V · En las puertas de su alma

No tengo nada que perder, ¿o sí? Pensó la enöriana mientras subía al carruaje que la llevaría a donde fuera que fuesen.

El carro-terraza era bastante amplio. Al frente se encontraba un panel de cristal con manchas de luz, que supuso eran los comandos que dirigían toda la tira de vehículos enganchados. Ahí, frente a aquel cristal, se encontraba el señor que le abrió el paso para subir dándole la bienvenida a lo que él llamó: “El Circo del Alma”.

Segundos después se enteró que era el director del circo, de nombre Karad. Ese hombre alto, canoso, pero que todavía dejaba ver que en otros tiempos había tenido el cabello oscuro y vestía de negro era quien ahora estaba al mando. Tenía un rosto duro pero una mirada serena.

En cuanto Dahlia subió, toda la caravana se elevó a una distancia considerable del suelo e inició a su camino. A pesar de su apariencia, era una especie de tren bastante rápido. A los lados se encontraban asientos acolchonados, al verlos sintió que podría dormirse en ellos y no despertar jamás. Aunque después recapacitó que tal vez era el sueño, el mal dormir sobre hojas de árbol, lo que la habían hecho imaginar que eran tan cómodos. Al centro se encontraba una gran mesa con mapas, un par de platos y una taza con un poco de café en ella. Sin problemas cabían sentados cerca de quince personas en aquella mesa. Al ver los mapas le sorprendió que el viento no se los llevara, después de todo, estaban al aire libre, ¿no? ¿Por qué no sentía el aire pasar? Estaba tan intrigada por saber en dónde se había metido, que al subirse se había quedado parada observando, como una estatua en la azotea de alguna construcción antigua.

−Ven, siéntate conmigo −dijo la mujer con la que Karad había estado discutiendo, vestía ropas moradas con azul lo cual contrastaba con su tez del color del café con un poco leche. Su pelo era gris como el de Karad, pero ella lo tenía largo y lo llevaba agarrado por un broche en su nuca que lo dejaba caer sobre sus hombros. Estaba sentada frente a la mesa, tomando una taza y sorbiendo el último trago de la amarga bebida que contenía.

Quiero ver qué tan densa es la niebla que llevas dentro. Escucho Dahlia, dentro de su cabeza, a la adivina que tenía enfrente.

Con esas palabras la tranquilidad se había quedado atrás. Nerviosa, se sentó frente a la mujer y aguardó a que algo más pasara, que no la fueran a interrogar sobre lo que no sabía. Dicho de otra manera… que pasara cualquier otra cosa.

−Cariño, necesito estar más cerca si te voy a leer −señaló la adivina el asiento a su lado. Al ver que Dahlia no se movía ni decía nada, dejó la bebida en la mesa y fue a sentarse a su lado−. Tranquila mi niña, sólo quiero saber si eres lo que estaba esperando.

−Me… ¿me esperaba? −dijo Dahlia con aún más nerviosismo, se sentía como si la fueran a regañar y odiaba no saber el por qué.

−Bueno, supongo que sí. El viento me dijo que la niebla que encontraría en las afueras del bosque podría traer consigo a la nueva actriz en nuestro show y al parecer tú encajas en ese papel. ¿Puedo preguntarte algo que tal vez no sepas?

−Aaaah… pues… sí, supongo. −contestó confundida. Empezó a creer que el enano al que había ignorado tenía razón y era una vieja loca.

−¿Que te trajo fuera de…  −la mujer movió los labios para decir un par de palabras más, pero ningún sonido provino de ellos−. Ustedes los… no suelen salir de su ciudad a menos que sea necesario.

−No te escuché, perdón. ¿Salir de dónde? −dijo apenada.

−… −una vez más los labios de la mujer se abrieron sin emitir sonido alguno.

−No… no puedo oírte. −dijo Dahlia tapando y destapándose lo oídos con un dedo, comprobando si podía escuchar a su alrededor.

