La alcaldesa

La Merced es un pequeño pueblo. Uno pensaría que siendo así gobernarlo sería más fácil. Más que pueblo, lo veo como una gran familia; sanguínea, adoptiva, espiritual y como casi todas: disfuncional.

He vivido aquí toda mi vida. Conozco su historia, la historia de todos sus habitantes y las razones por las que mi tatarabuela llegó a construir la primera casa. Sus calles son como mis manos: sé manejarlas, sé qué arteria me va a llevar a donde y hasta donde llega su alcance.

También sé que la seguridad se acaba donde el bosque empieza. Ahí no hay calles, no hay direcciones, no hay a quién acudir si te sientes perdido.

Coincidentemente, parece ser que soy la única que prefiere resguardarse en la seguridad de sus manos. He perdido a mucha gente en el horizonte. Mi padre se metió al bosque y nunca volvió, a quienes llamaba amigos en mi niñez y adolescencia el bosque los transformó en recuerdos y anécdotas, también trajo al que fue mi esposo y de la misma manera se lo llevó. Mi hijo tiene el fanatismo de internarse en él y volver hecho un harapo, mi hermana fundó a los portadores del quinqué; viajeros que cruzan  el bosque y regresan llenos de provisiones que mantienen vivo al pueblo. Eso se lo agradezco. Pero no quita el temor constante de que algún día no volverán. O peor, que lo harán, sin vida. No debería escribir esto, ya sé, escomo ir a tocarle la puerta a la desgracia y servirle una taza de té.

Pero no puedo evitarlo.

Y tampoco puedo evitar que salgan, la imposición y la tiranía no son lo mío. Un cachito de mi propia paz mental a cambio de su felicidad es un cambio justo, supongo.

–Nunca ha pasado nada, señora alcaldesa –me ha dicho el panadero incontables veces.

–Existen miles de mundos allá en el horizonte, me sorprende que particularmente a usted le aterre viajar –dijo el bibliotecario hace unos días al entregarme mis nuevos libros.

–A veces es bueno estar rodeado de más árboles que personas –me dijo el maestro de la escuela esta tarde que nos encontramos en la plaza principal–, aprenda a estar sola y deje que el bosque la acompañe.

No necesito aprender. Ya estoy sola aquí en el pueblo, acompañada de mi opinión que al parecer no comparto con nadie.

El bosque es peligroso.

No se puede estar más sola que cuando se está rodeada de puras diferencias.

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