El color de nuestro nombre

Alguna vez fuimos uno. O al menos teníamos el mismo nombre.

A ti te gustaba creer que eso había creado entre nosotros un vínculo irrompible que siempre nos mantendría juntos, que siempre encontraría la manera de juntarnos cuando estuviéramos lejos. Incluso la leyenda de un listón del color de la sangre que en teoría une a las personas del meñique te hizo creer que tus ideas tenían más fuerza. Decías que nuestro listón era especial porque nos unía del pecho, del corazón.

Éramos unos niños con apenas un dígito en nuestra edad.

Tú te preocupabas por las conexiones personales, por hacer y convertir lo que pasaba por tu cabeza en la nueva aventura. Yo estaba preocupado por controlar mis súper poderes, por controlar la lluvia, el viento, el color de los semáforos y adivinar quién tocaba a la puerta antes de abrirla.

Un día no pude adivinar qué era lo que sucedía, te convertiste en tormenta y por más que intentaba no podía evitar que dejaras de llover. Entre los sollozos decías que se iban a ir lejos, cuestiones familiares. Dijiste que me amabas y que el color de nuestro nombre nos volvería a juntar algún día.

Desde entonces los días son grises.

El tiempo pasó y la toalla alrededor del cuello ya no amarraba tan bien. La capa me empezó a quedar chica. Cada vez me perdía más lejos de casa, aunque estuviera en mi propio cuarto. Necesitaba una excusa para viajar, para seguir creyendo, para aún tener esa magia. Para encontrarte. Fue cuando aprendí a actuar y a contar historias.

–Déjalo, los niños tienen derecho a soñar –le decía mi madre a mi padre cuando quería regañarme por estar inventando días en los que los dragones habían creado todo esto, por explicarle a mi hermano pequeño que para conseguir que le bajara el tarro de galletas de la alacena primero tenía que conseguir la flor dorada que crecía en el bosque en la noche más oscura del año, custodiada por una parvada de colibrís que utilizaban el néctar de dicha flor para despertar a su reina del sueño que cada seis meses la obligaba a abandonar a su súbditos.

Entonces, años después, sentí un tirón del pecho. El teatro se había convertido en mi vida. Estaba listo para cumplir mi más grande deseo: saber que existes. Que no fuiste un cachito de mi imaginación infantil. Que mis súper poderes aún funcionan.

Una vez más mi padre quiso detenerme.

-A los adultos no se nos permite soñar -me dijo con una tristeza profunda acuchillando todo lo que deseaba desde dentro.

 Recluté a gente que viajara conmigo, gente que tenía un propósito, similar. Lo había de todo. Nuestra estrella era una chica que buscaba ser vista. Con ellos viajé a donde mi nombre me llevara, a donde el jalón del pecho se sintiera más fuerte.  Llevé mi obra a todos los ojos posibles que pudieran entender lo que quería. Fui recolectando pistas que estaba seguro venían de tu parte. Que tú también tenías la misión de encontrarme. Incluso a veces podía ver el listón salir de mi pecho y extenderse a lo lejos hasta perderse en el horizonte. Algunas veces pensé haberte visto en otros ojos, otras veces pensé que no te encontraría. Muchas veces me di por vencido. Muchas veces me cerraron la puerta en la cara. Y una vez en especial el tren del teatro se estrelló cerca de un pueblo donde pretendíamos instalarnos.

Ahí lo perdí todo. Me rompí por completo y luego lo dejé ir. Con los años había aprendido que si alguien o algo jugaban a perderte, lo más sensato era dejarlo ganar.

 Me quedé a vivir en el pueblo, tratando de sobrellevar la vida y tragedia que eso acarreaba. Me olvidé de todo por un tiempo, lo mejor que pasaba en mis semanas eran los días que decidía perderme en el bosque hasta encontrar un buen árbol donde sentarme a descansar. Ahí en el bosque a veces sentía el pecho caliente, como si me abrazaras.

Una vez, bajo el árbol más grande que había encontrado jamás me quedé dormido mientras leía. Soñé con un hombre que tenía los círculos de la edad de un árbol tatuados en los brazos.

–Mírate nada más, el soñador perdió sus súper poderes –dijo aquél hombre en tono de regaño. Casi podía jurar que tenía la voz de mi padre– como si a los súper héroes no se nos permitiera amar.

Al despertar regresé al pueblo con aquella frase retumbando en mi cabeza.

Me senté a comer en una taberna en la que con el tiempo se había convertido en mi segundo hogar y admiré a los comensales. Algo había diferente ahí. Me puse a escuchar conversaciones ajenas, que si la noche anterior, que si la vecina y en la mesa contigua un hombre hablaba sobre sacarle provecho monetario a los deseos más íntimos de las personas.

La camarera me llamó por mi nombre y me sacó del trance en que había estado. Hace mucho que nadie me llamaba por ese nombre. Sin decirle nada me paré, sonreí y me salí del lugar. El pecho me estaba jalando de nuevo, más fuerte que nunca. O quizá sólo había olvidado cómo se sentía. Me sentí como un tonto dejándome llevar por aquella sensación. Caminando sin rumbo por aquí, dando la vuelta por allá, mirando al frente como si supera lo que había más allá.

Claro que lo sabía.

Había escuchado los rumores del gran reloj en el bosque y el edificio que se estaba construyendo ahí. “Es un lugar mágico” suelen decir. “Todo lo que quieres que pase, sucede si lo deseas con fuerza a la hora correcta”. Los años y la pérdida de mi capa me habían llenado de apatía. Las aventuras siempre fueron lo tuyo, no lo mío. Sin embargo aquél coloso a medio construir era ciertamente algo en lo que podría perder una gran cantidad de tiempo admirando. Avancé hasta la estatua que habían construido en el centro y abandoné el edificio por unos momentos, algo en ella se me hacía familiar. Me senté a sus pies a continuar mi contemplación del edificio.

Sonreí de oreja a oreja. Recordé la última vez que adiviné quién tocaba la puerta.

–¿Por qué te tardaste tanto? –le dije a unos pasos que escuché a mi espalda.

–Pues tú que te escondes, Rojo –dijiste al sentarte a mi lado.

Ahora que sé que existes no quiero menos.

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  • Ayns :3c

  • sktd!

    :’3

  • Irving Banda

    Ay es muy bonito¡¡¡