−Ya veo, espera un segundo, déjame intentar algo.

La mujer levantó los brazos, poniendo las manos frente al pecho de ella. Los ojos violetas que la observaban perdieron el color que poseían conforme susurraba unas palabras que la enöriana no lograba entender. Por un momento pensó que su oído estaba fallando de nuevo, pero seguía escuchándola murmurar sin sentido alguno, hasta que otro sonido la distrajo: un cerrojo que se abría dentro de ella la hizo olvidar la voz de la arcana que estaba hurgando en sus recuerdos. Sintió como si unas puertas en su interior se abrieran dejando salir la más densa niebla. Antes de que pudiera reclamar por lo que sucedía cedió a lo que las puertas estaban a punto de mostrar detrás de la bruma. Sus ojos perdieron toda expresión. Y una luz roja proveniente del collar sobre su pecho inundó el bosque donde la caravana se encontraba.

Karad nunca había visto algo así, era como si todo hubiera perdido la gama de colores para dejar sólo al rojo en su lugar.

−¿Van a  estar bien? −dijo Bramms acercándose a ellas para tocar a las dos mujeres inconscientes en el sillón.

−¡No las toques! −gritó Karad al jalarlo de un brazo−. No sabemos qué es lo que sea que Voriana esté haciendo. Pero no podemos entrometernos.

Los recuerdos de la última vez que Karad había interrumpido uno de los quehaceres arcanos de Voriana le hicieron detenerlo sin dudar ni un momento. No le había ido muy bien y lo último que necesitaba en ese momento es un problema de esa índole.

−Mejor ve a abrir la habitación de Dahlia, será la segunda del tercer vagón.  −le dijo señalando hacía los vagones.

−¿Ya tiene habitación? −dijo sorprendido el despistado chico.

−Sí, Voriana la preparó antes de salir de Bleizig −le contestó volteando a ver a las dos mujeres en el sillón−. Ya sabes cómo es, estaba tan segura de que encontraríamos lo que buscaba que quería tener todo listo para cuando sucediera.

−Sí, ya decía yo que había una puerta de más en el vagón pero creí que lo había imaginado. −dijo Bramms pensativo, con la vista fija en los vagones.

−¡Anda! ¡Ve! ¡No te quedes ahí parado! −dijo Karad desesperado de que aquel hombre vestido de harapos de fuego no se moviera− Y por el amor al éter, ¡no utilices el vestuario si no estamos en función!

−Ah… ¡Sí! ¡Perdón! −Y como hecho un rayo, el hombre se metió entre los vagones como perro regañado con la cola entre las patas.

−Espero que todo esté bien… −murmuró para sí mismo el director mirando a la adivina mientras regresaba al mando de la caravana. El color rojo comenzaba a inquietarlo. Sería un viaje largo y no querría llamar la atención llenando el paisaje de rojo por donde quiera que pasaran. Se dedicó a vigilar el camino por horas y a las mujeres de vez en cuando. El escenario cambió, la noche calló y las mujeres aún dormían.

−Karad… −escuchó la voz de la adivina que a regañadientes estaba despertando. Como respuesta a su llamado, él volteó a verla, preocupado pero sin prisa.

−Te tardaste en regresar, mujer. −dijo con una sonrisa de tranquilidad al ver que ella se incorporaba en el sillón como si nada hubiera sucedido.

−Perdón, me perdí en la niebla. Descubrí muchas cosas. –dijo acercándose a Dahlia. Puso las manos a unos centímetros del collar y murmuró un par de palabras que se escucharon tan suaves como una breve melodía de flauta− Acompáñame, vamos a llevarla a su cuarto.

−Espera… ¿qué le hiciste? −dijo él mientras ella se ponía de pie arreglándose el pelo que le estorbaba en la cara.

