Larga Historia

No hay mucho que contar sobre el tiempo muerto. Sobre el bosque y la estatua de la mujer que lo defendió, sin embargo, podemos decir que la tragedia podría ser un mejor narrador.

Cuando la estatua respiraba y era líder del grupo de personas que se hacían llamar los Quinqués Perdidos, tenía por nombre Siobhan. En ese entonces también tenía una hermana, Hilda, quien era la alcaldesa del pueblo a las afueras del bosque. Mientras una adoraba la sensación que le causaba estar sola en el bosque, la otra odiaba la soledad que el bosque le había causado al ver partir todo lo que ella quería. Ambas eran descendientes de una mujer que muchos años antes huyó de la humanidad para refugiarse en el abrazo de su soledad. Muy al pesar de una de ellas, ambas comparten uno de los secretos más grandes del bosque, la magia. En su clara oposición, cada una cayó a un extremo y lo que empezó como una hermandad las llevó a cargar sobre sus hombros todo lo que su tátara abuela había dejado atrás en otra ciudad.

Guerra.

Por el afán de defender el pueblo y defender el bosque se terminó con muchas de las razones por las que se peleaba.

En su terquedad Hilda perdió a su hermana, a su hijo, a su mejor consejero y se ganó a muchos enemigos.

Siobhan en un inicio creyó que ganó; por intervención de los sabios cuervos logró sacar a Iscariote del pueblo. No había logrado que estuviera con ella, pero por lo menos ya no estaba preso en el pueblo del que nadie podía salir. También podía notar cómo día a día la pequeña hermandad de los Quinqués Perdidos iba disminuyendo sin razón alguna y en esa última batalla perdió también a Tobías que cargaba una de las caras de “Bajo la misma luna”. Vio a su hermana darle la espalda y perderse entre las calles de La Merced. Ella hizo lo mismo y se perdió entre los árboles de su bosque, podía verlo tornarse amarillento. No había grillos, no había búhos, ni luciérnagas, el viento apenas y susurraba. Cuando vio a un gigante y a un unicornio caer inconscientes dejó que el pánico la inundara.

Si el tiempo moría, todos los que vivían ahí también lo harían.

Corrió hasta su refugio en lo profundo del bosque, cerca del manantial donde el consejo de los seres mágicos se reunía cuando alguna decisión importante se tenía que hacer.

El lugar estaba vacío y en silencio.

Uno no conoce el verdadero significado de silencio hasta que no escucha al bosque callar.

Buscó con desesperación su mitad de “Bajo la misma luna” y la abrazó como una madre que se despide de su hijo por última vez. Confiar en el hijo de tinta que había creado con Iscariote era su última oportunidad de salvarlo todo, aunque tuviera que sacrificar su propio tiempo para hacerlo. Tomó la pluma del tintero con la que siempre escribía sobre el libro y salió de la casa con prisa, no se detuvo ni un instante hasta llegar con El Abuelo, el árbol más viejo de todo el bosque y ahí se pinchó un dedo con la punta de la pluma y con su sangre escribió sobre el libro:

 “Bienvenidos al bosque, está prohibido salir sin echar al tiempo andar.”

“En ésta casa sucedió una tragedia que aunque ya murió hasta ahora no ha terminado. De hecho, con cada casa que le construyen a la ciudad, la tragedia crece sin que nadie recuerde como empezó todo.”

Escribió todo lo que había sucedido, su intención era dejar su corazón ahí, impreso y con vida para que latiera cuando Tobías o quien fuera que tuviera la otra mitad del libro pudiera encontrar la forma de volver y arreglarlo todo. Le puso llave al libro y se colgó la misma al cuello. Gritó y gritó el nombre verdadero del Abuelo para que de él emergiera el espíritu del bosque que la recibió aletargado. Le entregó el libro para dejarle a todo el bosque la suficiente magia y la vida necesaria para que sus habitantes no se murieran aunque el tiempo mismo lo hiciera. Se alejó del árbol lentamente, cobijada por el regalo con el que el espíritu del bosque le agradeció su sacrificio: una capa de hojas amarillas que iba a dejando a su paso.

Ahí fue cuando la encontré, perdiendo la vida a cada paso.

-Augusto –dijo ella con una dolorosa sonrisa y lentamente me contó todo lo que había hecho. La seguí hasta aquí, donde su último respiro terminó para ser un recuerdo más de toda la tragedia como todas las estatuas en los límites.

Tobías, Iscariote y su amigo quien todavía no tenía el gusto de saber el nombre me miraban como quien espera más, yo volteé a ver a la estatua buscando lo mismo que ellos veían en mí. Y la llave me observó a mí desde el pecho de la inerte Siobhan.

-No sé cuánto tiempo haya pasado desde entonces pero sé que se ha sentido como una eternidad –les dije a aquellos tres y observé la cicatriz de Tobías que habitaba en su brazo-. También sé que probablemente no confíes mucho en mí después de lo que pasó entre nosotros, Tobias. Pero ya que están aquí, y qué mejor que sean ustedes, necesitamos hacer esto juntos si queremos salvar lo que sea que se pueda salvar del bosque.

-¿Qué necesitas? –dijo él con una duda tan palpable que casi podía abrazarla.

-Ese libro que traes… es EL libro, ¿cierto?

-Supongo que sí.

-Entonces, vamos a revivir el tiempo. Ya después veremos qué se puede hacer.

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