La novena vuelta en la que todo cambió

Desde donde estaba acostada podía ver al sol colarse entre las hojas, había estado en el bosque más de medio día tratando de evitar cualquier cosa que le recordara que ese día cumplía nueve años. Le gustaba ir a acostarse debajo de aquel árbol porque ahí nadie del pueblo la molestaba, los únicos que sabían encontrarla eran quienes vivían en el bosque, especialmente un zorro al que le gustaba usar corbata por alguna extraña razón.

–No deberías estar aquí en días cómo hoy –le dijo el consternado animal–, hoy es día de llenar tus más grandes deseos.

–Dile eso a mi papá, desde que mamá no está no ha hecho nada más que trabajar para el pueblo –dijo la niña al levantar la mano para ver los rayos del sol a través de su mano–. Hasta parece que se le olvidó que tiene hijas, aquí me siento en paz, aquí no me siento sola aunque lo esté.

–¿Y tu hermana? –preguntó el zorro al sentase a su lado.

–Siobhan está demasiado ocupada con sus libros y la hechicería. Tú eres el único que tiene tiempo para jugar conmigo, Fausto.

–Ay, Hilda… –el zorro se levantó y le ofreció una garra– ve a casa, estoy seguro que deben de estar esperando para abrazarte. No deberías estar aquí.

–Naaaah… ¿tú crees?

–No vas a averiguarlo y mucho menos va a suceder eso que quieres hasta que vayas.

–Quizá tengas razón –dijo ella al ponerse en pie aún con la duda en pecho–, ¿te veo más tarde, va?

–Quizá –dijo el zorro viendo cómo se alejaba. Se sentía triste de que aquella niña creciera y que algún día lo dejara de ver como su mejor amigo, vivía con la angustia de un futuro que en realidad estaba lejos del presente en que vivía. Todo lo que él quería era un poco de humanidad para envejecer con ella por el resto de sus días aunque sabía que eso no iba a suceder jamás.

 

En las calles del pueblo a nadie le importó que ella anduviera sola, los pocos que la notaron andar por ahí le sonrieron con la amabilidad de que uno otorga a quien ve a los ojos al pasar pero no hubo palabra alguna. No tenía por qué haber, pero ella quería. O algo raro estaba sucediendo y todo el pueblo era muy bueno fingiendo o su familia ni siquiera había notado su ausencia.

Al llegar a su casa tampoco había palabra alguna, de hecho había más silencio del que esperaba. Llamó a su papá, a su hermana, al consejero y nadie le respondió. Se asomó al salón de su papá y estaba vació, el cuarto de su hermana también. Fue a la biblioteca y no había persona alguna ahí, sin embargo en la mesa había un pastel y una caja de madera.

Se acercó.

El pastel tampoco tenía palabra alguna, mucho betún de chocolate, eso sí.

La caja tenía tallada algunas ramas, como si la abrazaran pero cuando la abrió la encontró vacía también. ¿Dónde estaban todos? ¿Habrán ido a buscarla?

–¿¡Dónde estabas!? –le gritó una voz desesperada a su espalda, la reconoció al instante sin tener que voltear, era su hermana.

–En el bosque, donde siempre, no me grites –le contestó sin muchos ánimos de discutir.

–Nadie sabía a donde te habías ido, pensamos lo peor, ¡y en tu cumpleaños! –su hermana corrió a abrazarla para desahogar su preocupación– Papá fue a buscarte y ahora no puedo encontrarlo a él, ni siquiera el bosque me sabe decir dónde está. Algo no está bien, Hilda. Regresé a casa para buscar algo con qué encontrarlo y gracias a los vientos te encontré a ti, ven, ayúdame y tráete esa caja. Ahorita te explico.

La hermana mayor le pidió a la cumpleañera que guardara silencio hasta salir del pueblo para no inquietar a los habitantes chismosos que podrían iniciar una ola de pánico innecesario.

–Esa caja es un cachito de la magia del bosque, está hecha de la madera de uno de los árboles más sabios, él me la entregó personalmente. Iba a ser tu regalo de cumpleaños –dijo Siobhan ya que estaban rodeadas de árboles y una que otra luciérnaga que acudía al atardecer.

