VII · La vista del Éter

El circo se instaló en las afueras de Wynn, tal cual Karad había dicho. Cuando la caravana se detuvo, Voriana invitó a Dahlia a salir para que los demás integrantes del circo la conocieran. Después, podrían ir todos a buscar algo que desayunar y, si lo deseaban, descubrir las calles del pueblo. Al salir, sólo pudo ver a un par de enanos fuera de sus camarotes, eran como personas normales pero mucho más pequeños y un poco gordos. Los examinó rápidamente y reconoció enseguida a Fenez, y éste a ella, lo que provocó en él un gesto de gran sorpresa. La pequeña mujercita que lo acompañaba se presentó a sí misma como Kalia, segundos después salieron otros cinco enanos y pronunciaron su nombre uno a uno: Tenez, Menez, Renez, Malia y Balia.

−¿Acaso todos los enanos se llaman igual? −preguntó Dahlia tratando de no reírse ante la ridiculez que acababa de escuchar.

−¡No nos llamamos igual! −se defendió Menez indignadísimo por tal atrocidad y falta de respeto a su orgullo enano− La diferencia está en la primera letra.

−En nuestra cultura, los nombres se asignan por familias. Todos los hermanos tendrán una variación del nombre del primogénito; asimismo todas las hermanas directas. Pero sólo los directos, los medios hermanos tienen que usar otro nombre ya que no se consideran de la misma familia. ¿Entiendes? −explicó Kalia en tono indulgente, como si estuviera revelando lo más natural del mundo.

−Eh… sí, creo −dijo Dahlia tratando de entender la lógica implícita.

Trás de los enanos llegó un hombre alto y muy delgado que se hizo llamar Tallod, el malabarista. No dijo más que eso, parecía ser una persona serena que vivía en su propio mundo. Voriana comento que él sería quien interpretara a su enamorado en la obra.

Y al final, como al parecer siempre sucedía, llegó Bramms con una facha que indicaba que aún estaba dormido.

Cuando todo el grupo estuvo reunido y Karad dispuso que era hora de partir, Tallod sugirió que a cambio de que regresaran con un buen desayuno para él, podría quedarse a hacer guardia. Espero encontrar algo muy sabroso pensó Dahlia al escuchar tal ofrecimiento, pero no dijo nada para no comprometerse y quedar mal si no lograba su cometido; olvidó por completo que no podría cargarlo.

 

El pueblo parecía ser bastante grande, aunque no lo suficiente para considerarse una ciudad. Todavía conservaba esa condición de vecindario, en la que todo el mundo se conoce y todos saben qué está sucediendo en el otro extremo del mismo. Además, abundaban cabañas de madera, lo cual no ayudaba a forjarse una imagen citadina. Caminaron juntos hasta llegar a una especie de parque que parecía más bien un pequeño bosque por la cantidad de árboles que lo habitaban, y donde los enanos decidieron instalarse a la sombra de uno de sus verdes inquilinos para preparar su propia comida con lo que habían traído consigo. Los enanos tenían un paladar exigente, habían inspeccionado todos y cada uno de los establecimientos que rodeaban al bosquecito y no consiguieron que ninguno les llenara el ojo lo suficiente para ordenar algo de su agrado.

Bramms por su parte, eligió un lugar hogareño que ofrecía desayunos con sazón casero: huevos revueltos con jamón, pan tostado con mermelada, café con leche y ese tipo de cosas que uno siempre encuentra en su alacena para de satisfacer su estómago por las mañanas. Eso dejó a la enöriana, una vez más, sola con los directores del circo, los seguía de cerca mientras se encaminaban hacia un pequeño restaurant en una callejuela a la salida del parque. El lugar dejaba ver un par de mesas en su exterior, ambos se sentaron en una de ellas y, al ver que Dahlia no se acercaba, la adivina preguntó:

−¿Nos acompañas, mi niña?

−Provecho, gracias. Creo que daré una vuelta por ahí a ver que me encuentro, se ve lindo el lugar.

−¿Recordarás el camino de regreso? −preguntó Karad.

−Sí, sin problemas, ¡no se preocupen!

−Diviértete, seguro encontrarás algo interesante. −añadió Voriana con una sonrisa maternal capaz de tranquilizar los nervios de cualquiera.

−¡Sí! ¡Gracias! ¡Que coman rico! −respondió la mujer, resuelta a descubrir lo que le deparaban los callejones del pueblo.

