Ella

La entrada a mi pasado estaba en mucho peor estado del que yo tenía mis ganas de continuar viviendo atrapado en él. Aunque el tiempo sí había pasado por el exterior de dicha construcción lo importante es que, como yo, seguía en pie y no se había perdido entre las ruinas de la modernidad.

Observé a Tobías abrir la puerta y mi estómago se hizo un nudo que estaba seguro iba a necesitar otra eternidad para deshacerlo.

–Sigo sin entender por qué o cómo es que los cuervos te cedieron la llave tan fácil –le dije asomando la cabeza adentro como si no supiera lo que iba a encontrar ahí dentro–. Más de alguna vez la reclamé como si fueran las llaves de mi propia casa.

–Quizá no te tienen la suficiente confianza –dijo Oliver, detrás de mí.

–Si dices que es por culpa de mi nombre te voy a pegar –le reproché antes de animarme a entrar a la casa.

–No, no, yo sólo decía –dijo él un tanto nervioso.

Tenía tanto tiempo sin entrar. Recordaba el recibidor mucho más grande y portentoso. Lo que tenía ante mis ojos parecían los restos de una vecindad cualquiera, sin embargo podía reconocer que estaba en donde quería estar así como uno reconoce al amigo de la infancia en las arrugas de la vejez.

–¿Dónde fue donde encontraron el libro? –les pregunté examinando con la vista todas las puertas que tenía ante mí. Sin decir nada los dos señalaron la única puerta que estaba abierta, en el segundo piso, a la mitad del pasillo. El que alguna vez fue el cuarto de Hilda. ¿Cómo carajos llegó ahí? ¿Por cuántas manos habrá pasado?–Y… ¿dónde fue que Tobías se perdió?

Oliver empezó a andar por los pasillos hasta que me llevó al portón más grande.

–Ahí adentro –dijo dudando de si abrir o no la puerta.

–Justo aquí fue donde se me cayó el libro –dijo Tobías, dejando caer el libro al suelo. Me agaché para recogerlo inmediatamente, al abrirlo ciertamente el libro estaba en blanco.

Los dos jóvenes me miraron como si esperaran que algo sucediera.

–¿Qué me ven? –dije, entregándole el libro a Tobías de nuevo– ¡Hay que abrir la puerta!

El crujido interrumpió el pequeño silencio incómodo que la decepción les había creado. El cuarto estaba vacío, era el comedor en ruinas  que me habían descrito. Lo único que tenía igual al tiempo en que yo la lleguñe a habitar eran los ventanales que daban a la plaza.

Sólo los ventanales, la vista ya era muy distinta también.

–Esto es lo que te digo, no es al cuarto que entramos originalmente –dijo Oliver.

–Bueno, es hora de la magia –le contesté.

–¿Qué hacemos? –preguntó Oliver.

–Creer.

 

***

 

Lo que Iscariote hizo después… no sé cómo decirlo… se fue a cerrar el portón y se quedó sujetando las manijas, dándonos la espalda murmuró algo varias veces. No sé si lo hizo en un volumen tan bajo que no lo entendí o en un idioma que no se parecía a ninguno otro que hubiera escuchado antes. Sabía que era magia porque el tiempo que estuve allá en el bosque Siobhan también hablaba algo parecido cuando hacía de las suyas. Siempre me dijo que la magia era mucho menos complicado de lo que la gente creía, sólo había que saber hablar con las cosas a su manera. Que la magia era inexplicable, como lo eran muchas cosas en la vida, así como las acciones y la toma de decisiones de la gente, por ejemplo. Mientras él recitaba su encantamiento, el cuarto empezó a cambiar de forma. La mesa del comedor desapareció, las paredes empezaron a segmentarse y en cuestión de minutos árboles crecieron atravesando del suelo al techo el salón.

Oliver estaba como niño chiquito sorprendido del cambio del cuarto.

Estábamos en la biblioteca de nuevo.

Era de noche.

–¿Es este el cuarto? –preguntó Iscariote muy seguro de sí mismo cuando volvió con nosotros.

–Sí, éste es –dijo Oliver, señalando un par de puertas al fondo–. Por ahí es donde Tobías desapareció.

Una sonrisa que casi no cabía en su cara se plantó en la cara de Iscariote.

Cuando nos acercamos, el libro brilló incandescentemente y por unos segundos todo fue negro, el libro vibraba como si algo estuviera adentro queriendo salir. Lo dejé abrirse e inmediatamente el cuarto volvió a dejarnos ver las puertas por donde supuestamente yo me fui al bosque. En las puertas había un letrero que anunciaba:

 

“Ésta es la historia escrita en una de las hojas del bosque perdido.”

