El café sólo abre los jueves

Sobre los nombres se ha dicho todo. Y casi todo ha sido es cierto.

Es algo que aprendí, como en casi toda historia interesante por contar, de no muy buena manera.

Solía dar mi nombre con facilidad a quien me ofreciera una mano o una sonrisa sin importarme el poder que le estaba otorgando a esa persona, a esa situación. No siempre daba el mismo pero era mi nombre porque todas mis ramas somos el mismo árbol.

Era una especie de juego, también. Alguien entraba por la puerta del café, tomaba mesa y yo imaginaba quién era y qué había sucedido en su vida aquél día para haber llegado hasta esa mesa. Así, yo me creaba un personaje que perteneciera a esa historia. Sí, ya sé, no soy el primer barista que ha hecho esto (y estoy seguro que tampoco seré el último) no es nada original, pero en algo tenemos que entretenernos, ¿no?

Los clientes frecuentes eran terribles para mi imaginación porque, con el tiempo, su historia verdadera era la que venía de visita y con saber su nombre podía servirles los que desearan. Aunque me gustaba volverlos a ver y continuar con sus días. Los nombres también podrían ser un tipo de moneda, entre más sea nombrado, más poder tiene.

Y por lo mismo es mucho más seguro que llegarás más lejos. Por eso a los deseos también me gusta ponerles nombre, es mi forma de creer que tengo el total control sobre ellos.

Es algo necesario para el trabajo que tengo en este lugar.

La puerta se abrió para deja pasar a un hombre aburrido, inspeccionó todo el café -que realmente no es tan grande como para tomarse todo el tiempo qué él invirtió en eso- y se sentó en una de las dos mesas que están pegadas a la ventana. Observaba todo como si no creyera estar en el lugar correcto.

En mi cabeza lo llamé Tro así que para él me llamaba Logan.

Me acerqué a atenderlo y sin palabra alguna me hizo un gesto de que no quería nada. Su deseo era creer. Extrañado me regresé a la barra y volví a escuchar la puerta, era el viejo pintor. Con el no tenemos nombres porque así funciona nuestra amistad. Se sentó en la barra y me comentó sobre una chica que se encontraba afuera sin color y con cansancio. Le agradecí y salí.   

–Buenas tardes, te atiende Wille Verloren, ¿en qué puedo servirte? –le dije a la mujer que ya había tomado asiento aunque se veía con la clara intención de no consumir nada.

–Dame cinco minutos y te digo qué deseo, gracias –contestó ella sin levantar la mirada de su celular que, desde dónde yo estaba parado, me alcanzaba a mostrar un mapa con un pin rojo muy cerca de nuestra ubicación.

–Ya llegaste –le sonreí y me metí al café.

 

–No deberías de dar tu nombre verdadero así de fácil –me dijo el hombre aburrido mirándome a los ojos–, podrías perderlo.

–Para ti soy Logan, Tro –le dije con una sonrisa como quien se sabe en un travesura–. ¿Ya sabes qué vas a tomar?

El hombre aburrido abrió los ojos de tal manera que por un segundo pensé que iban a salir corriendo y dejar su cuerpo ahí, en su incredulidad no cabía el hecho de que hubiera adivinado su nombre.

–Sí sabes dónde estás, ¿verdad? –le pregunté para detener a su conciencia de escaparse muy lejos.

El hombre pareció dudar. Miró hacia afuera y luego volvió a mirarme.

–Hace tiempo me dijeron que existía un lugar en lo profundo de éste bosque donde se cumplía tu más grande deseo si lo pides a la hora adecuada y que ahí se estaba construyendo una torre para albergarlos a todos. Siempre me ha parecido estúpido que un lugar así exista, digo, si deseas algo puedes cumplirlo donde quieras. Todos a mi alrededor fueron tan insistentes en eso que probar que estaban en un error ha sido mi más grande deseo.

–¿Y cómo te ha ido con eso? –le pregunté con algo de nostalgia al voltear a ver la torre a medio construir que se encontraba cruzando la plaza.

–Pues…  –dudó en contestar, volteó hacia la torre buscando una respuesta– no sé, acabo de llegar.

–Y llegaste en jueves.

–¿Eso qué? –dijo Tro lo suficientemente confundido como para dejar de buscar respuestas en la torre y voltear a verme.

–Este café sólo abre los jueves.

–Oh… ¿y el resto de la semana?

–Pues… quédate por aquí y lo aprenderás en otro momento, quizá eso le ayude a tu deseo.

–Entonces… Logan, ¿cómo sabes mi nombre?

–Me gustan los nombres y el poder que otorgan –contesté al recordar la razón de mi llegada a aquel lugar antes de que la idea de la torre existiera, cómo me convertí en uno de esos personajes que pierden su nombre nombre al convertirme en el guardián de este lugar. La memoria de ese momento me golpeó con tristeza que estuve a punto de vomitarla ante aquél desconocido de no ser porque fuimos interrumpidos por alguien que entró a prisa a nuestro rincón.

–¿Alguien puede ayudarme? –dijo un niño con la voz profunda y los ojos rojos como el fuego.

–¿Quién lo pide? –le pregunté seriamente– ¿el niño o el demonio?

–Yo –dijeron dos voces al mismo tiempo desde la boca del niño. Los tatuajes de anillos dendrones que habitan en mis brazos vibraron en respuesta. Si alguna vez te has preguntado cómo se vería la edad de un árbol en los brazos de un hombre la respuesta está en mis brazos. 

Tomé una galleta de la barra y me acerqué al pequeño para sentarme en el suelo frente a él. Se la entregué antes de despeinarlo con cariño con la mano derecha, la magia de los anillos de árbol que viven en mis brazos estaban por hacer su trabajo.

–Deja que el niño disfrute la galleta bajo la fuente, Mero –le dije al demonio que jugaba a ser quien no es–. Su familia lo va a venir a buscar como está dictado en su deseo y si interfieres en eso vas a tener serios problemas conmigo. No quieres eso, ¿verdad?

–Pero Keito… –dijo una presencia que empezaba a escurrirse fuera del niño a través de su sombra– me aburro. El tiempo pasa muy lento en este lugar cuando no deseas nada. Dame algo que hacer, nunca quieres ayudarme.

–Dejar en paz a este niño es un  buen comienzo, anda, vete –le dije aplicando algo de fuerza mágica sobre él para terminar de separarlo. El niño estuvo a punto de llorar cuando le aseguré que todo estaba bien, le pedí que me prometiera que no volvería a dejar entrar voces que le prometían tesoros ocultos. El niño se disculpó y salió del café con galleta en mano.

El anciano pintor estalló en una carcajada estruendosa que rompió el silencio que el niño dejó.

–Mírale la cara a Tro, ¡por favor! –dijo al señalarlo sin poder dejar de reír.

–¿¡QUÉ DIABLOS FUE ESO!? –Tro me gritó incrédulamente a la defensiva.   

–Eso fue parte de un jueves cualquiera por aquí –le dije ofreciendo una galleta a él también– y también fue el bosque queriendo decirte que no te cree que tu más grande deseo sea estar en contra de todos, curiosamente creemos que tu deseo es encontrar algo en qué creer. Vamos, ya va a ser la hora adecuada.

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