La manada

Lobos de nuevo.

Hemos perdido mucho tiempo en regresar al pueblo para entregar las provisiones por estar tratando de evitar cruzar camino con ellos. Eso es lo que siempre decimos en el pueblo. Quizá sólo sea una excusa para pasar más tiempo el bosque, quizá para nosotros es decir lo que les gusta escuchar allá para ganar un poco de libertad aquí. Crear a la manada de Quinqués Perdidos fue una gran excusa para salir del pueblo, desde un inicio.

Es difícil hacer lo que más te gusta cuando tu hermana es la regidora del pueblo y que, coincidentemente, odia lo que a ti te gusta. Si lo vemos así, los Quinqués Perdidos son un grupo de resistencia, un grupo para ser libres, para encontrar el más allá de ese “tiene que haber algo más allá” que a veces llena de ansiedad a la existencia.

Y es que en el bosque no necesitas ir más allá porque siempre hay algo más. Es incontenible, impredecible y… la verdad no entiendo cómo puede alguien odiarlo.

Un crujir de hojas sobre el suelo se acercó a dónde me encontraba.

–Ya estamos listos, Siobhan –dijo la voz de un hombre.

–No… –le contesté al buscar entre los árboles– todavía no.

–Sabes cómo Hilda odia que regresemos después del atardecer, ¿qué esperamos? –dijo él preocupado por los tiempos, la comida y principalmente, su propio cuello.

–A los  lobos –le contesté sin rodeo.

–A veces buscas lo más ridículo –me juzgó.

–Yo no vi que te quejaras cuando los gigantes trajeron tela para tus ropas o cuando las hadas consiguieron las joyas necesarias para el regalo de aniversario de tu esposa.

–¿Pero los lobos? –trató de tapar su incomodidad con una pregunta más– ¿qué pueden querer aparte de comernos?

–Te sorprendería saber la verdad.

El hombre se fue pisando hojas igual que como llegó. Era cierto que ya teníamos que regresar, mucha gente dependía de lo que cargábamos con nosotros. Una manzana, un par de filetes o historias de otras ciudades eran fácilmente conseguibles a través de los comerciantes que llegaban al pueblo pero nosotros éramos los únicos que sabíamos hacer tratos con los habitantes del bosque y por lo tanto llegábamos al pueblo con mejor medicina o mercancía que no se podía encontrar en ningún otro pueblo o ciudad. Por eso somos los Quinqués Perdidos, nos dedicamos a encontrar lo que a la gente le hace falta, lo que perdió y en lo que no cree. Somos como la luz al final del túnel.

La tarde empezaba a tornarse naranja cuando un aullido anunció que mi espera estaba por terminar. Una gran nube negra sobre cuatro patas se acercó a mi cargando una pequeña bolsa en el hocico. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí para que le acariciara la cabeza dejó caer el bulto al suelo.

Le agradecí con una sonrisa y un abrazo.

–Ahí tienes tu tinta sacada de donde el río y la noche son una misma cosa –dijo el lobo en un gruñido–, ¿necesitas algo más?

–Por ahora no, espero no te haya costado mucho –le contesté mirándolo a los ojos– ¿qué tal la manada?

–Lo difícil es venir al bosque y volver, la humanidad, tú sabes –me dijo en un tono de voz lleno de complicidad.

–Tienes que tener cuidado… si tu madre se entera, nos mata a los dos.

–No nos va a pasar nada, nos cuidamos entre nosotros.

–Aquí no estamos solos.

–Aquí no estamos solos –le contesté en aquella manera que se había convertido en la muestra de que pertenecemos a todo esto que está más allá delo que la gente cree.

El lobo se fue a paso lento y desapareció entre los árboles por donde llegó. Guardé el bulto que el lobo había dejado caer, atesorándolo como si fuera mi propia vida. Aquello iba a ayudar a arreglar muchas cosas si todo salía bien, iba a destruir distancias y crear lazos.

La libertad sería nuestra para todos los que la queramos.

Y es que es cierto, aquí en la soledad del bosque no estamos solos.

Ya estamos listos para regresar.

Lobos de nuevo.

Perdidos no más.

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