Bajo el hechizo

-¿Cómo es que llegué a mi casa? -preguntó Zarzamora, -¿Por qué dormí en la sala?

Sabina puso cara de preocupación y sin decir una sola palabra, puso un dedo entre sus labios, agarró el control de la televisión y la prendió. Estuvo negando con la cabeza un par de canales, mientras con la mano le picaba al botón que haría que el siguiente apareciera en la pantalla. Dejó de presionarlo cuando “La masacre musical” se anunciaba con la voz del locutor y Sabina le señaló el televisor a su amiga, mirándola a los ojos. Acción que en esta ocasión significaba “ahí está tu respuesta”.

El reportero explicaba, en pocas palabras, que la gente que había asistido al concierto de Silvanna la noche anterior había caído en una especie de coma sin explicación alguna. Un coma muy profundo que, de no ser porque la gente respira, se les podría considerar muertos. No laten, están fríos, pero respiran. No hubo sobrevivientes, decía el reportero. Justo en ese momento, Sabina volteo a verla para guiñarle un ojo. La chica se puso de pie e hizo la mímica de ir cargando algo en su espalda.

-Ya veo -dijo Zarzamora, con la mirada en el suelo, a todas las palabras regadas que había dejado ahí la noche anterior- ¿Y qué pasó con…

-La artista, principal sospechosa de estar detrás de todo esto, desapareció pocos minutos después del accidente. La policía aún no da con su paradero y sus agentes afirman que se encuentra perdida. Si usted la llegase a ver, aléjese y reporte el caso a las autoridades. Es una mujer peligrosa y debe ser tratada con cuidado -el locutor del noticiero interrumpió la pregunta que la chamanita apenas formulaba, se le cayó la boca al suelo al escuchar que la consideraban una amenaza. “No puede ser”, se decía a sí misma.

-Ya escuché suficiente, Sabina. Ayúdame a limpiar y hay que salir a buscar algo de comer después -Dijo a su amiga con una sonrisa al cambiarle a otro canal.

 

Remendó un par de trapos para arreglar el campo de guerra en el que estaba convertida su casa y mientras pensaba que las palabras no sólo servían para meterse en problemas, también eran necesarias para sellar pactos y hacer canciones. Tal vez las palabras inútiles son sólo aquellas pronunciadas por quienes no las hacen realidad, los que no saben lo que dicen o a los que les gusta andar engatusando a los demás o tal vez los que desconsiderados que no tienen palabra o a quienes les sobran.

Poco antes de que terminara de arreglarse ella misma para salir, en la tele empezó una canción que la hizo quedarse helada por unos segundos.

 

Night was darkness itself,

Something pulled me in

Doors were closing behind me

When I saw the red moon

Saying goodbye

Gray light wings opened to let me in

Inside there was a witness,

but neither of us care

I fall over your chest

And let out all I had …

Revelation  show up  in your eyes

You could not foresee that rush

and released a promise

 

En cuanto el verso terminó y la música continuaba sin decir palabra alguna, la estatua en la que Zarzamora se había convertido por un momento logró apagar la televisión. Tenía prisa de hacerlo, mucha, como si esta le hubiera estado comunicando las peores noticias que había escuchado. Como si se le fuera la vida en ello.

Su corazón latía para un lado con toda fuerza y el corazón de las elecciones la empujaba a salir de la casa lo más rápido que pudiera. Por un lado esa canción la había hecho sentir muy bien, la hizo recordar aquellas alas de ensueño en las que se había recostado la noche anterior. Pero eso era un sueño. Eso era lo que la perturbaba. Nunca, en todos sus años de vida, sus días habían querido insinuar algo sobre sus noches. Y lo que acababa de escuchar fue un grito. Algo que no estaba bien.

