Sobre las tierras en blanco

En la radio del café en el que Sylvanna desayunaba sonaba una canción que, dada su situación, quiso llamarla “su canción” en ese momento.

 

Me gustar equivocarme, saber que erré

Contar mi historia a los espejos

e  imaginar que voy muy lejos a pie.

 

Maldijo su suerte por un segundo, también a su gusto por meterse en los problemas más complicadosque la vida se encontraba. De cualquier manera, su mal humor cambió al dejar el periódico en la mesa y observar a la clientela del lugar. Habían pasado un par de semanas desde que el zorro le dijo que salvara a la sobreviviente de su más grande error.

Sonrió de oreja a oreja al encontrarse en el momento perfecto, en el lugar idóneo.

Sin pensarlo ni un segundo, se puso de pie y se dirigió a la primera mesa de la terraza, donde dos chicas desayunaban en silencio.

-¿Zarzamora? -le preguntó a la de pelo chino y tan negro como el carbón.

-¿Sí? Que pa… -se interrumpió para analizar si sus ojos en realidad estaban viendo lo que creía que estaban viendo , completamente boquiabierta.

-Eeeeeh… digamos que… tengo algo muy importante que contarte -dijo al sonrojarse-. No te va a dar tanto gusto verme después de escucharme. Perdoname. De verdad.

Cuando escuchó todo lo que Sylvanna tenía que confesarle fue muy atenta, hasta bromeaba de vez en cuando y se preocupaba por entenderlo desde el mayor número de puntos de vista posible. Todo porque, estaba segura, que debería haber una manera de salvarse.

Esa noche el sueño le ganó a Zarzamora desde temprano.

Tanto pensar, tanto darle vueltas, la había agotado por completo. Y también es que entre sus opciones estaba que Orfeo o Ike seguro tendrían una mejor idea para salvarla. Al menos una mejor que lo que ella había hecho toda la tarde: quedarse sentada en el sillón, mirando el techo, esperando que eso le causara una epifanía. O algo.

Los ojos le dolían en la oscuridad, como si quisieran salirse de su lugar. Como si una cascada interminable los hubiera empujado por horas. Y no sabía dónde estaba. Tenía horas corriendo sin sentido y dirección alguna, todo era negro, sin forma, sin nada. Incluso llegó a pensar que ni siquiera se estaba moviendo de lugar, sólo movía las piernas como si corriera.

Sabía que estaba en la tierra de los sueños porque el eco del vacío le entregaba en sus oídos la voz de Orfeo, ese tararéo tan familiar que podría reconocer donde fuera. Extrañaba a su escoba, a la manera de Ike de hacerla renegar y la paz que reinaba en su vida un par de días atrás.

En su correr, de repente empezó a caer y rodar. Y rodar. Y rodar. También pensó que no era posible que volviera a caer en otro hoyo como un par de noches atrás y añadió a la oscuridad a su lista de cosas por maldecir aquella noche. Cuando se detuvo y pudo ponerse en pie, la negrura se había ido. Y la voz de Orfeo también. Resignada, se encontró en un bosque de espinos donde poco más adelante se encontró a un zorro dentro de una jaula. Al acercarse se dio cuenta que no era un zorro cualquiera; se encontraba sentado en dos patas, con las otras dos como si estuviera cruzado de brazos y molesto. Llevaba consigo un pequeño maletín naranja, una corbata sobre su cuello y un pequeño bombín sobre su cabeza.

-Chica, ven, ayúdame -le dijo el zorro cuando sus miradas se cruzaron. Ayudar estaba en la naturaleza de Zarzamora, tanto que a veces se veía enredada con personas que no podían hacer nada por sí mismas, tanto que había estado limpiando las alas de un ángel por más de un par de noches, tanto que a veces todo lo que ella quería es aventar a todos por algún barranco y ver cómo salían de ahí sin su ayuda. Sin embargo, le gustaban las sonrisas sinceras que recibía cuando hacía algo por alguien.

-¿Quién eres? -dijo la chica desde lejos, sin avanzar.

-Algunos me llaman el zorro de la suerte -dijo al acercarse más a la reja- si vienes y me ayudas, puedes saber por qué. Puedo ayudarte, en lo que sea que necesites. Otros me llaman Fausto. Yo sé quién eres y qué quieres, Zarzamora.

Escuchar su nombre, la hizo desconfiar por un segundo. También la hizo recordar todo lo que Ike y Sylvanna le habían contado. Al parecer, haber sobrevivido la había convertido en una especie de héroe en desgracia. O en un mártir de quién sacar provecho.

-Si es así, zorro -dijo ella mientras avanzaba hasta llegar a la jaula y se sentó en el suelo, frente al zorro-, ¿por qué no te sales tú sólo?

-La magia no funciona de esa manera -dijo él, también sentándose en el suelo en señal de rendición-, no puedes aplicarla a ti mismo. Tienes que hacer algo por alguien para que alguien haga algo por ti, así es como funciona. Pero en verdad puedo ayudarte. Si tuvieras mi maletín, podrías juntar toda la suerte del mundo dentro, llenarla de milagros y así lograr lo que quieras. Alcanzar a Orfeo, por ejemplo.

 Ese nombre funcionaba con Zarzamora mejor que cualquier hechizo, al escucharlo, sonrió inmediatamente. La chica se puso de pie y, aunque le costó algo de trabajo, se las ingenió para sacar al zorro de aquella jaula antes de negociar cualquier cosa.

-Listo, eres libre -dijo ella, sacudiéndose la manos-. ¿Cómo alcanzo a Orfeo?

