El hambre

El demonio estaba alimentándose del cadáver que el tiempo había olvidado. No era como el vino, que entre más tiempo pasa mejor sabe, pero era lo único que tenía. De vez en cuando podía obtener una galleta del café o algún resto de comida que la gente abandonaba al visitar la torre. Siempre comida muerta.

                A pesar de eso, le gustaba vivir… o… bueno, existir, ahí en ese cachito de bosque. Nunca se había interesado en salir de ahí o en descubrir qué había más allá del círculo. Nunca se había cuestionado su existencia realmente. Le gustaba observar a la gente llegar, discutir, desechar en el círculo algo de ellos que les estorbaba y correr a apropiárselo cuando nadie fuera a recriminarle lo que estaba haciendo. En su creer estaba la teoría de que nadie lo observaba pero el fantasma constructor siempre era testigo. La mujer estatua incluso llevaba cuenta de lo que comía, de a quién se  acercaba y de qué ánimo andaba. Es algo más que humano eso de creer que uno pasa desapercibido.

                En uno de esos días en los que más hambriento se sentía, una pareja molesta de haber perdido dos días de su vida en visitar la pequeña comunidad de la torre partió de regreso a su hogar prometiendo no volver. Si bien la torre era conocida como un paradisiaco lugar donde tu más grande deseo se cumplía, había gente como esa pareja que lo único que conseguía de aquel lugar era una gran decepción. Esos eran los que le dejaban la comida más rica. Al ver a esa pareja partir se puso a husmear qué podía encontrar entre lo que habían dejado. Para su sorpresa un pequeño niño lo saludó a él, estiró los brazos y se mostró impaciente de alcanzarlo a él. Por primera vez desde que tenía memoria, el asustado era el demonio.

                -¿Qué haces aquí niño? –le preguntó al retroceder un poco para quedar fuera del alcance del niño- Si te comiste mi almuerzo estaré muy enojado contigo.

                -¿Almuerzo? –dijo el niño confundido al mirar al demonio como fuente de respuestas.

                -Sí, aquí debería de haber comida. Algún abandono por la pareja que se acaba de ir. Y solo estás tú. Así que me queda claro que te robaste mi comida.

                -No solo estoy yo, también estás tú. -le dijo el niño- Podemos compartir la comida que encuentres.

                -No estoy de humor para jueguito inteligentes, dame mi comida –dijo el demonio perdiéndole el miedo al mocoso y tomando valor para acercarse. Con un poco de suerte aquello lo intimidaría. Su apariencia siempre intimidaba a sus enemigos.

                El niño abrió los brazos en silencio esperando un abrazo.

                El demonio lo observó sin entender qué estaba sucediendo.

                -Esos señores iban a ser mis padres –dijo el niño con voz triste mirando al suelo.

                -¿Iban? ¿Cómo de que iban?

                -Yo soy el más grande deseo de él pero ella no quiso aceptarme. –dijo el niño está vez concentrando su mirada en los ojos del demonio- Cuando ambos se sentaron aquí, empezaron a hablar de sus deseos, esperando a la hora adecuada que la leyenda les había dictado para pedirlos. Ella sólo quería regresar a casa. Cuando llegó la hora sabía lo que él deseaba y se enfocó en desear que no se le cumpliera. Estuvieron aquí sentados en silencio por más de media hora hasta que ella le pidió que aceptaran que todo esto era ridículo y se fueran a casa. Yo soy el resultado de ese deseo y de ese rechazo. Yo soy todo lo que pude haber sido y no seré porque en un par de minutos tú me vas a comer.

                -Eh… no. –dijo el demonio olfateando al pequeño- mi comida usualmente está muerta. Y realmente no me gusta que sepa hablar.

                -Pues, realmente nunca estuve vivo. Sólo soy un deseo roto en el que se pensó mucho pero que nunca se cumplió –dijo el niño abrazando al demonio cuando estuvo lo suficientemente cerca-. Soy como tú. Tú también eres un deseo roto que nunca se cumplió, por eso te gusta comerte los abandonos. Por eso no sabes que hay más allá de aquí.

                -Eso es ridículo ­–dijo él tratando de ignorar lo bien que olía.

                -Yo no soy nadie para juzgarte, así como tampoco puedo juzgar a mi madre por no quererme –dijo el niño al que también le parecía que el demonio olía delicioso- si no tienes hambre, yo sí.

                Así sucedió la primera mordida. Justo al cuello. En ese abrazo.

El demonio estaba alimentándose del cadáver que el tiempo había olvidado.

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