Galletas en guerra

Daniela quería una galleta. Sería una dura misión que tendría que resolver por ella misma. Una de las primeras. A sus 7 años, su vida apenas empezaba a mostrarle los caminos a seguir, de los cuales el más cercano (y el más interesante) era alcanzar el tarro de galletas que estaba sobre la repisa más alta de la alacena. Hizo un recuento de lo que tenía como si estuviera en el ejército:

Soldados: ella.

Campo de guerra: la cocina

Enemigos: la altura.

Misión: recuperar un par de galletas sin que nadie se dé cuenta.

El primer paso era sencillo, encontrar los objetos suficientes que la ayudaran a trepar y cruzar el campo enemigo. Agarró una silla del comedor y la colocó entre la barra sobre la que preparaban la comida y el refrigerador. Eso le permitió ascender un poco. Se movió un poco para acomodarse y se puso en pie sobre la barra tratando de no golpearse la cabeza con la alacena que se encontraba más arriba empotrada a la pared, cuidando la barra de intrusos. Al estirar los brazos descubrió que un par de repisas aún la mantenían lejos de su meta.

Regresó al suelo y miró la batalla con la mirada calculadora de una niña pequeña pero la analizó con la de un feroz soldado. Las galletas se encontraban en la última repisa, hasta el final. Lo más cerca que había a esa altura para poder sentarse era el refrigerador que ronroneaba como buen gato feliz.

Con una sonrisa maquiavélica, trepó una vez más la barra y de ahí, escaló el refrigerador. Tuvo que hacer a un lado la barra de pan y las cajas de cereal que se encontraban ahí estorbándole, eran obstáculos que trataban de impedir que ella cumpliera con su misión.

Ahora son mías, galletas. Pensó la niña al estirar su mano. La sorpresa fue encontrar que aún le faltaban un par de centímetros para alcanzar al tarro captivo. Se acercó más al borde del refrigerador y sin querer miró al suelo con algo de vertigo. Con todo y miedo estiró la mano una vez más para por fin tocar el tarro. No alcanzó a agarrarlo, pero ya lo había tocado. Lo siguiente, sin duda, sería tenerlo en las manos.

Estiró ambas manos, jaló el tarro hacia ella hasta que sintió que la gravedad estaba haciendo lo suyo, lo soltó para tratar de agarrarse de algo y no acabar en el suelo con una herida de guerra que sería difícil ocultar. Sin ver donde, puso las manos sobre lo que ella creía “tierra firme”, lo que resultó en aterrizar sobre una caja de cereal que la hizo resbalar y caer de sentón sobre la azotea del refrigerador. La caja de cereal por su lado salió disparada contra la alacena y golpeó al tarro que asomaba parte de su cuerpo desde la trinchera donde se encontraba.

Ella pudo ver como el tarro fue impactado por aquel cañonazo involuntario, la víctima en cuestión retrocedió un poco tratando de recuperar el equilibrio y falló, cayendo sobre la barra para romperse en pedazos y esparcir su contenido sobre el suelo.

Misión fallida, soldado. Pensó tristemente la niña mientras observaba los decesos de la guerra. Ahora, ¿cómo me bajo de aquí? Malditos sean todos los que hayan inventado los muebles altos.

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  • sktd!

    Hiciste que me acordara de cuando escalaba bardas -las de mi casa y las de los vecinos- y árboles. Éstos últimos eran los que más esfuerzo me costaban porque tenía que estudiar bien el tronco para saber de qué rama o protuberancia agarrarme y/o soportarme. Llegaba hasta cierto nivel, veía abajo y me alegraba: miraba hacia el horizonte y luego, ¡oh sorpresa!
    No sabía cómo bajar.

    • Ian

      Es que así nos torturaba la niñez a todos, creo.
      Al menos a los que nos gustaba la aventura 🙂