Lo que se quiso crear

No había un plan a seguir.

Aunque eran un gran ejército, les había hecho tanta falta el tiempo que ahora que lo tenían no sabían qué hacer a continuación.

Todos miraban a los cuervos esperando que ellos tuvieran la respuesta. Irónicamente, ahora que habían vuelto, ellos estaban más ocupados en preocuparse sobre lo que iba a suceder allá en el bosque de concreto donde vivieron por tantos años. Tantos años habían deseado volver que ahora que estaban ahí sentían que así no deberían ser las cosas. Que no era donde deberían de estar.

No se sentían seguros de quienes eran. El bosque había cambiado demasiado, ellos habían cambiado demasiado y en su soledad el bosque había adoptado a tantos y ellos habían quedado tan fuera por tantos años que al estar ahí era como tratar de reconocer una calle que…

Una calle.

En otros tiempos hubieran hecho una analogía sobre árboles y ramas y rincones escondidos. No sobre callejones. Pero éste era su bosque. Y el suelo de su ciudad.

Por eso tenían miedo de que ese sentimiento destruyera todos los años que habían sucedido afuera.

Por eso querían crear la manera de conservar los dos espacios sin que se destruyeran el uno al otro.  

Y para eso necesitaban a todos aquellos que podían llamar bosque.

Antes de que fuera demasiado tarde.

 

–¿Cómo contienes a un bosque de que se expanda? –Preguntó Tobías viendo su reflejo a la orilla de la laguna mientras dejaba que los cuervos y Siobhan impusieran algo de orden con los habitantes del bosque. Al compartir el bosque con ellos también sentía la inquietud, la ansiedad y la necesidad de encontrar la forma de sentirse seguro;  al grado de que intuyó que era un sentimiento más del bosque que de todos ellos. Aunque lo compartieran.

–De la misma manera de que contienes la furia de una mujer histérica que vivió por toda una eternidad su peor pesadilla de quedarse sola y abandonada. –contestó Augusto de la manera más cínica que pudo mientras observaba a su tía tratar de mantener la calma– Y que si no fuera suficiente, ahora está libre para cobrar venganza.

–Eeeeh… seguimos hablando del bosque, ¿verdad? –dijo Iscariote al sumarse a la conversación.

–Depende, si el bosque se llama Hilda, sí –dijo Augusto recordando los días en los que todavía podía llamarla “madre”.

–Espero que no, el tiempo que estuve aquí cuando la guerra sucedió el bosque me hizo sentir muy seguro. –contestó Tobías con las voz de la melancolía al recordar esos días– Ningún otro lugar ha logrado eso. En cambio tu madre logró todo lo contrario. Así que no, yo no le pondría ese nombre.

–Tobías sería un bonito nombre, en ese caso –dijo Augusto.

Iscariote sólo sonrió en silencio al reconocer algo muy suyo en esas palabras.

–¿Por qué? –dijo Tobías extrañado– sería raro tener un tocayo no humano.

–Pues… teóricamente, sí se llama Tobías. Al menos un cachito –dijo Augusto con un poco de alegría que desconcertó a Tobías un poco más de lo que ya se encontraba–. Y tú fuiste mi refugio por algún tiempo, cuando el bosque no se sentía como hogar y cuando el pueblo era un lugar ajeno. Te extrañé mucho, ¿lo sabes? Lamento que lo nuestro no haya acabado en los mejores términos.

–“Lo nuestro, ¿eh?” –Interrumpieron los celos de Iscariote– Ya bésense.

Los dos se sonrojaron en silencio.

–Tú fuiste el que desapareció –dijo Tobías sin especificar a quién se refería.

–Tú fuiste el que se fue con una herida en el brazo y en el corazón –contestó Augusto.

Iscariote sabía que se refería a él pero el único argumento que tenía en su defensa es que planeaba regresar.

Y nunca lo hizo.

Y todos los años que envejeció estando separado de su propio tiempo lo habían convertido en otra persona.

También estaba consciente de eso.

–Pues yo también tengo un cachito de bosque que se llama Tobías y uno de ciudad también. Y uno que se llama Siobhan. Y en su momento tuve el que se llamaba Hilda, pero se rompió porque era un cachito más de cristal que de bosque –Fue la mejor defensa que logró salir de su boca–. A todos esos cachitos yo los veo más como santuarios que refugios, aunque básicamente sirven para lo mismo.

–Lo triste es que ninguno de ellos sea hogar –dijo Tobías mirando la laguna de nuevo–. Cuando estuve aquí en el bosque, sentía que pertenecía a algo y después me sacaron de aquí “para protegerme”. Cuando estaba en la ciudad me sentía vacío. Sólo tenía a Oliver y a los trabajos que apenas me pagaban las cuentas pero que de vez en cuando me entretenían a distraer lo solo que me sentía. Por eso me gustaba investigar los lugares viejos y abandonados, por eso los sentía como algo muy mío. Hasta que llegué aquí. Y luego lo perdí todo. Y ahora estamos aquí, tratando de reconstruir lo que todos extrañamos, tratando de ser uno, de que la soledad se sienta menos compartiendo la existencia con este lugar. Pero la verdad es que tengo mucho miedo, no quiero volver a vivir una guerra que podríamos volver a perder.

–Eso fue lo que siempre quise, crear un refugio y un santuario y un hogar pero nadie lo entendió, todos querían irse.

A los tres se les cayó la cara del susto cuando voltearon la mirada para encontrarse con quien había dicho eso.

–Hilda, aléjate de ellos –dijo el espectro de Siobhan a unos pasos de ellos acompañada de los tres cuervos y todos los seres del bosque–. Cometiste un grave error al venir aquí.

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