VIII · Maestro del color

−¿Alieth? ¿Se llama Alieth? −preguntó Dahlia señalando el cuadro.

El pintor observó el retrato sin responder y luego miró a la enöriana con cierta repulsión.

−¿Quién eres? −dijo haciendo ver que estaba molesto.

−Yo soy… Dahlia… Dahlia Dunod. −dijo un tanto intimidada.

−¿Y qué te trae por aquí, Dahlia? ¿De dónde vienes, qué quieres? −preguntó el pintor aún incrédulo y desconfiado.

−Perdón por entrometerme en tu trabajo. No quería ser una molestia. Vengo con el Circo del Alma que está por instalarse en las afueras de este pueblo. Acabamos de llegar y todos están desayunando en un parque parecido a éste, pero mucho más grande y… pues… yo −la mujer dudó sobre lo que diría a continuación− no tenía mucha hambre, así que decidí darme una vuelta por los alrededores.

−¿Y por eso te paraste aquí? −el pintor estaba recargado en el marco de la puerta, y clavaba la mirada en la mujer.

−Es… que… me llamó la atención que tu casa fuera la única de un piso, luego vi el cuadro y no pude resistir la curiosidad. Nuestra obra aún no tiene cartel que lo anuncie. Así que me acerqué para ver qué clase de pintura hacías, entonces me sorprendí mucho al verla a ella. ¿Se llama Alieth? −la enöriana intentó terminar con una sonrisa, no quería que el pintor se enojara antes de proponerle que pintara para el circo.

Con cada segundo que pasaba frente a la gemela de su pintura, el pintor empezaba a notar las diferencias con su amada. Cuando uno conoce muy bien a su pareja, es posible distinguirla con facilidad ante cualquier semejante que se aparezca pero el deseo de ver a esa persona puede confundir hasta al más observador. No podía culparse de no reconocerla, pues llevaba meses buscándola. Le molestó que el destino le jugara tan mala broma poniéndole un intento de reemplazo. ¿A caso realmente creía que la sustituiría tan fácilmente?

−Sí, así es. Se parecen mucho −dijo con resentimiento.

−¿No es sólo una pintura? −preguntó la enöriana aún más sorprendida− ¿Dónde está? ¿Puedo conocerla?

La paciencia del pintor estaba a punto de estallar, no había tenido una buena semana y no estaba dispuesto a permitir que una misteriosa desconocida llegara a tomar como suyos los recuerdos de su amada. Sin decir nada, dejó que el coraje lo invadiera por completo.

−¡Lárgate! −gritó el pintor azotando la puerta de su casa− Ella no está aquí.

Dahlia no sabía qué hacer, ni siquiera entendió qué pasó, pero no podía irse. El pintor tenía respuestas que ella necesitaba y aunque no pareciera dispuesto a dárselas en ese momento, tenía que intentarlo. Quizá no es buen momento, pero si no es ahora, ¿cuándo? Pensó. Subió los tres escalones del pórtico y se detuvo frente a la puerta dudando acerca de lo que iba hacer. Entonces alcanzo a escuchar pasos sobre el piso de madera en el interior de la casa, que se detuvieron abruptamente, pensó que podrían ser del pintor que abrirá la puerta en cualquier momento y entonces podría disculparse de lo que fuera que hubiera hecho para molestarlo de esa manera, así que ahí se quedó.

Esperó y nada.

             No me va a dejar aquí parada, yo tengo que saber. Pensó incomodándose por el trato que  el pintor le había dado. Decidida a reclamar por lo menos una explicación, le encontró utilidad a su maldición, se concentró para no caerse del piso de madera que la separaba del suelo y poder traspasar la puerta que la apartaba de sus respuestas. Dentro vio al pintor sentado en un gran sillón, sollozando, ocultaba su rostro entre sus manos. Él se lo ganó pasó por su mente justificando que la había hecho enojar. Se acercó lentamente tratando de hacer el menor ruido posible y se paró frente a él.

−¿Dónde estás, Alieth? −decía entre sollozos, apretando las piernas con fuerza para desahogar el coraje− Prometí que volvería… ¿Por qué te fuiste?

La enöriana se sintió vulnerable al escucharlo, no pudo seguir enojada con él, en su lugar, la invadió un sentimiento de compasión. Quería brindarle ayuda, pero no sabía cómo hacerlo y tampoco si él la aceptaría.

−Oye, pintor que ni siquiera sé tu nombre −dijo suavemente arrodillada frente a él−. Quiero ayudarte, pero ni siquiera sé tu nombre.

El pintor en respuesta, volteó a mirarla con los ojos enrojecidos tratando de  comprender lo que estaba sucediendo. La había dejado afuera, ¿cómo es qué estaba ahí frente a él? ¿Acaso estaba teniendo una pesadilla?

