II · El circo del alma

− ¡Mañana nos vamos! Señores, señoritas, estimado público, el Circo del Alma se complace en anunciarles la función de hoy, ¡asistan a disfrutar de nuestra última presentación! No se queden sin ver al hombre que puede someter al fuego iracundo bajo su poder; admiren al sorprendente malabarista o, por si eso no fuera suficiente, pueden deleitar sus ojos con nuestra asombrosa nueva integrante: ¡la mujer de aire, la intangible, la enöriana Dahlia Dunod! ¡Todos ellos interpretando una historia que trasciende la vida y la muerte! −una potente voz proveniente de un megáfono dio su anuncio en la plaza central de la ciudad de Kynthelig, capital de la isla de Angharad− ¡El Circo del Alma, situado en el amplio parque cerca de la salida oeste de la ciudad, los espera!

Un chico de cabello rojo observaba al anunciante retirarse a paso lento. Esto lo hizo ponerse inquieto, aquel comercial lo había acompañado desde que llegó a sentarse en aquella jardinera. Fácil lo había escuchado unas veinte veces y él seguía solo. Se puso de pie y miró las nubes en el cielo. Avanzaban más rápido que de costumbre, como si ellas también tuvieran prisa por llegar a su destino. Llevaba más de media hora esperando a que sus amigos llegaran. Sacó los tres boletos de uno de los bolsillos del pantalón y los observó con atención, como un niño mira a un juguete nuevo.

             Si no llegan en menos de cinco minutos me iré y la veré sólo. El primer acto es de los mejores al verla bailar, ¡aunque definitivamente el último es el mejor! No sé cómo le hace esa mujer, aunque el final de la historia… Pensó el joven sin separar la mirada de los boletos.

             –¡Rheud! –gritó una voz que lo sacó de su ensimismamiento. Al levantar la mirada, encontró a uno de los que esperaba respirando agitado después de haber corrido un largo trecho.

–¡Por fin llegas, Aven! ¿Y el otro menso donde está? –preguntó cínicamente para hacer notar que odiaba que lo hicieran esperar– ¿No tenían clase juntos?

–Sí pero… -se interrumpió para recordar la excusa que le habían dado– dijo que tenía que preguntarle algo al maestro de Percepción Etérica antes de venir, que nos alcanzaba en la fila de entrada.

–¡Pero si le dije que era importante ver la obra completa! –reprochó Rheud a su amigo de pelo castaño.

–Cálmate, sí va a llegar –dijo el chico perdiendo la paciencia–, has visto la obra más de cinco veces. ¿Qué tanto importa unos minutos tarde?

–¡Que él no la ha visto! –gritó como si fuera la respuesta más obvia y además fuera una blasfemia no haberlo hecho.

–Sabes que él sólo va porque nos lo dejaron de tarea, ¿verdad? –dijo Aven riéndose del fanatismo de su amigo.

–Estoy seguro que cuando la vea, cambiará de opinión. Ya verás. –le respondió indignado, seguro de lo que acababa de decir.

El pelirrojo empujó a su amigo hacia la esquina de la plaza para tomar el trasporte volador que los dejaría a unas cuadras del parque donde se había instalado el Circo. Era bien sabido que ser rápido no era una de las características fuertes del transporte público de esa ciudad, pero aun así Rheud mecía una de sus piernas durante el trayecto, esperando que eso hiciera que el pobre camión fuera más a prisa. Cuando pasaron por el malecón, frente al puente de la Torre de las Artes Arcanas, el autobús se detuvo para dejar subir más pasajeros. Entre ellos se subió un rubio con cara de pocos amigos que sonrió al ver que sus dos compañeros venían a bordo. No fue mucho después que los tres jóvenes se bajaron del transporte en la última parada y corrieron hasta llegar a la entrada del llamado Circo del Alma. Una larga línea de gente estaba abarrotada pasando las taquillas lo cual hizo que Rheud les gruñiera a sus amigos; les juró que si les tocaba un mal lugar se las cobraría caro en la primer oportunidad que tuviera. La fila avanzaba lenta hasta terminar al fondo de donde su mirada dejaba ver, con la gran carpa morada arrogantemente levantada sin una sola arruga. Cuando lograron entrar, por pura suerte encontraron tres lugares juntos en la sexta hilera de gradas y el pelirrojo decidió perdonar a sus amigos.

Minutos después, la carpa se pobló de espectadores más allá de lo esperado y los reflectores tecnomágicos se apagaron, dejando sólo uno encendido, iluminando el centro de la pista como si fuera un último rayo de esperanza en la oscuridad.

