Dos para las once

Apenas daban las 11 en punto cuando escuche al cartero cerrar de golpe el buzón. Me encontraba bajando la escalera de mármol que conduce al recibidor de mi casa que por cierto es gigante -o al menos eso me parecía hasta entonces-, corrí con prisa a la calle para ver qué era lo que el cartero había traído, justo antes de salir me acordé de ponerme mi túnica y tuve que esperar un poco más para acudir al buzón. Regresé al vestíbulo, abrí la puerta del armario y ahí estaba: una túnica de color escarlata con líneas azul rey y una capucha que a diferencia de las capuchas normales tenía dos hendiduras a los lados para que mis pedipalpos pudieran estar cómodos. ¿Pedipalpos? ¡Ay que tonta! Es cierto no les he contado nada de mí, me llamo Ixchel, el apellido no importa, al menos no para mí ya que para mis padres lo es todo y por eso trato de no darle importancia en mi nombre. Digamos que nací  con ciertas características especiales que han causado que viva confinada a esta gran mansión. El caso es que por azares del destino y un poquito la avaricia de mis padres que tuvieron a bien pedir una gran fortuna a cambio del cuidado y la crianza de la hija de una diosa o algo así. O eso es lo que me dicen para no sentirme mal por mi aspecto, el cual no me causa gran problema porque en realidad me divierto mucho con estas cualidades las cuales me hacen parecer mucho a una araña: Tengo dos pares de ojos (no cuatro lo que es un gran alivio) y como a ellas, tampoco no me sirven de nada, tengo muy mala visión y sobre todo cuando la luz es más brillante pero gracias a mis pedipalpos puedo moverme sin tropezar o chocar con las cosas. Los pedipalpos son dos extensiones que salen por detrás de mis mejillas llenos de pelitos con los que puedo sentir de todo: los cambios de ánimo de las personas, los cambios de presión ambientales, me hacen sensible a muchos químicos, a vibraciones y demás cosas. Aunque a veces no es tan bueno porque siempre estoy tan atenta a mi entorno que no me pongo atención a mí misma, como en aquella ocasión que previne una gran tormenta y por estar atenta a eso casi me caigo en una alcantarilla abierta.

¡Ah sí el buzón!

Me puse la túnica, me acomode la capucha, con cuidado saque mis palpos y me dispuse a salir al patio para ver qué nuevas había traído el cartero cuando de repente en el segundo piso de la casa sentí los pasos cortos y apresurados de mi madre. Seguro viene molesta por algo y ese algo definitivamente soy yo, corrí de vuelta al armario que en su interior tenía un doble fondo que me servía de escondite y a la vez de base secreta de mi organización de espías de la cual los únicos miembros somos mi gecko y yo. Me quede quietecita con una de mis mejillas pegadas en la pared, permitiendo así sentir prácticamente todo lo que pasa en la casa, cosa que a veces me termina agotando por la cantidad de información que tengo que procesar en un solo momento. Pude sentir como mi madre me buscó por todo el vestíbulo alzando los sillones, buscándome bajo la mesa, cuchicheando maldiciones al no poder encontrarme y claro podía entender su enojo ya que una hora atrás había convertido el baño principal en una especie de Normandía al haberse librado ahí una de las más épicas y grandes batallas de mi organización contra su némesis el Dr. Zoltac. Misión que, cabe aclarar, requirió: Cinco cubetas de tierra de maceta, cuatro de agua y todas las lombrices que pude encontrar ya que ellas eran el ejército enemigo.

En cuanto mi madre se cansó de buscarme, subió por las escaleras y cerró su cuarto de un portazo. Salí de mi escondite y por fin pude abrir la puerta de la entrada para salir a buscar el buzón que estaba lleno de catálogos, de cuentas por vencer y una que otra propaganda de tiendas departamentales. Me decepcione un poco al ver que no había llegado mi edición mensual de mini-espías la cual había estado esperando toda la semana porque ya solo faltaba la última pieza de mi catalejo portátil.

Entré con el montón de correspondencia a la casa y lo aventé en la mesita del vestíbulo. En ese momento se asomó, como reclamándome por no haberle puesto atención, un sobre sin remitente. Lo abrí como quien abre un regalo sorpresa, dentro había una hoja con letras verdes apenas legibles, por lo que tuve que usar uno de mis pedipalpos para averiguar su contenido, esa tinta tenía una composición química muy extraña nunca había percibido algo así era casi etéreo, y decía lo siguiente:

Ixchel, Tejedora del espacio.

Esta cordialmente invitada a cenar esta noche en la Mansión Anansi, su presencia es indispensable para discutir entre los demás asistentes la importancia del tiempo.

Será una noche única, como usted.

Atentamente,

El anfitrión

No pude evitar soltar la carcajada.

¿Yo tejedora de algo? o sea si mi nombre es el de la diosa maya del tejido pero nada que ver, yo siempre me he considerado más espectadora que creadora y además, ¿cómo una niña de 12 años como yo se iba a poder escabullirse a la mansión esa de Ananke, Anani o lo que sea? Y sobre todo en la noche. Eso sí, muero de curiosidad, algo tengo que hacer para escabullirme y acudir a esa reunión. Podría iniciar un mini incendio en la cochera y escabullirme en la conmoción o tal vez salir por la ventana y deslizarme por la cañería. O solo esperar a que mis padres se duerman y salir por la puerta del frente tomar un taxi y llegar.

Dios que emoción es la primera vez que salgo sola de casa y además de noche.

La casona esa era más grande que la mansión donde vivo, curiosamente la puerta estaba abierta, cuando entre vi un vestíbulo tres veces más grande que el mío, mis palpos estaban saturados de sensaciones algunas conocidas y otras muy peculiares, me disponía a poner mi mejilla en la pared para hacer un mapa mental de la casa cuando de repente escucho unas voces tras un puerta del vestíbulo, al empujarla crujió y dos personas voltearon a verme sorprendidas.

Me empezaron a bombardear con preguntas sobre mí, sobre cómo había llegado ahí y sobre todo por qué creía que me había llegado esa carta. En eso nos interrumpió la llegada de un cuarto invitado y justo en ese momento en el que nos disponíamos a bombardearlo de preguntas a él, mis palpos se sobre-excitaron como si de repente alguna energía llegará a un pico y cayera como en la pendiente de una montaña rusa. Sonó un golpe sordo y todos mi pelitos vibraron, voltee a la mesa del centro del salón y ahí estaba un bulto inerte lleno de tatuajes, inexpresivo, muerto.

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