IX · Admisión doble

El circo estaba a oscuras, poca gente transitaba por los pasillos del carnaval nocturno aunque la fiesta todavía seguía en el foro de la entrada. Las carpas estaban en su mayoría cerradas, pero una lucecita salía de una de ellas, como si no se hubiera dado cuenta que la fiesta se había movido de lugar. Dahlia había estado contándole su historia al trío de estudiantes durante la noche.  Para ellos, la fiesta estaba en sus palabras más que en lo que sucediera fuera.

−Quiero suponer que Ellioth sí llegó, ¿no? −dijo el pelirrojo que se hacía llamar Rheud.

−Claro que sí, si no hubiera llegado, ¿cómo es que tenemos esto?, menso. −le contestó Aven levantando su cartel antes de que Dahlia pudiera contestar algo, aunque la interrupción le causó mucha gracia.

−Sí, sí llegó… −dijo Dahlia intentando aguantarse la risa.

−Y ¿qué sucedió? –preguntó Aven impaciente.

−¡A eso voy! ¡Espérame! –dijo sin aguantarse la carcajada.

 

Al día siguiente día el pintor llegó temprano por la mañana, minutos antes de que empezara el ensayo general. Los directores apenas tuvieron tiempo de darse cuenta que había llegado, a gritos desde el otro extremo del escenario le sugirieron tomara asiento en las gradas y prometieron que después del ensayo lo atenderían. El hombre, todavía aturdido por la larga noche que había pasado modificando la copia de la pintura, sólo contestó que sí con la cabeza, se sentó en la tercera fila para apreciar el espectáculo y dejó el cartel enrollado a su derecha.

Al pintor no le importó un ápice tener que esperar, desde el día anterior tenía la intención de quedarse a ver de qué trataba la obra que su pintura anunciaría. Las luces se apagaron y él se sumergió en el pequeño mundo de Iseldis. La acompañó embelezado a pedirle ayuda a los espíritus, odio con ella al villano de fuego y lloró junto a Tallod su pérdida. A pesar de los errores cometidos, como sucede en todo primer ensayo, Ellioth disfrutó mucho el espectáculo particular que acababa de presenciar. Le gustó tanto que hasta había olvidado a qué había ido al circo. Las luces se apagaron una vez más después de que el malabarista y su amada intentan abrazarse sin conseguirlo y poco después, salieron la adivina y el director al escenario. Esta vez no iban a interpretar ninguna escena, se dirigían hacia él.

−Y bien, ¿Qué te pareció? −dijo el director apenado− Todavía tiene muchos detalles que corregir, pero puedes presumir que eres el primero en ver la obra completa.

−¡Me encantó! la última parte es impresionante. −dijo sin separar la mirada del escenario vacío. −¿El domador de fuego es un Bleizen, verdad? ¿Cómo es que ella puede hacer que nada la toque?

−Sí, Bramms lo es; sobre ella, no lo sabemos aún −dijo la adivina sentándose a su lado− Ni ella lo sabe, pero lo ve como una maldición. Oye… ¿Traes el cartel?

−¡Ah! Sí, ¡claro! −dijo buscando el rollo de papel que había dejado a su lado desde que empezó la función. Lo había puesto a su derecha sin duda alguna, ¿por qué no  lo veía? Miró hacia donde estaban sus pies y se asomó entre las gradas  para alcanzar a ver al suelo sobre el que estaba montada la carpa, nada. De alguna manera el cartel había logrado desaparecer de la vista humana.

La adivina lo observaba esperando respuesta. Lo había visto cargando el cartel cuando llegó, así que éste no podía estar muy lejos. El director sin embargo se empezó a desesperar.

−¿Pasa algo, amigo? −preguntó el director agachándose para estar a la altura de sus ojos que buscaban sobre el suelo− ¿Acaso lo perdiste?

−No… tiene que estar por aquí. −dijo el pintor incorporándose nervioso− Lo dejé aquí a mi lado cuando empezó la función, lo juro. Nadie se me acercó y nadie entró. No puede haber desaparecido.

−Creo que yo sé donde está. −dijo Voriana mirando hacia la cortina que separa  el escenario de los vestidores− Esperen un momento, ahora regreso.

 

Para cuando la adivina desapareció detrás de la cortina del otro lado del escenario, el silencio aún acompañaba al director y al pintor. Ambos se encontraban nerviosos por el contratiempo.