−Le dije a su collar que se tranquilice, que ya no hay peligro. −dijo ella al tiempo que el rojo en el ambiente empezaba a desvanecerse. Aunque la vista de Karad tardó en reconocer los colores verdaderos de las cosas− ¿Ves? Ya no hay peligro.

−Eh… ¿había peligro? −dijo él, dudoso de querer saber de dónde provenía el riesgo que corrían.

−Sí −dijo ella al tiempo que dibujaba en el aire un par de runas que hicieron que el cuerpo inconsciente de Dahlia se pusiera de pie y levitara antes de avanzar hacia los vagones−. El collar es todo un problema. Guarda algunas cosas dentro, cómo yo hago con los anillos cuando viajamos, además guarda el secreto de Enör ante Dahlia y tiene decretado ser una especie de guardaespaldas. Fueron varias personas las que trabajaron en él. La pila de decretos que trae encima no es, no puede ser, obra de una sola persona. Pero la combinación de todos ellos hace que cualquiera que intente meterse a saber qué sucede, sea tragado por la niebla.

−¿Y ya no? Supongo que no quedó bien hecho entonces o ¿cómo saliste de ahí? −dijo él, pensando que se había contradicho.

−¡Al contrario! Quedó espectacularmente bien, mis respetos a los que trabajaron en ello, quienes sea que hayan sido. ¡Pero nadie puede contra mis encantos! −terminó la frase con una risa egocéntrica que hizo saber a Karad que, por lo menos de su boca, no se enteraría cómo salió de ahí.

−Entonces, ¿ya no habrá más luces rojas? Porque mis ojos no podrían soportarlo de nuevo. −dijo él hombre tallándose los ojos, aún sentía que todo tenía encima un velo naranja que iba desvaneciéndose muy lentamente.

−Pues… ya no nos destruirá a todos si alguien rompe su secreto −dijo ella sarcásticamente, deteniéndose frente a la puerta de su camarote que estaba abierta mostrando el interior del cuarto. −Para eso le dije que se tranquilizara. Y… pues… confió en mí y me hizo caso. Creo.

El director se quedó viendo como la adivina le pedía a las runas que flotaban frente a Dahlia que la acostaran en la cama. A Karad le molestaba de sobremanera que Voriana hablara de esa forma, como si las cosas fueran personas. Quería decir algo o quejarse, pero luego recordó que sería en vano, lo había hecho ya tantas veces que una más no tendría sentido. Estaba aprendiendo a resignarse a que así es esa mujer y no iba a cambiar.

−Muchas gracias Bramms, tú siempre tan oportuno. −dijo la adivina agradeciéndole al joven de fuego que hubiera abierto el cuarto.

−No hay de qué, espero haya sido de ayuda. –dijo él viendo a Dahlia en la cama− ¿Va a despertar en algún momento?

−Sí, no te preocupes pequeño, sólo necesita descansar. −dijo despeinándole el cabello como si fuera un niño chiquito.

−¿Algo más en lo que pueda ayudarle? −dijo parándose en la puerta del cuarto, esquivando a Karad.

−Sí, ve y quítate el traje de la función. −sugirió con una sonrisa− La obra aún no se estrena.

Sonrojado, Bramms se fue sin decir nada, no sin antes sentir la mirada de Karad que claramente le decía sin necesidad de palabras: “te lo dije”.

−Voriana, voy a echar a andar la caravana. Si me necesitas, allá estaré, ¿está bien? −dijo Karad viendo cómo ella se sentaba al lado de Dahlia.

−Sí, ya vamos muy tarde y no podemos retrasarnos más, ¿cierto? −dijo la adivina imitándolo de una manera burlona que al director no le causo gracia.

−Que grosera eres. −dijo él retirándose indignado.

Ella esbozó una amplia sonrisa mientras lo miraba alejarse, le encantaba hacerlo emberrinchar.

−Ahora, ¿qué vamos a hacer contigo? −dijo mirando a la enöriana que descansaba en la cama.

