La soledad de ser uno mismo

Era de noche en la calle de Havre, en uno de los salones de la casa donde el tiempo vivía los tres cuervos se miraban a sí mismos esperando que alguno rompiera el silencio. Ninguno parpadeaba. Al ser el tiempo mismo, estaban acostumbrados a saber cómo entretejer los acontecimientos para que la historia sucediera como creían que estaba dictado. Lo que el cuervo pequeño apenas estaba empezando a tramar para el mayor ya era sólo un recuerdo que había sucedido cuando el cuervo de en medio estaba ocupado tomando decisiones que lo hacían existir. No había misterio al que el pequeño no viera con entusiasmo, que el cuervo de en medio no estuviera tratando de resolver y que el mayor no supiera la respuesta. Era la ventaja de que los tres fueran uno mismo. Gracias a eso podían haber logrado la fundación del Distrito Arcano muchos años atrás, salvaron al mundo incontables veces de infinitas amenazas sobrenaturales y siempre encontraban la manera de arreglarle la vida a quien acudiera a ellos. Eran los mejores consejeros de toda la congregación de paranormales y habitantes de las ciudades escondidas del ojo mundano.

Sin embargo, vivían con la ansiedad del único problema que no podían resolver: sentir como el bosque atrapado en la casa más vieja se marchita y no poder encontrar camino por donde tejer ya que ver la vida de uno mismo no es tan fácil como verse al espejo en una mañana cualquiera. Para los tres ese era el presente y sólo podían esperar a que la gente del otro lado encontrara la manera de salvarlos a ellos.

Habían esperado pacientemente a que los días de su memoria transcurrieran, a que la gente que desencadenaría los sucesos de su pasado nacieran, a que fueran hasta allá a matarlo al tratar de hacer que las cosas cambiaran.

Y seguían esperando.

Habían entregado la llave de la casa a quien podría abrir el camino a que fueran lo que son arriesgándose a que las cosas sucedieran de otra manera más catastrófica.

Y seguían esperando.

Habían educado a quien, si las cosas no cambiaban, los acompañaría en su soledad al ver crecer la ciudad que antes era bosque; guardaban en su corazón con recelo y cariño el cachito del bosque que aún era su existencia.

Se miraban a los ojos, constatando que aún existían.

Eso era una buena señal.

Seguían siendo cuervos manchados de tinta, eso no iba cambiar.

Una esfera de ramas de luz apareció ante ellos deslumbrándolos.

Y quizá eso fuera buena señal también.

–Aquí no estamos solos –dijeron los tres al mismo tiempo.

 

****

 

Los lobos y compañía habían trotado a través del bosque con cautela, les causaba un poco de ansiedad el silencio con el que se veían rodeados. Cargaban con la preocupación de que en cualquier momento los atacara Hilda. Aunque no estuvieran seguros de si ya había podido escapar. Por otro lado, Tobías había caído inconsciente de nuevo y su temperatura corporal estaba empezando a subir. El lobo de fuego no tardaba en volver.  Habían llegado justo a tiempo a las orillas de la laguna donde la noche se reflejaba a sí misma.

–La voz del bosque dice que metamos a Tobías a la laguna –dijo Luna al tratar de bajar a Tobías del lomo del lobo Orfeo sin quemarse. Cuando lo dejó en el suelo Orfeo lo arrastró del cuello de la camisa.

–Déjame a mí –dijo Iscariote cargándolo entre sus brazos. Pudo sentir el ardor en sus brazos. Cuando lo sumergió sus manos quemadas sintieron un gran alivio.

–¿Estás bien? –Preguntó luna preocupada al notar que el cuerpo de Iscariote empezaba a tornarse negro carbón como si estuviera absorbiendo el color de la laguna.

–Me… duele… –dijo conteniendo el dolor y tratando de mantener a Tobías entre sus brazos sin mucho éxito.

Una esfera de ramas de luz apareció ante ellos deslumbrándolos a todos.

–Tú también eres parte del bosque –dijo una voz que Iscariote tenía mucho sin oír. Cuando pudo recuperar la vista vio que Tobías flotaba sobre la laguna, de su espalda salía una especie de espectro. Era la dueña de la voz que estaba utilizando a Tobías como vínculo.

–Siobhan… –dijo Iscariote olvidándose del dolor al borde del llanto.

–Mi querido Iscariote, creí que nunca te volvería a ver –dijo ella a través de Tobías. Al tiempo que el espectro se movía, Tobías lo hacía también–. La tinta te está reclamando el abandono pero también está tratando de curar tus heridas, traes contigo al libro, ¿verdad?