–¿Iba? –preguntó Hilda la levantar la caja para verla de cerca, siempre le pareció que todo lo que su hermana le contaba acerca de sus fantasías en el bosque eran una locura. No las desmentía porque después de todo, uno de sus mejores amigos era un zorro que hablaba pero vamos, ¿un árbol que hace cajas? Tenía que admitir que cada vez su hermana le contaba cosas más raras.

–Todavía es, pero por lo pronto nos va a ayudar a encontrar a Papá –le contestó tratando de aguantarse la risa–. Vamos a hacer algo, esa caja está encantada para guardar tu más grande deseo y guiarte hacia donde tengas que ir para cumplirlo. Entre más deseos tengas, la caja va a estar más llena de vida. Así que, como primer deseo necesitamos pedirle que nos lleve hasta donde papá está.

Sin decir nada, la pequeña Hilda abrazó la caja y pensó en su papá. Trató de dejar afuera todas las veces que se había sentido abandonada, todas las veces que lo culpó de que su madre desapareciera. Trató de dejar ahí sólo el amor y el hecho de que lo necesitaban con ellas; fue entonces que le pidió a la caja que les dejara encontrarlo. La caja tomó luz propia en cuestión de segundos, tomaron el camino que tenían frente a ellas. Cuando el paso se dividía en varias ramificaciones era sólo cuestión de dejar que la caja brillara. En algunos caminos dejaba de brillar, esos definitivamente eran los que no había que tomar. Entre más brillara, mejor. Así, cuando ya tenían el anochecer encima llegaron a una madriguera que la caja inundó de rojo. Ésta parecía estar amueblada con mesas y sillas y roperos y una cama todos construidos a base de ramas, daba algo de ternura el esmero con el que todo aquello había sido construido. Las niñas encontraron a su papa inconsciente en una esquina, trataron de despertarlo pero no reaccionaba así que decidieron entre las dos sacarlo de ahí y después averiguar qué hacer. Con lo que no contaban es que Fausto, el zorro, las encontrara a ellas llevándose lo que él ya consideraba suyo.

–Me apena mucho tener que decirte que te estás llevando algo que es mío, Hilda –dijo el zorro molesto.

–A mí me apena decirte que es mi papá y no voy a dejar que le hagas lo que sea que planeabas –dijo ella sorprendida de la rudeza de aquel que consideraba su amigo.

–Tú… ¿papá? –dijo el zorro sin entender cómo era posible que precisamente aquel que necesitaba para poder lograr lo que quería es lo que le haría más daño a ella a quien más quería.

–No voy a repetirlo.

–Hazte a un lado, Fausto –dijo una enfurecida Siobhan empujándolo con magia.

–Ustedes no entienden, es demasiado tarde para salvarlo –dijo el zorro mientras destapaba un pequeño frasco que emanaba luz verde, de un par de tragos bebió toda la luz y su cuerpo y el del alcalde del pueblo brillaron con la misma luz. En cuestión de segundos, las niñas pasaron de tener a un hombre en sus brazos a tener nada más que luz que el cuerpo del zorro fue absorbiendo.

–Sí, ¡puedo sentirlo! –decía el zorro mientras se tallaba las extremidades.

–¿Qué hiciste? –Preguntó Siobhan aún sin comprender que estaba sucediendo.

–¡VOY A SER HUMANO! –gritó el zorro carcajeándose de victoria.

–Tú… –lo interrumpió Hilda al borde del llanto– ¡tú no vas a ser nada!

–¿Qué podrías hacer al respecto? –inquirió el zorro que sentía como su cuerpo poco a poco empezaba a crecer.

–Desear… –dijo Hilda al tomar la caja y aventársela con fuerza al zorro. Cuando la caja se estrelló con él la luz que estaba transformando al zorro salió en  una explosión y las hizo caer inconscientes a metros de ahí.

*****

Hilda despertó muchos años después, en la casa en ruinas donde había estado encerrada desde que el tiempo se murió. Se sintió ridícula de despertar con lágrimas en los ojos, con el recuerdo fresco de la última vez que vio a su padre, al zorro y a la caja; sus primeras pérdidas ante el bosque. Pero ahora sabía que la caja aún existe y podría servirle para cobrar su venganza.

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