IV · Intangible

Cuando desperté me sentía mucho más ligera, lista para un nuevo día. El estómago me rugía. ¿Quién abrió las cortinas? ¿Habrán preparado el desayuno ya?  Pensaba mientras trataba de abrir los ojos para acceder al mundo que me esperaba fuera de la oscuridad de mis párpados cerrados.

−¡Maldi… −quería maldecir a quien fuera que hubiera abierto las cortinas,  al abrir los ojos y descubrir dónde me encontraba, noté que sería algo inútil.

−¡Estaba acostada boca arriba mirando al cielo a través de las hojas de un árbol! −dijo la voz de Dahlia, sentada frente a los tres alumnos que escuchaban toda su historia en aquella carpa del circo−. ¿Cómo había llegado ahí? Aún no lo sé. Sin moverme, intenté recordar qué había hecho el día anterior, de dónde venía, quién era. Algo que me pudiera decir por qué estaba despertando a la mitad de un bosque, sola y sin el más mínimo indicio de equipaje. Los recuerdos se veían como un vidrio a través de la lluvia sólo parecían apelmazarse unas con otras y formar una madeja confusa en la que mi identidad se reservaba como un gran misterio… ¿Por qué no recordaba de donde venía? Me acordaba de mi casa, de un gran castillo… ¿acaso era una princesa que acaba de escapar del tirano de su padre? No. A mi padre sí que lo recordaba. Era… era… ¿por qué no podía recordarlo? Podía verlo a él, pero no a qué se dedicaba. Vivíamos en el castillo y no era el rey, así que supuse que era algún sirviente del rey. ¿Qué había más allá de ese castillo? Sentía que conocía esa ciudad de pies a cabeza pero no lograba visualizar ni uno de sus lugares más característicos. Sólo niebla que rodeaba al lugar y su mente con todos mis recuerdos.

Levanté uno de mis brazos para tapar el sol y observé que en el dedo anular portaba un anillo de oro con una imagen grabada al centro, ahí donde debería estar una gema, como una especie de escudo familiar o algo por el estilo. –dijo la enoriana enseñando a los tres alumnos la muestra de que el anillo aún descansaba en su dedo-. Lo miré por unos segundos hasta que me percaté que no tenía idea de qué significaba. A mi parecer, lo que le faltaba al anillo era la gema. Seguramente estaba comprometida con alguien y estaba escapando de un matrimonio arreglado y al quedarme dormida a la mitad de la nada unos ladrones se habían llevado mi equipaje y la gema del anillo para venderlas en el pueblo más cercano.

−¡No te creo! −dijo Rheud carcajeándose al escuchar a  la enöriana−. ¡Todo mundo conoce los anillos-equipaje! ¡Es de lo primero que te enseñan en la Torre Arcana!

−Rheud… no todos son arcanos, ¿recuerdas? –dijo Vhan fulminándolo con la mirada; no le gustaba cuando interrumpían una buena historia.

−Ya sé… ya sé… es ridículo, pero en ese momento era la mejor explicación que podía darme a mí misma. −dijo Dahlia apenada− Por lo mismo, necesitaba más evidencias, así que me senté para recargarme en el árbol que había utilizado de almohada durante la noche. Tenía que inspeccionar el lugar con la vista y averiguar si encontraba algo más… necesitaba saber más. Pero no estaba lista para lo que iba a descubrir. Nadie lo hubiera estado. Cuando me di cuenta de esto y me entregué a la desesperación de no saber qué sucedía, fue cuestión de segundos para que la mujer se levantara, examinara su alrededor como si alguien fuera a ponerle un letrero enfrente con la explicación de qué estaba pasando, y saliera corriendo al no encontrar solución.

¿Estaré muerta? ¿Estoy soñando? ¡Ya sé!, los bandidos me mataron para robarse la joya y ahora tengo que vengar mi muerte… ¡bastardos! Tengo que buscar ayuda. Mientras pensaba esto, una imagen pasaba rápidamente por su cabeza, estaba en una misión, una muy importante, tenía que entregar algo en algún lugar. Algo que los bandidos se robaron, le contestó su razón.