–Sí, pero creímos que ya estaba muerto, no nos había hablado desde que volvimos al bosque –dijo él al reconocer que el dolor era la tinta entrando en él.

–Pues… es una buena noticia saber que no murió, porque vamos a necesitar de su ayuda para salvar lo que aún pueda ser salvado –dijo ella acercándose para acariciar su rostro. Después volteó a ver a Luna, a Orfeo y a Augusto– Acérquense, entren a la laguna con nosotros, ustedes también son parte del bosque.

–Pero… eso se ve doloroso –dijo Augusto no muy seguro de lo que estaba sucediendo.

–Ustedes no están manchados, no les pasará nada pero necesitamos estar todos juntos –dijo ella extendiéndoles los brazos–. Aquí es el lugar donde nace la magia, por esa razón puedo aparecerme ante ustedes y explicarles lo que tenemos que hacer. Es una gran ventaja que estemos aquí reunidos todos nosotros ya que en algún punto de nuestras vidas el bosque decidió salvarnos de la muerte al darnos un poco de su vida. Dicho de otra manera, todos nosotros podemos salvarle la vida al bosque entregándole lo que alguna vez nos dio.

–Pero… ¿eso no nos va a matar? –dijo Orfeo reconociendo que gracias al bosque es que estaba vivo.

–No, enseguida les diré por qué. En nuestra soledad todos acudimos al bosque para que nos salvara, no es una coincidencia que ahora el bosque nos haya juntado a todos, podría decirles que ahora todos somos uno mismo. Incluso tenemos a la tinta y con ello podemos establecer un vínculo con los cuervos que también son bosque y tinta.

–¿Qué tenemos que hacer? –preguntó Luna entrando poco a la laguna sin dudarlo, no tenía mucho que perder.

–La caja de los vientos, ¿quién la trae? –preguntó Siobhan como quien recuerda del último minuto algo importante– ella también es parte del bosque.

–Eeeeeh… –contestó Iscariote preocupado de haber perdido algo importante.

–Yo la guardo conmigo, siempre –dijo Luna antes que nada–. Después de todo mi corazón está guardado ahí dentro. Cuando morí por un engaño de Fausto, el zorro, el bosque reemplazó mi corazón perdido con el suyo. Desde entonces mi corazón vive en el bosque.

–¡Estamos todos completos entonces! –contestó Siobhan contenta– Este lugar es un catalizador de realidades, el libro y la tinta conecta todas nuestras intenciones y la caja nos puede conceder un poco de su magia. Sólo necesitamos escribirle al libro nuestras intenciones, regalarle esas páginas de nosotros a la caja y unir nuestra energía para canalizarla en este intento.

Así fue como, una vez que todos estaban en círculo dentro de la laguna se fueron turnando el libro para escribir con sus dedos manchados de tinta el tiempo que querían regalarle al bosque. Cuando terminaron pusieron la caja en el centro y todos sostuvieron el libro para meterlo dentro de la caja. Una vez adentro, la taparon y cada uno puso sus manos sobre la rosa de los vientos que estaba trazada sobre la caja y se concentraron en una sola cosa.

–Aquí no estamos solos –dijeron todos al unísono.

Al principio parecía que no sucedía nada.

El viento empezó a soplar y escucharon a un pájaro trinar. Luego escucharon hojas secas crujir. Gigantes aparecieron de entre los árboles, luciérnagas volaron a su alrededor, los duendes despertaron en sus cuevas de un letargo eterno que para ellos bien pudo ser sólo una noche.

La magia había vuelto.

–Puedes despertar, Tobías. El fuego ya debe dejarte en paz. –dijo el espectro de Siobhan a Tobías con un susurro al oído. Él abrió los ojos y sonrió al ver el sol levantarse en el horizonte.

–Me gusta ser parte del bosque –dijo con esa voz que uno tiene a medio despertar.

También escucharon como si un gran espejo se cayera a pedazos estruendosamente.

–Nuestro problema ahora es Hilda –dijo Siobhan quien, aunque seguía siendo un espectro, ya no necesitaba de echar raíces en un cuerpo para estar presente.

–Y contener al bosque dentro de la casa más vieja para que no destruya Allá Lejos –dijeron los tres cuervos que descendieron batiendo sus alas a las orillas de la laguna haciendo una reverencia ante quienes habían terminado con su exilio.

||||| 0 I Like It! |||||