Quería saber qué era lo que contenía el collar qué guardaba tan celosamente. Pero las horas pasaron y no lograba nada. No podía tocarlo, abrirlo, examinarlo, nada. Si fuera una persona podría decir que estaba muerta. Pero, al igual que su portadora, respiraba, emanaba vida. Entre más impedida se sentía para resolver aquel misterio, más crecía su curiosidad. Y así fue como calló la noche y entonces se le ocurrió algo mejor al ver por dónde iban pasando. Se puso de pie, cerró el cuarto por fuera y fue al mando, donde Karad manejaba, dejando descansar a la todavía inconsciente enöriana.

−Detente −dijo ella sin más.

−¿Por qué? −dijo él sorprendido de la orden.

−Porque estamos en las afueras de Enör, la ciudad de Dahlia. −dijo Voriana señalando los grandes portones de la ciudad que se alcanzaban a ver en el horizonte.

−Quiero entrar y ver qué sucede ahí.

−¿Para qué? −preguntó él sintiendo que le había dado la verdad incompleta.

−Deja de hacer tantas preguntas y ¡detente! –dijo ella decretándole al vehículo que se detuviera en seco.

−Por eso decía que tú podías hacerlo. –dijo él, asustado de la actitud de la adivina que ya se encaminaba hacia las grandes puertas de la ciudad.

La ciudad a lo lejos se veía pacífica, los portones abiertos, todo en orden. Eso incitó a Voriana a acercarse más, pero no notó ningún cambio, todo estaba en su lugar, como cualquier noche tranquila en la entrada de aquella ciudad. Pensó que si la ciudad estaba abierta podría entrar y buscar a alguien que recordara a Dahlia. Siguió andando a paso tranquilo, sin despegar la mirada de aquella entrada, que ya se encontraba a un par de metros de ella. En su cabeza trataba de rescatar la imagen de algún conocido de Dahlia de entre los que logró ver cuando estuvo dentro de ella. Si alguien le podía decir… algo la detuvo.

Confundida intentó seguir avanzando, pero por más que daba un paso tras otro no conseguía atravesar las puertas de la ciudad. Tendría que tomar acciones arcanas en el asunto, la mujer dibujó primero un par de runas en el aire con su mano derecha, eran símbolos púrpuras, muy brillantes que se fueron juntando hasta formar una flecha de luz. Cuando estuvo lista, murmuró algo en la lengua del éter, indicándole a la flecha que se adentrara en la ciudad.

La flecha giró hasta tomar la dirección de su objetivo y se disparó a toda velocidad, pero al nivel de las puertas, la flecha se esparció en el aire y las runas se reacomodaron formando letras escritas en la pared invisible.

“No pasarás a menos que ésta sea tu casa y tu guardián te acompañe.”

−¿Me estas retando? −dijo la adivina en voz alta y en el idioma arcano con el que solía decretar las cosas, esperando la respuesta de la ciudad. Las runas se reacomodaron de nuevo para mostrar el mismo mensaje.

“No pasarás a menos que ésta sea tu casa y tu guardián te acompañe.

No lo olvides, tu tierra está contigo.”

El nuevo renglón le intrigó. No era la respuesta que esperaba, pero el reto seguía latente. Observó el mensaje durante unos segundos y luego enfocó un pequeño hoyo en el suelo que estaba cerca de la entrada, pasando las puertas. “Tu tierra te acompaña” murmuró arrodillándose mientras tomaba un puñado de tierra. Pasó su otra mano por los muchos dijes que colgaban de su cuello, meditó unos segundos, se mordió el labio inferior mientras decidía cual sería su herramienta y terminó desprendiendo uno de los colgantes  de cuero que descansaban sobre su cintura.

Puso el colgante, una pequeña piedra azul con una estrella transparente por dentro, sobre el puñado de tierra y los apretó con las dos manos. Cuando las separó sus manos estaban limpias y la estrella había obtenido el color de la tierra.