−Y… que…. ¿qué te trae a Wynn, joven Ellioth? −dijo el director, pasando saliva en un intento desesperado de romper el hielo que empezaba a tornarse incómodo.

El pintor, que en ese momento miraba fuera de la carpa, se sobresaltó al escuchar la voz del director y por el susto, no entendió lo que éste le acababa de decir.

−Pe… perdón. No lo escuché −dijo aún más nervioso por el susto.

−¿Pues dónde anda tu mente? ¡No te asustes! −dijo el director carcajeándose a todo volumen.

−Que pena, perdón. Es que… no sé donde quedó. Me gustó tanto su obra que olvidé la existencia del cartel, estaba tan embobado que pudo haber venido un dragón y comérselo y yo no me hubiera enterado. –dijo el pintor tan apenado que si pudiera escoger donde estar, en ese momento se escondería en un hoyo profundo.

−No te preocupes, tiene que aparecer. Te había preguntado que qué hacías en Wynn. Tengo entendido que vivías en Lienns, ¿no? −dijo Karad sentándose donde se supone que estaba el cartel y apoyando su brazo sobre el hombro del pintor.

−Es una larga historia, ¿seguro que quieres escucharla? –dijo Ellioth con muy poco entusiasmo.

−Sólo si tú quieres contarla −le respondió el director del circo amablemente.

−Pues… sí quiero… pero… ¿No deberíamos estar buscando a quien se llevó el cartel? −preguntó extrañado. Pensaba que era más importante encontrar al culpable que contar una historia que tardaría un par de horas en ser escuchada, pero Karad se veía tan tranquilo que daban ganas de hablar con él.

−Entonces cuéntamela, si Voriana dijo que ella sabía, deja que ella lo resuelva. Yo también estoy casi seguro de saber quién fue y puedo casi asegurarte que el cartel volverá a nuestras manos en un rato sin tener que ir a buscarlo.

 

La adivina había entrado en la pequeña carpa detrás del escenario donde regularmente los participantes esperaban su turno para salir a escena, iba a paso rápido en busca del culpable. Los integrantes del circo habían ido a descansar después del exhaustivo ensayo. Era la primera vez que lo actuaban completo como si fuera una función normal. En el cuarto sólo quedaban Bramms, Tallod y Dahlia. El cuerpo de Bramms todavía ardía, aunque ya era posible percibir su forma humana de nuevo. Regresar a estado normal siempre tardaba un poco más de lo que él quisiera.

Tallod estaba sin camisa, recostado sobre una banca, no estaba acostumbrado a hacer malabares con fuego, menos con el fuego arcano de Bramms, pero se sentía satisfecho de lo que había logrado después de todo. Dahlia estaba sentada entre los dos.

A primera vista se podía decir que estaban teniendo una plática amena, ya que con todo y cansancio, los tres se veían alegres. Al ver a Voriana entrar de manera tan brusca, su sonrisa se convirtió en nerviosismo. Dahlia se alteró tanto que perdió la concentración inconsciente que la dejaba sentarse sobre superficies más arriba del suelo y terminó sentada en la tierra con la banca atravesándole el pecho.

−¿Todo bien? −preguntó Tallod mirando a la adivina de reojo sin levantarse.

−No −dijo Voriana cortantemente− Alguien se robó el cartel.

−¿Cómo? ¿Quién? ¿Cuándo? −preguntó Bramms sorprendido tratando de no reírse por el accidente de Dahlia− ¿Tenemos algún sospechoso?

−El mismo de siempre −dijo una vez más con prisa− ¿Donde están Fennez y sus cómplices?

−Yo no los vi cuando regresé a la carpa −dijo Tallod incorporándose con toda la flojera del mundo encima.

−Yo tampoco −dijo Bramms volteando a ver a Dahlia que para ese entonces ya se encontraba de pie con la cara roja de vergüenza.

−Yo… yo… yo tampoco los vi… −dijo la enöriana asustada.

−Mi niña, ¿Por qué estás tan asustada? −dijo la adivina más amablemente acercándose a ella− ¿Pasa algo?

Cuando la adivina hablaba en ese tono tan suave, siempre tranquilizaba a Dahlia. Sentía que por más horrible que fuera lo que la agobiara, podía recobrar la paz.