La mujer se encaminó dentro del bosque por un par de horas, decidida a buscar la salida y encontrar a alguien que la ayudara. Curiosamente no se sentía tan perdida, su ciudad y todo lo que tiene que ver con ella es lo que estaba en tinieblas pero fuera de ella todo era normal. Sabía que estaba en el bosque profundo que conecta a Bleizig con Angharad, pero, ¿hacia dónde se dirigía, qué hacía ahí, iba de ida o de regreso? Lamentó que sus conocimientos de la isla de Angharad no fueran más allá de fotos y cosas que había leído. Avanzó sin rumbo hasta ver a lo lejos un claro iluminado, alegrándose por tener ante sí un escenario distinto. Con un poco de suerte habrá civilización a la vista, pensó.

−¡Alto! −una agresiva voz la sobresaltó.

Un hombre pelirrojo, joven y fornido que venía vestido de una manera bastante inusual se dirigía a ella. Parecía sacado de algún circo de locos, harapos rojos, amarillos y naranjas amarrados a su cuerpo lo cubrían de pies a cabeza, lucía como si se estuviera quemando y con su cara de niño, el pelo corto, revuelto y un poco húmedo demostraba que no iba a hacer nada para evitarlo. El hombre se acercó hasta que ella lo tuvo de frente. No era mucho más alto que ella, sin embargo, aunque estaba congelada por el susto de verlo, pensó que ayuda era ayuda, aunque proviniera de quien vestía las peores ropas que había visto jamás.

−¿Has visto pasar a un enanito vestido de azul? −le preguntó de manera más amable.

−No, no he visto a nadie por aquí, ¿por qué lo buscas? −preguntó pensando que tal vez sería el ladrón que hurtó sus cosas mientras dormía.

−Se llevó mi ropa mientras me bañaba. ¡En cuanto lo encuentre me las pagará! −le dijo el joven como si le tuviera toda la confianza del mundo− ¿Tú de dónde vienes o a dónde vas?

−Aaam… cómo decirlo… ¿no sé? −dijo tratando de no sonar tan confundida.

−¿Cómo qué no sabes? ¿A dónde ibas? −preguntó él, olvidando que buscaba al enano que había robado sus ropas.

−Creo que a buscar ayuda. Creo que me robaron mi equipaje y la piedra preciosa de mi anillo de compromiso. ¿Crees que sea el mismo ladrón? −dijo ella sintiendo más confianza, la tranquilizaba tener alguien a quien acudir y en su misma situación.

−¿Fenez? −dijo el hombre incrédulo, muerto de risa.− Definitivamente no hablamos de la misma persona. Él se robó mi ropa para jugarme una broma pero no contaba con que tenía el traje del show a la mano para salir a perseguirlo con algo más que una toalla. Si me ayudas a encontrarlo, te ayudo a encontrar a tu ladrón… conozco alguien que puede saber quién lo hizo.

−¡De acuerdo! −dijo ella muy animada acercándose a él. Por lo menos ya tenía una pista sobre su situación actual. No estaba muerta−. Por cierto, Dahlia Dunod. ¡Mucho gusto!

−Bramms Fewenbrun, el gusto es mío. –dijo el joven con una reverencia en un intento más de parecer cortés.

Justo cuando estaba levantándose un pequeño ser  que gritaba algo  que sonaba  a un rugido le brincó encima al cirquero, cayendo sobre su espalda. Del impulso, el joven de fuego, tratando de no caerse, avanzó unos cuantos pasos. En ese momento estaba más preocupado por no hacerle daño a la chica que por averiguar qué era lo que traía encima. Sabía que Fenez, el enano que buscaba, sin duda le había brincado encima para tomarlo por sorpresa. Así, no caerle a ella encima tenía más prioridad que resolver el ataque “sorpresa”.

El choque era ineludible si ella no se hacía a un lado, pero Dahlia no parecía tener la intención de moverse, su cara indicaba que todavía no digería lo que acaba de suceder. De esa manera, Bramms cerró los ojos resignándose a lo inevitable y segundos después se descubrió a sí mismo probando el sabor a tierra del suelo detrás de la chica.

Al abrir los ojos vio a la mujer a una distancia que en otras circunstancias estaría parada sobre él, pero no en ésta.