−¿Está bien dejarla ir así? A ver si no se pierde… ¿Cuándo le vas a decir sobre su collar y la luz que emanó aquél día? −cuestionó el hombre preocupado por su nueva hija− ¡Mesero! ¡Tenemos hambre!

−No te impacientes Karad, le diré cuando sepa qué decirle. –dijo la adivina en tono evasivo. Estaba claro que no quería platicar de eso.

−Tienes que hacerlo antes de que alguien venga a buscarla. ¿Leíste la carta que venía dentro de su collar, no? −dijo el director, esta vez más preocupado por ellos mismos que por la niña.

−No sé si vendrán, tal parece que en Bleizig no saben acerca de su situación y los enörianos no van a salir de su ciudad, están confiando que ella regresará en algún momento −dijo tratando de hacer que Karad dejara de interrogarla−. Además, no quiero preocuparla más, me parece que su mente ya está bastante revuelta… esperemos a ver cómo se dan las cosas, confía en mí. Mejor que se vaya de paseo, regresará sin problemas y, con un poco de suerte, traerá consigo a Ellioth. −dijo la adivina, viendo al mesero acercarse a ellos.

−¿Ellioth? ¿A quién te refieres? −preguntó intrigado.

−Buenos días, perdón por interrumpir. ¿Puedo tomar su orden? −dijo el mesero de pie frente ellos, dispuesto a escribir sus deseos en una pequeña libreta− La especialidad de hoy es tarta chisape,  un pan de queso fresco servido con manzana horneada.

−¡Ah! Yo quiero eso y un café, por favor. −dijo Voriana emocionada al anticipar el sabor de su futuro.

−Yo… quiero… −dudo Karad por un segundo para luego pedir lo mismo de siempre.− Me traes un par de waffles con mermelada y un café, por favor.

−Con gusto. Tenemos mermelada de moras, de manzana y de naranja. ¿Cual le gustaría? −ofreció el mesero, mientras tomaba nota en su libreta.

−¡Yo quiero uno con mermelada de moras también! −dijo Voriana sin dar oportunidad a una segunda opinión.

−¡Voriana! −Karad fulminó a la adivina con la mirada− Yo también quiero con moras, por favor.

−Claro que sí, en un segundo se los traigo.

−Ahora sí… ¿quién o qué es Ellioth? −dijo Karad tratando de retomar el tema.

−El que nos iba a hacer el cartel de Iseldis. Así se llama el pintor que vivía en Lienns −dijo la adivina pensando más en su desayuno que en entablar conversación con su compañero de mesa.

−Y… ¿cómo se supone que lo encontraremos o qué? −rezongó incrédulamente Karad acomodando la servilleta sobre sus piernas.

−Nosotros no lo haremos, el Viento me dijo que el Éter le dijo que Dahlia encontraría a alguien, un ser de colores, alguien como un maestro del color y que ese ser se pinta de colores para ser. No entendí del todo, pero tú sabes cómo son los rumores entre esos dos, no son los más claros −dijo la adivina un poco molesta.

−Te refieres a Ellos de una manera horrenda. ¡Se trata de EL Éter! La energía que nos creó, ¿qué derecho tienes para hablar así?

−El que me da el hecho de que casi me quedo ciega por estar tan cerca de ellos. Para ser arcano se necesita estar cerca del río de Éter, pero eso mismo te puede hacer perder la vista si permaneces ahí por mucho tiempo. Aunque algunos piensan que no es que se pierda, sino que aprendes a ver de otra manera, a su manera. Sin contar a los bleizen, Bhel Kether de la Torre Arcana de Kynthelig y yo, somos los que más cerca hemos estado del río; por lo menos de los humanos que conozco. Y vaya que conozco mucha gente. ¿Recuerdas cuando era maestra en la Torre?

−Sí, lo recuerdo. Siempre te preocupaste mucho por tus alumnos, eras como una madre para todos. Un día fuiste a buscarme, estabas enojadísima porque los arcanos mayores de la Torre te habían pedido que pusieras en peligro a una de tus alumnas. Nunca supe bien qué querían hacer con ella. Pero tú querías acudir al Éter y al Viento para que te dijeran qué hacer. −El director volteó hacia la puerta del establecimiento para ver al mesero salir con lo que habían ordenado− En aquel entonces les tenías más respeto.