Una portentosa voz de mujer, entonó una melodía nostálgica que inundó aquella penumbra. De repente, una figura completamente blanca vestida con una elegante gabardina de cuello alto apareció debajo del halo de luz. Observó a todo el público girando su cabeza de un lado a otro lentamente y por unos instantes se mantuvo en un silencio creador que incitaba la curiosidad del público.

−Bienvenidos sean −dijo el blanco ser con su voz grave, haciendo una reverencia−. Esta noche, el Circo del Alma representará la historia de un espíritu. Una mujer y una convicción tan fuerte que podrá hasta con la muerte misma… Iseldis.

Conforme el hombre blanco se retiró de la escena, la voz femenina cambió la melodía por otra más suave que se acompañó de un tambor y un par de flautas. Dos luces cayeron para iluminar gran parte de la pista donde algo comenzaba a suceder. Una espesa niebla invadió el escenario y de ella emergió una mujer de piel azul grisácea, orejas largas y picudas. Su cabellera larga, blancuzca, caía por su espalda como una cascada de humo. Su frágil figura danzaba a las fuerzas sobrenaturales solicitando ayuda. Necesitaba de ellas para vencer al domador de fuego que tenía a su aldea al borde de la muerte.

Al escuchar su petición las fuerzas sobrenaturales que habían sido llamadas, se aparecieron ante ella columpiándose en una serie de trapecios, brincan de uno a otro, pasando a centímetros de ella rozándola con largas tiras de tela. Ella rogó por ayuda en otro acto de danza en el que la coordinación era impresionante. Pero los seres mostraron su negativa a brindar ayuda al desaparecer así como habían llegado y a la danzante, la hicieron caer muerta antes de desaparecer en la oscuridad.

Un hombre vestido de verde que había observado lo que estaba sucediendo corrió bastante apurado para darse cuenta de que su amada había perdido la vida. Le había insistido que no le ayudarían, que perdería la vida con sólo intentarlo, pero ella nunca lo escuchó.

Después de llorarle a su mujer, el domador de fuego llegó riéndose despiadadamente y advirtió al hombre de verde que no intentara luchar contra él o todos terminarían igual que ella. El tirano pelirrojo y con un traje hecho de retazos de tela que variaban entre tonos de amarillo, naranja y rojo se despidió riéndose de no tener obstáculo alguno para seguir con su tiranía. Ignorando la advertencia, el hombre de verde decidió enfrentarlo, lo cual devino en una batalla entre objetos en llamas que uno manipulaba y el otro esquivaba entre malabares y acrobacias.

Conforme avanzaba la batalla, el hombre de fuego iba perdiendo su forma humana, poco a poco, su ropa dejaba de ser simulación para convertirse en verdadero fuego, hasta cubrir todo su cuerpo. El malabarista se encontraba ahora peleando contra una llamarada enorme. Pelearon hasta que las luces se esfumaron y sólo el fuego iluminaba el lugar. Entre maromas, secuencias y contorsiones que hacían creer que el cuerpo del malabarista era de más flexible que una hoja de papel, el fuego y el hombre salieron del escenario y una voz anunció el intermedio antes de que se prendieran las luces.

−Esperen un segundo… −dijo Rheud poniéndose de pie en cuanto las luces se prendieron- tengo que ir a conseguir algo.

−¡No te tardes! –le dijo Aven en respuesta y sin separar la mirada del escenario, recordando lo maravilloso que se veía el fuego moviéndose como si fuera un cuerpo humano.

−¿Qué es lo que tanto le gusta de esta cosa? –preguntó el rubio bosteando− Es tan aburrido. Ni siquiera es un circo de verdad. ¿Dónde están los animales? ¿Y los bufones? Esto es más como un teatro con trucos. Aunque la música es buena, ¿sabes quien canta?

−No, ni idea –dijo Aven aún viendo la pista hipnotizado−, hasta donde sé, le encanta la mujer que se murió. No sé por qué, dice que baila bonito.

Rheud tardó sólo un par de minutos en regresar con tres rollos de papel de la mano y en cuanto se sentó se apagaron las luces, como si sólo estuvieran esperando a que él volviera para continuar con la función.

-Ahí viene lo mejor, fíjense –dijo feliz entregándoles un rollo a cada uno.

El silencio reinó antes de que una canción juguetona llenara el lugar. Seis pequeños entes de diferentes colores se encontraban rodeando a la mujer que había muerto. La ayudaron a ponerse en pie y le explicaron, con movimientos y gestos que hacían reír al público, que había muerto, pero que ellos poseían un tesoro que podría ayudarla: un objeto que acabaría con el domador de fuego. La mujer sin dudarlo les rogó que la ayudaran a llegar a su aldea, tenía que regresar a como diera lugar, sin importar lo que implicara.