 

–¡La tinta! –gritó la histeria de Oliver.

–¿Estás bien? –preguntó Iscariote, por alguna razón supe que la pregunta no era para ninguno de nosotros dos así que guardé silencio y le pedí a Oliver que lo hiciera también.

 

“Me caí del libro, he estado sólo en esta casa por mucho tiempo.

Hay mucho silencio.

Quiero volver a mis páginas.”

 

–¿Qué necesitas? –preguntó el hechicero.

 

“Conectar los tiempos otra vez”

 

Cuando el último letrero desapareció las puertas se abrieron por si solas y detrás se podía ver el bosque.

–Creo que yo me quedo aquí –dijo Oliver con preocupación.

–¿Qué? –pregunté incrédulo y lo jalé de la muñeca– No, tu vienes con nosotros, no hay que separarnos, quien sabe qué vuelva a pasar.

–Pero… la vez anterior la tinta dijo que necesitaba quién escuchara la historia del pasado.

 

“Hoy es hoy, ha sido hoy por mucho tiempo”

 

–Creo que podemos entrar los tres –dijo Iscariote–, también creo que no vamos a llegar a donde esperábamos.

–¿Seguro? –preguntó Oliver.

–No –respondió él.

Antes de que siguieran discutiendo innecesariamente, volví a jalar a Oliver de la muñeca y entramos al bosque, Iscariote nos siguió en silencio.

Algo estaba mal.

Nada se movía.

No había viento, los árboles no murmuraban entre sí con el tallar de su follaje, las hojas secas no crujían en el suelo al ser pisadas. La luna lo observaba todo. Iscariote me observó preocupado como si yo tuviera la respuesta de qué estaba sucediendo.

–Si tú no sabes, yo menos –le dije–. El hechicero eres tú, no yo.

–Pero tú estuviste en el bosque cuando yo no podía salir del pueblo.

–Tú viviste todo el tiempo que yo no estuve.

–Pero nunca pude entrar al bosque, la línea del tiempo en la que vivimos es otra donde el tiempo no se murió. De todos los problemas que los cuervos han tenido, éste es el único que nunca han podido solucionar.

–¿Qué hacemos?

–Creo que seguir el camino podría ser buena idea –dijo Oliver señalando una línea de hojas amarillas que resaltaban sobre el tapiz de hojas rojas que poblaba el suelo. Conforme avanzábamos el camino amarillo se ensanchaba poco a poco.

–Tobías, creo que ya no estamos en…

–No acabes ese chiste, por favor, Oliver–le dije tratando de contener la risa.

–No, no estamos en Oz –dijo Iscariote–. Pero sí buscamos a una bruja que va a estar al final del camino. Aunque no es precisamente verde.

–Se van a decepcionar de lo que encuentren ahí –dijo una voz familiar que provenía de entre los arbustos. Cuando la luna nos dejó ver quien era me alegré de que al menos algo no estuviera congelado ahí.

–¡Augusto! –grité sin pensarlo y corrí a abrazarlo– ¿cómo nos encontraste?

–Todo el bosque lo sabe: los gigantes, los lobos, las hadas y todos los que sobrevivimos la muerte del tiempo los podemos escuchar, el silencio del bosque ayudó un poco. ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué les tomó tanto tiempo regresar?

–Es una larga historia –nos interrumpió Iscariote–, ¿puedes llevarnos con Siobhan, por favor? Estoy seguro que ella también querrá escuchar lo que tengamos que decir.

El lobo suspiró y nos pidió que lo siguiéramos.

No dijo una sola palabra en todo el camino.

Y ciertamente ahí estaba ella, al final de las hojas secas amarillas. Llevaba puesto un vestido de hojas del mismo color. Nos daba la espalda. Iscariote y yo la llamamos al mismo tiempo y corrimos hacia ella.

No contestó.

El horror se apoderó de nosotros cuando la pudimos ver de frente.

–Qué… ¿Qué pasó? –preguntó Iscariote a punto de llorar.

Lo que teníamos ante nosotros era una estatua de Siobhan, igual de congelada que todo el bosque.

–¿Y los Quinqués Perdidos? –le pregunté yo.

–Es una larga historia –dijo Augusto en el mismo tono en el que Iscariote le había hablado momentos atrás.

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