−Aquí está su orden, buen provecho. −dijo el mesero sirviéndoles su desayuno y un par de tazas vacías− En un segundo les traigo el café, perdonen.

−No se preocupe −dijo Voriana cortando un pedazo de su tarta chisape.

La comida hizo que se olvidaran por unos minutos de lo que estaban hablando, ninguno había comido nada desde la noche anterior y cualquier cosa con manzana era un manjar para la adivina.

−Esa noche… hablé con el Éter largo y tendido. −dijo Voriana retomando la conversación como si llevaran horas hablando de lo mismo− Me dijo algunas cosas que no quería oír y otras que sí… me dijo que dejara a mis alumnos, que mi destino estaba fuera de la Torre, que contara historias que la gente disfrutara, que cambiara el curso de mi vida. Que sería feliz haciéndolo. −la mujer sonrió y le tomó una mano al director en un acto de nostalgia−. Y fue cuando me acordé de ti, de tus sueños.

−Después de esa noche, no supe de ti por varios días. Estuve preocupado, pues conocía tus intenciones de  ir  al plano etéreo. −dijo él, dando un ligero apretón a la mano que lo había agarrado− Hasta que regresaste con la propuesta del circo.

−Esos días fueron cuando casi me pierdo en el río. Imagínate la fuente de donde proviene todo. Sabes que has llegado porque te encuentras literalmente a la mitad de la nada, ahí habita una negrura tan espesa que casi puedes sentirla presionarte para que formes parte de ella. Sólo tienes dos opciones: intentar avanzar o regresar, esperando en cualquier caso que no te consuma la oscuridad de la nada. Si logras seguir adelante, alcanzas a ver a lo lejos un haz de luz verde claro muy brillante, se ve lejano, pero aún así te llega encandilar. Si sigues avanzando, la oscuridad se hace todavía más pesada, pero puedes escuchar al Viento y sentir como te acaricia mientras te comunica lo que sea que el Éter tenga que decirte. Este es el punto donde todos los arcanos llegan para aprender sus artes. Muchos de los que han llegan hasta ahí sin guía no regresan a nuestro mundo o si lo hacen, tienen tanta información en la cabeza que no saben cómo manejarla y enloquecen. Pero es posible aprender a mantenerte ahí, de eso trataba mi materia en la Torre Arcana, en la capital. Añorada Kynthelig, tal vez deberíamos de ir, es una ciudad encantadora.

−No estaría mal, ciertamente. El circo nunca ha ido desde que se creó −dijo el director, antes de ingerir el último bocado de sus waffles−. ¿Seguiste avanzando cuando llegaste a ese punto?

−¡Claro! No por nada era maestra de la mejor escuela de arcanos, yo podía llegar mucho más cerca del río, pero ese día me excedí. Llegué hasta sus orillas y le lloré todo lo que pude. Observar el verde brillante y acuoso de cierta manera me estaba relajando, ¡pero a qué precio! Comprensivamente el Viento y el Éter me oyeron y me aconsejaron, como siempre lo han hecho. Y después de escuchar todo lo que tenían que decirme, mis ojos seguían llorando, pero ya no de tristeza. Había estado demasiado tiempo a la orilla del río y su luz me estaba quemando, sentí un dolor insoportable.

No me di cuenta en qué momento la negrura dejó de estar ahí, ahora un blanco muy brillante me rodeaba, volteé a ver  mis  manos y no tenían color, sólo podía ver una mancha, verde como el río, que intentaba tomar la forma de mi mano derecha. Después, todo mi cuerpo era parte del río, corrí asustada e intenté despertar, volver a este plano y huir del Éter. De algún modo lo logré, pero al volver, todo lo que mis ojos veían eran manchas etéricas, no sólo verdes, de todos colores, como si el mundo entero fuera una pintura hecha por el Éter.

Y al horizonte, el río de la vida, sin importar a dónde voltees.