Los enanos se miraron entre sí y entre una serie de bromas, chistes y trucos visuales que hicieron carcajearse a los testigos de la historia, dejaron ver el objeto deseado: un collar que aparecía y desaparecía en distintos lugares como si tuviera voluntad propia, para finalmente refulgir sobre el pecho de la mujer haciéndole saber que la acompañaría en su propósito. La luz de la gema se mantuvo encendida hasta que ella abandonó el escenario apresuradamente mientras escuchaba a uno de sus salvadores decirle:

 

“Ve, corre Iseldis. Protege lo que es tuyo antes de que sea demasiado tarde.”

 

El escenario y el público se mantuvieron en un silencio y oscuridad, hasta que la música reinició en una violenta armonía y la tranquila voz que había cantado durante la función ahora entonaba la letra de una imponente ópera épica.

Una fría luz azul apareció iluminando a Iseldis que se encontraba viendo lo que sucedía en el mundo de los vivos. La llama estaba a punto de consumir a su enamorado cuando el ser de fuego, incrédulo por verla de pie, lanzó una de sus extremidades llameantes hacia ella, como si fuera una manguera de fuego. ¡No podía estar viva, la vio morir!

El fuego atravesó a la mujer sin hacerle daño alguno y se extinguió justo detrás de ella. Para aumentar la tensión de la escena, un violín se unió a la melodía haciendo que toda la ópera se acelerara. Iseldis avanzó decidida hacia su enemigo desabrochando el collar que colgaba de su cuello. Lo sostuvo en sus manos apuntando hacia su flameante enemigo y un delgado rayo de luz que provenía de la gema apagó todo el fuego. Extinguido y sin luz propia, el domador se tiró de rodillas al suelo admitiendo su derrota.

Iseldis avanzó a través de su enemigo, como si éste no estuviera ahí, para llegar a donde su amor se encontraba. Se miraron a los ojos e intentaron darse un abrazo, pero lo único que consiguieron fue darle un apretujón al aire. Con este triste resultado, la hora de la despedida había llegado. El collar no le permitiría quedarse mucho tiempo más después de cumplir su misión. Así, Iseldis desapareció en otro intento por tener contacto con su pareja.

La figura blanca que había empezado a narrar aquella historia caminó hasta donde había estado la pareja y las luces se enfocaron en él.

−Ésta fue la historia de Iseldis −dijo la figura−. Sin embargo, no fue la última vez que los amantes se vieron. Ella tenía permitido visitarlo por momentos breves, sin poder tocarlo. Él, en honor al recuerdo de su amada, fue el mejor gobernante que la aldea tuvo jamás.

 

La función había terminado sin ningún contratiempo. El público aplaudía con emoción antes de abandonar su lugar. El rubio volteó a ver a sus amigos para encontrarlos atónitos viendo como los actores se despedían y diciéndose entre sí lo genial que había sido cuando la mujer atravesó a su enemigo. Después, sin tomarlo en cuenta a él decidieron que necesitaban su autógrafo y de paso cumplir con su tarea pendiente.

Fuera de la carpa, se una especie de mercado-carnaval que se celebraba por las noches después de cada función. En él, el público asistente tenía la oportunidad de interactuar con los integrantes del circo en sus respectivos toldos colocados a la salida de la carpa principal. Por un par de monedas era posible consultar tu futuro con la adivina, ser atravesado por la enöriana, comer algo en alguno de los puestos que los enanos atienden, comprar algún recuerdo y, con un poco de disposición y buenos ánimos, pasar una buena noche de carnaval.

Dahlia se encontraba caminando hacia su lugar en aquella feria, más para descansar que para esperar gente. El carnaval y sus pequeñas carpas le ayudaban a guardar sus recuerdos.

Voriana, la adivina, ya estaba ocupada platicando seriamente con alguien de algo que no alcanzó a escuchar. Al pasar por la carpa de Bramms, el hombre de fuego, pudo notar que Tallod, el malabarista, estaba con él también. Estaban juntos en un mismo toldo lleno hasta el cuello de niñas que portaban una copia del cartel de la gira esperando autógrafo. No faltaban las que consideraban algo más que talentosos a los apuestos integrantes del circo.

Continuó su camino hasta llegar a su lugar, donde, para su sorpresa, tres jóvenes la esperaban sentados fuera de su toldo cerrado: uno rubio, uno de pelo castaño y, el más alto, un pelirrojo. Al acercarse, los jóvenes la vieron con ojos maravillados como si tuvieran enfrente al mejor de sus sueños. Al parecer habían salido corriendo de la función para ser los primeros en ver a la enöriana mucho más de cerca y sin un escenario que los distanciara. Ella les sonrió y les pidió que le ayudaran a abrir su carpa para poder atenderlos mejor.

