La amiga, la escoba y el silencio

Zarzamora despertó de golpe, como en caída libre. Estaba molesta, confundida, cansada y sin saber qué pensar. Se preparó un café y se sentó en la mesa a ver cómo crecía su preocupación. Cuando su mente se llenó y las piedras rechinaban más que sus propios pensamientos, decidió que poner un poco de orden viene siempre bien.

Inmediatamente corrió con Sabina y le pidió que la ayudara, rincón por rincón, a encontrar su escoba. A Sabina no le gustó la idea porque sabía en qué iba a terminar todo aquello, sin embargo no le gustaba ver a su amiga tan molesta. Al ponerse a buscar, Zarzamora solita se puso a vomitar palabras de nuevo, contándole todo el sueño que había tenido la noche anterior. Sabina no dijo nada, claro está, pero torció la boca en desaprobación. A lo que Zarzamora, insistió con que si encontraba la escoba, podrían volar por la noche y buscar a Orfeo. Entonces Sabina cedió persuadida con la prometida recompensa. Trabajaron todo el día, pero pudieron haber hecho mucho más si Zarzamora se hubiera concentrado en la tarea, en lugar de entretenerse en la carta que le había escrito a su tío cuando tenía siete años. O en recordar por qué había guardado aquel paquete de galletas vacío. O admirar la mancha en la pared detrás de buró  y bueno… hablar y hablar y hablar.

Por supuesto, la escoba no apareció por ningún lado. En la decepción, Zarzamora quiso compensar a Sabina por la ayuda y salió corriendo por comida india, sabiendo que era su favorita. Al verla salir, derrotada por no haber encontrado lo que buscaba, Sabina recordaba una canción en su cabeza.

Quisiera poder contarte

lo que mi padre solía decir:

si la verdad quieres saber

hay un lugar al que debes ir

Está donde las palabras,

no tienen nada que decir

Quisiera poder contarte

lo que mi padre solía decir:

No creas lo que la gente habla

Mejor mira lo que sabe hacer

Porque los hechos no saben mentir

Ten cuidado con extraños

Que saben discutir

No confíes nunca en quien

siempre sabe qué decir

En la noche, después de comer casi todo lo que trajo, casi rodar a su habitación de lo llena que se sentía y a pesar de sentirse exhausta, Zarzamora no podía conciliar el sueño. No quería volver con el ángel. Estaba arrepentida de haber perdido el tiempo la noche anterior, de haber dicho tantas tonterías. 

Dio vueltas y vueltas en la cama, admiraba la cualidad de Sabina para dar los mejores consejos sin pronunciar una sola palabra. Lo último que recuerda haber pensado es crear un decálogo para envejecer con dignidad, en el que la primera regla fuera: “cenar ligero”, claro que eso implicaba sabiduría para reconocer y aceptar cuando se ha tenido lo suficiente. Aunque consideró que este límite valía para todo en la vida. Supuso que las almas jóvenes, incluida la de ella no lo distinguían con claridad. Sacó su corazón externo del cajón, lo apretujó en su pecho, cerró sus ojos y pensó “Orfeo, te necesito tanto esta noche.”

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