Tempus Ex Machina

Con la caja en mano estuve frente al árbol muerto escuchando voces que no sabía de dónde provenían aunque sí a quién pertenecían. Cada que Tobías decía algo parecido le dije que estaba loco, si tuviera un peso por cada vez que lo he dicho a lo largo de nuestra vida… no, no sería millonario pero igual y podría mantener a un pequeño pueblo por varios años. Sin embargo, ahora empiezo a entender su obsesión por los lugares abandonados y la historia que vive detrás de ellos. ¿Cuántos amigos estarán pedidos detrás de algún pasado? ¿Cuántos presentes estarán buscando la manera de volver aquello que se quedó atrás? Nunca pensé que diría esto pero ésta es mi historia y no sé qué tengo que hacer al respecto. Digo… ¿tengo que hacer algo, no? La puerta al bosque no se va abrir mágicamente sólo por pararme aquí. O bueno… sí se abrirá mágicamente porque, pues, no hay una puerta y el bosque está atrapado en una burbuja y se supone que el árbol y la caja me van a ayudar a llegar pero… ay… ¿qué hago? En las historias el héroe siempre sabe qué hacer en estos momentos. Pero yo no soy ningún héroe. El héroe está del otro lado, sin poderse poner de pie porque el bosque quiere que sea un lobo de fuego y, por alguna razón, yo tengo que detenerlo. Soy… ¿el asistente? Espero que no porque ellos siempre terminan sacrificados, muertos o sufriendo por montones para que el protagonista logre que debe hacer. Maravilloso asistente seré aquí filosofando sobre la cualidad narrativa de los personajes mientras mi mejor amigo agoniza.

–Oliver –dijeron tres voces al unísono que buscaban mi atención con diferentes urgencias. Al levantar la vista, una gigantesca mano oscura estaba saliendo del centro del árbol con la intención de alcanzarme para arrastrarme a su interior. La caja brilló rojo con intensidad y sentí como un par de garras me levantaron del suelo un segundo antes de que la mano de árbol me alcanzara.

Pude escuchar a Hilda maldecir con la furia de la peor de las brujas.

Estaba volando, el aleteo de la bestia que me sujetaba era como escuchar incontables truenos a la mitad de una tormenta. Las garras que se aferraban a mis hombros estaban desgarrándome, quería gritar de dolor y por poco dejo caer la caja al suelo.

–Oliver –dijo una voz ronca que me despertó.

–Do… ¿qué pasa? –dije confundido al notar que había caído a la inconsciencia. Me preocupé por mí, por la caja y por todo lo que se supone que debía haber hecho. Me dolían los hombros y me costaba trabajo sentarme.

Para empeorar el asunto tenía a tres sombras enormes acechándome.

Cuando pude recuperar bien la vista los reconocí.

Los cuervos.

Por cosas como esta nunca quise ser uno de esos personajes que tenían la necesidad –o la inutilidad- del mundo sobre sus hombros.

–¿Está la caja bien? –pregunté rascándome la cabeza.

–Sí, gracias por no dejarla caer –dijo el cuervo de la izquierda.

–Lamento lo de tus hombros –dijo el de la derecha.

–Puedo ayudar a que no vuelva a suceder –dijo el del centro.

–Yo también lamento muchas cosas –les contesté con cierto cinismo y un poco de dolor de cabeza–, ¿ya perdí el juego?

–El juego decidió nuevas reglas –dijeron los tres cuervos–, ¿deseas continuar?

–¿Ya encontraron una mejor manera de hacer las cosas? –les pregunté.

–No, pero tú lo harás –dijo el cuervo del centro.

–¿Yo? Pffft… casi me muero frente a un árbol que ya está muerto, ¿están seguros de querer eso?

–Te podemos enseñar –dijo el cuervo a la izquierda.

–El tiempo no es lo que parece –dijo el de la derecha.

–Está en tus manos –dijo el del centro entregándome la caja una  vez más.

–Queremos vivir –dijeron los tres al unísono.

–Miren, lo pondré así: necesito que sean menos cuervos y más agua, ¿entienden? –les dije perdiéndole la paciencia a sus acertijos.

–El tiempo también fluye… –dijo el de la izquierda

–Como el ag… –dijo el de la derecha al que interrumpí antes de que terminara.

–No, no entienden –dije dejando la caja a un lado–. No sé qué hacer. Nunca he sabido. El que siempre sabe es Tobías y cuando no, lo busca, se mete en problemas y yo estoy ahí para decirle que puede salir de eso. Y ahorita no puedo, estoy aquí, sin saber cómo regresar y pensé que podría confiar en ustedes pero no están ayudándome mucho tampoco.

–Lo que necesitas es tiempo –dijo el del centro.

–Y aprender –dijo el de la derecha.

–¿Aprender qué? –insistí.

–Magia –dijo el de la derecha.

–Que lo tienes, todo –dijo el de la izquierda señalando la caja.

–Que aquí no estamos solos –dijo el del centro y los tres cuervos sonrieron.

 

****

 

En el otro lado de la burbuja, Luna y Orfeo cuidaban de un lobo que no podía mantenerse despierto. Afuera de la cabaña, Iscariote y Augusto miraban al cielo en silencio. Ninguno de los dos encontraba ahí las palabras que querían decir para romper el silencio, sin embargo ambos tenían una tonelada de preguntas que hacerse.

–¿Es difícil? –preguntó Augusto sin voltearlo a ver.

–¿A qué te refieres? –contestó Iscariote confundido.

–Vivir allá afuera.

–Pues… hay días en los que es como respirar, hay días en los que no puedes hacer ni eso. Lo normal, supongo.

–Me siento muy mal… Tobías está así por mi culpa, yo lo lastimé al querer salvarlo cuando el tiempo aún estaba vivo. Se supone que el  bosque es bueno y el tiempo cura las heridas, ¿por qué están intentando matarlo?

–El tiempo es de esos que funcionan de maneras muy extrañas, no deberías sentirte culpable. Al menos no ahorita.

–¿Por qué no?

–Porque te va a carcomer y porque hay muchos culpables de que todo esté como está mucho ante antes que tú, Augusto –le contestó el hechicero sonriéndole al cielo negro sin estrellas– Yo, por ejemplo.

–¿A qué te refieres? –dijo el hombre lobo por fin volteando a verlo.

–Deja que te cuente del primer día de mi entrenamiento como hechicero con los cuervos, poco antes de que perdiera mi verdadero nombre.


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