−No, no pasa nada −dijo escondiendo su sonrojado rostro− es que… pensé… que nos ibas a regañar. Tallod nos estaba contando como los regañaron a todos un día que tuvieron un pésimo ensayo. Y… pues… como yo me equivoqué mucho en éste y… ¡perdón!

Al escuchar a la chica de piel azul grisácea, Voriana no pudo más que sentirse conmovida y reírse a causa de su inocencia.

−No puedo regañarte cuando es la primera vez que actúas. No es nada que no se pueda corregir, sólo es cuestión de práctica. −dijo mirándola a los ojos para después voltear hacia sus dos compañeros. En cuanto a ustedes dos…

Los dos se pusieron más pálidos que la misma leche y se voltearon a ver buscando una salvación. Que se haya detenido a pensar lo que diría no significaba nada bueno.

−Gracias por apoyarla, se que tú también acabas de llegar al circo como integrante Bramms, pero ya has trabajado conmigo antes. Para ser el primer ensayo, lo hicieron muy bien todos. −dijo la adivina con una cara de malicia que denotaba cuanto había disfrutado el susto que les acababa de dar− Ahora… ¿pueden ayudarme a buscar a los enanos? Fenez tiene el cartel.

−¡Claro! −dijeron los tres al unísono aliviados por no merecer regaño alguno.

−¿Está Ellioth afuera? −preguntó Dahlia mirando hacia el escenario y tratando de no demostrar demasiado interés

−Sí, no se puede ir hasta que sepamos qué sucederá con el cartel, lo dejé platicando con Karad. −respondió la adivina que ya estaba a punto de salir por el otro lado de la carpa hacía los camerinos− Apúrense, los espero aquí afuera.

Cuando la adivina salió, los tres se quedaron viendo en silencio. De  repente una sonrisa se empezó a dibujar en sus rostros y Bramms fue el primero en carcajearse.

−¡Hubieras visto tu cara Dahlia! Jamás había visto a alguien tan asustado. −dijo el chico de fuego riéndose mientras revisaba si tenía todo listo para salir.

−Pues… ustedes no se quedaron tan atrás, ¿eh? −respondió mirándolos acusadoramente y siguiendo la broma.

−Como sea… −añadió Tallod en seco, vamos afuera, nos están esperando.

−Que genio… −le susurró Dahlia a Bramms mientras se encaminaban, miró hacia el otro lado de la carpa, el escenario donde el pintor se encontraba con Karad− Oye, ¿por qué está tan segura que Fenez tiene el cartel?

−¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo lo buscaba porque se había robado mi ropa. −dijo Bramms sintiéndose una autoridad en el tema− Esos enanos siempre se roban lo nuevo, cualquier cosa que consideren incidirá en su trabajo, y no lo regresan hasta que estén convencidos de que es conveniente que forme parte del circo.

−Y… ¿por qué nunca me han robado nada a mí? −preguntó intrigada.

−Pues… supongo que porque no pueden tocarte. A mí me robaron la ropa por tres días seguidos. Por eso, el día que nos conocimos me viste con el traje de la función, ya lo tenía preparado por si lo volvían a hacer, los días anteriores tuve que salir a buscarlos enredado en una toalla.

La enöriana no pudo más que reírse de lo que acababa de oír, escuchar ese lado de la historia la hacía sentirse ridícula al recordar que pensó que había sido atacada por ladrones.

−¿Qué hacen? ¡Vénganse ya! −gritó Tallod desde la entrada de la carpa.

−Vamos, antes de que el genio se enoje más, y éste no es precisamente el tipo de genios que cumple deseos. −dijo Bramms riéndose de su propio mal chiste.

Empezaron buscando por los camerinos, nadie había visto a los enanos por ningún lado, era como si justo después de la función se hubieran hecho uno con la tierra. Dahlia, Bramms y Tallod iban siguiendo a la apresurada Voriana por las afueras del pueblo, pasaron de largo por el parque donde habían comido el día anterior, transitaron por calles y callejones sin rumbo determinado y sin inspeccionar los alrededores. Cada vez se internaban más en el pueblo, y la manera en que eran conducidos carecía de sentido a los ojos de Dahlia, quien comenzó a inquietarse, pues consideraba que si estaban buscando a alguien, deberían ir fijándose bien en el camino, no correr aturdidos hacía  ningún lado.