Trató de olvidarlo en el camino, de disfrutar la tarde ordinaria, de ir por un café, pasear, husmear entre las vitrinas, ver la cartelera del cine, eso que uno hace un día de cualquier fin de semana en un centro comercial. De verdad que lo intento, pero su mente terminaba regresando a esas alas grises. A la promesa que había hecho. De repente, la canción volvió a sonar en todo el centro comercial. La había arrinconado, ahí no había forma de apagarla y no se iba a salir, no iba de cambiar su tarde porque una canción quería taladrarle sus pensamientos. Por un momento deseó con todas sus fuerzas que Sabina hablara, para tener con quién ignorar lo que estaba escuchando. Pero como cosa hecha adrede, hasta su helado se acabó justo en el momento de la canción en el cual había apagado la televisión más temprano. Resignada, esperando que eso apaciguara a los dos corazones que estaban por partirla en dos, se dispuso a escuchar.

 

Woman we got a pact,

You can rest your soul in my arms

or fly on my wings to neverland  

But you’ll have to pay me back

If you see me dawn in the scum,

You’ll pull me out of that pack.

Revelation lighted my eyes

I didn’t expect that hush

I couldn’t lie

couldn’t fight the spell

 

Zarzamora sucumbió al deseo de no poder esperar a volver a dormir. Estaba contenta con sus decisiones del día pero necesitaba enredarse de nuevo en esas suaves alas grises que la habían hecho sentir paz. Al llegar a casa intentó cantar,  “Sueño con soñar contigo, con ser libre entre tus alas…” pero la letra de la canción tomó otro rumbo, algo como  “soñar es el refugio de los cobardes, es el mal de los rehenes” y por tercera vez en el día sintió a sus corazones perder el ritmo. Entonces guardó de nuevo su corazón en el cajón y pensó, “La verdad es que soy esclava de mis miedos. Sueño y sueño porque tengo pavor a volar despierta. Y hablando de volar, ¿dónde estará mi escoba?”

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VI · La Realidad Absoluta

Desde hace mucho tiempo lo he deseado… o bueno, siempre he querido tener esa capacidad absoluta de poder modelar mi futuro a mi antojo. Yo nací con la habilidad de ver cómo las cosas se relacionan entre sí, supongamos que las consecuencias del efecto mariposa no solo tienen que suceder al otro lado del mundo, también suceden a unos metros. Entonces cada acción, cada decisión afecta el entorno de una manera importante. Si en la mañana hubieras dado vuelta en esquina a la derecha la persona de a tu lado se movería un poco para abrirte paso, esa acción a su vez la distraerá de voltear a la derecha donde al otro lado de la acera hubiera visto como un perro callejero trata de robar las sobras de hotdogs de un carrito. Si todo esto no hubiera pasado esa persona habría notado al perro y lo hubiera adoptado, quien en un futuro lo salvaría de una fuga de gas.

Lastima que no lo hizo.

Y…

Bueno, mi don es ese. El de poder ver todos esos camino aleatorios que se trazan a través de las decisiones, al principio era abrumador pero de alguna manera aprendí a filtrarlos y solo poder notar los caminos que me interesaban. Día a día me preguntaba si esos caminos eran definitivos, si esas relaciones podrían ser cambiadas al antojo como un gran algoritmo que diera el resultado que quiero y así poder moldear el destino.

Con el tiempo noté que esos caminos están compuestos de cuatro factores: tiempo, espacio, materia y energía.

Y esto es lo que me trae al día de hoy a esta mansión. He descubierto que existen personas que pueden tejer estos factores a su antojo, aunque no tienen el control sobre el destino en sí, influyen en cómo se teje.

De alguna manera debía de obtener ese poder.

En la década de los cincuentas conocí a un físico alemán (tejedor de energía no muy brillante en su juventud) que se hizo famoso por descubrir la relación entre materia y energía, me demostró que gracias a mi don podía obtener control sobre estos factores siempre y cuando pudiese obtener lo elemental de estos individuos. Según él, sólo debía de trazar los caminos en reversa para convertirme en el anti-elemento de cada uno de ellos y así absorberlos, es una lástima que Albert no sobrevivió para poder explicarme la integración de estos cuatro elementos fundamentales, si lo hubiera hecho tal vez todos cambiaríamos esos caminos a nuestro antojo.

Lo cual no me convenía porque yo quiero ser el único capaz de hacer eso.

