Los tres y la herida

La calle de Havre estaba en silencio, una casa que ante cualquier ojo humano estaba abandonada. Aquello era un simple disfraz para alejar a quien no creyera en la oportunidad y a quien no necesitara la ayuda de un trío de cuervos que, en concilio, podrían parecer toda una parvada.  Lo cierto era que la casa por dentro era también mucho más grande de lo que la fachada te hacía creer.  Ese día se escuchaba una discusión en su interior.

-¿¡Qué hiciste qué!? –le preguntó el cuervo menor al de en medio.

-Le di la caja de los vientos a Oliver –respondió obediente.

-Eso nos quedó claro –dijo el cuervo mayor- y entiendo por qué lo hiciste. Aunque lamento decirte que no va a funcionar como esperabas, sé que a veces no me creen por ser el mayor pero siendo ustedes sé que me van a entender también.

-¿Por qué no? –cuestionó el de en medio- Oliver todo lo que quiere es que su amigo esté bien y podemos sacarle un poco de provecho a eso y poner las cosas a nuestro favor.

-Porque Tobías es parte de la herida del bosque, como nosotros –dijo el mayor-. No se va a curar tan fácil. Y Oliver no tiene cómo regresar. Y en caso de que lo haga, ¿estás listo para lo que pueda suceder al darle al bosque toda la vida contenida en la caja?

-No importa si estamos listos –dijo el cuervo menor-. ¿Estará listo el bosque? Esperemos que el pueblo no esté listo, esperemos que la herida no cause estragos de éste lado, esperemos que Hilda…

-No necesitamos esperar nada –dijo el de en medio, aunque tú seas lo que ya pasó y tú seas todo lo que pasará, los dos también son yo. También son ahora. También son éste momento. Y eso es lo que importa. Ya hemos esperado demasiado tiempo.

-La última vez esa actitud casi te mata –dijo el menor.

-La última vez nos agarró por sorpresa, la última vez estábamos solos y sólo éramos el bosque. Ahora somos el tiempo, somos el poder de las historias y lo más importante es que no estamos solos.

-Aunque estemos fuera de nuestro hogar, hay muchos luchando por que viva todo lo que fuimos –dijo el mayor.

-No sería el primer espacio de tiempo ajeno funcionando a la par de éste lugar –dijo el menor-, ahí están las ciudades escondidas de Londres y toda europa. Todo lo que se refugia en Noruega, Finlandia y demás ante el tiempo humano. O las ciudades Flotantes de China.

-No te vayas tan lejos –dijo el cuervo de en medio- Aquí mismo en Allá Lejos tenemos al Distrito Arcano.

-Podemos vivir –dijo la esperanza del cuervo mayor.

-Podemos vivir –contestaron los otros dos.

 

********

 

En la Merced, en las ruinas de la casa más vieja, Oliver estaba sentado en el suelo del salón donde había perdido a su amigo, donde la tinta había hablado, donde creía que podría volver al bosque donde todo estaba perdido.

Estuvo horas golpeando cada rincón.

Abrió y cerró las puertas de los cuartos incontables veces.

Trató de abrir la caja, de encontrar una llave, de que sucediera algo que fuera parte de toda esa historia de la que él se sentía tan ajeno y, a la vez, tan necesitado de pertenecer. Quizá el problema no era que quisiera pertenecer, quería estar con todos aquellos que apenas podían cargar su soledad, demostrarles que se podía vivir sin problemas siendo amigo de ti mismo.

Aunque la terquedad de volver al bosque, sin que él lo comprendiera todavía, residía en que quería que sus amigos no se fueran y no lo dejaran atrás como tantas veces había sucedido. El único que seguía a su lado después de tantos años era Tobías

-Dame esa caja –escuchó una voz familiar, esa voz que lo hipnotizaba. Levantó la mirada y no vio a nadie, la casa seguía en ruinas, no había regresado aún.

-¿Para qué la quieres? –le contestó al aire sin saber si sólo había imaginado aquella voz.

No hubo respuesta.

Empezó a considerar que era una pérdida de tiempo estar ahí sin encontrar al menos una pista. Consultar con la almohada que era el mejor camino a seguir resultaba muy tentador. Se puso de pie y volvió a escuchar una voz.

Otra voz.

-No le entregues la caja.

Comprendió entonces que las voces provenían del interior de la caja. O al menos la que acaba de escuchar así era.

-Ven al Sargento, pon la caja frente a él y deja que te traiga de regreso.

Por un momento creyó que voz se parecía a la de la mujer que cuidaba de Tobías. Caminó a un paso rápido, no tanto como su ansiedad quisiera pero suficiente para llegar a la entrada de aquél recinto junto con el anochecer.

Las grandes puertas de barrotes de hierro con garigoles ya se encontraban cerradas y un guardia del otro lado lo observaba con atención. Se fue de ahí tranquilamente sin llama la atención, o eso era lo que quería que el guardia creyera. Siguió el cancel en dirección hacia la fuente de la Templanza hasta que pudo verla a lo lejos, del otro lado. Ya estaba oscuro y no había tanto tránsito en la avenida, aquello le ayudó a trepar al encontrar cómo meterse. No había luz que lo guiara por dónde caminar pero sentía que la caja que cargaba con él lo jalaba como si fuera una correa. Cayó del otro lado de un brinco no muy bien aterrizado, la caja se le fue de las manos y se raspó un brazo. Tardó en levantarse y encontrar la caja. Estaba seguro de haber hecho demasiado ruido, seguro iban a encontrarlo y se iba a meter en problemas.

Nadie se acercaba.

Caminó hacia la fuente con cuidado y lentamente subió escalón por escalón.

Escalón por escalón.

Y ahí, enfrente del Sargento estaba alguien dándole la espalda. Levantaba un brazo como tratando de alcanzar algo en el árbol. Consideró que la seguridad de aquél lugar era muy mala si más de una persona podía colarse estando el lugar cerrado.

Lo quiso llamar pero no encontró voz en sí mismo.

La persona no se movía.

Había algo raro en ella.

Se acercó con cuidado y sólo necesitó unos pasos para darse cuenta de que era lo que estaba fuera de lugar. Era una de las estatuas de ceniza en las afueras del pueblo de Hilda. Ahí, del otro lado del tiempo.

-Entrégame la caja –dijo la voz de Hilda desde la caja de nuevo.

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