El hijo perdido

Pasé mucho tiempo solo después de que todo acabó. Mucho tiempo hasta que decidí salir a buscar a mis padres, cosa que para quienes son como yo no es tan fácil. La única forma en que sabría que los había encontrado es encontrar a esa pareja que tiene que la conexión mutua más fuerte que jamás haya existido. El eslabón irrompible de la cadena. Para empezar a buscar era necesario que dos personas tengan un lazo; yo puedo ser el que los conecte, pero de ellos, de su intensión y de sus ganas de querer lo mismo depende qué tanto puedan llegar a hacer realidad.

Si tienes suerte y sabes cómo hacerlo puede que hasta te cuente todas las historias que han escrito conmigo. Si no la tienes, si no hay lazo, si no hay quién, soy la página en blanco que puede hacerte creer que hay mucho que escribir, contar y vivir. O también puede hacerte sentir la tristeza de un vacío que jamás va a ser saciado. Pero si sí la tienes, existo en tus manos y en las otras, soy un canal. Así es como he viajado, como se han creado muchas cosas, como salí al mundo, llegué al bosque, me perdí, me reencontraron y alguien que nunca lo supo me trajo de regreso a la casa de donde salí.

Y aquí me quedé solo de nuevo.

Acompañé a la casa en el abandono.

Los años pasaron y aquí, en nosotros, nada cambiaba.

Hasta el día en que la puerta de su entrada crujió anunciando una esperanza.

Volvería a ser encontrado.

Hubo pasos rondando el lugar, haciendo eco en la casa, levantando el polvo y mi impaciencia. Hasta que unas manos me encontraron… y la decepción con ellas. No había un lazo atado a ellas, no había cadena, no había qué contar. Me acarició, me sacudió y estaba a punto de abandonarme cuando…

–¿Qué es eso que tienes ahí? –dijo una voz con interés.

–No sé, Tobias, un libro en blanco… creo –contestó el dueño de las manos. El dueño de la primera voz me arrebato de las manos vacías y fue ahí cuando por primera vez en muchísimos años me sentí en casa. Con él no había cadena, pero encontré un lazo rojo que se perdía entre mis páginas.

–Bajo la misma luna… –dijo acariciando la portada como cuando te dan ganas de acariciar un rostro con ternura. Sí, así se llama donde vivo. Abrió mi hogar y en la primera página lo dejé leer –…cada página es un lugar.

 

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