Es por eso que he convocado a los tejedores a esta casa, para arrebatarles sus poderes y alimentar los míos como el tejedor absoluto del destino. Mi pan es muy simple, solo tengo que lograr que ellos se destruyan entre sí y que el contenedor que les arrojé pueda absorber todo para canalizarlo hacia mí.

Aunque este grupo es muy similar a los anteriores, me preocupa demasiado, hay dos tejedores muy poderosos y con mucha experiencia que contrastan con la de las tejedoras. Será mejor que me apresure a deshacerme de ellos.

 

****

 

– ¿Lo es? –Lancé la pregunta que resonó en cada uno de los cuartos buscando responderle a quien aseguraba que era una mentira.

Tristán que sostenía en los brazos a una Juliana enloquecida, notó que ese cuerpo no emanaba energía, que al contrario se la estaba absorbiendo como un hoyo negro. Sintió como perdía sus fuerzas, sus recuerdos, su sabiduría, trato de soltar a la falsa Juliana pero en un abrir y cerrar de ojos se dio cuenta que era él quien estaba siendo abrazado por un anti-Tristán, su copia al carbón, lo único que se le ocurrió hacer fue sobrecargar el flujo de energía hacia el impostor.

–¿Quieres tener todo esto? Pues abre bien la boca –gritó Tristán mientras aumentaba el flujo de energía hacia el impostor quien no pudo contener tanto poder y terminó explotando, llenando la habitación de luz por un instante y arrojando a Tristán al vestíbulo de la mansión.

– ¡No, no lo puedo resistir más! –Escuchó Tristán justo en el momento en el que dejó de percibir la energía de uno de los tejedores.

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Una absurda muestra mostrada en el demostrador

 Se supone que el me demostraría la muestra del muestrario mostrado después de haber prendido la luz. Pero no… se negó a desprender aquella etiqueta que el muestrario mostrado del mostrador contenía para mantenerlo cerrado.

            -No… No puedo hacerlo. Sí la demostradora se da cuenta que abrimos el muestrario mostrado del mostrador demostrado nos va a aprehender. El jefe no será muy comprensivo si yo me encuentro aprehendido.

            -Ay, ay, ya… hazlo, ya nos metiste en este problema como para cambiar de opinión a estas alturas –le dije en respuesta con una mirada que demostraba no estar cediendo a su negación.

            Tanto estuvo insistiendo en qué tenía que ver lo que había adentro de la muestra mostrada en el demostrador que hasta había logrado que me interesara en meternos a la tienda sin permiso y hurtar aquél tesoro. Cuando me decidí a emprender aquella hazaña  la luz comenzó a prenderse. La demostradora se encontraba justo detrás de la puerta, al otro lado del cuarto, portando orgullosamente el uniforme de la empresa. La pura silueta de la mostradora mostraba que no lograba comprender lo que sucedía.

            -¡Ay, Dios! Pero ¿qué hacen aquí? ¡Quítale las manos al muestrario mostrado del mostrador demostrado justo en este mismo momento! ¡Hazlo a menos de que quieras una emostración de lo que les hacemos a los que nos intentan robar!

             Acto seguido, lo solté. Fue una reacción inmediata a aquel muestreo aprensivo de hostilidad. Cayó al piso y se rompió el sello. Con ello comenzaba a mostrarse lo que había dentro. Una luz emanaba desde dentro.

            En un acto demostrativo de cómo llamar la atención mi histérico amigo empezó a gritar:

-¡Ay Güey! ¡Ya lo rompiste! Haz algo, ¡rápido!

-¿Podrías callarte imbécil? Todo esto es tu culpa

Claro que mi comentario fue demasiado tarde. Una horda de militares verdes  empezaban a mostrar su cabeza en el lugar. Uno de ellos se abrió paso picándolos en la espalda con un prendedor. Cuando llegó al frente dijo en voz muy clara:

            -¡Salgan! ¡Están rodeados! ¡No pueden hacer nada el respecto! ¡Que salgan carajo! ¡Salgan o les demostraremos cómo hacerlo por las malas!