Bhel Kether estuvo a mi lado todo ese tiempo, fue él quien me ayudó a salir de ahí y curó mis ojos hasta hacerme recobrar la vista humana. Fueron días enteros en los que hablé con él sobre todo lo que el Éter y el Viento me habían dicho. Al final, se salieron con la suya, en la Torre acordaron que debía dejar a una de mis mejores alumnas en mi lugar. Yo estaba totalmente en contra, no quería exponer a nadie al mismo peligro que yo corrí. Eso era por lo que estaba enojada. Decían que era una mujer poderosísima, querían que yo la acercara al río, ¡hasta la orilla! Por supuesto que me seguí negando, con más razón después de regresar. Aún así, alguien más le enseñó a acercarse al Éter sin que le hiciera daño. Era necesario, para ser arcana de la percepción tenía que saber estar demasiado cerca. Hasta ese entonces, les tenía más respeto. Lo que paso después ya lo conoces, me fui contigo y fundamos el circo. Hasta ese entonces, les tenía más respeto.

−Nunca… yo… no pensé que había sido algo tan duro. Perdón. −dijo Karad apretando un poco la mano de su compañera que seguía sosteniendo.

−No te preocupes, después de todo, tenían razón. Los dos. −respondió Voriana, alcanzando la otra mano del director con su mano libre− mi felicidad está contigo y aunque es su momento fue horrible, les agradezco por haberme traído a tu lado.

 

Lejos del café, en otro parquecito del pueblo, Dahlia caminaba sin rumbo. Nada le había llamado la atención hasta que llegó a ese jardín. No era tan grande como el anterior para considerársele parque, era un pequeño espacio de pasto con no más de una docena de árboles regados por todo el lugar. Estaba rodeado de cabañas de madera muy parecidas una de la otra, pero éstas no eran ningún comercio como en el gran parque donde había dejado a los demás, todas lucían como viviendas de gente tranquila y sencilla. Se  detuvo en medio del jardincillo y las revisó con la vista una por una. En algunas había sillas en el exterior, en otras macetas y plantas con diferentes acomodos. Siguió examinándolas así hasta que encontró una que llamó su atención y se acercó para examinarla más de cerca. Era la primera cabaña de un sólo piso que veía y fuera de ella había un caballete con un pequeño banco. Estaba ahí, como si él fuera el dueño de la casa y el banco sólo estuviera de visita, muy erguido vigilando a todo aquel que pasaba por ahí. Al verlo, le dio aún más curiosidad acercarse para descubrir con qué se había topado.

En una mesita al lado del caballete estaba una cajita de pinturas, un vaso con agua y un par de pinceles. Volteó hacia la puerta que estaba abierta, mostrando su interior. Justo como me contaron que estaba la casa del pintor en el otro pueblo, ¿estará vacía también? ¿Serán todos iguales? Pensó la enöriana.

Regresó su vista al caballete, específicamente a la pintura que estaba recargada en él. Para su sorpresa, vio pintada sobre el lienzo a una mujer que se parecía mucho a ella. Si no fuera por un par de diferencias notorias diría que era su propio retrato. Para empezar esta mujer tenía la piel clara rosada, casi blanca, como algunos los humanos, no como la suya que es azul claro. Y las orejas no eran tan largas como las suyas, aunque también eran un tanto picudas. Fuera de eso, también tenía el pelo blanco, aunque a la pintura le caía como cascada por debajo de las orejas sin llegar a sus hombros y ella lo tenía mucho más largo y humeante. La mujer de la pintura se veía alegre, con una sonrisa serena que demostraba, desde su punto de vista, que su mente estaba en paz y feliz con su vida. Pero sin duda era su rostro, era como si se estuviera viendo en un espejo que sólo reflejara sus facciones, no podía ser el de alguien más. Ahora con mayor razón quería saber quién vivía en ese lugar. Continuó mirando la pintura, perdida en los ojos de su casi gemela hasta que unos pasos dentro de la cabaña interrumpieron su silenciosa plática con la pintura.

−¿Quién e… −el hombre que salió se quedó mudo en el marco de la puerta al ver a la mujer que estaba admirando su obra. Estupefacto, no pudo terminar lo que quería decir.

−Ho… hola −dijo la enöriana sorprendida de la reacción del pintor.            Lo observó como si estuviera viendo a un héroe. Era un poco más alto que ella, con el pelo lo suficientemente corto para alcanzar a disimular que no había tocado un cepillo en mucho tiempo y el trazo de barba que rodeaba su cara le aumentaban algunos años a su rostro. Calculó que estarían rondando la misma edad. Él por su parte también la había estado examinando, levantó una mano que le temblaba de nervios.

−¿Alieth? −soltó cuando logró hacer que su voz sonara.

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