La muerte de un goblin

Todavía tenía al goblin encima cuando abrí los ojos por décima vez. Podía sentir su peso en mi estómago y sus delgados dedos con uñas afiladas presionar mi pecho o arañar mi cuello.

Intenté verlo a los ojos, preguntarle qué tenía que hacer para que me dejara ponerme en pie. Ahí donde quería encontrar una mirada sólo había cuencas vacías y un poco más abajo una sonrisa que crecía con mi mal sentir.

Ya había perdido cuenta de los días que llevaba ahí, incapaz de cualquier cosa. Cada que despertaba había un poco de comida cerca. A veces la tomaba, otras veces llevaba tanto tiempo peleando por mi libertad que no tenía fuerzas ni para mover el brazo y alcanzar el alimento. Cuando sí lo lograba, el goblin se lanzaba contra mi mano y la mordía con fuerza.

Él era cuidadoso.

Observaba todos y cada uno de mis intentos de vivir. De vez en cuando unos gruñidos guturales salían de él, cuando hacía eso me gustaba creer que él estaba tan aburrido como yo y sólo buscaba un poco de conversación en la que entretenerse.  Así como los desconocidos en el metro te ven cara de recipiente y te cuentan de las desgracias de sus hijos o lo preocupadas que están por sus gatos. Como si toda la vida hubieran estado ahí, como si hubiera una razón para salir al mundo a sonreirle a quien no le importa tu muerte. Y luego tener que pintar de naranja o rojo o verde tu presencia para que las horas en compañía sean menos pesadas y no acabar con las manos y las ganas rotas del cansancio. Pintarlas así cuando tú sólo quieres pintarlas de azul o gris o nada…

¡Auch!

Maldito goblin enfermizo, ni siquiera me deja distraerme con mis propios pensamientos.

Y es que tardé muchos días en descubrir que ese tipo de pensamientos eran su sangre. Que si el que sonrie eres tú -aunque no lo sientas- él se debilita.

Que no debes dejar, bajo ninguna circunstancia, que tus demonios internos no te dejen pararte de la cama.

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