El hombre en la mesa

Los cuatro observaron al cadáver inerte sobre la mesa como si en cualquier momento se fuera a levantar. Con cada respiro se acercaban poco a poco. Cuando rodearon la mesa le despegaron la mirada para verse entre sí.

           –Definitivamente está muerto –dijo el barbón acomodando sus anteojos entre su nariz.

           –Yo no debería estar aquí –dijo lxchel algo asustada pero dejando que la curiosidad la empujara a acercarse más al hombre en la mesa.

           –Si alguien no debiera estar aquí, es él –dijo la mujer, señalando al hombre en la mesa.

           –Me temo que no, según lo poco que puedo ver en los hilos del tiempo –añadió Isaac con la mirada perdida en la nada. O en algo que los demás no podían ver– , todos estamos en donde deberíamos estar. Incluso los que no.

           Volteó a ver al hombre en la mesa y luego a la niña.

           Isaac fue tan poco discreto en su preocupación que, aún en la oscuridad bajo la poca luz de una vela, el hombre de los lentes pudo notar la familiaridad con la que Isaac veía los tatuajes del cadáver.

           –¿Lo conocías? –le preguntó.

           –No –le contestó secamente–, ni siquiera sabía de su existencia. ¿Alguno de ustedes lo conocía?

–No –contestaron los tres al unísono.

–Imagino que ninguno de ustedes se conocía entre sí, ¿verdad? –volvió a preguntar.

–Yo no –dijo la mujer sacando un sobre idéntico al de Ixchel y al de Isaac para ponerlo en la mesa–. Pero es obvio que alguien sí nos conoce a los cuatro, ¿cierto?

En respuesta, todos pusieron sus sobres sobre la mesa, rodeando al muerto.

–La pregunta es, –dijo el hombre de anteojos, tronándose los dedos para agarrar valor e inspeccionar al cadáver– ¿tendrá él un sobre como nosotros?

–Antes de que lo averigüemos, me gustaría saber quiénes son ustedes –dijo Isaac al estar más interesado en los vivos que en el muerto, después de todo, si alguien lo podía meter en problemas era alguno de ellos tres.

–Yo soy Ixchel –dijo la niña rápidamente al quitarse la capucha de su sudadera que le escondía el rostro antes de que la incomodidad llenara el espacio que la rodeaba–. He vivido casi toda mi vida en una mansión no tan grande como esta por culpa de mi apariencia.

Los tres abrieron los ojos lo más que pudieron, cada uno por distintas razones.

La mujer se tapó la boca tratando de contener el pánico que le tiene a las arañas.

El hombre, sediento de conocimiento, se sorprendió de que alguien como ella exista.

Isaac, por su dedicación a los hilos del tiempo, siempre les ha tenido un profundo respeto a los arácnidos de todo tipo.

–Sí, sí, ya sé –dijo Ixchel volviendo a subir la capucha–. No es tan terrible como parece.

–Ay…. bueno… –dijo el hombre de lentes al querer desviar la atención a otro lado– Mi nombre es Tristán Laif y administro un café lleno de artistas en otra ciudad.

–Yo soy Juliana y… –se interrumpió la mujer al mirar a la niña– la verdad le tengo mucho miedo a las arañas.

Un coro de tres carcajadas inundó el salón.

–Estamos de acuerdo, entonces, en que estás en el lugar menos indicado, ¿verdad? –dijo isaac al cambiar la risa por interés– digo, ésta es la mansión del Dios araña, to soy un tejedor de la telaraña del tiempo e Ixchel… bueno.

–Vamos, no le hagamos más difícil esto de lo que ya es –dijo Tristán–. Ahora que… dijiste que eres un tejedor del tiempo. En mi sobre dice que yo soy un tejedor de energía, quiero imaginar que ustedes dos también tejen algo.

–La mía dice que espacio –admitió Ixchel emocionada.

–Y la mía dice que materia –añadió Juliana confundida.

Todos guardaron silencio y observaron al hombre sobre la mesa esperando una respuesta escondida a plena vista.

–Creo que ya es hora de que revisemos si él también está tejido en todo esto –sugirió Isaac. Cosa que Tristán no espero a que él terminara de hablar para meter manos a la obra. No fue difícil encontrar un sobre igual a los suyos en uno de los suyos, aunque este no tenía nombre alguno.

“Ahora, hablemos de esto” decía la hoja del sobre.

Cuando separaron la vista de las letras en aquella hoja un portazo a sus espaldas los sobresaltó.

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