III · Enor

Aunque Dahlia no lo recuerda, ella tenía un hogar. Era hija de una pareja de arcanos cuyo trabajo era servirle a la familia del rey y por lo mismo, vivían como la realeza lo hace: en el castillo.

Enör era una ciudad que impresionaba fácilmente por su grandeza. Al atravesar sus puertas y verla de reojo se podría pensar que era habitada por gigantes. Pero cuando su gente, de proporciones humanas, se dejaba ver en sus andares diarios, se descubre que es una ciudad normal en sus acciones y sólo sus construcciones colosales son las que están fuera de lo común. Los edificios se encuentran muy espaciados entre sí. Entre ellos hay admirables jardines flotantes situados a diferentes niveles, a los cuales se podía acceder tomando uno de los transportes que los tecnomagos lograron hacer volar por sí solos con el manejo de las artes arcanas como combustible.

En el jardín más alto, lo único que es posible ver al mismo nivel es el castillo de mármol desde donde se rige Enör.

Si en algún sitio se podía hablar de tecnología, éste era Enör, su verdadero lugar de origen. Enör, a la par de la ciudad de Bleizig, son responsables del nacimiento de la tecnomagia. Investigadores de Enör querían poner sus artes arcanas al servicio de la gente que no tenía la capacidad de usarlas por sí misma; por su parte, en Bleizig necesitaban un motor que impulsara todas sus creaciones. Así, un buen día formaron una alianza y establecieron que su objetivo era poner el saber arcano al servicio de los que no lo tienen para facilitar las tareas laboriosas y cotidianas. Lo primero fue usar un par de decretos en instrumentos de arado para que agilizaran el proceso de siembra. Pero debido a la popularidad del proyecto con el tiempo se desarrollaron proyectos tecnológicos para casi todas las ramas del quehacer diario. Ahora ya hay transportes, proyecciones, luz, impresiones y métodos de comunicación. Todos impulsados por el poder de las artes arcanas sin necesidad de que su usuario sea un arcano. De ahí su nombre: Tecnomagia.

Por esto mismo, Enör solía ser una ciudad muy visitada por viajeros y aventureros curiosos, así como por vacacionistas que buscaban la máxima comodidad. Hasta gente fuera de Angharad viajaba a Enör para conocer la cuna de la tecnomagia. Era un punto de interés donde convivían diversas y muy interesantes culturas. Sin embargo, los nativos de esta ciudad eran personas que muy raramente salían de Enör, entre ellos los viajes no suelen ser considerados placenteros. Son seres con cierto parecido a los humanos, pero su piel es gris azulada, con distintos matices, como la piel humana, y sus ojos son de color azul muy claro con las pupilas oscuras y alargadas.

Dahlia pertenecía a una de esas familias.

 

Un día, al despertar, Dahlia encontró a sus padres apurados acomodando toda su ropa en lo que parecía ser una gran maleta.

−¿Qué haces madre? −preguntó Dahlia todavía a medio sueño. Recordó cuando era chica y su madre empacaba, pues debían salir de Enör por mandato del rey. Hace años que no lo hace, ¿qué decisión tomaron por mí esta vez? Pensó mirando a su madre.

−Tratando de salvarte la vida, hija mía. −dijo la arcana de piel azul que se encontraba tan presionada por lo que estaba haciendo que no tuvo tiempo para darse cuenta de si lo que estaba diciendo estaba bien hecho.

−¿Y me voy a salvar empacando? ¿Qué está pasando? −si no había despertado del todo antes de escuchar eso, ahora su mente estaba por completo alerta

−No preguntes, hija −dijo el padre acercándose con varios objetos en su mano e interrumpiendo su cuestionamiento−. Necesitamos que vayas con el gremio de tecnomagos de Bleizig antes de que sea tarde.

−¿Tarde para qué? No entiendo. −volteó a ver a su padre que le entregaba los objetos a su madre, desesperada por  encontrar una respuesta.

