El mapa de unas alas rotas

Estaba casi segura de haber visto a Orfeo dar la vuelta en esa esquina. Vagaba con su nuevo atuendo por la ciudad de los sueños, en un jardín de enredaderas con flores moradas. Llevaba perdida desde que llegó, perdida en el sentido de que ya no encontraba a Orfeo por ningún lado y tampoco podía encontrar la calle del puente que llevaba al refugio del ángel. Caminó en distintas direcciones hasta que se dio por vencida. En otra esquina creía ver a su amado y se emocionaba y emprendía su búsqueda hacia él. A la otra esquina, recordaba el puente y se hacía ideas y cosas que quería preguntarle al ángel.

Y por un segundo se le podía olvidar Orfeo.

Esta falta de atención la tuvo, sin que ella se diera cuenta, caminando sin rumbo cerca de una hora. Había llegado a una explanada donde la gente caminaba de aquí allá, otros volaban por encima de ella y seres de todo tipo usaban el lugar como punto de reunión. Se saludaban, se abrazaban, se sonreían y partían a otro lado. Tenían hasta ritmo. Pero ella no, ella estaba parada en el centro, sólo observando. Estaba tan maravillada de aquél escenario que había olvidado sus dos anteriores búsquedas hasta que el viento empezó a silbar una melodía que atrapó su atención por completo, Orfeo estaba cerca.

Era su canción. Su voz.

Siguió la dirección del viento del oeste mientras le añadía letra a la melodía que escuchaba.

Se me olvida recordar

no me gusta planear

No sé determinar

No entiendo tu verdad

No seré yo quien lleve el timón

No sé de dónde vengo, ni a donde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

Tengo una suave inclinación

Una ligera tendencia

Una sutil vocación

Para perder la cabeza….

No he de ser yo quien tenga razón  

No sé de dónde vengo, ni a dónde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

Es un problema menor

Una franca adicción

Una dulce disposición

A perder el control

No he de ser yo quien de dirección

No sé de dónde vengo, ni a dónde voy

Pero puedo oír el viento y cantar su canción

 

Cuando llegó a donde se escuchaba más fuerte aquella canción, se encontraba de frente a un callejón que no alcanzaba a enseñarle qué había del otro lado, así que se metió entre aquellas dos paredes y cuando menos se dio cuenta, el piso se le acabó. Cayó rodando y rodando, llevándose consigo ramas, piedritas y cuanto estuviera en su camino. Iba tapándose la cara con los brazos, tratando de no lastimarse y sin ver a dónde se dirigía, cual bola de nieve humana. “Si tan sólo hubiera encontrado mi escoba, esto no estaría sucediendo” pensó cuando por fin sintió que se había detenido, sintiendo el dolor en todo su cuerpo. Al inspeccionar el lugar, todo estaba oscuro, una pequeña luz llegaba de arriba. Pero la voz de Orfeo retumbaba en toda la caverna. O pozo. O lo que fuera en donde había terminado.

Se dejó guiar por la voz, una vez más, hasta que sus ojos se acostumbraron a la poca iluminación que había.

–¡Pero mira nada más cómo estás! –exclamó cuando vio unas alas grises descompuestas, completamente liadas en las enredaderas y todas embarradas de mugre y lodo.

–Lo mismo diría yo, querida –dijo el ángel, rascándose la cabeza. Inconscientemente Zarzamora se sacudió un poco y evito verlo a los ojos. No sabía si sentirse defraudada por no encontrar a Orfeo o contenta por encontrar al ángel, aunque fuera en aquél estado.

–¿Cómo  llegaste hasta aquí? ¿Como te enredaste de esa manera?

–Eso es muy largo y difícil de explicar dijo Ike, sólo puedo decirte que tengo una debilidad: a diferencia de mi padre que gustaba de volar alto, a mí me gusta volar bajo, arrastrar mis alas, rozar la tierra. Con frecuencia me meto en verdaderos problemas, pues mis alas sucias y dañadas no pueden volar –dijo él, buscándole la mirada a la chica– la pregunta es, ¿cómo llegaste tú? ¿Qué te pasó? ¿Otra vez sin escoba?

Tantas preguntas estaban haciendo que las piedras en su cabeza hicieran lo suyo.

–Me caí creyendo que tu cantar era el de alguien más –dijo notablemente indignada.

–¿Así nada más? –dijo él riéndose cínicamente, al grado que el pozo hacía eco. Como si a él también le causara gracia– ibas caminando y dijiste: “Oh eso parece una canción, ¡me tiraré por un barranco a un pozo sin salida!”

–¿Tienes algún problema con eso? –contestó aún más molesta de que se riera de ella. Cosa que a él no le importó en lo más mínimo.

–Pues, si quieres que salgamos de aquí, tendrás que cumplir tu palabra y limpiar y acomodar mis alas, pluma por pluma.

–Pero eso parece una tarea interminable –protestó.  

–No lo es –dijo Ike dándole la espalda–, es como hacer un rompecabezas. Sólo se requiere paciencia para unir pieza con pieza. Y continuidad en el amor a lo que se hace, pero bueno, tu tienes suficiente en la cabeza como para arreglar mis alas y sacarnos de este lío.       

Se sentó ante esas alas a las que les había prometido cuidado a cambio de volar y se puso a recorrerlas con las manos, aprenderse el orden de ellas, los dobleces naturales y enderezando los accidentes. Quitando las ramas, el polvo, todo lo que no fuera material de vuelo.

–Y… –dijo antes de jalar una de las plumas enterradas– eso que cantabas, ¿cómo te la sabes? ¿Por qué la cantabas?

–Un amigo me dijo que si la cantaba, llegarías –dijo rechinando los dientes de dolor, esperando que la chica no lo notara.

–¿Un amigo? ¿Cómo sabe? ¿Me estás persiguiendo? ¿Quién te crees que eres? –bombardeó Zarzamora, al quitar una enredadera lo más rápido que pudo, sabiendo que le iba a doler.

–¡AUCH! ¡Con cuidado mujer! –Se sacudió el ángel la espalda y las palabras– Digamos que no es que me crea, es que soy algo así como tu ángel guardián. Estoy encargado de que no mueras, de que el hechizo que durmió a todos en el mundo de tus días no te mate. Y no, no te estoy persiguiendo, tengo que evitar que alcances a Orfeo antes de que llegue a las tierras blancas. Perseguirlo te va a llevar a la muerte y nunca lograrás verle la cara. Es por tu bien.

Esas últimas palabras fueron el alfiler que tronó el globo.

El sonido de una cachetada fue lo último que escuchó antes de despertar.

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