Los ingredientes de un deseo

El crujido de la puerta al abrirse anunció su llegada al café.

-Buenos días, Andrés –dijo el hombre detrás de la barra que siempre sonreía con la llegada de historias para su día. Como cada jueves, el pintor había llegado con la ropa manchada, ojeras y el estómago vacío. Era una historia que ya se sabía muy bien pero también era una historia que le agradaba repetir. Hasta podía decir que su día no comenzaba hasta que él aparecía para desayunar.

  -Buenos días tú –le contestó el pintor rascándose la cabeza. Era obvio que todavía estaba medio dormido.

-¿Hambre? –dijo el barista al analizar con qué satisfacer el apetito de su amigo.

-Mucha –le dijo el pinto al sentarse en uno de bancos de la barra- Hoy la torre está distinta. Como que tiene más color.

-Es tu culpa –le contestó el barista sin despegar la mirada de la comida en preparación.

-Soy inocente hasta que se demuestre lo contrario –dijo él hombre, sorprendido de la acusación.

-¿Recuerdas el día que llegaste? –dijo el barista sirviéndole un par de huevos sobre salsa roja y verde y un agua de frutas- Yo recuerdo tu deseo.

El pintor analizó lo que acababa de escuchar, siempre que alguien llegaba a hablar sobre deseos al barista se le iluminaba la cara. En esta ocasión la nostalgia fue lo que llegó a su rostro. Sí recordaba muy bien ese día aunque ya habían pasado más de un par de años desde entonces.

Sólo cargaba con una pequeña mochila y un cansancio que se había acumulado durante los días que había ocupado en alejarse de su pueblo. Se sentó a los pies de la estatua y observó los cimientos de la torre empezaba a levantarse. Vio la construcción como si fuera un espejo de su propia vida, esperaba levantar algo nuevo ahí consigo mismo. Algo con más vida, con menos tedio y mucho menos gris. El pueblo de dónde provenía estaba muerto y por mucho tiempo deseó huir a algún lugar donde las cosas cambiaran, donde la vida sucediera, donde siempre tuviera algo que pintar y algo que compartir. Donde hasta la rutina fuera algo emocionante. Y eso había sucedido. La ropa blanca con la que llegó ya era otra, él era otro y él lugar al que había llegado también había cambiado. Ya se había convertido en una pequeña población que se llenaba de los deseos de quienes llegaban. Le gustaba mucho estar ahí, sentirse parte de eso y tener un lugar en toda esa historia. Le gustaba tanto que nunca se había detenido a observar lo que él había aportado.

-Sí lo recuerdo –Le contestó al barista sin saber cuánto tiempo había estado perdido en sus pensamientos.

-Así es como la torre se va construyendo, con la voluntad de la gente que viene poner sus deseos aquí –dijo el barista-. La chica que vino a dejar su tiempo, la pareja con su encuentro, tu asombro y el color, la música, el futuro, la razón de quien fundó este café y los que me hicieron el guardián de todo este lugar. Todavía falta recibir mucho para  que sea un lugar real, pero me parece estamos logrando algo que será increíble. Mi deseo es demostrarles a quien cree y a quien no que con un poco de empatía se puede llegar muy lejos, que cumplir un deseo es más cosa de voluntad que de magia.

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