−Para evitar que suceda una tragedia. En los laboratorios mágicos han estado indagando en zonas que no deberían. Y tú sabes que eso nunca es bueno. Tenemos teorías acerca de quién está a cargo de todo esto, pero no es nada seguro. Nadie sabe aún que sabemos lo que están haciendo y los reyes dicen que sin pruebas no nos creerán. Si los que están detrás de todo se dan cuenta antes de que regreses, toda la ciudad estará en peligro.

−¿Y por qué yo? −dijo en acto de protesta. Si había algo que odiaba, era viajar. Su sentimiento de disgusto iba más allá del odio natural enöriano por alejarse de su hogar. ¿Por qué no mandan a Eodez? A él le encanta viajar… ¡es su trabajo!

−Exactamente por eso no puede ir, porque esto tiene que parecer un viaje normal, no un espía o un emisario. El rey no está dispuesto a mandar a ninguno de sus mensajeros. Por el bien de Enör y posiblemente de todo Angharad, ¡tienes que ir! ¡Eres nuestra única opción! −dijo la madre mientras enrollaba un largo pedazo de pergamino y lo colocaba a un lado de la maleta.

−¡Explíquenme un cosa! ¿Cómo quieren que entregue un mensaje si no tengo idea de lo que me están hablando? Además… ¿En qué parte de enöriano viajando le ven lo normal y no misterioso?

−Mira, es ese pergamino −dijo el padre señalando el rollo que la arcana metía mágicamente dentro de la piedra de un collar−. Dentro de él está toda la explicación. Tienes que enseñárselo al gremio y a nadie más que al gremio. Aunque no seas arcana, ¿Sabes cómo sacarlo, no? Dime por favor que ese decreto sí lo sabes, te lo hemos enseñado mil veces.

−Si papá… sí me lo sé. −dijo empezando a resignarse a que, de nuevo, no se enteraría en lo que la estaban metiendo hasta que fuera demasiado tarde para hacer algo.

La arcana murmuró unas palabras en el lenguaje arcano, las mismas que utilizó para meter la carta al collar, para que la gran maleta se metiera dentro de un pequeño anillo.

−Bien… entonces… está listo. −dijo la madre abrochándole el collar dorado alrededor del cuello y entregándole el anillo. Ella lo examinó cuidadosamente y observó que tenía espacio para alguna gema, pero en su lugar tenía un grabado. Sin preguntar la razón de aquella rareza, se lo puso en un dedo de su mano derecha.

−En el collar está la carta y en el anillo tu equipaje. Vas a necesitar el decreto para las dos cosas, no lo olvides. Ve lo más rápido que puedas y allá, con el gremio, te enterarás de todo.  ¡Cuídate mucho por favor!

−¡Una última cosa! −dijo el arcano como si recordara algo que estaba a punto de olvidar. Se acercó a su hija y le puso la mano en el pecho; sobre el collar. Su padre murmuró un par más de palabras arcanas que ella identificó rápidamente como uno de sus decretos. Ella no quería seguir el camino de sus padres, quería ser algo más. Pero siendo hija de arcanos importantes era inevitable que las artes arcanas no fueran parte de su vida diaria.

Sintió un calor proveniente del collar que la envolvía y formaba parte de ella hasta que poco a poco volvió a su temperatura normal. Esto no es normal… nunca había sentido un decreto de este tipo. Pensó preocupándose por lo que estaba sucediendo con su cuerpo. Como reacción, volteó a ver a su padre con una cara de histeria que no necesitó decir nada para que su padre entendiera lo que quería preguntar.

−Es un decreto guardaespaldas, te mantendrá segura hasta que personalmente le entregues el pendiente a alguien más. No importa que saques la carta, el pendiente te seguirá protegiendo mientras lo tengas contigo. Será tu protector para cuando estés fuera de Enör, debí darte uno de estos hace mucho tiempo.

Odiaba lo arcano porque sentía que no era normal, que meterse con los elementos (y la vida) para generar algo o alterar el lugar donde estás no era algo bueno. Si la vida puso las cosas de una manera era por algo y no está en nuestras manos cambiarlo. Mucho menos si atentaba contra el bien de los demás, que al parecer era por lo que la estaban enviando en esta misión, frente a la cual sentía que ella no tenía nada que ver.