            -¡Está bien! ¡Está bien! Yo sólo quería mostrarle la muestra del muestrario mostrado del mostrador demostrado que ya se mostró con la luz mostrada que salió mostrándose del mostrador que atiende la demostradora en un muestreo de buena demostración. 

            Una melodía dentro de mi pantalón, como de cajita musical, nos interrumpió a todos. Cosa que muestra confusión en la cara de todos. Un celular…

            -Sí, ¿bueno? ¿Mamá? No puedo hablar ahorita… sí, sí, ya sé que es tu día… estoy ocupado…

           

-¡Corte! ¡Corte! ¡Se repite todo! ¿¡Porque no lo apagaste carajo!?

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Con cierto desconcierto

A petición de algunos de ustedes, esta es otra historia sobre Zarzamora y sus dos corazones; muchísimas gracias por sus comentarios, su apoyo en Patreon y por correr la voz cuando alguna de mis historias les gusta.

Cuénteme qué les gusta, que no y qué les gustaría leer aquí a la luz Quinqué, me gusta escucharlos.

Aquí vamos con la historia de hoy, pues:

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V · Tal vez, quizá, no.

Isaac ayudó a Tristán a ponerse de pie para después golpear una pared invisible que no le permitía pasar al cuarto donde Ixchel había entrado. Para el tercer golpe la puerta se cerró en sus narices. Por el impulso cayó al suelo de un sentón y fue ahí, en ese momento que trató de llamar a sus otros dos compañeros, cuando escuchó otras dos puertas cerrarse. Sólo quedaba una abierta a unos metros de él. Se puso de pie y se acercó a dicha puerta para observarla como si fuera un espejo.

–¿Qué clase de trampa es esta? –pensó en voz alta y obviamente, para su decepción, nadie le contestó. Lo que sí llegó a sus oídos fue cómo la casa cambiaba de forma una vez más a sus espaldas. Dio media vuelta para examinar la nueva apariencia del pasillo y se encontró a la mitad de un pequeño cuarto sin ventanas cuya única salida era aquella puerta que seguía abierta, anunciando una red abstracta hecha de figuras geométricas.

–Está bien… –dijo Isaac burlándose de su situación– si tú insistes.

Y la puerta se cerró a sus espaldas.  

El nuevo cuarto era obscuro para los cuatro. Se intentaron llamar entre sí para descubrir su completa soledad. Unos pasos más adelante la negrura se pobló para volver a dejar ver el salón donde habían dejado atrás al cadáver. Sólo que en esta ocasión estaba vivo, leyendo y sentado en el marco de uno de los ventanales.

Ixchel estuvo tentadísima a acercarse para averiguar cómo era posible de que estuviera vivo quien hasta hace unos momentos estaba más que muerto pero la entrada intempestiva de un tercero al cuarto la interrumpió.  Los dos hombres discutían sobre la telaraña del tiempo, sobre la muerte y el destino hasta que debido a un erro de cálculos el hombre antes muerto acabó muerto a manos del otro. Cuando este dio retrocedió, Ixchel claramente pudo reconocer a Isaac. Se quedó congelada al tratar de asimilar lo que acababa de presenciar. ¿Qué estaba sucediendo?

 

Juliana también tuvo toda la intención de acercarse y preguntarle a aquél hombre quién era. A ella la interrumpió una pequeña niña que caminó lentamente hacia él, se trepó en el marco de la ventana y se acostó sobre su regazo. El hombre sonrió con cariño y la despeinó, dejándole ver a Juliana que aquella niña era Ixchel.

Al acercarse un poco más el pánico la inundó.

Lo que había sido Ixchel había mutado en una araña gigante que usaba el cuerpo del hombre como nido para ella y un millón de arañitas que tenían mucho muerto de dónde alimentarse. Quiso correr, quiso gritar, pero una densa telaraña la mantenía en su lugar. En su cabeza sólo se repetían sus posibles acciones una y otra vez: De alguna manera tenía que escapar, tenía que matar a la araña, tenía que avisarle a los demás del peligro. Eso es lo que tenía que hacer.

