El hogar

“No es que estemos perdidos” fue lo que pensé en contestarle a mi madre cuando me discutió todo el tiempo que pasaba en el bosque. También pensé en muchas otras cosas que decirle: ella se podía perder más que yo entre las cuatro paredes de su oficina en la alcaldía, ella se perdía de todo lo que estaba afuera del pueblo y de toda la vida que existía fuera de sus calles, fuera de su miedo a vivir.

Fue uno de esos día que regresé más desgastado de lo normal, más cansado y menos humano de lo que hubiera querido. Uno de esos días en los que ella también estaba de malas.

–Necesito que me ayudes aquí –me dijo sin la cordialidad de un saludo, ni levantar la cabeza cuando me escuchó entrar–. Y por amor de Dios date un baño, apestas.

No le contesté, me fui camino a mi recamara para ahogar todo mi cansancio en la regadera.

–¿Me escuchaste? –me gritó buscando respuesta.

Seguí sin contestarle. Escuché sus pasos acercarse a mí.

–¿Augusto?

–Buen día madre, ¿cómo estás? –le contesté lo más cínicamente que pude.

–No seas payaso…. –dijo examinando mis heridas, la ropa rota y manchada como si hubiera estado nadando en una alberca de tinta negra y espinas– Cuando el bosque te mate de verdad, me vas a hacer caso. ¿Cuándo me vas a entender? No podré vivir con la culpa si algún día esos lobos te matan. ¿Sabes si Siobhan y los Quinqués ya regresaron?

–No los vi en el camino, estuve ocupado intentando salvar mi vida –dije buscando ropa limpia para tenerla lista después del baño.

–¡La vas a ensuciar! –corrió a quitármela de las manos antes– Ándale, ve a bañarte y después hablamos.

–¿Qué es lo que quieres? –le contesté, arrebatándole la ropa de las manos.

–Que te cuides, saber dónde estás. Me siento muy sola aquí con tanto trabajo y con todo el pueblo pidiéndome que les arregle su vida. No sabes la presión que es tener que lidiar con eso y estar preocupada porque uno de esos lobos acaben con tu vida o con la de tu tía.

–No lo van a hacer –dije perdiendo la poca paciencia que tenía columpiándose de un hilo.

–¿Cómo lo sabes? –dijo ella claramente mostrándome que había perdido la suya.

–Bien fácil –dije antes de dejar caer la ropa al suelo y luego la humanidad que ella conocía. Un enorme lobo negro se erigió en sus cuatro patas ante ella donde antes había estado su hijo, matarme a mi mismo sería estúpido.

Mi madre, transformada en un fantasma, perdió toda palabra. Trató de retroceder. Guardó silencio tratando de recuperar la cordura. En ese silencio yo pude escuchar como algo dentro de ella se rompía sin arreglo alguno.

–Lo… lo mataste… mataste a mi hijo –dijo con el llanto ahogado–. Sabía que los perdería, siempre pierdo todo lo que amo por culpa del bosque.

“No es que estemos perdidos” fue lo que pensé en contestarle a mi madre cuando me discutió todo el tiempo que pasaba en el bosque.

–No, aquí estoy, aquí siempre he estado.

–¡No te atrevas a usar su voz, monstruo!

–Pero…

–¡Lárgate de aquí antes de que te mate yo!

Volví a tomar mi forma humana para tratar de acercarme a tranquilizarla.

–¡LÁRGATE!

Unos pasos más hacia ella una explosión de energía me aventó hasta el otro lado del cuarto. Por más cliché que suene, no supe ni que me golpeó y al ver la expresión de ella, ella estaba en el suelo más sorprendida y asustada que yo. Se puso en pie y salió del cuarto lentamente tratando de abrazarse a sí misma.

Después de esa tarde perdí mi casa pero mi hogar en el bosque se estableció como siempre debió de haber sido, pasaron muchos años para que nos volviéramos a ver.

Ella nunca volvió a ver a su hijo.

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