Estación Godot

Se me dijo que aquí pasaba el tren a mi destino. La estación estaba sola cuando llegué, el silencio esperaba para abordar sin prisa, él fue el primero en irse.  Quién sabe qué pasó que huyó con prisa al escuchar al primer tren acercarse.

Según el tablero de tiempos ese no era el mío.

La gente bajó para habitar ese pequeño mundo que yo había conquistado antes. Había querido llegar temprano para estar segura de que tomaría el tren correcto, cargaba conmigo una pequeña maleta, un par de cartas y dos toneladas de nervios con un poco de emoción. Observé a la gente que había llegado para encontrar a un igual. Encontré mucho palabrerío sobre los desayunos, sobre los proyectos por venir, sobre la pareja actual de alguien ausente y una que otra mirada perdida entre páginas. Abandoné la búsqueda con algo de decepción y me senté en el suelo a leer, debajo del reloj que indicaba a qué hora llegarían todos los trenes que llegarían para llevarnos de ahí. Me senté ahí específicamente para no perder el tiempo, para esperar, para imaginarme en ese mítico lugar que la carta en mis manos prometía que podría cumplirme mi más grande deseo si se lo pedía a la hora exacta.

El siguiente tren tampoco era el mío. Más gente se bajó y la cantidad de suelo por persona empezaba a reducirse. Una chica se sentó a mi lado, nuestros hombros se rozaron por un segundo, ignoré el hecho por continuar ensoñando mi llegada a aquél mágico lugar. Lo había dejado todo para ir y cada segundo que esperaba mis expectativas crecía, no estaba muy seguro de que todo eso y yo cupiéramos en el tren si seguía demorándose en llegar.

Cuando el siguiente tren iba llegando al andén ella me jaló del brazo.

–Ese puede ser tu tren, si te vas conmigo y me acompañas a resolver un problema puedo llevarte ahí después. Conozco un café buenísimo que solo abre los jueves justo en ese lugar.

–Prefiero esperar, gracias –le contesté.

–Ten cuidado con lo deseas –dijo ella al ponerse de pie, antes de desaparecer detrás de las puertas del vagón. Así de simple desaparece gente de tu vida que en otra situación bien pudo hacer tu vida totalmente diferente. Así de simple continué con la mía muy segura de mi destino.

El siguiente tren llegó sin anunciarse. No tenía destino pero mucha gente decidió abordarlo. Algo en él me llamó la atención y me puse en pie. Estuve a un segundo de abordarlo pero la indecisión me cerró las puertas antes.

–¿A dónde iba ese? –me preguntó un hombre cansado de correr para alcanzar al tren que se fue.

–A la incertidumbre –le contesté.

–Ese quizá me hubiera servido –dijo al tratar de recuperar el aire.

–¿A dónde vas? –le preguntó buscando destinos en el tablero del reloj.

–A buscar refugio, perdí la vida hace unas horas y no sé qué sigue

Su respuesta me confundió lo suficiente para quitarle mi atención al tablero y voltear a verlo, prestarle mi total atención. Solo quedaba el eco de sus palabras en mi memoria. A mí alrededor la gente seguía con sus vidas, como si no se hubieran dado cuenta de lo que acababa de suceder. Mi instinto me dijo que hiciera lo mismo y lo dejara ir.

“Si tu destino no aparece en el tablero, ten paciencia, alguien más está construyendo el camino. Gracias por tu espera.” Dijo una voz genérica en la estación.

–¿Paciencia? Pft… –pensé en voz alta al reírme del cinismo de su anuncio. Miré el tablero minuciosamente para asegurarme de que mi tren estuviera ahí. El anuncio decía “Su tren no tarda en llegar, gracias por esperar”. Respiré. Aún tenía camino en la vida.

El siguiente tren llegó sin gente, abrió las puertas y nadie se subió. Cerró las puertas y las volvió a abrir. Nadie se subió. Agresivamente el vagón volvió a abrir y cerrar sus puertas. El tablero aún decía “No tarda en llegar”. No me subí. Retrocedí unos pasos al sentirme atacada por la insistencia. El tren se fue sin que una sola alma se subiera.

Volví a leer la carta.

Once trenes y otros cuatro desencuentros después un hombre de lentes profundos se me acercó.

–Disculpe que la interrumpa señorita pero la curiosidad me carcome, ¿sabe usted a dónde va? La he visto esperar todos los trenes y no se ha subido a ninguno.

–Ya no debe tardar, estoy segura –le contesté.

–Eso no ha contestado mi pregunta –dijo el hombre al acomodar sus lentes para no perder la vista y la paciencia.

–Perdóneme, me han querido llevar a tantos lados que la verdad ya estoy algo cansada. Este es mi destino –le dije enseñándole la carta que atesoraba entre mis manos–.

El hombre la leyó cuidadosamente. A veces sonreía, en algunos renglones su mirada crecía con sorpresa, como si así entrara mejor lo que acababa de leer. Al final me miró a los ojos buscando ahí la continuación de la carta.

–Hay una diferencia muy grande entre saber qué es lo que quieres y saber a dónde tienes que ir –dijo el hombre con una sonrisa llena de compasión antes de entregarme la carta– ¿ya te diste cuenta cuantos trenes se te fueron por no saberla?

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