Familia

–Tristán, Tristán, ¡despiertaaaaa! –exigió Ixchel cansada y ansiosa por ver a su amigo con vida. Un símbolo en su pecho que brillaba con fuerza empezaba a apagarse.

            –Vamos Tristán, te perdiste del final de todo este embrollo  –dijo Isaac acompañado de una risa un poco nerviosa.

            –Ixchel salvó el día de una manera increíble y no estuviste ahí para verlo  –dijo Juliana casi en forma de regañó, se sentó al lado de sus dos amigos que observaban a Tristán descansar en el suelo.

            Tristán estuvo ahí, inmóvil, con su respiración constante como único indicio de que estaba con vida.  Al igual que todo el escenario que los rodeaba que parecía estar en ninguna parte aunque una rosa de los vientos en el piso y cuatro casas a cada extremo les quisieran convencer de otra cosa.

            –Tristan, no es gracioso  –insistió Isaac.

            Ixchel se limitó a abrazar a Tristán en silencio.

            La plaza ya estaba vacía, las arañas se habían ido y se habían llevado al anfitrión consigo.

–¿Qué? –fue lo primero que Tristán dijo antes de que sus tres amigos casis e soltaran a llorar – ¿Qué sucede?

            –Como buen viejito te dormiste en la mejor parte de la historia  –dijo Isaac carcajeándose.

            –No me dormí  –dijo Tristán indignado –, las arañas me atacaron. Las… espera… ¿qué pasó?

            –Cuando Ixchel vio cómo te atacaban y el anfitrión brincó sobre ella, la desesperación la hizo explotar –Explico Juliana con voz maternal –. Todos salimos volando golpeados por la energía que Ixchel sacó de sí misma. Por unos segundos nada podía acercase a ella y tenía el símbolo de su puerta brillando en el pecho con mucha intensidad. De repente gritó que no y el mismo símbolo apareció en el pecho de todos los arácnidos.

            –Es el símbolo de mi casa  –dijo Ixchel con pena.

–Fue increíble, Tristán  –continuó Juliana.

–Todavía no entiendo bien qué sucedió pero eso nos salvó la vida  –dijo Isaac.

–Escuché a Tristán e hice un poco de magia –dijo Ixchel con una sonrisa complaciente –. Cuando me separé de ustedes acabé en este cruce de caminos. Con la diferencia de que cuando llegué estaba vacío. Reconstruí el honor de mi casa y mi familia a cambio de algo importante para mí. Este cruce es la verdadera casa de la realidad, el camino donde las cuatro casas se encuentran. De aquí se puede llegar a donde quieran. Sin tener que salir. O eso es lo que la casa me dijo. Al principio no entendí mucho a lo que se refería y acepté ser la nueva encarnación de la casa del espacio para tener el poder de salvarlos a ustedes quienes en poco tiempo se habían convertido en mi nueva familia. De alguna manera tenía que traerlos aquí a ustedes, necesitaban venir para que cada uno despertara a su casa y la realidad volviera a ser estable pero… bueno… ya saben lo que sucedió. El anfitrión se me cruzó en el camino, me contó sobre mi familia de arácnidos y como cada uno de nosotros éramos los últimos y ese típico discurso que te echa alguien que cree que está a punto de salirse con la suya. Todo lo hizo para gana tiempo y poco a poco succióname el poder que acababa de ganar. Pero cuando Tristán dijo los de las energías que fluían lo entendí todo e hice espacio dentro de mí para absorber toda la energía que el anfitrión tenía y luego dejarla salir de golpe. Sabía que era algo caótico y peligroso pero si ya le había entregado mi vida a la casa no tenía nada que perder.

            –Pudiste haber roto la realidad, niña  –interrumpió Juliana.

            –Eso era lo que quería  –defendió Tristán –, que causaran una entropía que sacara al anfitrión del lugar seguro de donde estaba.

            –Pero lo que lo consumió no fue eso  –continuó Ixchel, más indignada de que no la dejara terminar que por el pequeño regaño de Juliana–. Fueron las arañas. Al romper todas las ataduras que el anfitrión tenía y dejar libre todo ese poder pude regresarle el albedrío que le pertenecía a toda mi raza. La furia contenida y el odio que le tenían al tirano que los había controlado por tanto años los inundó y se abalanzaron a destruir a su opresor, a esta altura de nuestra conversación dudo que siga existiendo algo de él. Me sentí terrible de sentir de compartir ese incendio con ellos pero no me dejé llevar por el odio. Sé que era tu hermano, Juliana, lo lamento.

             –No lo era  –dijo ella en un suspiro –, quizá lleve mi sangre pero nunca estuvo presente en mi vida. Hasta hace unas horas ni siquiera lo recordaba. No tienes por qué sentirte mal al respecto, recibió lo que merecía. Si a esas vamos, ustedes son lo más cercano que tengo a unos hermanos. Digo… después de todo… ahora compartimos esta casa, ¿no?

            –Eso me haría muy feliz  –dijo Ixchel–, que vigiláramos la realidad juntos desde donde estemos y nos reunamos de vez en cuando aquí, donde se cruzan nuestros caminos –. ¿Quieren sus llaves?

            –¿Llaves? –preguntó Isaac confundido.

            –Sí, para volver  –contestó Ixchel –. Ustedes tienen una vida allá en el mundo y pueden elegir, así como yo lo hice. Mi vida ahora es cuidar que lo que le sucedió a mi raza a sus familias no vuelva a suceder. Yo tengo un escarabajo de jade que vivirá conmigo hasta mi último día, él es la llave que me dejará llegar aquí no importa la puerta que toque. Si ustedes quieren unov vivirá con ustedes también, gracias a esas llaves, nuestros caminos se volverán a cruzar cuando nos necesitemos. No tenemos por qué volver a ser los últimos de nuestra familia.

           –Mi hogar siempre han sido los caminos cruzados  –dijo Tristán al tratar de ponerse de pie –, ¿qué tengo que hacer?

           Isaac y Juliana asintieron para después voltear a ver a Ixchel y esperar instrucciones.

           –Es muy fácil  –dijo ella con una sonrisa que no cabía en su rostro–, ve a tocar la puerta de tu casa y avísale que ya llegaste.

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