque a los negros les había costado dos piezas.

−¿Nos vamos a quedar aquí esperando? −dijo Fenez.

−Pues sí… o ¿qué sugieres? −preguntó Tallod, con temor de que en verdad propusiera algo.

−Pues… no sé… −dijo el enano.

−¡Cállense! −gritó el guardia desde abajo del tren que aún se encontraba amarrado por los hilos de luz− No van a ir a ninguna parte.

Un par de horas después el tablero seguía intacto. Nadie había movido una sola pieza de su lugar y los enanos empezaban a impacientarse como todo buen peón. Habían analizado en su mente y con la vista todas las posibilidades que tenían para bajar de la caravana y, al menos, husmear por ahí en lo que Voriana regresaba. La palabra rehén no formaba parte de su vocabulario, pero fue cuestión de tiempo para que descubrieran que sería inútil, los guardias de la ciudad estaban más que atentos a cada uno de los movimientos de las fichas contrarias, así que terminaron todos sentados alrededor de la mesa del carro terraza discutiendo sobre lo primero que les pasara por la mente y sintiéndose incómodos.  Cada vez que volteaban, comprobaban asombrados que los guardias permanecían exactamente en la misma posición en la que se habían quedado desde que la adivina se había ido con los dos militares.

−¡Una luz viene hacia nosotros! −grito Bramms rompiendo el silencio que se había formado, ya que todos se encontraban viendo hacia la nada, perdidos en su propio mundo personal. Todos voltearon de inmediato a ver hacia donde señalaba el chico de fuego, unos en busca de algo para matar el aburrimiento, otros para decirle que dejara de bromear y mejor los entretuviera con algo más inteligente. Pero para su sorpresa, en efecto, una esfera de luz se acercaba a ellos a gran velocidad, ésta se detuvo justo enfrente del guardia.  El hombre asintió un par de veces frente a la esfera y luego volteó a ver a sus presas.

−La reina quiere hablar con el bleizen y la enöriana. −dijo el guardia haciéndoles una seña para que bajaran del vehículo. Bajaron ambos y detrás de ellos todos los demás.

−Sólo ellos dos, los demás no bajen del tren. −dijo fulminándolos con la mirada.

−Pero… ¿y Voriana? −preguntó Karad curioso por saber si la reina los había recibido.

−¿La adivina? −dijo el guardia levantando una ceja− No se preocupen, están tomando el té, al parecer no mentía y sí eran viejas amigas.

La esfera luminosa escupió un pedazo de papel en las manos del guardia, lo leyó y luego se lo entregó a Bramms que ya estaba con ellos, al igual que Dahlia.

−Creo que es para ustedes −dijo en tono aburrido.

−¡Léela! –exigió Dahlia exaltada al ver que Bramms sólo observaba el papel y luego la volteó a ver esperando que ella lo sacara de su confusión.

 

Todo está bien, no se preocupen. Kali está feliz de volver a verme y tiene muchas ganas de conocer a Dahlia y a Bramms. Ya le platiqué nuestra situación y dice que ella nos puede proporcionar protección por un par de semanas en lo que localiza a un hombre que dice es experto en maldiciones. Que no nos preocupemos por nada.

Karad… Vayan buscando un buen lugar para instalarse. En un rato estamos con ustedes.

 

−Jaque mate −dijo Fenez mirando al guardia con una cínica expresión que claramente demostraba cuanto estaba disfrutando su victoria.

−Como sea, muévanse de aquí −dijo el guardia sin darle importancia− No estorben el paso.

−Y…  ¿cómo se supone que vamos a llegar con su majestad? –Interrumpió Dahlia intrigada al ver el tamaño de la ciudad y el aspecto de todos los edificios que eran prácticamente iguales. El guardia la volteó a ver como si hubiera hecho una pregunta muy estúpida y sin decir nada sostuvo la esfera de luz entre sus manos, la aplastó y la estiró.

−Súbanse aquí −dijo bajando a la ahora plataforma brillante al nivel de sus rodillas− ella los guiará hasta el castillo.

 

La plataforma viajaba a tal velocidad que era imposible ponerle atención al detalle de la ciudad, de su gente o de lo que sucedía en ella. Todo lo que sus dos tripulantes alcanzaban a ver, eran grandes manchas negras con esporádicas líneas de uno u otro color que se barrían sobre ellas. Además, por lo mismo, en cada vuelta o cambio de rumbo batallaban buscando de donde agarrarse para no caerse. Especialmente Dahlia que tenía que concentrarse mucho para que su maldición no la hiciera quedarse atrás en el suelo.