−Rio de Éter, tú puedes entrar a cualquier lugar, tú lo sabes todo. ¿Me prestas un poco de tu corriente?

Una corriente de viento llegó desde sus espaldas y formó un pequeño remolino frente a la adivina, este, con la ayuda de Voriana, empezó a formar poco a poco el cuerpo de un gato. Un felino que estaba hecho de energía pura y viento. Antes de que el éter cambiara de opinión, Voriana le puso el colgante alrededor del cuello sin que el minino se opusiera. Ella lo miró con una sonrisa victoriosa y acarició lo que sería su cabeza si fuera un gato real.

−Ve adentro y tráeme un poco de tierra de aquel hoyo. −le dijo la adivina al ser de luz que la escuchaba atentamente mientras le señalaba el interior de la ciudad−  Sólo tienes que arrastrar la piedra contra el suelo.

En respuesta, el minino maulló y sin problemas entró en los portales de la ciudad. Le dio dos vueltas al hoyo, se paró dentro de él, le dio otras dos vueltas y se dejó caer sobre él para luego revolcarse como si una gran pulga lo estuviera atacando y necesitara rascarse para deshacerse de ella. Al ponerse de nuevo en cuatro patas, Voriana no pudo evitar soltar una risilla al ver al pobre ser de luz sin su brillo por culpa de la tierra.

El gatito la miró con recelo, se puso en pie y caminó de regreso hacia ella, pero al intentar cruzar el portal, chocó contra el mismo muro de aire que no dejaba entrar a Voriana. Molesto, el gato de luz gruño y la energía donde estarían sus ojos se puso roja, el gato avanzó cómo si trajera arrastrando dos toneladas.

La adivina podía ver cómo se iba desintegrando con cada paso que daba, como si una parte se fuera separando, como los árboles en otoño cuando el viento se lleva las hojas de su follaje. Para cuando el gato llegó al alcance de Voriana, no era más que un fantasma de lo que había podido llegar a ser. Le quiso acariciar la cabeza en agradecimiento por esforzarse tanto, pero cuando su mano estaba a punto de tocarlo, se esfumó y el colguije con la estrella de tierra cayó al suelo de golpe.

−Gracias, Éter… −dijo mirando al collar con un poco de nostalgia. Le molestaban este tipo de situaciones en las que algo o alguien se sacrificaba por ella, pero eran inevitables. Se colgó la piedra al cuello y se puso de pie con el afán de entrar a la ciudad. Si su teoría era cierta, ahora sí podría lograrlo.

Dio unos pasos y la misma pared le aventó otros tantos atrás. Al ponerse en pie, había nuevas escrituras en el aire:

“Ésta no es tu casa, vuelve por donde llegaste.”

Se quedó viendo aquella pila de letras pensando cómo podría entrar, cuando pudo distinguir a través de la luz de la noche a una figura moverse dentro de la ciudad. Un poco después, notó que era una pareja adulta la que se acercaba hacia ella. Venían a paso lento y despreocupado, pero fijaron la vista en la adivina desde lejos. Se detuvieron frente a ella, del otro lado del portal.

−Buenas noches, extranjera, ¿qué te trae a Enör? −dijo el hombre de la pareja que, por como vestían, se podía suponer que eran arcanos importantes.

−El misterio de su claustro. −dijo ella sin rodeos.

−¿Claustro? −dijo arqueando una ceja y viendo de reojo a su mujer.

−Nosotros podemos entrar y salir cuando queramos. −dijo la mujer.

−¿Y porque no podemos entrar? −dijo la adivina con mirada inquisitiva− Parece que ni el Éter es invitado a entrar.

−Es por protección… −dijo el hombre− Somos los arcanos del rey y estamos encargados de proteger esta ciudad hasta que las dudas se disipen.

−¿Dudas? −preguntó Voriana interesada− ¿Dudas de qué?