Según la adivina, los culpables estarían en algún lugar donde pudieran evaluar entre todos el cartel. Tenían una tendencia de creer que el gusto enano era  el parámetro de lo que agrada al mundo entero, razón por la cual solían robar las cosas nuevas y ponerles de su propia cosecha. Por lo mismo, Voriana tenía prisa de encontrarlos, temía que hicieran de las suyas con el cartel.

−Alto −dijo de repente la adivina cuando se encontraban en un lugar que a Dahlia le pareció familiar. A lo lejos, detrás de un montón de árboles, pudo ver la casa del pintor.

−¿Qué pasa? −dijo Tallod queriendo escuchar la razón por la que se habían detenido a la mitad de la nada.

−Tenemos que regresar −dijo la adivina dándose media vuelta.

−¿Qué? −demandó respuesta Bramms− Pero no los hemos encontrado.

La adivina volteó a verlo sin detenerse, le guiño un ojo y sonrió haciendo una seña con la mano indicándole que estaba en un error.

−Te equivocas. −dijo parándose media cuadra después, frente a una cabaña abandonada construida a desnivel sobre una plataforma de madera que la separaba de la tierra firme, unas escaleras se elevaban hasta el pequeño recibidor que indicaba que en algún momento, esa casa había tenido una puerta donde ahora sólo estaba el hueco que permitía ver su interior.

−Dahlia, ¿podrías hacerme el favor? −dijo señalando al interior de la casa.

−De… ¿de qué? −realmente no entendía lo que estaba sucediendo. ¿Qué no íbamos a regresar?

−Te gusta el pintor, ¿no? −dijo Voriana en un tono burlón− Si rescatas el cartel, él te lo agradecerá mucho.

−Pero… pero… ¡él está buscando a su mujer! −dijo sintiéndose descubierta de algo que ni ella estaba segura.

−¿Y eso cómo te impide ayudarle? −dijo ella cruzada de brazos, sintiéndose victoriosa porque su treta había funcionado.

−Pe… este…. ¡Aaaah! −la enöriana se dirigió indignada hacia la morada en ruinas, pensó que se parecía mucho a la del pintor, pero vacía, sucia y oscura. Por algún motivo, le daba miedo entrar, no sabía por qué, pero se tranquilizó cuando recapacitó que realmente no le podría suceder nada ahí dentro, era intocable.

−¡Dahlia! −escuchó gritar a la adivina. Al voltear, vio que con la mano le decía que no y después señalaba hacia abajo. Bajo el piso, ahí es donde están, escuchó en su mente.

Resignándose a no saber qué le esperaba, miró el piso de madera que la sostenía a casi metro y medio del suelo, suspiró y se dejó caer aprovechando su habilidad. Tuvo que agacharse pues sus ojos seguían mirando el mismo piso de madera, sólo que ahora su perspectiva era a no más de quince centímetros de distancia.

La oscuridad debajo de la cabaña era intensa, de no ser por las sutiles líneas de luz opaca que dejaban pasar los tablones del techo y por un punto de luz que alcanzó a ver a cierta distancia, podría decir que estaba completamente ciega. Al acercarse, la luz resultó ser una lámpara de mano y pudo reconocer a los enanos en seguida. Kalia portaba la lámpara, tres de los hombres y dos de las mujeres rodeaban a Fenez quien, efectivamente, tenía el cartel en las manos. Se preguntó cómo habían llegado hasta ahí, por dónde habían entrado, nada indicaba que hubiera una puerta de acceso, una salida.

−Oigan chicos… necesitamos que nos regresen eso. −dijo Dahlia en voz alta  parándose atrás de Fenez.

−Aaaaagh… −el enano volteó con la peor cara de fastidio que pudo expresar−. ¿Por qué siempre tiene que mandar a alguien? dile a la vieja loca que se espere, ya casi acabamos con esto.

−Eemmm… Creo que lo que quiere es que no le hagan nada al cartel. –dijo tratando de quitárselos de las manos.

−Muy tarde intrusa, ya le hicimos lo nuestro. −dijo uno de los hermanos.

−¡Tenez! -Le gritó el Fenez− ¡No seas grosero!

−Pero… ¡no la hemos inspeccionado! Es una intrusa hasta que…

−¡Basta! −gritó Fenez claramente molesto− Si tanto quieren saber de ella… aquí está, no necesitamos tomarle prestado nada, la tenemos aquí sólo para nosotros, pregúntenle lo que quieran hasta sentirse satisfechos.