−¿¡Qué eres!? −preguntó Bramms a la defensiva− ¿Por qué tengo tus piernas atravesando mi estómago como si no estuvieras aquí?

La mujer, en pánico, brincó hacia un lado. Sin saber qué decir, sólo palideció haciendo su piel azul grisácea aún más blanca de lo que ya de por sí era y agitó la cabeza a los lados tratando de decir que no sabía.

−¿Qué carajos mujer? ¡Habla! ¿Estás viva al menos? −el pequeño enano preguntó de una manera mucho más ruda que su compañero−. Eh, Bramms, ¿de dónde la sacaste?

−¡De ningún lado! Aquí estaba cuando llegué. Yo venía corriendo, buscándote, cuando la encontré y me dijo que necesitaba ayuda y pues… me detuve. −se excusó Bramms despreocupadamente.

−¡Oigan! No hablen de mí como si fuera una cosa. Aquí estoy, ¿saben? −dijo bastante molesta.

−Pues… si no puedo tocarte, para mí no estás aquí. –masculló el enano cruzado de brazos.

−Sí… lo sé… −su coraje se transformó en frustración, lo que el enano decía tenía razón o, al menos, tenía lógica–. Desperté en este bosque hace unas horas, sin equipaje y con este anillo que no recuerdo haber obtenido. ¿Se ve caro, no? Yo digo que es de compromiso o algo por el estilo.

El enano se acercó a ver más el anillo y volteó a ver a su compañero con la sonrisa que uno pone cuando descubre que la persona con la que discute está en un gran error.

−Eh Bramms, se parece al anillo de la vieja loca, ¿no? −dijo jalándolo del brazo para que lo viera más de cerca.

−¡Mira, es cierto!, Es como el que trae puesto siempre que viajamos, ¿verdad? −preguntó interesado. El enano no podía imaginarse a la adivina con pareja, mucho menos comprometida en matrimonio.

−¿Qué? ¿Qué pasa? Yo no quiero tener nada que ver con una vieja loca. −aquellos dos le estaban empeorando su situación. Miró de nuevo el anillo y como si fuera magia, había perdido su brillo. A sus ojos ahora era horrible y desgastado. El enano instantáneamente se carcajeó con el comentario. Bramms estuvo a punto de hacerlo, pero por respeto intentó mantener la seriedad.

−¿Cómo explicarte? −dijo el joven que asemejaba al fuego− Fenez y yo somos parte de un circo ambulante. Anoche nos instalamos fuera de este bosque para descansar. Venimos de Bleizig, mi ciudad natal y hoy estamos a punto de partir hacia el pueblo de Wynn.  La persona que dije que podría ayudarte es parte del circo también, de hecho, es una de los fundadores.

−¡La vieja loca de seguro! −interrumpió el enano.

−¡Fenez! ¡Déjame acabar! −gruño Bramms antes de disculparse con Dahlia− No es ninguna vieja loca. Es una mujer que ha guiado al circo desde que la conozco, incluso desde antes. Las decisiones sobre a dónde vamos o de qué tratará el espectáculo de la próxima gira, casi siempre dependen de sus augurios. La conozco desde hace años, pero soy nuevo integrante en el circo. Se dice que ella, a partir de una predicción, le dijo al director que fundaran el circo, pero a veces sus vaticinios son bastante incoherentes. Sabe lo que podría pasar, pero no sabe cómo sucederá. Es como si pudiera leerte más allá de tu presente, hasta el fondo de tu ser y ver cómo el Éter está moviéndose para ayudarte de alguna manera. Pero cómo tomes lo que el Éter te está tratando de decir, esa ya es tu decisión… no es algo que esté escrito y que así deba suceder inevitablemente.

−Y bien, ¿qué dices? −añadió después de unos segundos de silencio por parte de la mujer.

Algo dentro de ella le decía que dijera que no, que lo que sea que hiciera la mujer que los guiaba, estaba fuera del orden natural de las cosas y con eso no debía meterse. Pero por otro lado… las cosas ya están bastante fuera del orden así que…  Pensó mirando al hombre de fuego a los ojos como si en ellos estuviera la respuesta.