−¿En qué podrías ayudarme? No sabes nada de mí. –dijo con la esperanza de que sólo fuera un mal sueño.

−Pues… −dijo dubitativamente pensando bien su respuesta y terminó sólo diciendo: “a dar con ella.”

−¿Qué te hace creer que tu podrás encontrarla? −preguntó el pintor mientras le lanzaba una mirada que revelaba que consideraba que su propuesta era la estupidez más grande de todo Angharad.

−No, no la voy a encontrar yo, tu pintura lo hará por nosotros. −dijo ella triunfante celebrando su buena idea.

−¿Cómo? ¿Le pondrás patas y un rastreador? No me hagas reír. −dijo el pintor sarcásticamente.

−¡Claro que no! –respondió molesta− El circo viaja por todo Angharad, ¿sabes? El retrato de Alieth podría convertirse en el cartel emblemático de nuestra obra. Y si ella se acerca al circo, o si alguno de nosotros la reconoce, le diremos dónde estás o buscaremos la forma de contactarte.

El pintor no pudo negar que no era mala idea, por más ridícula que sonara.

−Podría ser −guardó silencio antes de preguntar− Lo que no entiendo es… ¿por qué no tienen cartel si ya están en gira?

−La verdad, yo tampoco lo sé bien, estaba inconsciente cuando eso sucedió… pero me contaron que pasaron por un pueblo del que no recuerdo su nombre y que el pintor que debía realizarlo no estaba ahí porque se había ido… −se interrumpió la mujer sorprendida de lo rápido que su cabeza hizo las conexiones.

−¿Ajá? –se quejó el hombre, esperando que terminara. Él había descubierto de quién hablaba antes que ella.

−¡Eres tú! −gritó la mujer señalándolo.

−¿Yo, Ellioth? −dijo señalándose sarcásticamente.

−¡Sí! Tú, ¡tú eres al que los directores buscaban para que hicieras el cartel! –emocionada la enöriana se puso de pie.

−¿Por qué yo? –dijo, pensando que realmente tenía que ser un sueño.

−No sé, Voriana tiene un modo bastante extraño de hacer las cosas. −dijo la mujer mientras regresaba a la entrada de la cabaña− Vamos al circo, ¿sí? Ellos te pueden explicar todo mucho mejor que yo.

−¡Espera! −dijo alcanzándola para intentar jalarla del brazo y seguir cuestionándola.  Lo único que consiguió, como todos, fue atravesarla y asustarse.

−Definitivamente esto es un sueño, todo esto es demasiado… debo dejar de viajar −pensó en voz alta confundido.

La enöriana intentó explicarle todo lo que le había pasado desde el momento en que se despertó en aquél árbol del bosque. El pintor estaba impresionado de lo que escuchaba. Seguía creyendo que todo era un sueño del que despertaría en cualquier momento. Cuando ella acabó, él accedió a acompañarla al circo con la pintura de Alieth bajo el brazo. Soñando o no, era una oferta bastante tentadora, le pagarían por la pintura y al mismo tiempo serviría para encontrar a Alieth, no podía pedir más.

Dahlia no paró de hablar durante el trayecto de regreso al parque donde había dejado a sus compañeros comiendo, pero ya no los encontraron. Realmente no esperaba verlos ahí todavía, había estado lejos casi medio día y sabía que tenían que ensayar y montar la carpa, Sin embargo, regresar a buscarlos a ese pequeño bosquecillo había sido la excusa perfecta, ya que desde ahí, ella sabía cómo llegar a donde el circo se había instalado. Allá, la carpa ya estaba armada y Karad estaba cerca de un colapso nervioso porque Dahlia no regresaba. En cuanto la vio acercarse corrió para abrazarla y preguntar si todo estaba bien, tardó en darse cuenta de que venía acompañada. Voriana, que había estado tratando de calmarlo, sólo sonrió desde lejos al verla de vuelta.

−Y tú… ¿quién eres, amigo? −preguntó el director, examinándolo con la mirada.

−Ellioth, señor. Mucho gusto. −dijo el pintor, incómodo ante la presencia del director− Dahlia me decía que necesitaban un pintor, traigo ya una propuesta conmigo.

−¡Vorianaaaaa! −gritó volteando hacia la adivina− ¡Ven, llegó tu esperada sorpresa!

La adivina se acercó a paso lento, observando al nuevo visitante justo como lo había hecho con Dahlia la primera vez que había llegado al circo. El pintor se sentía aún más incómodo, la adivina emanaba una fuerza que lo intimidaba aún más que el director, su mirada lo hacía sentir que su vida era un libro abierto para ella. Sabiendo esto, Voriana se detuvo a un lado de Karad y lo tomó del brazo esbozando su característica sonrisa de “yo lo sé todo”.

