Lugares abandonados

–Cinco minutos más y el consejo estará listo para escucharte –le dijo a Tobías una voz de tal manera que a cualquiera lo hubiera hecho sentir paz.

A él tal enunciado le cayó al cuello haciéndole un nudo como condena a la hoguera.

Tenía casi dos años que no presentaba nada, todas sus investigaciones se habían perdido en el pasado en algún punto intermedio del olvido y la desidia. Se dejó absorber por la ciudad y la dinámica de todos los días ser algo nuevo e inmediato, de olvidar el camino a construir. Aunque irónicamente eso lo hacía sentirse como uno de esas construcciones abandonadas que eran habitadas sólo por la naturaleza que iba, poco a poco, reclamándole al concreto lo que  desde un inicio era suyo. No es que ese sentimiento le molestara gran cosa, de hecho ese tipo de lugares le pintaban la misma sonrisa que despertar con el olor a mantequilla en el sartén y un par de pancakes en la mesa en un sábado cualquiera.

La historia detrás de esos lugares eran su juguete nuevo,  el problema era la soledad que sentía cuando no tenía con quién compartirla. De ahí que se haya dejado caer en la rutina de ser uno más en la ciudad existiendo sin vivir.

Tenía tanto tiempo que no tenía aquello que lo llenaba de vida que ahora que estaba por conseguir el permiso para volver, sentía que se quería morir.

Todo era culpa su mejor amigo, de él y su ociosa manera de siempre encontrar combustible para con un par de palabras prender el tren bala de su imaginación que invariablemente lo llevaba al destino más inesperado.

–¿Cuál es la casa más vieja de toda la ciudad? –le preguntó un par de semanas atrás. Sin decir palabra alguna, pocos minutos después encontraron la existencia de aquella casa en la colonia de  La Merced. Existía muy poco sobre ella. Sin embargo él estaba seguro que detrás de ese poco había mucho, de no ser así la ciudad no hubiera crecido a su alrededor. Al pensar en todo aquello sacó su teléfono y tecleó sin pensar:

“Oliver, ¿dónde diablos estás? Dijiste que vendrías conmigo, después de todo, es tu culpa que esté aquí.”

Le picó a enviar y como si fuera un gatillo, la dueña de la voz de al principio de este cuento volvió llamarle la atención.

–Puede pasar, señor –le dijo a Tobías al abrirle la puerta a un gran salón.

Dentro una parvada de cuervos humanos lo acechaba en silencio.

Se aclaró la garganta y procedió.

–La ciudad de Allá Lejos no siempre se llamó así, tampoco nació para ser una metrópoli o llenarse de vida y mucho menos se pensó como el monstruo que ahora es. Me presento ante ustedes con el interés de saber el origen de todo eso, de pedirles la llave a la historia detrás de la casa en La Merced que ustedes protegen con tanto recelo.

–No hay tal –dijo uno de los cuervos con la sequedad de un desierto.

–De ser así, ¿por qué la casa sigue en pie? –preguntó la curiosidad de Tobías a tal  respuesta.

–Porque la terquedad nunca se cae –dijo otro de los cuervos.

–En ese caso déjenme entrar y saldré de ahí sin nada que contar –dijo Tobías mirándolos a los ojos–, mi terquedad satisfecha se los agradecerá.

Los cuervos discutieron entre sí a un nivel inaudible, cuando recordaron la presencia de Tobías guardaron silencio y lo juzgaron por unos segundos.

–Ese es el problema con los lugares abandonados como tú, son tercos en seguir existiendo. Se llaman entre sí y sólo traen problemas si alguien se opone a su encuentro –dijo el cuervo en el centro del grupo–. Así que hemos decidido dejarte entrar y que caigas en el olvido como todos los que se han atrevido a entrar con -o sin- nuestro permiso.

El cuervo hasta la izquierda se puso de pie y se acercó a Tobías lentamente con la mirada fija en la suya, se detuvo cuando sus narices estuvieron a punto de tocarse y puso una llave oxidada entre ellos.

–Estás solo en este bosque y quizá no sea eso lo que buscas–dijo depositando la llave entre las manos de Tobías–, quedas advertido.

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