El extraño arte de extrañar

Mi nombre real no es Iscariote. A estas alturas del partido creo que ya nos quedó claro. Sin embargo es mi nombre -o más bien yo soy de él- porque que creció en mí a raíz de varias intenciones, de varios años de lluvia y de haber caído en las tierras más idóneas para reclamarme como su territorio.

La estatua hecha de cenizas, que apareció de un momento a otro en la puerta de la choza, también tiene algo que ver con la historia de mi nombre. Antes de huir despavoridos quisimos asegurarnos de que no se trataba de una amenaza más fuerte allá afuera de la cabaña. Cuando descubrimos que al parecer sólo era una provocación de Hilda, un aviso de que había despertado y amenazaba con salir de su prisión, Luna insistió en que debíamos partir, que la voz del bosque le estaba aconsejando dónde se podrían esconder.

Tobías despertó en el momento más adecuado para no hacernos cargar con un peso muerto y lo ayudé a montar a Orfeo quien ya se encontraba transformado en huargo. Luna, ya sentada en el lomo de su protector abrazó a Tobías para no se cayera. Monté a Augusto que también estaba transformado en lobo y corrimos rumbo a las profundidades del bosque; ahí donde la oscuridad de la tinta nació antes de que viviera en las páginas de “Bajo la misma luna”.

No podía quitarme la sensación de que íbamos a ver más gente ceniza en el camino.

Era una sensación extraña recorrer el bosque y saber por qué calles de la ciudad de Allá Lejos estaba caminando. También era triste saber que aquel pueblo en ruinas de donde venía la amenaza, creció tanto que todo lo que quedó del bosque es el enorme parque que rodea al Calinalco. Que ese remanente es de donde uno de los cuervos me dio la caja de los vientos y que después esa caja me llevó a comprender que la magia existe y nos rodea aunque no creamos en ella; que medir el tiempo, crear una canción y darle vida a un ser humano son un buen ejemplo de magia, puede ser que la ciencia te diga que tiene su razonamiento científico y comprobable pero el verdadero fundamento de acciones tan básicas y tan entretejidas en nuestro día a día está en la magia. Incluso morir también tiene algo de magia.

Y no hablemos de lo que se siente saber que yo presencié como creció todo desde ahí, desde la muerte del tiempo. Renaciendo de las cenizas.

–Se lo de tu nombre –me dijo Tobías, como si pudiera leer mis pensamientos aunque estuviéramos a un par de lobos de distancia.

–Dudo que lo sepas –le contesté.

–Sé que realmente eres Oliver y que tenías la intención de salvarme.

–Eso es sólo la primera letra de mi nombre –le contesté aferrándome al cuello de Orfeo.

–¿Y el resto? –preguntó al buscar en mi mirada lo que había perdido, siempre supo hacerlo muy bien. Aunque estuviéramos en la oscuridad o en el peor de los peligros. Que cabalgáramos un par de lobos gigantes no le iba a causar menor problema para encontrar lo que buscaba.

Extrañaba tanto esa mirada.

–El resto está en mi amor por Hilda y Siobhan, en mi amor por el bosque y las razones por las que no volví a nuestro tiempo. Una de ellas era el joven berrinche de que me sentía cansado de vivir detrás de ti, de que entregara mi ser en tus manos por completo y que no fuera suficiente, que tú quisieras más y yo me entristeciera ya que yo te amaba como nadie nunca en toda la historia de la humanidad había amado antes. Después entendí que todos los amantes dicen eso porque en su humanidad egoísta no pueden creer que las cosas sean más de lo que ellos sienten, que las otras personas también puedan tener nudos e inseguridades. Te extrañaba mucho pero no me quería ir de dónde había encontrado un poco de pertenencia. Cuando abandoné a Hilda para ir a aprender más del bosque me sentí aún más mal. Extrañé a Hilda también. Regresé al pueblo a reencontrarme con ella y extrañaba estar en el bosque, extrañaba estar con Siobhan, extrañaba las aventuras que tú y yo teníamos juntos y que no serían iguales que con cualquier otro acompañante.

Pero lo que más extrañaba era estar en paz.

Estaba cansado de extrañar.

Así que le  pedí a Hilda que sacara de mí esa parte, que ya no quería extrañar. Le ayudé a aprender el hechizo que lo haría. Ella lo hizo muy a regañadientes, me insistía constantemente que eso me iba a matar. O bueno, iba a matar a quien era y tenía que renacer, darle paso a nuevas raíces que crecieran en el suelo en el que me encontraba. Y que aun así me arriesgaría a volver a extrañar con el paso del tiempo. Pero en su corazón celoso y posesivo también estaba la creencia de que al ser alguien nuevo podía crecer en mí un nuevo amor por ella y olvidar a los demás.

Así fue como la primera estatua que Hilda creó fue en el día que perdí mi nombre y renací de las cenizas. Podríamos decir que la primera estatua se llama Oliver. Algo no salió como ella esperaba, ese vacío que se creó en mí no se llenó con amor por ella. Se llenó de más curiosidad por la magia y amor por el bosque y por Siobhan. Pero yo ya no podía salir del pueblo. Los límites ya estaban marcados. Así que Siobhan y yo creamos el libro de “Bajo la misma luna” para poder estar juntos. Era nuestro lugar común.

Nunca creí que Hilda enloquecería a tal grado para mutar ese hechizo que era capaz de darte una segunda oportunidad a uno que podía quitarte toda la esperanza y encadenarte a una existencia inerte.

Sentí que había traicionado a toda la humanidad al ayudarle a aprender a ser una tirana.

En una especie de castigo divino fui testigo de cómo, en su delirio de abandono, fue matando a su pueblo poco a poco.

Y por esa misma razón es que no debemos dejar que escape de su encierro.

Por eso necesitamos llegar a donde nació la tinta, para despertar al bosque y corregir todos mis errores.

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