−Bienvenido, maestro del color. Gracias por traerla de regreso.

−No… no se preocupe. −dijo él con voz nerviosa− Vine a petición de ella.

−Déjame verlo −dijo la adivina clavando la mirada al cuadro.

El pintor les mostró el cuadro sosteniéndolo con las dos manos. Karad abrió los ojos lo más que pudo, ver el retrato casi exacto de Dahlia lo había dejado boquiabierto. La reacción de Voriana, sin embargo, sólo fue una sonrisa de como cuando las cosas caen en su justo lugar.

−Es perfecto, ¿por eso tardaste tanto mi niña? −dijo el director inmerso en los ojos de la pintura en cuadro− Pero… ¿Por qué no te puso la piel azul?

−Porque no es ella, es otra persona −contestó la adivina cortantemente.

−Pero… ¿cómo? Son tan parecidas. −dijo Karad.

El pintor sólo suspiró y bajó la cabeza sin saber qué decir. Empezaba a creer que no había sido tan buena idea venir al circo e involucrarse con esta gente, además, no quería volver a contar su historia.

−La encontrarás, pero no aquí. −la adivina intentó consolarlo diciéndole lo que el Éter sabía− No sé dónde, pero el Viento dice que no te rindas.

−¿Usted qué sabe? −dijo Ellioth retadoramente y con profundo desánimo.

−Que ella salió de la ciudad de Soleth hace unos años para reunirse contigo, que te separaron de su lado hace unos meses y que no has podido encontrarla porque ella también te está buscando. −lo miró imponiendo su autoridad.

−¿¡Entonces qué hago!? −gritó el pintor de desesperación.

−No sé. −dijo apenada.

−¿Cómo es que parece saberlo todo y se atreve a decir que no sabe? −dijo él indignado. Se sentía engañado. Cómo quisiera que esta pesadilla terminara ya, me está sacando de quicio ¿Cuándo voy a despertar? Pensó mirando su cuadro.

−No estás soñando. −dijo la adivina sacándolo de sus pensamientos− Tú eres el que tiene que decidir qué hacer.

−¿Qué dem… −se detuvo el pintor antes de maldecir, la última vez que maldijo a un arcano, lo separaron de su amada− ¿Van a querer el cuadro?

−No podemos quitarte tus recuerdos de ella, pero… −la adivina se calló unos segundos para pensar una segunda alternativa que los hiciera ganar a ambos−. Podrías hacernos una copia del retrato, en la que añadas los datos de la gira, el título y demás ¿Podrías hacer eso?

−¡Te pagaremos bien! –añadió el director, tratando de sonar convincente.

−Gracias, sí, supongo que puedo. −dijo el pintor avergonzado de haber hecho aquel berrinche.

−Sería una lástima perder el original, es una pieza irremplazable, ¿no crees? −dijo la adivina tratando de hacerle comprender que entendía lo valioso que era para él.

−Sí, lo es… perdón por comportarme tan gruñón. No he tenido una buena semana y todo lo que ha pasado hoy ha sido muy extraño.

−Hombre, no tienes que excusarte, queremos ayudar. Todos tenemos malos días. −dijo el director amigablemente. Con eso bastó para que Ellioth se relajara y sonriera en acto de agradecimiento por su comprensión.

−Así te ves mucho mejor, puedo ver porqué ella te eligió para que la pintaras. −dijo la adivina sorprendida de lo diferente que se veía el pintor sonriendo− Entonces, en eso quedamos. ¿Cuándo podrías traer la copia? Ahora mismo te daré la información que debes  agregarle.

−Es sólo una copia, tengo un aparato tecnomágico que me ayudaría a hacerlo muy rápido, estará lista mañana mismo. De hecho, si les sirve y les gusta, puedo hacer todas las copias que requieran para su gira. −dijo el pintor con una paz que Dahlia pensó que sonaba rara en él. Todo el día había estado enojado o triste y ya se había acostumbrado a escucharlo de mal humor.

−¡Perfecto! Ven, sígueme. −le dijo la adivina al pintor− Despídete de ellos, porque tienen que ir a ensayar sus actos.

−¡Muchas gracias por todo! −agradeció el pintor haciendo una reverencia− Supongo que los veré mañana.

−¡Claro que sí! −contestó Dahlia.

−¡No hay de qué, hombre! Si tienes tiempo, mañana puedes quedarte a ver el ensayo. −lo invitó el director dándole la mano.

−Será un placer, entonces −aceptó estrechándole la mano.

Ojala la encuentre algún día, pensó Dahlia mientras lo observaba subir al carro terraza que jalaba los vagones del tren. Estaba a punto de seguirlo, no sabía por qué, pero no podía quitarle los ojos de encima. Quería saber todo de él.

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