−La ciudad, hasta hace unos días, corría grave peligro y no podíamos arriesgarnos a que alguien entrara. −Respondió la mujer resignada a contar algo que al parecer no tenía muchas ganas de hacer− No podemos levantar la guardia hasta que nuestra mensajera regrese con noticias de Bleizig. Hasta entonces, seguiremos como estamos…

−Quieren decir… ¿que ya no están en peligro? −preguntó la adivina sospechando que había algo más que no estaban contando.

−No sabemos… −dijo el hombre, mirando dentro de la ciudad.

−Para eso es la barrera, queremos creer que aquí dentro ya está todo arreglado. −dijo la mujer interrumpiendo a su esposo antes de que dijera algo que no debía−. Pero no sabemos si la amenaza siga allá afuera.

−Ah, siendo así no tengo razón para estar aquí. Con su permiso, me retiro. –dijo la adivina dándose media vuelta. Viendo el estado de su hija, no creo que las cosas estén tan bien como creen. Pensó la adivina antes de emprender su regreso.

−¡Espera! −gritó la mujer. −No nos has dicho quien eres.

−¿Les interesa saber? −dijo volteándose de nuevo.

−Pues sí, −dijo la mujer dubitativa− nos interesa saber quien logró romper la barrera, aunque fuera por unos segundos. Eso fue los que nos atrajo hasta aquí.

−Aaaah… eso no fui yo, fue el Éter. −dijo con una sonrisa, fingiendo inocencia.

−Aah −dijo la mujer enöriana con cara de que no se había tragado ni un sorbo de su sonrisa−. ¿Y quién eres tú?

−Un espía −dijo jugando.

−¿En serio?

−¿Crees que un espía te lo diría tan fácil? −dijo ella, mientras se cuestionaba a sí misma sobre la inteligencia de la pareja que tenía enfrente.

−Pues… no, pero entonces… ¿qué quieres de Enör? −dijo el hombre molesto por aquella discusión entre mujeres.

−Saber si todo estaba bien. Pero ya vi que al parecer tienen todo bajo control, así que ya me voy. −mintió con voz indiferente.

−Hasta luego, extraña. −dijo la pareja al unísono, agitando en alto la mano derecha en señal de despedida.

−Soy Voriana, del Circo del Alma. −respondió la adivina ya de espaldas, caminando hacia las instalaciones del circo−. Hasta luego, arcanos de Enör.

 

***************

 Dahlia miró a su alrededor y se encontraba a la mitad de la nada. Hacia donde volteara una densa niebla la rodeaba, lo único que podía distinguir a lo lejos era un halo de luz que provenía de un gran portón que se encontraba entreabierto. Si enfocaba un poco la vista, lograba ver que también la niebla salía por aquella puerta. En ese momento recordó haber escuchado un gran cerrojo abrirse cuando estaba con los cirqueros.  ¿Dónde estoy? ¿Otra vez ya me perdí? Pensó al ver que nadie la rodeaba, una vez más se había levantado en un lugar desconocido sin saber cómo había llegado, ni que había sucedido antes de llegar ahí.

A ver Dahlia, concéntrate. No puede ser que te suceda lo mismo dos veces sin saber porqué sucedió la primera. Estaba con los cirqueros en su caravana, la adivina decía algo de la niebla, puso sus manos cerca de mí y pude sentir sus artes arcanas navegar dentro de mi ser, escuche las puertas abrirse… ¿y luego? Recapitulo la mujer para sí, guardo silencio esperando la respuesta a su última pregunta y volteó una vez más frente a ella. ¿Serán éstas las puertas que escuché?

Al no encontrar una mejor dirección hacía dónde conducirse, fue a ver qué se encontraba detrás de aquellas puertas. Con un poco de suerte, la adivina estaría dentro y podría explicarle qué sucedía.