 

¿Cómo se supone que voy a llegar a Bleizig? Su voz interior empezaba a interrogarla. Si tuviera uno de los trasportes de los tecnomagos sería maravilloso, pero esos son del reinado. Eso sin contar lo mucho que llamaría la atención si realizaba su viaje en uno de esos, eso claro si pudiera conseguir uno. Sí Eodez estuviera aquí podría ayudarme. Siempre se aparece cuando lo necesito. ¿Dónde estará? Ayer no fue a ver la película con nosotros. Insistió uno de sus pensamientos al no saber qué hacer.

Resignada a usar métodos más rudimentarios al no encontrar ayuda, fue a  sacar un caballo del establo del castillo con la excusa de ir a entregar el mensaje de su madre a un familiar del rey de la otra ciudad. Montó el potro y cabalgó hasta la salida sur de la ciudad donde un guardia la detuvo.

−¿A dónde se dirige señorita?

−A Bleizig a entregar un mensaje de mi madre. −dijo ella con autoridad.

−A muy bien, muy bien, que buena hija −dijo el guardia sarcásticamente− ¿Haga el favor de bajarse del caballo? Hay inspección.

−No es necesario, Oldsey −dijo una voz que Dahlia reconoció al instante−. ¿Qué no ves quién es? Dahlia Dunod, de la familia Dunod… no quieres entretener más a una mensajera del rey, ¿verdad?

−¡Claro que no, señor! –dijo el guardia poniéndose en pose de saludo militar− ¡Discúlpeme!

−¡Gracias Eodez, te debo una! –dijo ella sonriéndole a su amigo. Eodez había sido su mejor amigo desde muy pequeños. El era un humano que trabajaba de mensajero del rey. Cumplía a la perfección con su función, tanto, que meses atrás lo habían nombrado Mensajero Consejero del Reino. Por lo mismo, como salía mucho de la ciudad bajo mandato del rey, todos y cada uno de los guardias de la ciudad lo conocían.

−¡No te preocupes! −dijo Eodez caminando hacia ella–. Recuerda que me…

−¡Ya lo sé! ¡Te debo una comida! No se me olvida. −dijo ella apenada mientras desmontaba su caballo− Te la iba a hacer ayer, pero no te encontramos en ningún lado. Queríamos que fueras con nosotros a ver una película en la nueva sala de los tecnomagos.

Dahlia pensó que él se sonrojaría al escucharla, pero fue totalmente lo contrario. Eodez se puso completamente pálido. Los dos se quedaron callados por un segundo, mirándose a los ojos.

−Lo siento, tuve que salir por órdenes reales. −dijo desviando la mirada−. Pero… cuando regreses… que te vaya bien en Bleizig con el gremio, ¡cuídate mucho!

−¿Sabes lo que haré? Mis papas dijeron que era secreto. −dijo ella sorprendida.

−Soy Mensajero y Consejero, ¿recuerdas? Yo sé todo lo que sucede en esta ciudad. −dijo con una fingida sonrisa que ocultaba lo que en verdad estaba sintiendo en ese momento.

−Si lo sabes todo, ¿por qué no me explicas qué sucede? −dijo ella tratando de sonsacar a su amigo con una mirada tierna y una sonrisa honesta.

−Porque… porque… no puedo. −dijo ahora sí sonrojadísimo.

−Está bien, ¡quédense con sus secretos! −dijo cruzándose de brazos− Total, me voy a terminar enterando después de todo.

−Pues sí… −dijo él sintiéndose mal por ocultarle su propio destino− pero… cuando regreses… ¿me haces de comer?

Una gran carcajada que rompió la tensión que se estaba generando salió de Dahlia.

−Si te importa más que te haga de comer, no debe ser algo tan importante. –dijo ella todavía riéndose− Cuando regrese, sí, con gusto pago mi deuda.