−Y bien, ¿qué los trae a visitarme? −dijo sarcásticamente al sentarse sobre un gran cojín esponjado que se encontraba en el suelo al centro del cuarto.

En el poco tiempo que llevaba en el circo, había ocasiones en que la gente la buscaba sólo para comprobar que aún fuera de la función podían atravesarla. La mayoría de las veces no había ni siquiera un saludo o algún mínimo intento de conversación para hacer más ameno el momento. Llegaban con una risa nerviosa y después corrían espantados de no poder tocar lo que estaban viendo. Cada que esto sucedía, ella tendía a sentirse un fenómeno, y no es que no lo fuera, pero eso no la ayudaba a sentirse más cómoda consigo misma.

Uno de los tres jóvenes se acercó, el más alto.

−Pues… queríamos… somos estudiantes de tercer grado de la Torre de las Artes Arcanas. Él es Vhan y él es Aven −dijo señalando al rubio a su izquierda y al castaño a su derecha respectivamente, para después señalarse a sí mismo−. Yo soy Rheud. En una de nuestras materias nos dejaron de tarea venir al circo e indagar sobre las artes de nuestro personaje favorito. Y los tres decidimos hacerla sobre ti, esperando que no te moleste.

−¡Por supuesto que no! ¡Me halaga saber que por lo menos a alguien le gusta mi papel en la obra! −dijo con una sonrisa, agradeciéndole al destino por la grata visita.

−Bien, entonces, ¿cuánto tiempo llevas formando parte del… −la voz de Rheud, inexpresiva a causa del nerviosismo, fue entorpecida por la de uno de sus amigos que manifestaba todo lo contrario.

−¡Eres maravillosa! ¿Cómo haces que te atraviesen? ¿Es un conjuro, un hechizo o un decreto? ¿Puedo tocarte? ¿Me firmas mi cartel? −Interrumpió la emocionada voz de Vhan con el cartel enrollado en la mano.

Dahlia no pudo sino reírse sorprendida ante tal reacción. Si hubiera tenido tiempo de imaginar de quién vendría una actitud de ese tipo a partir de su apariencia, hubiera elegido sin duda a Rheud.

−Puedes intentarlo si quieres, pero te advierto que no lo vas a lograr; aunque quisiera que pudieras. Y no puedo firmarte ese cartel ya que no puedo tocarlo, pero tengo un par de copias firmadas en la mesa. Si quieres, toma uno, te lo regalo. −dijo poniéndose de pie frente a ellos, extendiendo los brazos como si fuera a darle un abrazo.

Vhan, sin pensarlo dos veces, se acercó e intentó corresponder el abrazo, pero lo único que consiguió fue terminar del otro lado del pequeño cuarto con nada más que aire entre sus brazos.

−Te lo dije… no puedo controlarlo y hacerme tangible. Ni siquiera recuerdo bien si es que siempre ha sido igual… −dijo ella un poco triste, abrumada por tiempos que no podía recordar con certeza.

−Pero… entonces… −habló Rheud titubeando, pues no sabía si debía preguntar más, ya que notó un suspiro de nostalgia en ella mientras Vhan la atravesaba. Pero por otro lado, su curiosidad era tanta como para matar a más de una docena de gatos con todo y sus nueve vidas.

−¿Entonces cómo te sientas? ¿Cómo duermes? ¿Qué sucedió? ¿Cómo es que tienes copias firmadas? −Aven aprovechó la pausa de su amigo, sin pensar en todo lo que estaba pasando dentro de ella.

Rheud no hizo más que matarlo con la mirada.

−Es algo extraño… realmente no lo entiendo muy bien, pero si me concentro, puedo lograr que mi cuerpo no traspase la superficie donde me apoyo. No es que pueda tocarlo, porque no lo siento, pero sí me sostienen. Aún así, con cualquier distracción termino en el suelo. −Dijo ella rematando el comentario con una sonrisa apenada.− Sobre las copias… Voriana, la adivina de este circo, logró decretar que dentro en mi camarote pueda tocar las cosas y ahí las firmé. Es el único lugar donde la gente me puede tocar.

−¿Cómo eras antes? He oído que en estos días es difícil que te dejen siquiera acercarte a las afueras de Enör. Está rodeada de arcanos que investigan porqué de la noche a la mañana se hizo impenetrable. −dijo Rheud sorprendido de que ella hubiera contestado tan tranquilamente− ¿Es una maldición o algo por el estilo? ¿No es una coincidencia extraña que nadie te pueda tocar y nadie pueda entrar a tu ciudad?

||||| 1 I Like It! |||||