La esfera aplastada se detuvo fuera de un edificio redondo y muy alto, dos guardias uniformados de negro salieron a recibirlos, pero antes de que alguno de los dos dijera palabra alguna, los guardias observaron la esfera y asintieron un par de veces como si estuvieran conversando con ella, luego volvieron a su lugar y abrieron el portón para que la plataforma pudiera continuar su camino. Dentro del edificio sí tuvieron tiempo de observar lo que sucedía dado a que su transporte había decidido avanzar mucho más despacio. Dahlia supuso que sería porque se encontraban en un espacio mucho más pequeño y se deslizaban hacía arriba, pero le hubiera gustado subir escaleras o moverse de modo más común. Nunca había estado en ninguna especie de elevador y no sabía muy bien cómo concentrarse para no caerse. Por su parte, a Bramms le hubiera gustado que la plataforma ascendiera por los pisos de aquella torre a la misma velocidad que había atravesado la ciudad. Aunque ver a Dahlia con medio cuerpo bajo el disco peleándose contra su propia maldición para mantenerse sobre la plataforma era tan cómico que compensaba la pérdida de velocidad. Para él fue uno de los viajes más divertidos que había tenido en mucho tiempo.

El vehículo  hasta el último piso de la torre, y dejó caer a sus tripulantes frente a un gran portón blanco que contrastaba con la negrura de los muros del edificio.

Sin ellos encima, la esfera volvió a su forma regular y atravesó la puerta. Segundos después, se abrió por sí sola.

−¡Mis niños, pasen! −dijo la voz de Voriana tras la puerta − ¿Quieren una taza de té?

Al entrar pudieron observar que el salón donde se encontraban probablemente ocupaba todo el piso de la torre. El salón redondo estaba rodeado de paredes de cristal a través de las cuales se podía observar toda la ciudad sin problemas. La única pared negra era la que soportaba la puerta, y a su lado había un enorme librero empotrado, que almacenaba mapas, instrumentos de medición e infinidad de libros sobre Angharad, sus costumbres y demás. Había una mesa igual de descomunal en el centro del salón con mapas extendidos y pequeñas fichas sobre ellos. Las dos amigas se encontraban en una especie de terraza habitada de plantas variadas en un medio piso dentro del mismo recinto.

Dahlia y Bramms se encontraban pasmados por el tamaño de ese espacio. Encontraron las escalerillas para llegar al segundo piso después de rodear la mesa con mapas y subieron para reunirse con las mujeres que los esperaban. Voriana los recibió con un abrazo como si tuviera años de no verlos. La reina sólo los observó sin decir una palabra.

 

−Ella es Kali, compañera arcana desde que entramos a estudiar en la torre de Kynthelig. Ella y Bhel han sido de los mejores amigos que he tenido. −dijo la adivina orgullosa de presentar a los que eran como sus hijos. La reina de Briah era conocida por ser una mujer fría y su apariencia no le ayudaba a demostrar lo contrario. Era una mujer alta y de facciones largas, su cabello lacio y negro se perdía entre su vestido de encajes y listones negros que la envolvían como si fueran cintos. Era de piel clara, pero fuera de eso hasta sus ojos eran negros.

−Mucho gusto muchachos, siéntanse bienvenidos. −dijo la reina cálidamente. Ante sus amigos era otra cosa, más aún viejos amigos como Voriana.

−Muchas gracias −dijeron al unísono intimidados por la mujer.

−La razón de haberlos hecho venir hasta aquí es, además de ver con mis propios ojos que ustedes son como Voriana los describió, planear nuestra estrategia a seguir. Pero primero me gustaría oír sus historias. ¿Primer voluntario?

−Te… ¿tenemos tiempo para eso? −preguntó Bramms angustiado por tener que gastar un par de horas en explicar su situación y más aún por considerar que Dahlia se vería en problemas para explicar su estado y lo que sabía. Por su parte, Dahlia no dijo nada, pero tenía el mismo gesto de angustia.

−Podemos hacerlo de la manera rápida si ustedes y Voriana me dan permiso. −dijo con una sonrisa que denotaba que tenía muchas ganas de reírse pero debía mantener el comportamiento digno de una reina de la guerra.

−Si tu eres quien pareces ser, no eres bienvenida aquí −la voz de la reina sonó sólo para los oídos de Dahlia, como si le hubiera hablado con la mirada.

−¿Qué dicen? −dijo la reina esperando la respuesta de Voriana.

−A mí qué me preguntas, que ellos te digan. −dijo Voriana despreocupada dándole un sorbo a su té− Sabes que confío en que no te meterás más de lo que debes, sólo te aconsejo tener cuidado con ella, su interior es… engañoso.