−Bien, que no se te olvide. Mi estómago lo agradecerá. –le dijo abrazándola para despedirse de ella. Junto con el abrazo, un calor similar al que sintió con el hechizo de su papá la envolvió. Nunca supo si era su imaginación, un decreto de bienaventuranza o simplemente la energía de su amigo. Hasta donde sabía, a él tampoco le gustaba mucho lo arcano. Por algo habían sido amigos todos estos años.

−Ve y haz tu propia vida tranquila, lejos de las artes. −le dijo al oído el mensajero a manera de susurro− Hazlo, tú que puedes… Aprovéchalo.

−Pero voy a re… nada, olvídalo. −Dahlia no entendió lo que su amigo quiso decir con eso, sabía que si preguntaba algo podrían sospechar de su misión y prefirió no indagar más, se quedó con la duda, se subió al caballo y partió hacia su destino.  Después de todo su viaje sería sólo por unos días, a su regreso podría preguntarle;  lo que quería en ese momento más que cualquier otra cosa era terminar con todo eso y regresar lo más rápido posible.

Cabalgó toda la tarde pensando en cómo había cambiado su día. Antes de dormir no esperaba salir de su casa más que para regresarle un par de libros a una de sus amigas y disculparse por haber salido corriendo el día anterior después de la película. Ahora estaba en camino a otra ciudad, en un viaje en el que no sabía cuando regresaría a casa.

No estaba segura de haber hecho bien en aceptar algo que parecía ser peligroso sin saber en qué se estaba metiendo, pero en ese momento ya no podía echarse atrás. Sólo podía continuar hacía Bleizig, donde por fin podría enterarse de qué estaba pasando.

Por eso odiaba a los arcanos, siempre tan misteriosos… sus padres solían enviarla a misiones espía sin decirle nada y siempre terminaba enterándose de lo que pasaba cuando todo había sucedido, eso en el mejor de los casos, porque en otras ocasiones simplemente no llegaba a saber en qué se había involucrado. Ella asumía que eso era su castigo por negarse a practicar las artes y a seguir los pasos de sus padres. Aunque realmente no le importaba, le gustaba su ciudad y, gracias a sus misiones, conocía todos y cada uno de los rincones que había por explorar, así que no tenía problema con el trato que daban sus cariñosos padres. Pero esta vez, algo realmente no estaba bien, la habían hecho viajar muy lejos.

 

Avanzó hacia el sur siguiendo el río Annan que, según sus pocos conocimientos y las  indicaciones de sus padres, la llevaría hasta el paso de Bleizig en unas diez horas. “El paso”, como lo solían llamar en su ciudad, era un gran puente natural ubicado al centro del bosque profundo. Este estrecho conectaba a la isla de Bleizig con Angharad siendo la única forma de llegar -por tierra- a la ciudad. Si la suerte estaba de su lado y no llovía, encontraría refugio para pasar la noche en alguno de los árboles del bosque y a la mañana siguiente continuaría el viaje para estar entregando su mensaje por la noche.

Al llegar al bosque continuó siguiendo el río hasta que cruzó el paso de Bleizig y, después de cenar algo de lo que alcanzó a preparar antes de que sus papás la presionaran para que se fuera, decidió acampar en un rincón que formaban un grupo de árboles. Juntó muchas hojas de roble y las amontonó para formar un colchón. Sacó un abrigo grande de su equipaje, lo extendió sobre las hojas y se acostó sobre su improvisada cama.  Se encontraba mirando las estrellas que ahora eran su nuevo techo, lejos, más allá de las nubes.

Y soñó.

Soñó que alguien, un niño, con urgencia insistía en mostrarle una carta que explotaba continuamente en sus manos. Se encontraban los dos sentados en un jardín volador de un lugar donde habitaban gigantes y que le resultaba muy familiar, pero no podía mantener la imagen en su mente el tiempo suficiente para recordarla.

Qué bonitos jardines, quiero visitarlos algún día. Pensó sin darse cuenta que su consciente estaba al tanto y dejó que su sueño continuara.

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