 

Cuando Tristán se dio cuenta de dónde estaba lo único que vio fue a Juliana enterrarle un atizador de hierro en el pecho al hombre muerto. Lo hacía una y otra y otra vez mientras le gritaba que tenía que morir, que no se los iba a comer a todos. Cuando ella dejó caer el atizador él corrió a abrazarla para tratar de tranquilizarla.

 

Isaac se sentía fuera de lugar en aquél cuarto. Estaba acostado sobre la mesa del muerto. De alguna manera estaba observando el lugar desde los ojos del cadáver y tenía a un Tristán desquiciado a muy pocos centímetros, sintiendo cómo le absorbía la vida hasta matarlo.

–¡Todo esto es una mentira! –gritó como si eso fuera a detener lo que fuera que estaba sucediendo y escuchó como sus palabras se replicaron en un eco que le sonó a tres voces que acababa de conocer cuando llegó a la mansión.

Y entonces, una quinta voz les contestó:

–¿Lo es?  

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El librito de los muertos

Por algunas semanas he estado trabajando con Ignacio en una cosa que llamamos “El librito de los muertos”.

Dicha cosa es una especie de fanzine chiquitito ilustrado a base de sellos hechos por Ignacio con la idea de que, aunque el texto (sobra decir que está escrito por mí, creo) siempre sea el mismo, las ilustraciones de cada ejemplar sean distintas. Así la experiencia de cada lector será distinta  dependiendo de la copia que haya decidido adquirir (o haya caído en sus manos por azar).

La historia del librito dice más o menos así:

 

El cadáver estaba en sus raíces,

había llegado ahí con vida

y luego cayó como sus hojas.

 

No somos tan distintos, pensó.

Hay cadáveres de bosque en todo el suelo.

Algunos crujen al pisarlos.

 

También hay muertos en tus manos

contándote vidas de otros mundos,

así como yo te observé caer.

 

Habemos más muertos que vivos.

Y algunos están leyendo.

 

Espero traerles noticias pronto sobre cómo conseguir un cachito de esta muerte para que sea suya. 

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1 · El pesar del cuervo

Estaba enferma. De hecho, no, estaba muriendo. Aun así levantó sus alas y al ritmo de su respiración las agitó. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Aún tenía algo de poder para levantar el vuelo. La batalla había terminado, lo que fuera que eso significara.  

“Los cuervos no tienen nada que perder” le habían dicho la primera vez que tomó el manto como el cuervo guardián. No sabía cómo explicar lo que equivocados que estaban.

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4 · Las paredes de la casa

¡BLAM!

Y tras ese sonido, mi instinto hizo ponerme contra la pared.

Con uno de los palpos pude sentir a las cinco personas que nos encontrábamos en el salón y también pude trazar algunos cuartos contiguos, sin embargo, de alguna manera que se escapaba a mi tacto no podía dibujar toda la casa en mi cabeza. Y había algo más, otra presencia que no podía distinguir. Era como si dejara sus huellas dibujadas en el piso antes de que…

-¡Se está acercando a nosotros!

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Déjame te escribo un cuento

Hace dos años empecé a escribir aquí. En aquél entonces no había soledad en el bosque, no había Voz de Papel, ni tampoco esa Mujer detrás de la niebla entre muchas otras historias.

He estado tecleando una historia que pronto verá el papel y eso ha tenido ocupado mis dedos y mis ideas así que el fósforo de éste mes es más una invitación a que me ayudes a mantener el quinqué prendido para seguir contando historias bajo su luz.  

Ya que estamos aquí, dos años después, sé que tienes un cuento que te gustaría que yo te contara.

A partir de hoy abro 11 espacios para 11 cuentos de 3 cuartilla por una módica cooperación tuya: escríbeme por correo, por FB o por DM y lleguemos a un trato 🙂 

En otros temas que también tratan de historias, todavía tengo algunas copias de “Café de Nadie” para quien le interese perderse un rato en esos renglones. Igual, escríbeme y vemos cómo te lo hago llegar. 

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Historias para no perder el norte