−Pues, por mí no hay problema… −dijo Bramms confundido.

−Supongo que mi cabeza sabe mejor qué sucedió que yo. –dijo Dahlia intimidada por la pequeña amenaza que secretamente había recibido.

−Perfecto −dijo la mujer sentándose frente a Bramms− A ver, veamos, primero contigo.

La reina cerró los ojos, cerró la mano derecha y con el costado del puño le dio un pequeño golpe de rebote en la frente. Bramms quiso quejarse, pero cayó inconsciente antes de que pudiera pronunciar palabra. La reina se encontraba inmóvil, la única razón por la que se podía decir que seguía viva era su respiración constante.

Después de ver que no se movía por varios segundos, Dahlia miró de reojo a Voriana buscando refugio.

−¿Qué pasa mi niña? −dijo Voriana notando su preocupación.

−No… nada… sólo que… −no sabía si decirlo y arriesgarse a que Kali escuchara.

−¿Qué? ¿Pasa algo? −preguntó la adivina buscándole la mirada.

−Ella me da miedo −dijo Dahlia viéndola a los ojos. La adivina soltó una carcajada que no pudo detener.

−No te preocupes, es normal… a todos les da miedo al principio −dijo dejando su taza vacía en la mesa− Si pudiera, te daría un abrazo para hacerte sentir mejor.

−Eso es lo que me preocupa. Va estar todo bien, ¿verdad?

−Sí, no te preocupes, confía en mí.

−En ti confío hasta mi vida, pero no sé…

Bramms balbuceó algo que interrumpió su plática, de cierta manera se alegró porque hubiera sucedido. No quería decir algo de lo que se iba a arrepentir después. Fue cosa de un momento para que el joven despertara y la reina regresara a su estado normal. Dahlia se puso aún más nerviosa al notar que Bramms se veía muy pálido.

−¿Todo bien? −le preguntó la reina al chico de fuego.

−Sí… sólo necesito… tomar aire −dijo el chico sofocado− siempre me pasa esto cuando un arcano quiere algo de mi cabeza.

−Tómate un té y te sentirás mejor. −dijo la reina con una taza− Gracias por dejarme entrar.

−Después de ver lo que sucedió, creo saber dónde encajas tú −dijo la mujer girando su cuerpo para quedar de frente a Dahlia.

−¿Sí? −exclamó sorprendida olvidando los nervios− ¿Me explicas?

−Primero vamos a ver qué me dice tu interior −dijo la reina levantando el puño para hacer lo mismo que había hecho con Bramms.

La siguiente cosa que Dahlia pudo ver fue… nada. Hacía donde mirara sólo había oscuridad a su alrededor. Intentó gritar, correr, brincar, o lo que fuera que pudiera darle alguna referencia de dónde estaba, pero lo más que logró fue provocar un suave temblor que generó una nube gris que le hizo compañía en la mitad de la nada.

−Eres la mujer de la niebla, ¿no es así? −se escuchó una voz a través de la neblina

−No… no sé, pero Voriana dijo lo mismo cuando la conocí. −dijo asustada por no poder ver con quien hablaba, o más bien, por estar sola con la mujer que la había amenazado.

−¿Qué sucedió? ¿Por qué no puedo ver nada de lo que hay dentro? −preguntó la voz que sonaba confundida.

−No sé… es lo que intentamos averiguar desde que me adoptaron en el circo.  −dijo la enöriana sintiéndose decepcionada, una vez más, no le podían ayudar.

−Pero… ¿eres la mujer con la que sueño? −preguntó la voz, más para sí misma que esperando respuesta de Dahlia.

−¿Es el mismo sueño de Voriana? −dijo Dahlia sin saber qué contestar− Ella cree que sí soy esa mujer, que me tiene que cuidar, que de mi dependen muchas cosas… yo no creo ser tan importante. ¿Qué tanto puedo hacer siendo intocable?

−Regresar al lugar de donde vienes, −contestó la voz como si fuera la respuesta más obvia−llevarte ese collar rojo lo más lejos de aquí y no volver jamás.

−No sé donde está y dicen que nadie puede entrar −dijo aún más decepcionada, de todas las respuestas es la última que esperaba escuchar.

−¿Ya lo intentaste? −preguntó una vez más en el mismo tono− Si lo que necesitas es un mapa, yo tengo muchos. Yo les daré uno con algunas instrucciones. Deberías intentarlo… tu casa jamás te cerrará las puertas.

−Pues… −dijo pensando en algo inteligente que responder− no, nunca lo he hecho.

−Ahí está el problema… −dijo la voz de la reina− Los mandaré con un amigo, Mannaz se llama, es experto en maldiciones… el debe saber algo, pero quiero que se vayan hoy, no puedo arriesgarme.