−¿Hola? ¿Hay alguien aquí? –dijo asomando la cabeza dentro antes de ingresar. Al no recibir respuesta y ver entre la niebla el lugar, decidió entrar.  Dentro, la niebla ya no era densa y podía notar que se encontraba en un salón redondo de gran tamaño, sin ventanas y con muros muy altos. La única salida que había era por donde había entrado. Había gradillas circulares que partían del centro hacia afuera para sentarse y la pared que rodeaba todo el salón era un escenario con todo y telones que se encontraban abiertos. Caminó hasta el centro de la sala y se acomodó en uno de los asientos a pensar un poco más. De pronto, la iluminación desapareció y una serie de rectángulos de luz aparecieron sobre las paredes. Iban invadiendo toda la pared circular hasta llenarla de luz para empezar a mostrar memorias y eventos que se exhibían frente a ella como si fueran pantallas. Una carta urgente, explosiones, un niño que le sonreía, una ciudad de gigantes. Una misión importante y mucha gente que le resultaba familiar, de piel azul, muy clara, como la de ella.

Con cada imagen, su cara palidecía aún más. No podía darse abasto, si volteaba a ver una imagen, otra se reproducía a su lado, arriba y detrás de ella, al otro extremo de la pared. Cada pantalla tenía su tamaño, unas eran más 4grandes que otras y unas se veían mejor que otras. Pero todas, borrosas, definidas, mudas, con sonido, carcomidas, completas, sin color o a color, todas y cada una estaban intentando comunicarle algo. No sabía ni siquiera a dónde mirar. Se sentía saturada, no podía entender lo que estaba viendo o si las imágenes tenían conexión entre sí. Cerró los ojos por un momento, suspiró y, con tranquilidad se dispuso a verlas una por una, sin importar cuantas más se reproducían al mismo tiempo. Conforme más se concentraba, más se sentía parte de aquellas proyecciones.

Llegó a poder ignorar el abrumador ruido de las pantallas que simultáneamente exigían su atención y escuchar sólo el sonido de la que estuviera atendiendo en ese momento. El siguiente descubrimiento se dio poco a poco: fue cayendo en cuenta de que lo que estaba viendo eran, de hecho escenas de su vida, de su historia. Los arcanos del castillo a quienes después reconoció como sus padres, la tecnomagia, el sueño que la acosó antes de despertar en el bosque, sus amigos, su infancia. A veces, hasta podía repetir los diálogos que provenían de la pantalla en turno. Todo estaba ahí, queriendo volver a formar parte de ella. Llegó un momento en el que se puso a hilar las situaciones. Aquella pantalla del lado izquierdo era la continuación de una de las del centro, abajo de ésta estaba la que seguía y continuó así hasta que un ruido que no había escuchado empezó a inquietarla. Busco entre todas las pantallas de dónde provenía. Encontró que venía de una proyección gris que no mostraba nada, sólo una gran variedad de puntitos grises claros y oscuros danzando sobre ella, causando un ruido más bullicioso que el de una cascada. Trató de ignorar esa pantalla mirando al otro extremo del salón, pero se encontró con otra pantalla similar a la que tenía a sus espaldas, pero de mucho mayor tamaño. Esa no estaba ahí… estoy segura, esa era… era… la de mis padres intentando convencerme de viajar cuando niña, creo.  Pensó al verla.

Miró a la derecha, los puntitos habían estado invadiendo una por una todas las pantallas. Mientras ella corría de un lado a otro asegurándose de que eran las que ya había visto, desaparecieron más de la mitad.

−¡No pueden esfumarse todavía! –gritó completamente desesperada− ¡Aún no sé por qué salí de la ciudad!

No hubo ninguna mención de un viaje urgente. Sólo el estrepitoso bailar de los puntillos grises y una que otra pantalla que gritaba “¡Enör! ¡Enör!”, como si fuera el personaje clave que unía todas las proyecciones. La única imagen que quedaba mostraba el día en que ella se dirigía apresurada hacía el teatro, donde se encontraría con sus amigos para ver una de las nuevas películas a color de los tecnomagos.

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