−Pues… ya encontramos a quien buscabas, ¿podrías llevarme con ella? −dijo ella tímidamente ignorando al enano por completo. Él sin dudarlo asintió y enseguida se encaminaron hacia el circo.

−¡Eh pigmeo! ¿Y mi ropa? −Bramms rompió el silencio de la caminata.

−No sé de qué hablas. −contestó burlonamente.

−Sabes perfectamente, la que estaba fuera del baño. −dijo molesto de que siguiera con su ya gastada broma.

−¡Aaaaah! ¿La que Kalia se llevó a que la lavaran? −habló como si le hubieran preguntado la cosa más obvia del mundo−. Se está lavando.

−¿Crees que te voy a creer? ¿Qué hacías en el bosque entonces? –interrogó Bramms dándole un coscorrón. Los enanos muchas veces habían bromeado con la ropa de quien fuera que se estuviera bañando, no estaba dispuesto a caer en su broma una vez más.

−Te estaba buscando, me mandaron a encontrarte porque nadie sabía dónde estabas y ya todos se quieren ir. Si no me crees, ve a averiguarlo por ti mismo. −dijo señalando a la caravana del circo, que se veía lista para partir a pocos metros de distancia.

−¡Más te vale Fenez Krod! −le gritó mientras el enano se alejaba de ellos para subirse al último de un grupo de vehículos que sobrevolaban la superficie del suelo. Eran rectángulos largos cubiertos con un diseño un tanto rebuscado, lucían garigolas y pequeñas ventanas ordenadas en fila. Cinco de ellos, uno detrás de otro, con un vehículo más pequeño al frente.  Todos conectados entre sí para poder tener acceso a cualquiera de los vagones mientras sobrevolaban la superficie por donde avanzaba.

El primero, más pequeño que los demás pero para nada chico, mostraba todo su interior para que nada estorbara la vista de quienes conducían la caravana. Había una gran mesa en el centro en la que, bien acomodados, cabían todos los miembros del circo.  Dos personas discutían intensamente dentro de él.

−Ahora vengo, tengo que avisar que llegamos, espera aquí un par de segundos. −dijo Bramms corriendo a separar a los inquilinos que discutían en la cabecera del vehículo

−¡Ya debería haber llegado! En serio que a veces no entiendo toda tu palabrería. No hay mujer, no hubo niebla en toda la noche y no nos podemos ir porque Bramms nos hace falta. −un hombre de edad madura le reclamaba a la mujer que se encontraba con él−. Y para colmo, ahora vamos con medio día de retraso ¡POR NADA!

−¿Por nada? Yo no estaría tan segura… −se defendió la mujer de piel morena mirando a los dos recién llegados con una sonrisa de victoria. No apartó la mirada de la enöriana hasta que Bramms estuvo frente a ellos y empezó a hablar.

Desde lejos Dahlia veía cómo la señalaban y la volteaban a ver mientras platicaban con Bramms, claramente estaban hablando de ella. Los nervios empezaban a comérsela viva. ¿Si no la escuchaban, qué haría? Conforme pasaba el tiempo, la mirada de la mujer era más y más pesada, su energía paseaba dentro de ella como el viento que transita una casa vacía.

¿Sabes quién eres? Escuchó en su cabeza la voz de la mujer.

−Dah… Dahlia Dunod. –respondió inconscientemente en voz alta.

¿Y qué te trae aquí, Dahlia Dunod?

−No… no sé nada. −empezaba a sentirse mal, todos le preguntaban lo que ella quería saber. ¿De qué les sirven las artes, si no pueden ayudarme? Pensó empezando a perder la fe en que llegaría a saber de dónde venía.

¿Ayudarte a qué? Estoy en tu mente, ¿recuerdas? Puedo escucharte. No pierdas la fe, la necesitas para tu papel. Ven y viaja con nosotros. Nos encargaremos de lo que sea que te preocupe.

Al terminar lo que estaba diciendo, la mujer salió de la mente de Dahlia para hablar con los que tenía a su alrededor. Aquel circo de locos realmente estaba resultando ser bastante… de locos.

Los tres se encontraban viéndola, haciéndole señas, esperando que caminara hacia ellos para poder partir.

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