−¿Arriesgarse? ¿A qué? −exigió respuesta cuando notó que el negro iba hacia al blanco.

−A que tú seas la culpable de la muerte de mi hijo. −dijo la voz que se escuchó a lo lejos.

Al despertar, se sentía muy mareada y se encontró sola en la mesa. Trató de concentrarse para averiguar qué sucedía. El atardecer estaba haciendo lo suyo y ya no había mucha luz dentro del gran salón. Podía escuchar las voces de los tres que habían estado con ella antes de que cayera inconsciente. Agarró fuerzas y se acercó al balcón que dejaba ver al piso de abajo. Los tres estaban dándole la espalda, viendo algo sobre la mesa.

−¡No podemos irnos tan rápido! −dijo la adivina en voz muy alta.

−Realmente lo lamento Voriana, pero así tendrá que ser. −dijo la reina cruzada de brazos− No pueden quedarse aquí.

−¡Hace unas horas me prometiste otra cosa! −exigió la adivina molesta por no saber la razón de su cambio de parecer.

Mientras, Dahlia quiso bajar silenciosamente para meterse en su discusión, pero el ruido que hizo al bajar las escaleras interrumpió la plática de las arcanas.

−Mira, ya despertó Dahlia. −dijo la reina acercándose a la enöriana que había terminado de bajar un poco mareada− Llegas justo a tiempo, acércate a la mesa para poder explicarles.

−¿Qué sucede? −preguntó Dahlia recargándose sobre la mesa entre Bramms y Voriana. El mareo la hizo perder la concentración y traspasó la mesa cayendo al suelo.

−¿Estás bien? −le preguntaron Kali y Voriana asomando sus cabezas bajo de la mesa.

−Sí, sólo un poco mareada… ahora entiendo porqué Bramms se veía tan pálido. En un segundo estaré bien. −dijo, rascándose la cabeza.

Cuando se puso de pie y se sintió mejor, vio uno de los mapas sobre la mesa. Era un mapa de todo Angharad, pero tenía algunas lucecitas sobre él.

−Éstas son ustedes. −dijo la reina señalando un grupito de luces blancas que se encontraban en la parte izquierda superior de la isla, estaban sobre un letrerito que decía “Briah”

−Y éstas… −dijo pasando la mano sobre el mapa y cuya sombra hacía brotar otras lucecitas de color negro− son sus enemigos. Si le hacen caso, este mapa les ayudará a evitarlos.

−Y esa lucecita roja, ¿quién es? −preguntó Bramms señalando un puntito rojo brillante que se encontraba en medio de muchos negros.

−Mannaz, un amigo mío… −dijo la reina volteando a ver a Dahlia− No conozco a nadie que sepa más de maldiciones que él. Vayan antes de que se mueva de lugar.

−Ese pueblo está camino a Kynthelig, ¿verdad? −Voriana veía el mapa molesta.

−Sí… ¿por qué? −dijo la reina al no entender qué tenía que ver eso con su amigo.

−No vamos a llegar, se lo van a llevar antes de que lleguemos. −dijo la adivina sin despegar la vista del mapa.

−Vamos no seas pesimista −Kali intentó animarla.

−No es eso… iremos, tenemos que hacerlo, no podemos perder la oportunidad… pero el Viento no cree que alcancemos a llegar. −dijo poniendo la mano encima de la bolita roja y haciéndola cambiar de color a azul.

−¿Qué hiciste? −preguntó Bramms.

−Darnos un poco de tiempo −contestó volteándolo a ver con una sonrisa traviesa.

−Muy bien chicos, vámonos, aquí no somos bien apreciados −dijo la adivina doblando el mapa hasta quedar hecho un cuadrito que cabía bajo su brazo.

−¡Ay! no digas eso Voriana, tú sabes que eres bienvenida −dijo la reina disculpándose, sabía exactamente a lo que la adivina se refería.

−Sí, sé que yo lo soy, pero al parecer algunos de los míos no −dijo mirándola con una mirada más fría que la suya.

−Y no tienes que sentirte mal por eso, Dahlia −le dijo a la enöriana mentalmente cuando noto su cara de preocupación.

−Hasta luego Kali, que tengas buen día. −dijo la adivina dándole la espalda para salir del gran salón. Dahlia y Bramms se voltearon a ver, encogieron de hombros en reacción a la rápida faena de la adivina, le hicieron una seña de perdón a la reina y siguieron a Voriana en silencio.

La puerta se cerró dejándola sola con sus mapas y la noche.

−Hasta luego… −dijo Kali viendo la puerta cerrada− Perdón.

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