Exilio

Ha sido un largo mes en el pueblo.

Por órdenes de la alcaldesa nadie tiene permitido cruzar los límites entre el bosque y el pueblo bajo la advertencia de que “es por nuestro bien”.

El problema radica en que la gente que se encargaba suministrar al pueblo de provisiones se quedó afuera y si nadie puede entrar sólo contamos con lo que tenemos. Quien ha intentado salir del pueblo, especialmente si lo hace por el bosque, ha dejado de existir de una manera u otra. El primero fue un valiente de toda una comitiva que no se animaba a averiguar qué sucedería si desafiaba las reglas, se separó del grupo al dirigirse al camino que llevaba al bosque y desapareció frente a todos, nada espectacular ni revelador, simplemente caminó hasta que ya no estuvo ahí. El segundo llegó hasta el límite y se derritió hasta ser agua. Con el tercero… la estatua de cenizas sigue en pie, haciendo más evidente dónde están los límites y la advertencia.

Sin intentar salir de ninguna manera, como hechicero he podido romper un poco aquella regla de no traer nada de fuera y multiplicar las raciones para mantenernos sin hambre a todos con lo suficiente, como consejero de Hilda todo el pueblo voltea a verme a mí desde que ella decidió encerrarse para estudiar las opciones de sobrevivencia que debemos seguir si no queremos morir encerrados en esta caprichosa burbuja. Yo quiero creer que también lo hace para recobrar la fuerza suficiente para saber qué hacer con respecto al pesar que carga por la pérdida de su hijo, según ella, bajo las garras de los lobos.

El funeral se realizó exactamente hace un mes.

Fue el último día de libertad.

Ese mismo día en el que yo le entregué a su hijo vivo el libro que más tarde llegaría a la líder de los Quinqués, la hermana de alcaldesa y la que se encuentra del otro lado de mi listón rojo del destino.

Somos los únicos tres que ya sabíamos que tarde o temprano esto iba a suceder.

Los únicos tres que sabemos la mentira, que sabemos que el exilio impuesto es todo tramado por ella y sus inseguridades porque el mundo no funciona como ella quiere.

Gracias a la tinta que Augusto trajo pude hacerle una casa a nuestras ganas de estar juntos entre muchas otras páginas, ese libro es casi como nuestro hijo, mientras estuviéramos bajo la misma luna no nos sería imposible estar en el mismo lugar.

Tomé una copia de ese libro que es el mismo que entregué y escribí en una de las páginas en blanco:

 

¿Cómo va el exilo allá afuera?

Aquí nadie ha vuelto a querer salir, ni siquiera tu hermana se ha atrevido a salir del salón donde se encerró. Temo que esté tramando algo peor de lo que ya hizo. No sé cuánto tiempo más pueda mantener al pueblo con vida y sin hambre.

Algo tenemos que hacer.

La casa más vieja no se construyó para esto.

Te extraño.

Aquí no estamos solos.

 

Dejé el libro abierto y me paré para asomarme a la ventana, algo estaba sucediendo en las calles que llamó mi atención.  La luna lo iluminaba todo y en la plaza central habían iniciado una fogata. La gente cantaba, al parecer estaban contentos o al menos intentaban estarlo. No era nada grave, gracias al cielo. Suspiré y descansé la cabeza unos segundos sobre la ventana. Entonces sentí una mano en mi hombro, al voltear una mujer formada de tinta estaba frente a mí. Era casi una réplica de Siobhan y sostenía el libro abierto en la otra mano. Conforme hablaba con esa voz que extrañaba tanto la respuesta a mi carta se iba escribiendo en la siguiente página.

 

Aquí afuera hay libertad, ¿cómo va el exilio allá adentro?

Algo tenemos que hacer, ciertamente, pero aún no sé qué.

Le he pedido al tiempo que se detenga para poderte esperar hasta que puedas salir, hasta que encontremos la manera de hacer entrar en razón a Hilda.

Algún día tiene que entender.

Seguro la está pasando muy mal al descubrir que la magia del bosque vive con ella también al igual que con nosotros. Espero que sea pronto.

Augusto y la manada tienen un nuevo amigo ciego que le gusta tararear y hay una chica cerca de ellos que le pone letra a esa melodía, están buscando cruzar el bosque para poder verse.

Me recuerdan un poco a nosotros.

Antes de que se vaya, abraza a la tinta como si fuera yo misma.

El bosque te extraña, pero yo más.

Aquí no estamos solos.

 

Ni siquiera tuve tiempo de abrazarla.

El libro cayó al suelo y yo me quedé tratando de atrapar al aire entre mis brazos.

Un día más a la cuenta.

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