-¿Me acompañarías a la Morada del Sol mientras te explico? -dijo el zorro, ofreciéndole el brazo como todo un caballero.

-Todavía no entiendo cómo es que si eres el zorro de la suerte, terminaste atrapado en esa jaula -le contestó, antes de agarrarle el brazo, aún un tanto desconfiada.

-Todos tenemos malas rachas, querida -dijo el zorro- unos caemos en jaulas y otros van a conciertos… y bueno, ya te sabes el resto de la historia.

-Otra vez con eso, ¿todos me van a recordar que sobreviví y que voy a morir? -dijo ella molesta, deteniendo el andar- ¿Qué es lo que quieren de mi?

-Yo quería que me ayudaras a salir de ahí, así que la pregunta es… ¿qué quieres tú de mí? -contestó el zorro tan cínicamente que Zarzamora estuvo a punto de echarle más de un par de maldiciones encima.

-De querer quiero muchas cosas. Quiero que alguien, por una vez en su vida, me ayude a mí. Antes de que tenga que hacer cualquier cosa y desgastarme en ayudarlos para ganarme su favor.

-¿Sólo eso? -dijo el animal pelirojo con corbata, con una risita ahogada.

-Y una explicación de porqué yo, estaría bien -dijo ella empezando a caminar de nuevo.

-Mira… -dijo el zorro con una sonrisa tan pacífica que hizo sentir a Zarzamora que podía escucharlo, que la hizo caer bajo su hipnosis por un momento y en el camino el zorro la convenció de que en la Morada del Sol iba a estar en paz mientras él conseguía lo que necesitaba para ayudarla a que alcanzara a Orfeo, que le había prometido el maletín para guardar su suerte, pero antes tenía que vaciar todo lo que él tenía guardado en él en otro. Y por eso tenía que esperarlo, que lo haría lo más rápido posible, ya que según el zorro tenía que alcanzar a Orfeo antes de que llegaran a las tierras en blanco. O antes. Las tierras en blanco también son las tierras de los sueños muertos, tierras que nadie debe pisar hasta que algún otro soñante las reconstruya con nuevos reinos. Atravesar los sueños muertos significa morir, cruzarlos por cuenta propia es básicamente un suicidio. Pisar tierras en blanco es no volver a despertar si eres un soñante, ser olvidado por completo si te sueñan.

La famosa Morada del Sol resultó ser un recinto completamente cerrado, sin puertas ni ventanas por lo que jamás entra un solo rayo luz natural. Laberintos permanentemente iluminados con hipnotizantes juegos de luces multicolores y sonidos monótonos que atrapan la mente, de manera que al cabo de estar un rato ahí dentro uno pierde la noción del tiempo…  y de muchas otras cosas. Aunque para entonces, Zarzamora tampoco sabía esto. Sólo sabía que, según el zorro, ahí iba a estar segura y debía esperar a que él regresara por ella.

A Zarzamora le fascinó el lugar, todo estaba tan perfectamente en su lugar y no había nada que hacer sino mirar. La gente dentro era muy amable y además  ocasionalmente regalaban deliciosos bocadillos y bebidas refrescantes en botellas iluminadas con etiquetas de colores. Completamente hipnotizada olvidó por completo al zorro y al maletín y se puso a platicar otra mujer que parecía estar enojada. Esta le advirtió después de un par de minutos en su conversación:

-Deberías salir de aquí, ahora que todavía puedes, pareces tener todavía voluntad suficiente para lograrlo, vete antes de que las luces te la chupen toda.

-¿Cuales luces? -dijo ella, tomando de los dulces cócteles que regalaban en el lugar- Si estar aquí es tan malo, ¿tú qué harás?

-Yo ya no puedo, porque ya no sé si quiero. No tengo fuerza para buscar la salida.

 

Un temblor interrumpió su plática y, por un segundo, el lugar quedó a oscuras y en silencio. Ese segundo fue suficiente para que Zarzamora recordara qué era lo que estaba buscando. Para que encontrara la fuerza para empezar a correr e intentar ignorar todos los distractores del lugar. Los meseros trataban de detenerla, ofreciendole comida o bebida, presumiendo las atracciones del lugar. De por qué era mejor quedarse ahí a salir y cuando Zarzamora se concentró, volvió a temblar. Cuando las luces volvieron y el sonido con ellas, en las bocinas comenzó a sonar la canción de Orfeo, con la letra que ella le había compuesto.

 

Hoy podía ser mi día de suerte

Ha salido un sol tan reluciente,

Hoy podría  ser mi día de suerte

Tal vez hoy  pueda verte…

 

Hoy podría torcer el destino

el viento convertirse en torbellino

Hoy podría encontrar el camino

Para estar contigo

Hoy podría  ser mi día de suerte

Tal vez hoy  pueda tenerte…

 

Se repetía a sí misma, al ritmo de la canción, para no olvidar quien era. Era un laberinto sin solución, por más que corría no había puerta por donde salir. Por más que trataba de despertar, nada sucedía. Estaba atrapada en una prisión roba voluntades y no sabía qué hacer. Lo único que se le ocurría era cantar y correr. Era lo que la mantenía cuerda.

Justo cuando estaba a punto de perder toda voluntad, volvió a temblar. Y con ello, calló la pared del lugar. Luz natural la iluminó y ella la sintió como aire fresco en un día caluroso. A contra luz, entre el polvo de los escombros, pudo ver unas gigantes alas grises desplegarse y fue hasta entonces que cayó y pudo salir.

||||| 0 I Like It! |||||