¿Qué clase de mafia son estas personas? Pensó Dahlia paralizada por lo imponente que sonaba Fenez enojado. ¿O más bien… qué creen que son?

−¿Por qué? −dijo la enana que sostenía la lámpara− ¿Porqué eres la única que sale en el cartel?

−No… no soy yo. −dijo Dahlia un poco nerviosa por no saber qué contestar− Fíjense bien y notarán las diferencias.

Era un poco difícil ver la imagen bajo aquella lámpara que apenas iluminaba alrededor de ellos y aún más difícil con todos los rayones y anotaciones que los enanos habían hecho sobre él.  Detrás del retrato de la mujer a la que el pintor buscaba salían unos garabatos que ella quiso creer eran los demás integrantes de la obra. Los enanos discutían viendo el cartel y volteando a verla una y otra vez. Parecía una discusión sin sentido en la que todos hablaban al mismo tiempo y nadie escuchaba lo que decían, pero en cierto punto, todos dijeron sí al mismo tiempo y voltearon a ver a la enöriana.

−Y entonces… ¿por qué habrían de poner a una mujer que no pertenece al circo? −dijo el enano que había sido escogido para hacer la siguiente pregunta. Dahlia no sabía qué contestarle, por un lado sabía que la verdad no los convencería, además, si lo que Bramms le había dicho era verdad, ¿de qué le servía al circo la imagen de alguien ajeno a la obra? Por otro lado, no sabía siquiera quién era esa mujer.

−Ella es la verdadera Iseldis −dijo tratando de sonar lo más convincente que sus nervios la dejaban aparentar.

La discusión se volvió a soltar entre los enanos, Dahlia estaba segura que el palabrerío se podía escuchar hasta afuera, aunque no hacía mucha diferencia estar cerca o lejos, pues hablan simultáneamente y tan rápido que resultaba imposible entender lo que estaban diciendo. En eso, todos se quedaron en silencio al unísono viéndose las caras unos a otros, finalmente Menez habló:

−Si es así… ¿Por qué no la usamos a ella en la obra?

−Porque no sabemos dónde está. Queremos encontrarla con la ayuda de ese cartel. −dijo la enöriana satisfecha de cómo había resuelto las cosas.

La habladuría de los enanos volvió a sonar. Dahlia quiso interrumpirlos, se estaba impacientando por estar agachada en ese encerrado lugar y si les daba rienda suelta quien sabe hasta a qué horas la dejarían salir. Notó que sus intentos eran inútiles, aunque volteaban a verla continuamente, no tomarían en cuenta lo que dijera hasta que terminaran de discutir y acordaran lo que dirían a continuación. Así, Dahlia decidió salir esperando que siguieran ignorándola. Cuando se dio media vuelta dejó de percibir las voces de los enanos, pero al dar el primer, escuchó a Fenez dirigirse a ella, sin importar que les estuviera dando la espalda.

−Dahlia, ¿podrías decirle a Voriana que en un minuto salimos? Sólo tenemos que arreglar esto. ¿Sí?

−Seguro. −dijo Dahlia sin darse vuelta para contestarles− Pero no se tarden, está un poco enojada.

−Seguro −respondió Fenez sin más.

 

La adivina vio salir a su casi hija por una de las paredes de aquella pequeña fortaleza. La enöriana avanzó hacia ellos desorientada, salir de la oscuridad a la luz de día fue casi como si la golpearan.

−¿Qué pasó mi niña, los encontraste? −dijo estirando la mano esperando ver el cartel, por los nervios, parecía haber olvidado que Dahlia estaba imposibilitada para cargarlo.

−Sí, te mandan decir que salen en un minuto. −dijo la enöriana sobándose la cabeza. −que tenían que arreglar algo.

−¿Y el cartel? −preguntó la adivina intrigada y molesta− Lo echaron a perder, ¿verdad?

−E… Están un poco inconformes porque según ellos sólo salgo “yo” −dijo más preocupada por los enanos que por el cartel.

Si ya de por sí la adivina se veía peligrosa cuando estaba molesta, ahora que una luz roja brotaba de sus puños cerrados resultaba mucho más atemorizante. Voriana dirigió sus brazos con fuerza hacía la cabaña y la energía roja de su sus manos se extendió hasta impactar y destruir la pared de la fortaleza, dejando ver a los enanos que estaban siendo atraídos hacía la arcana  como metales a un  imán.

Los enanos cayeron como bultos inertes al suelo frente a ellos, todos tenían la misma cara que Bramms, Tallod y Dahlia habían puesto cuando entró Voriana a la carpa. Pero ellos si tenían una verdadera razón para tener miedo.

−Denme el cartel, ¡AHORA! −dijo Voriana con una voz ronca, fuerte e imponente que Dahlia pensó era obra de las artes arcanas, pues era opuesta a la voz tranquilizante que regularmente la caracterizaba.

Entre todos los enanos empujaron a Fenez frente a la adivina, usándolo de escudo y permitiendo cobardemente que él recibiera todo el regaño, ante ella no se atrevían a jugar a ser una mafia como lo hacían en la oscuridad. Fenez extendió las manos dejando ver el cartel arrugado, la adivina al ver el estado en el que se encontraba, se lo arrebató de las manos sin pensarlo dos veces.

El cartel mostraba el retrato la mujer con el letrero de Iseldis y la información que la adivina le había pedido al pintor. Pequeñas manchas grises sin forma invadían la imagen, dejando ver que habían intentado ser borradas. La adivina respiró profundo, se tranquilizó y enrolló el cartel.

−Se va a quedar como estaba quieran o no. −dijo la adivina con su voz de costumbre.

−Sí, así se quedará… perdón −dijo Fenez poniéndose de pie junto con los demás enanos− y estamos dispuestos hacer lo que sea necesario para encontrar a la verdadera Iseldis, sabes que estamos a tus ordenes.

−Sí, sí… váyanse al circo, ya −dijo la adivina tapándose los ojos− Y discúlpense con Ellioth cuando lleguen. Si no lo hacen, no cenarán ni migajas de pan.

 

Los enanos corrieron de regreso al circo antes de que la adivina cambiara de opinión. Sabían que nunca se atrevería a hacerle daño a uno de los suyos, pero esta vez estaba tan enojada que no querían quedarse a averiguar si sería la primera vez.

−Así que la verdadera Iseldis, ¿eh? −dijo mirando de reojo a Dahlia esperando una explicación, sino certera, al menos interesante.

−Es lo único que se me ocurrió decirles cuando me preguntaron quién era ella. Perdón si hice mal. –susurró Dahlia sin saber qué más decir.

−¡Al contrario! No te disculpes, tal parece que los convenciste de que el cartel está bien sin sus modificaciones, no te imaginas el problema que es convencerlos de cualquier cosa. −dijo la adivina sonriendo mucho más relajada− ¡Muchas gracias!

 

El regreso al circo fue tranquilo. No hubo palabras entre quienes retornaban al lugar que podían llamar casa, el stress había desaparecido, pero quedaba por saber si Ellioth podría arreglar  el cartel.

Al llegar, encontraron al pintor y a Karad justo donde los habían dejado. Voriana se disculpó en nombre de todos y le contó todo lo sucedido. No quería ser una molestia, pero el cartel tal cual estaba ahora no les serviría de mucho. Hubiera podido arreglarlo a la manera arcana, pero Voriana prefería que el pintor lo hiciera con sus propias manos. Ellioth estaba muerto de risa al ver las borrosas manchas que los enanos habían hecho y accedió a darles una nueva copia.

−¿Seguro que no es mucho problema? −preguntó el director todavía impresionado por la historia que había escuchado mientras los demás buscaban a Fenez y compañía.

Tener a todos a su alrededor hacía sentir al pintor como si estuviera en familia. La larga plática que había tenido con Karad le había servido mucho para expresar cosas de sí mismo que tenían mucho tiempo queriendo salir. Quería hacerlos sentir tan bienvenidos como ellos le habían hecho sentir a él.

−No es ningún problema, lo puedo hacer en un par de horas −dijo el pintor viéndolos a todos reunidos− pero quiero que vayan a cenar a mi casa esta noche.

−¿Qué piensan? −dijo Voriana viendo a los demás.

Un largo silencio que nadie se atrevía a romper tensó el ambiente

−Pues… yo muero de hambre. −dijo Bramms, rascándose la cabeza, lo que provocó que todos rieran estrepitosamente.

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